Malenfant 46. HAZEL
86%

46. HAZEL

HAZEL

Sé por qué no me quiere tocar. A pesar de la oscuridad, puedo ver los rastros de las heridas que, durante todos estos años, ha ido infligiendo sobre su piel, como un castigo eterno por no haberse convertido en el hijo que ella esperaba tener.

Coloco mi mano sobre la suya, como si eso pudiera compensar su dolor.

Me sorprende sentir su tacto cálido. Siempre pensé en Marlowe como un hombre frío, pero ahora me doy cuenta de que había un fuego dormido en su interior.

Le acaricio el dorso de la mano con cuidado. Después, con la otra, le doy la vuelta para ver sus heridas. Él se resiste al principio.

—No quiero que lo veas. No me gustan.

—No me van a asustar, Marlowe. Solo quiero ver si habría alguna forma de curarlas.

—Lo he intentado todo, Hazel, durante años.

Asiento.

—Lo sé, pero recuerda quién sacaba mejores notas en Sanación —le respondo, intentando aligerar el ambiente.

Marlowe sonríe en la oscuridad, pero la tensión sigue presente.

Me permite girarle del todo la mano y ver un atisbo de cómo le han quedado.

Varios trozos de carne han cicatrizado de formas irregulares, dejándole unos relieves extraños en las palmas de las manos.

Algunas cicatrices todavía siguen rosadas.

Por lo menos sé que, desde aquel día en el que presencié cómo se las quemaba, no ha vuelto a suceder.

—Esto no te volverá a pasar nunca más —le aseguro.

Marlowe se humedece los labios y agacha la cabeza.

—No sabes lo difícil que es creer eso.

Tiro de su mano para intentar que me mire a los ojos, y después me dejo caer un poco en la cama, deshaciendo la tensión que ha acumulado mi cuerpo.

—No eres solo tus cicatrices, Marlowe. No eres lo que te hicieron creer. No quiero que te castigues más.

Un mechón de pelo se desliza sobre mi mejilla. Aparto la mano para atraparlo, pero él se me adelanta y me roza la piel. Siento una descarga eléctrica recorrerme todo el cuerpo y echo la cara hacia atrás de forma instintiva.

—Lo siento mucho —se disculpa él enseguida—. No quería hacerte daño.

—No… no me has hecho daño —le aseguro—. Es que no me lo esperaba.

Él aprieta los labios.

—¿Te ha incomodado?

Pienso unos segundos en mi respuesta. Me debato entre decir la verdad y salir corriendo. Finalmente, claudico:

—No. ¿A ti?

Él inclina la cabeza hacia un lado.

—Hazel, apenas puedo sentir nada en las manos. Perdí la sensibilidad hará un año.

Se me cae el alma a los pies.

—¿En serio?

—En serio.

Fijo la vista en sus manos. Estiro la mía y busco una de las suyas. La cojo con cuidado y le doy la vuelta. Paso la yema de los dedos por encima de sus cicatrices, esperando algún tipo de respuesta, pero Marlowe se queda en silencio.

—No lo sientes, ¿verdad?

Él niega con la cabeza. Después, dudo un instante antes de tomar su mano y acercarla a mi rostro. Veo que el suyo se crispa, pero sigo adelante, moviendo sus dedos por mi mejilla, desde la sien hasta los labios. Un hormigueo me recorre el cuello.

—Nada.

Después, paso a mi pelo, pero la expresión de Marlowe no cambia.

—Es como si las tuviera dormidas de forma permanente —me explica él—. A veces, puedo sentir algún atisbo de que estoy rozando o agarrando alguna cosa. La fuerza como tal no la he perdido. Pero la sensibilidad… es como si nunca la hubiera tenido.

Algo dentro de mí se niega a aceptar que Marlowe nunca podrá sentir a otra persona dándole la mano, el tacto de la hierba recién cortada, la suavidad del pelo de una mascota ni el rostro de sus propios hijos, si es que algún día los tiene.

Un odio cada vez más profundo comienza a crecer en mi pecho al pensar en Gwendoline Malenfant.

No puedo creer que tenga que vivir toda su vida con estas heridas, que le recordarán para siempre de dónde viene. Nunca podrá volver a empezar de cero si cada día de su futura vida se levanta con las mismas cicatrices. Me da tanta rabia que no puedo contenerme.

Vuelvo a tomar sus manos, esta vez con más cuidado, y me acerco hacia él. El corazón me va a estallar en el pecho, pero no le hago caso, incluso si es la primera vez que siento que está vivo después de meses de dolor y silencio.

