47. MARLOWE
MARLOWE
Los siguientes días son confusos e incómodamente largos.
Trato de aparentar normalidad mientras mi madre está delante.
Por dentro siento que ardo. Como si estuviera a punto de estallar en mil pedazos y llevarme la casa por delante conmigo.
Sin embargo, sé que debo callar, que he de aguantar tan solo un poco más para que después Hazel pueda ponerse a salvo, y yo…
yo pueda plantarles cara sin que se lo esperen.
Cuando Magnus me corone como el vencedor de El Ascenso, no habrán sido mis padres, ni mi apellido.
Habré ganado yo. Pero no quiero dar pistas, todavía, de cuáles son mis planes.
Por eso, en público, me dedico a actuar como un fantasma, a ignorar a Hazel cuando mi madre está delante y perder el tiempo en la biblioteca, caminando alrededor de la Porta Fatum, como si eso hiciera que la quinta prueba comenzara antes.
Seis días después de lo que pasó con Hazel, mi madre me encuentra en la sección de arte, apoyado en una mesa y mirando a un punto indefinido entre los libros de una de las estanterías más perjudicadas por la humedad.
—¿Marlowe? —pregunta al abrir la puerta.
—Aquí estoy, madre. Al lado de la mesa.
Se acerca a mí, siguiendo mi voz. Ha pasado una semana desde que me dio la noticia, casi dos desde que mi padre murió, pero todavía sigue vistiendo de negro.
Hasta sus zapatos son oscuros. Dos de las tres chicas mirrorem van detrás de ella, esperando alguna indicación.
Una carga con un enorme paquete marrón, que tiene aspecto de ser un cuadro.
—Necesito que opines sobre algo —solicita, aunque sé bien que no es una petición.
Después, se gira hacia atrás y les indica a las dos chicas que me enseñen lo que hay dentro del paquete.
Obedecen al instante y lo abren con mucho cuidado, revelando un retrato bastante acertado de Damascus Malenfant.
Los trazos de pintura lo han capturado más joven, como diez años menos.
Aunque es cierto que mi padre envejeció mucho en sus últimos meses.
Sobre todo, desde que se quedó postrado en la cama después de la guerra.
—¿Qué te parece? ¿Crees que lo han hecho… parecido a él?
—Sí, madre. Está muy bien hecho. Gracias por enseñármelo.
—No he venido a enseñártelo —me responde—. Solo quería que me dijeras si se parecía a él. Por razones obvias. Aunque quizá no lo son tanto para ti.
Agacho la cabeza. Este es el tipo de provocaciones en las que no puedo caer. No lo he hecho nunca, así que con todavía más motivos no debo hacerlo ahora. Guardo silencio, mordiéndome la lengua para acallar los demonios que amenazan con escapar desde mi interior.
—Y, por favor, no te detengas por mí. Continúa pasando el día aquí, sin hacer nada con tu vida. Es para lo único que sirves, ¿no?
—Sí, madre —aprieto los dientes. No he hablado con ella en los últimos días.
De hecho, la he estado evitando. Pero sería un imbécil si dejara pasar esta oportunidad para seguir con la falsa narrativa que he creado antes de que todo acabe—.
Es solo que… necesito ganar. Por padre. Por nosotros.
Ya es hora de que los Malenfant recuperemos lo que nos arrebataron hace mucho tiempo.
Mi madre parece sorprenderse por mi respuesta, aunque espero que no demasiado.
—Parece que el torneo te ha reconducido por el buen camino —responde ella, con un tono de aprobación en la voz en el que sé de sobra que no puedo confiar—. Eso alegraría mucho a El Magno. Y tu padre estaría orgulloso de ti.
Levanto la cabeza y la miro, aunque ella no pueda verme.
Esa frase, esa puñetera frase, es lo más sentimental que me ha dicho en los últimos años y tiene que ser justo ahora, cuando ya es demasiado tarde.
La venda ha caído. Ahora sé que jamás habrían estado orgullosos de verdad, a no ser que pudiesen sacar algo de beneficio de mis acciones…
El rostro de Hazel me viene a la mente y decido continuar con la farsa.
—Gracias, madre —respondo, con una tranquilidad muy bien fingida—. Y gracias por mostrarme el retrato.
—Bien. Haré que lo cuelguen en mi habitación. Y ahora me iré al cementerio.
Las mirrorem pillan la indirecta y vuelven a envolver el cuadro.
Después, la siguen por la biblioteca y desaparecen poco después, a sus espaldas y en silencio.
Mi madre no me ofrece acompañarla, pero tampoco tengo ganas de hacerlo.
Escucho sus tacones sonando por la planta baja, subiendo las escaleras y desapareciendo después de un minuto, y me vuelvo a quedar solo.
Miro la Porta Fatum de nuevo, como si eso fuera a activarla antes.
He perdido la cuenta de los días que han pasado desde la última prueba y no entiendo por qué nos están haciendo esperar tanto.
Me acerco a sus aguas, que ahora están tranquilas, y decido sobre la marcha ir a la casa de los Aurigae.
Quizá hablar con Alec me ayude. Visualizo el lugar al que quiero ir y el portal se activa, cobrando vida.
