45. MARLOWE
MARLOWE
No paso por todas las fases del duelo en una sola noche. Simplemente, me doy cuenta de que una parte de mí ya lo ha ido haciendo a lo largo de la vida.
Desde pequeño, me negué a creer que mis padres fueran diferentes al resto.
Intenté ser siempre el mejor en todo, destacar para lograr un ápice de su atención, intentando que se sintieran orgullosos.
Nunca lo conseguí. Cuando pienso en el Marlowe del internado, me da pena.
Siempre frustrado, enfadado con el universo.
Culpaba al mundo de sus problemas porque no era capaz de mirar hacia dentro y reconocer los suyos propios.
Después, estalló la guerra y acepté mi situación.
Supe que nunca pertenecería ni a un lado ni a otro.
Estaba anclado en tierra de nadie, en una profunda depresión donde ni siquiera sabía quién era sin todas las capas y piedras que había ido poniéndome y cargando por el camino.
¿Cómo habría sido mi vida sin el apellido Malenfant, sin magia?
¿Y si Magnus no hubiera existido? Despojado de cualquier seña de identidad, me aislé de los demás.
Me protegí tanto que, en lugar de coger fuerzas para renacer, yo mismo me pudrí dentro de mi cáscara.
Y ahora que El Ascenso me ha hecho despertar…
siento una extraña tranquilidad que debería resultarme inquietante.
No sé si algún día me perdonaré por los errores que he cometido, pero decido abrazarlos desde la comprensión y no desde el castigo.
—¿Estás despierta? —susurro, tan bajo que creo que, incluso si lo está, no me va a escuchar.
Hazel se mueve en el otro lado de la cama y se gira hacia mí.
—¿Has dicho algo?
—Que si estabas despierta.
—Sí.
Trago saliva.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Ella asiente. La luz está apagada, pero la luna llena ilumina gran parte de la habitación. Mis ojos ya se han acostumbrado a la oscuridad e incluso puedo ver las pupilas de Hazel, dilatadas.
—¿Cómo crees que habrían sido nuestras vidas sin la guerra?
—Buf…
Hazel se gira, colocándose boca arriba, y mira hacia el techo.
—Es una pregunta muy complicada —dice al cabo de unos segundos—. Para empezar, toda mi familia seguiría viva. Ya solo con eso, es un gran cambio.
Tenso la mandíbula y me siento mal por haber preguntado.
—Lo siento —murmuro con sinceridad.
Ella suspira sin desviar la mirada, sin corresponder la mía, que sigue fija en su perfil. Mis ojos recorren las largas y oscuras pestañas que besan las pecas sobre sus mejillas, la pequeña nariz que se funde con sus labios en un marcado arco de cupido.
El Marlowe de Stonefell jamás lo habría confesado, pero, incluso con los estragos de la guerra marcados en la piel, Hazel Greenleaf es hermosa.
—No fuiste tú el que lanzó la maldición que los mató, pero… acepto tu disculpa.
—Gracias.
La voz me sale rasposa, no sé si por el alivio que me produce su perdón.
Hazel se queda en silencio, como si estuviera dudando sobre si seguir esta conversación o terminarla ahí.
—Tu padre… —titubea.
—Está bien, puedes hablar de él.
—¿Llegó a involucrarse mucho en la guerra?
—¿A qué te refieres con involucrarse mucho? —le pregunto, para que sea más clara.
—A si llegó a matar.
El sonido de un búho sobrevolando los jardines rellena el silencio que se crea después de esa pregunta.
—No, al menos directamente —respondo con sinceridad—.
Fue mi madre la que mató a los White. Desconozco si mató a alguien en defensa propia durante la batalla final, pero mancharse las manos nunca fue su estilo.
Él era más estratégico. Junto a mi madre estuvo moviendo hilos en las sombras para Magnus desde mucho antes de que empezara la guerra.
—¿Y tú?
—¿Y yo qué? ¿Si he matado a alguien? —Mis labios se mueven más rápido que mis pensamientos y se me escapa esa pregunta.
Hazel se gira hacia mí y apoya su codo contra el colchón para elevarse un poco.
—Bueno…, sí.
—No, Hazel. No maté a nadie. Estaba demasiado ocupado intentando sobrevivir. ¿O acaso crees que iba por el internado cargándome a la gente?
—No lo sé —responde ella con una insolencia refrescante—. Parecías bastante estúpido.
Alzo una ceja, pero creo que ella no me puede ver. Como le estoy dando la espalda a la ventana, mi rostro se queda entre las sombras, mientras que la luz de la luna impacta directamente sobre el cuerpo y la cara de Hazel.
—A veces ni yo mismo sé quién soy ni quién he sido.
