Malenfant 44. HAZEL
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44. HAZEL

HAZEL

Sin pensarlo, lo abrazo por la espalda. No le pregunto qué ha pasado, ni siquiera sé si quiero saberlo, pero entiendo su dolor. Y ahora, más que nunca, entiendo sus palabras cuando me dijo que vio su oscuridad reflejada en la mía.

La tormenta sigue rugiendo al otro lado de la ventana, ahogando los sollozos que Marlowe intenta contener sin éxito.

Dejo que poco a poco se vaya relajando, sacándolo todo, y me siento extraña por el hecho de que haya decidido venir a contármelo.

Pese a todas nuestras diferencias, me alegro de que no tenga que pasar este momento solo.

Los ojos se me humedecen al recordar cómo fueron los siguientes días a la muerte de Jack.

La tercera prueba no lo borró de mi memoria.

A pesar de todo, Caleb estuvo conmigo, me ayudó a huir de un Stonefell derruido y me dio el último frasco de poción noctilius que había guardado como oro en paño durante los últimos meses de la guerra.

—Ha muerto, Hazel. Ha muerto —repite.

Puedo reconocer en él la fase de negación, pero sé que también hay un toque de rabia en sus palabras. Por eso, estoy convencida de que algo más ha tenido que pasar para que esté así. El hombre de hielo se ha quemado y, ahora que el fuego arde en su interior, siento que nada apagará esa llama.

Quiero decirle que lo siento, pero no puedo olvidar que Damascus Malenfant no fue un buen hombre. Cada vez más me encuentro entre dos aguas, sin saber elegir en cuál nadar.

Suelto a Marlowe después de unos segundos que se hacen eternos. Él se aparta las manos de la cara y se aferra a las sábanas con fuerza. Me siento tentada de mirarlas, pero no quiero que me pille haciéndolo.

—¿Y sabes qué es lo peor de todo? —dice, levantándose y empezando a deambular por la habitación—. Que murió hace varios días. Ya celebraron el funeral y lo enterraron y mi madre no dijo nada. Lo han hecho todo a mis espaldas, joder.

—¿Qué? —se me escapa, incrédula.

Un millón de preguntas se me arremolinan en la garganta, listas para dispararse en cualquier momento, pero me tengo que aguantar las ganas de formularlas.

—Si esto no es una señal, no sé qué será —murmura Marlowe, apretando tanto los dientes que casi no lo entiendo.

Me levanto de la cama y me pongo de pie junto a él.

—¿Una señal?

—De que no pertenezco a su mundo. ¿Por qué he tardado tanto tiempo en reaccionar, si siempre lo he sabido?

No es nada nuevo, en realidad. Pero ahora hay una diferencia: han sido ellos los que me han echado, no yo.

—Con el rostro teñido por la rabia, vuelve a apretar los puños y temo que se le abran las heridas ahora que no lleva guantes—.

Esto lo cambia todo. No lo saben, pero me han dado la excusa perfecta para…

Puedo leer un montón de pensamientos viajando a toda velocidad por su mente. Sus ojos se mueven de lado a lado, fuera de sí. Como si estuviese valorando todos los posibles escenarios a la vez.

—Tranquilo —le digo, aunque sé que no tendrá ningún efecto. Acerco la mano para colocarla sobre su pecho, pero la aparto antes de rozarlo—. No tomes decisiones precipitadas ahora, Marlowe. No es un buen momento. Créeme, sé de lo que hablo.

—Hazel, no te lo tomes a mal, pero ahora mismo todo me importa una mierda.

—Marlowe mira a su alrededor con cara de asco—.

Estas paredes, este lugar… Nunca ha sido realmente un hogar.

Solo una construcción a punto de hundirse por su propio peso, podrida por la humedad.

Ojalá lo haga pronto, porque yo me voy. Y te recomiendo que vengas conmigo.

De repente, comienza a caminar hacia la puerta.

Igual que hace unos días, corro para alcanzarlo, pero esta vez sus zancadas son más rápidas y abandona mi habitación, de camino a la suya.

Lo sigo por las escaleras en un silencio cargado de temor, no sé muy bien por qué, pero soy consciente de dos cosas: por un lado, si su madre nos escucha, lo que presencié en el pasillo hace unas semanas no será nada comparado con lo que puede hacernos; por otro, que, por peligroso que sea, soy incapaz de dejarlo solo en este estado.

Marlowe aprieta el paso y tengo que imitarlo para no quedarme atrás.

Entra a su habitación, abriendo la puerta con un golpe, y va directo a su vestidor.

Camino detrás de él, entrando en este lugar por primera vez.

Nunca había visto un armario tan deprimente como el suyo: casi todo es negro o blanco, desprovisto de color. Como su mundo.

—¿Y a dónde piensas irte? —le pregunto, entrando en pánico.