Doy un paso hacia delante y me dejo caer para volver a aparecer en el salón de fiestas de los Aurigae.
La puerta está cerrada, así que la cruzo a paso ligero y voy directo a buscar a Alec.
Sin embargo, me cruzo enseguida con Aaron.
—¡Marlowe! —exclama, sorprendido—. No esperaba verte por aquí. ¿Cómo te encuentras?
Sé que lo que quiere saber es cómo están los ánimos en mi casa después de la muerte de mi padre, pero no quiero darle demasiados detalles.
Cuando me enteré de que había fallecido, los Aurigae se disculparon por no haber podido hacer nada más.
Hasta me pareció que el propio Alec estaba apesadumbrado cuando me vio hace unos días, poco después de saber la noticia.
—Estoy bien —respondo, lo más neutro posible.
—Perdona, no puedo hablar mucho. De hecho, pensaba que quien había venido era tu madre. Tengo que hablar con ella porque… hemos tenido un pequeño problema. ¿Has hablado con Alec?
El corazón se me acelera.
—No. ¿Qué ha pasado?
Pero Aaron comienza a andar en la dirección a la que se dirigía antes, girándose hacia atrás para despedirse de mí.
—Alec te contará. Está en la sala de los mapas.
—De acuerdo. Muchas gracias, señor Aurigae —me despido, pero me da la impresión de que él ya no me escucha.
Busco mi camino hacia la habitación en la que siempre puedo encontrar a mi amigo y el olor a papiro me recibe antes de que abra la puerta.
Alec está en el mismo lugar en el que lo encontré semanas atrás, pero esta vez no está dibujando.
En su lugar, está de pie, en el fondo de la sala, mirando por la ventana.
—Alec —lo saludo, aunque sé que me ha escuchado llegar.
Tarda unos instantes en darse la vuelta. Tiene la cara extraña, como si estuviera hinchada, y unas ojeras oscuras debajo de los ojos.
—¿Ya te has enterado, Marlowe? —me pregunta a modo de saludo.
—No.
Él se ríe. No sé qué estará pasando, pero lo debe de encontrar gracioso, porque él mismo comienza a retroalimentarse y termina soltando una carcajada. Después, coloca las manos sobre la mesa, dando un golpe a todos los instrumentos que dejó ahí la última vez que los utilizó.
—Bueno, pues, ¿adivina qué ha pasado? Nuestra querida Serenity… se ha desvanecido.
Me quedo muy quieto, esperando a que me dé más información, pero Alec parece estar esperando a que yo le diga algo más.
—¿Desvanecido?
—Exacto.
—¿Estás seguro? ¿No la habrán llamado para la quinta prueba? Como en la tercera.
El que ha sido mi compañero de vida desde pequeños me mira con el rostro desencajado. Una mezcla tumultuosa de emociones le oscurece los ojos y se traslada a una sonrisa inquietante.
—No. Lleva horas desaparecida. Se ha escapado esta noche.
—¿Cómo lo ha hecho? Pensaba que los tatuajes retenían a los participantes en las casas de los segadores —trato de averiguar.
Alec se encoge de hombros.
—Si lo hacían, ha conseguido burlarlos. Mi abuelo cree que se ha colado en la despensa y ha conseguido alguna poción que le ha permitido borrárselo. Y, después, simplemente, se ha marchado por la puerta.
—¿No tenéis ninguna manera de seguirla?
Serenity lo ha conseguido. Ha logrado huir. Lo único en lo que puedo pensar es en las ganas que tengo de contárselo a Hazel, pero tengo que contener mi expresión para no levantar sospechas.
—No, por el momento. ¿Y la tuya? ¿No ha hecho nada raro?
Agito la cabeza.
—No. Estos últimos días casi no la he visto, pero sigue en casa.
Alec parece creerse lo que le he dicho. Aunque, en realidad, no he dicho ninguna mentira.
—Qué raro. Pensé que lo primero que haría sería ir a buscarla.
—En mi casa no entrará nadie sin que se entere el basilisco —le digo—. Hace unas semanas alguien se coló en el sótano por la noche y el basilisco se lo comió vivo. Me habría enterado si hubiera vuelto a pasar.
Mi mente me recuerda entonces que ni siquiera me enteré de cuando murió mi padre. De nuevo, lucho por contenerme.
—No sé qué pasará cuando empiece la quinta prueba. ¿Se supone que estoy descalificado?
Alec se pasa las manos por el pelo enredado.
—No lo sé.
—Joder, cuando pille a esa zorra…
Alec aprieta los puños y dejo que libere su frustración contra la mesa.
Da otro golpe y los artilugios tiemblan, amenazando con caerse si el siguiente es más fuerte.
Su rabia no me impacta porque estoy acostumbrado a sus cambios bruscos de humor.
Cuando estábamos en el internado, era fácil estar con Alec hasta que algo lo enfadaba.
Entonces, lo mejor era apartarse, pero ahora mismo no me puedo ir. Necesito saber qué ha pasado.
—¿Estás seguro de que no está simplemente escondida? —le pregunto.
—¿La ves tú por alguna parte? Han buscado por todos lados. Créeme, esa puta indigna se ha marchado.