Mi respuesta mata cualquier resquicio de humor entre nosotros. Ahora soy yo el que se coloca boca arriba y aparta la mirada. Noto cómo mi pecho sube y baja con cada respiración, dolorosamente consciente de la distancia que nos separa.
—Nunca es tarde para descubrirlo, Marlowe.
Te mereces una segunda oportunidad. Pero…
aprovéchala de verdad. Cuando se acabe El Ascenso, deberás demostrarlo.
Ese será el momento de dar un golpe sobre la mesa y hacer las cosas a tu manera.
¿Te has fijado en que hace un momento has llamado Magnus a El Magno?
Asiento. No es la primera vez que, en los últimos días, pienso en él como un humano más y no como una divinidad autoimpuesta. Si ganamos El Ascenso, me gustaría acabar con todo esto. La marginación, las clasificaciones absurdas, las dinámicas desiguales de poder.
—¿Sabes qué me gustaría? —digo en voz alta, aunque más bien es una reflexión para mí mismo—.
Alquilar una casita pequeña en un pueblo perdido de Inglaterra o en el sur de Gales.
Una casa vacía, que pudiera amueblar y hacer mía desde cero.
A veces me imagino cómo sería. ¿Qué tipo de muebles pondría?
¿Qué haría en mi tiempo libre? ¿Me gustaría practicar algún deporte o preferiría pasar las tardes en el bar con algún amigo? De hecho…, ¿haría amigos?
El búho vuelve a ulular, esta vez más alto. Hazel no se mueve. No quiero girarme para mirarla, pero estoy convencida de que me está observando.
—Creo que ahora tienes la oportunidad perfecta para descubrir todo eso, Marlowe —me dice con suavidad—. Ya te lo he dicho antes, te mereces una segunda oportunidad.
—Solo hay un problema —la corto, hablando demasiado rápido.
—¿Cuál?
—Alec —resumo en una única palabra.
Ahora sí, me giro hacia ella. Tiene una expresión en la cara que no logro descifrar. Lo achaco a la falta de luz.
—Marlowe, no pienses en eso ahora. Concéntrate en lo que pasará en el momento en el que termine la quinta prueba.
De hecho, deberías tener en cuenta la posibilidad de que yo muera.
Porque eso podría pasar y lo sabes. En ese caso, serás tú el que tendrá que huir hasta que las cosas se calmen y ver la mejor manera de…
—Hazel, no.
A ella parece molestarle mi comentario.
—Hay que pensarlo todo.
Me imagino a Hazel muriendo a manos de Caleb en la última prueba. La sangre me hierve en las venas.
—Lo sé, por eso tienes que tener cuidado con tu ex.
No creo que Theo sea una amenaza, por mucho que escogiese comida envenenada en la segunda prueba, no lo veo capaz ni de empuñar un trozo de cristal roto.
Pero Caleb… Le han estado comiendo la cabeza en casa de los Vale.
Estaba buscando tu diario en tu casa, y no creo que con las mismas intenciones que yo.
Ella no parece convencida, pero tuerce el gesto.
—No lo sé. Pero, de todas formas, si quería utilizar el factor sorpresa y atacarme en la prueba final, ya lo ha perdido, porque estoy convencida de que, en cuanto arranque, vendrá directo a por mí.
—Sí. Lo hará —confirmo con vehemencia—. Caleb también lo ha perdido todo, y ha rellenado los huecos de su desesperación con rabia y sed de venganza. Irá a por ti la primera, Hazel, así que ten cuidado. No te fíes de nada de lo que te pueda decir.
—No lo haré —responde, tajante.
Muevo las piernas, intentando rellenar el silencio, y se me escapa un bostezo.
—Intenta dormir, anda —me dice ella.
—No tengo sueño.
—¿Y qué ha sido eso?
Me encojo de hombros.
—Mi abuela decía que, cuando bostezamos, es porque hay algo importante que queremos decir, pero no nos atrevemos —le cuento.
—¿Crees que en un universo paralelo, donde no existiera la Muerte, los rebeldes y los segadores, habríamos sido amigos en el internado?
Su pregunta me arranca una sonrisa.
—No lo sé. Creo que habríamos sido rivales académicos igualmente. Habríamos peleado por ver quién sacaba más excelsos. Lo que no sé es si… —Me quedo callado, sin saber si quiero continuar por ese camino.
Esta nueva situación que ha surgido entre Hazel y yo me tiene confuso.
Por un lado, no dejo de pensar en la historia que nos separa: el segador y la rebelde, dos personas totalmente opuestas que han luchado por acabar con la forma de vida del otro.
Pero, por otro, es como si ella me entendiera a un nivel que no sabía que existía hasta hace unas semanas.
Un nivel que me obliga a bajar a verla cuando escucho sus gritos por la noche y a querer que sobreviva a las pruebas por algo más que puro interés personal.
—¿Si… qué? —me insiste ella.