—¿Y esto? —le pregunto.

Acerco mi rostro a sus palmas y le doy un beso sobre las cicatrices. Su piel es áspera, pero no me molesta. Sé que hay heridas mucho peores que estas, heridas que no se ven con los ojos.

Aprieta los ojos en cuanto mis labios lo rozan. Vuelvo a repetirlo otra vez más en otro punto distinto y Marlowe se estremece.

—¿Te duele? —le pregunto, apartándome.

—No —gruñe él.

—Perdona, no quería sobrepasarme. Yo…

—Sigue, Hazel, por favor. Sigue.

Mi frase se queda a medias y vuelvo a mirarle las manos. Me agacho de nuevo y rozo mi mejilla contra la palma de su mano. Él entiende lo que quiero hacer y me acaricia la mejilla de nuevo. Levanto los ojos para buscar los suyos y me doy cuenta de que están llenos de lágrimas que lucha por contener.

—Esto no lo siento —murmura, tan bajito que casi no lo escucho—. Pero tus besos… sí. Noto un calor, una vibración que jamás había sentido antes.

Instintivamente, me acerco de nuevo y le beso las manos otra vez. Pero no son solo las palmas, sino también el dorso.

—Hazel…

Paso a la otra mano mientras Marlowe suspira y deja caer su cuerpo hacia la cama, despacio, tranquilizándose.

—Eso es, relájate —susurro contra su piel.

Mis labios se deslizan sobre cada cicatriz, cada herida del pasado, y las cubren de besos. Marlowe parece estar librando una batalla en su mente.

—Hazel… No puedo.

Pero yo sigo besándole las palmas con mucho cuidado, probando en diferentes lugares para poner a prueba su sensibilidad.

Veo cómo las lágrimas se derraman por sus mejillas, en silencio.

Me arriesgo un poco más y me acerco a su pulgar.

Con cuidado, me lo meto en la boca y lo succiono. Marlowe gruñe, no sé si de dolor.

—Por favor, para, para —me suplica.

Me aparto de golpe mientras él se vuelve a incorporar en la cama y una de sus manos vuela hasta mi cuello y presiona ligeramente con las yemas de los dedos. Se me corta la respiración. Por un momento, pienso que he atravesado una barrera que no debería haber intentado cruzar.

—Perdón. Perdón. No quería…

Él agita la cabeza. De la nada, su rostro está junto al mío, a apenas unos milímetros de distancia. Noto su respiración acelerada sobre mis labios, que se entreabren sin sentido. El corazón me palpita conforme va deslizando sus dedos hacia mi mandíbula y me sostienen.

—No quería hacerte daño —le aseguro, con la voz tomada.

—No es eso —jadea en un tono casi gutural—. Es que estoy teniendo pensamientos que no quiero…, no puedo tener.

Su mirada vuela hasta mi boca y mis ojos lo imitan. Veo cómo se humedece los labios y los míos se preparan para recibirlo. Pero no sucede. Vuelvo a clavar la vista en la suya.

Marlowe parece estar luchando contra sus propios demonios y esa es una batalla que no me pertenece. Una puerta a la que no sé si quiero llamar.

—Deberíamos dormir —dice al fin.

Marlowe me suelta y se pasa las manos por el rostro. Después, asiente y suspira mientras se tumba de nuevo y se tapa con la manta.

—Buenas noches, Hazel.

No sé qué decir, así que solo añado:

—Buenas noches, Marlowe.

La luz de la luna ilumina su silueta. Él cierra los ojos y yo hago lo mismo, pero sé que voy a necesitar por lo menos una hora para poder conciliar el sueño.

Me quedo quieta, en silencio, intentando asumir todo lo que nos acabamos de decir y lo que acaba de pasar entre nosotros.

Sus manos rotas, mis besos, sus lágrimas, mis dudas…

Hasta que la respiración de él adquiere una cadencia que me indica que se ha quedado dormido.

Solo cuando estoy segura de que no me va a pillar mirándolo, los abro y me permito observarlo.

Mientras duerme, parece calmado. Como si no cargara con esa losa que lleva encima todos los días.

Verlo así me da cierta paz, aunque también me hace plantearme si estaré equivocándome.

Estoy en la cama del que ha sido mi enemigo durante años y, en lugar de sentir ganas de estrangularlo mientras duerme, solo quiero que, por fin, encuentre un camino en el que pueda ser libre.