—Nada. No viene al caso.
Pero Hazel, como siempre, es más inteligente que yo.
Siempre lo fue. Me habría encantado decir, cuando estaba en el internado, que siempre se llevaba las mejores notas porque yo estaba más ocupado prestando atención a las habladurías de pasillo.
Pero la realidad es que ella siempre estuvo por encima.
—Es por la famosa fiesta de Halloween, ¿no? —dice ella. No es una suposición al azar—. ¿Qué fue lo que pasó exactamente?
Suspiro.
—¿De verdad quieres saberlo? Ya te he contado lo más importante —le recuerdo.
Ella no me responde, como si estuviera esperando a que siga hablando, así que me muerdo el labio, pensando en cómo empezar—.
Como quieras. No tiene mucho misterio. Estabais bebiendo en la habitación de Olivia.
Se rumoreaba que había robado algún ingrediente de la clase de Botánica para añadírselo a los cócteles.
Algunos dijeron que había sido sangre de vampiro.
En el fondo tendría sentido, eso explicaría por qué la noticia no se extendió tanto.
Pero, claro, algunos no bebieron y fueron testigos del beso.
Solo un momento. El humo te apuntó a ti mientras jugábamos a la vela.
—Puede que no lo recuerde, pero no creo que estuviera jugando a la vela, por mucho que hubiera bebido —dice Hazel.
—De hecho, tú no estabas jugando, pero te acercaste un momento a hablar con Serenity.
Todo el mundo empezó a decir que el humo había ido hacia ti y no hacia tu amiga.
Y lo demás, pues eso… Fue un beso y ya. Y después te marchaste, sin más.
No sé qué pasaría después, pero al día siguiente ni Serenity ni tú aparecisteis por clase.
—Nos pasamos toda la noche vomitando ese brebaje que preparó Olivia.
Asiento lentamente.
—Desde luego, tenía muy mala pinta.
—Es curioso que ahora estemos así —murmura y se toma unos segundos antes de continuar—. Que hace unos meses fuéramos enemigos y ahora… podamos tolerarnos.
—Me gusta esa palabra. Tolerarnos.
Hazel se muerde el labio por dentro.
—Creo que sí habríamos sido amigos en un universo paralelo —confieso, respondiendo a su pregunta—. Quizá en este todavía estemos a tiempo de serlo.
Observo su lenguaje corporal para tratar de adivinar lo que está pasando por su cabeza. Sigue tumbada, con los hombros y la cara relajados.
—No sé si los amigos se suelen odiar durante años, se besan en una fiesta, se vuelven a odiar y luego hacen un pacto inestable nada más empezar la posguerra… —dice de pronto.
—Tienes razón. Yo tampoco quiero olvidar todo lo que hemos vivido. Pero me gustaría…, no sé, poder mandarte una postal de vez en cuando.
Ahora es ella la que se ríe. Y soy consciente de que no es la primera vez que oigo ese sonido.
Mi mente se plaga de mis recuerdos en el internado: de clases compartidas, de cenas en el salón principal y carreras en los pasillos.
Pero esta sí es la primera vez que lo escucho con atención, como si me envolviese por completo.
—Te acepto una tarjeta de Navidad.
El silencio se vuelve increíblemente pesado y siento que solo puedo escuchar los latidos de mi corazón, acelerados y desacompasados. Por un momento me da vergüenza que Hazel también los pueda sentir.
—Tú también te mereces una segunda oportunidad —le digo—. Los dos nos la merecemos.
Mis ojos bajan hasta su mano, que está extendida entre nosotros, sobre las sábanas. Siento que las mías me hormiguean al pensar en tocarla.
—Primero tengo que sobrevivir —me recuerda.
La simple idea de que Hazel pueda morir en los próximos días me atenaza el pecho y me desgarra por dentro.
—No dejaré que te hagan nada malo.
—No lo puedes controlar, Marlowe.
Me incorporo ligeramente en la cama, y ella me imita. Quedamos frente a frente.
—Tienes razón, no puedo garantizarte que sobrevivas. Pero créeme que, si pudiera, entraría a esa prueba por ti.
Sus ojos buscan los míos, y la tristeza, la rabia y la desesperación del uno se confunde con la del otro. Su oscuridad se refleja en la mía y viceversa.
—Lo sé. Te creo. Solo espero encontrarte al otro lado cuando acabe todo esto —murmura Hazel. Una extraña fuerza empaña su voz.
—Te lo prometo.
Extiendo mi mano hacia la suya y la coloco justo a su lado.
No la quiero tocar. Las heridas han empezado a cicatrizar, pero mi piel es demasiado áspera, mientras que la suya parece que se va a romper con solo una caricia.
Pero me conformo con eso. Con que nuestras manos estén así, una al lado de la otra, sin rozarse.