Recuerdo el plan de Serenity. Si una participante huye, podría funcionar, pero, si Marlowe lo hace antes que ella, duplicarán la vigilancia en la casa de los Aurigae para que no pase lo mismo.

—No lo sé, pero salen trenes al sur todos los días a las cinco de la mañana. Si me marcho un par de horas antes, llegaré a tiempo para cogerlo antes de que me puedan seguir.

—Eso no va a funcionar, Marlowe.

—¿Qué sabrás tú de mi familia? —Se revuelve contra mí y su tono me disgusta. Toda la compasión que sentía por él se esfuma en tan solo un instante—. No sabes de lo que son capaces con tal de salirse con la suya.

—Ah, ¿no? —respondo, enfurecida—. Te recuerdo que llevo meses prisionera en esta casa que se cae a pedazos.

Que he dormido en el suelo de un sótano infesto y he pasado días sin comer ni beber.

Tu madre me ha amenazado continuamente, me han obligado a participar en una farsa solo para que tú y los tuyos podáis burlaros de mí…

Y he visto lo que ella te hace. Créeme, sé perfectamente el tipo de persona que es.

—No sabes lo que es vivir así. Toda la infancia, la adolescencia, toda mi vida pendiente de ella para no hacerla enfadar.

Para no provocar su ira cuando no estaba en mi mano aplacarla.

¿No te das cuenta? ¡No puedo más, Hazel!

—espeta, con el rostro desencajado y la respiración acelerada.

Los ojos se le llenan de lágrimas y toma aire despacio antes de susurrar—: No puedo más.

Todo lo que ha sucedido… Tú, El Ascenso, la muerte de mi padre…

Me ha demostrado que nunca seré suficiente.

Soy el hijo que nunca quiso tener. Una decepción constante.

A veces me da la sensación de que mi madre habría deseado que fuera más como Alec y menos… yo.

—Menos… ¿humano?

Él agita la cabeza, obcecado en su discurso, pero no me responde.

—Déjame decirte una cosa, Marlowe. Te he detestado durante años.

Lo que eras, lo que tu familia simbolizaba, la forma en la que te movías por el internado como si ese lugar, como si el mundo entero, te perteneciera.

Rezaba para que no nos tocara en la misma clase, y menos en el mismo grupo de trabajo.

Y cuando estalló la guerra te odié. A ti y a los que, como tú, me lo robaron todo.

Pero hay algo ahí debajo, maldita sea. Algo que te hace diferente a ellos.

No dejes que te lo arrebaten. No permitas que te arranquen el alma solo porque seas el único que la tiene.

Marlowe se lleva las manos al rostro y las arrastra hacia abajo, intentando liberar su frustración y calmarse.

Suelta un gruñido contenido y sale de su habitación para ir al baño.

Lo sigo de nuevo, como si fuera un perrito.

Abre el grifo y se moja la cara, después se apoya con las dos manos en el lavamanos.

Alza el rostro para ver su reflejo. Se mira como si no se reconociera.

—Sé que ahora mismo lo que quieres es huir —le digo—. Pero la mejor forma de vengarte es esperar, agachar la cabeza y utilizar el factor sorpresa en la prueba final. Hazme caso.

Pero no estoy segura de que Marlowe esté procesando lo que le digo. Sigue mirando un punto fijo en el espejo.

—¿Factor sorpresa? —pregunta.

Doy un paso al frente, acercándome a él y apareciendo en el reflejo a sus espaldas. El pelo rubio le gotea sobre la camisa blanca, que lleva desabrochada y arrugada.

—Tienes que ser más listo que ellos. Si quieres huir de aquí, el peor momento para hacerlo es ahora. Es el más previsible, Marlowe. Dios, parece mentira que ni tú mismo te des cuenta. Créeme, es mejor esperar.

—Esperar… ¿a qué, exactamente? ¿A que mueras en la quinta prueba?

Trago saliva. Marlowe no sabe que Serenity piensa huir, lo que probablemente hará que Alec quede descalificado.

La verdad me asoma por los labios, quemándome la punta de la lengua, pero no puedo confesarle el plan de mi amiga.

Todavía no. Necesito que Marlowe se sorprenda de verdad cuando Alec le dé la noticia de que Serenity ha desaparecido… , si es que lo logra.

Nuestras miradas se sostienen. Yo intentando procesar el torbellino de emociones que se arremolina en mi pecho, él esperando una respuesta con los ojos enrojecidos. Pero yo solo puedo pensar en el contrato que firmé con su madre. Hasta que no gane, no seré libre.

—Ganaré el torneo, Marlowe. Te lo prometo. Entonces podrás huir. Pero hacerlo ahora estropeará las cosas. Te seguirán.

—Ven conmigo —me suplica de pronto, incorporándose y girándose hacia mí—. Los dos podríamos empezar de cero. Alec ganaría el torneo y Serenity sobreviviría, supongo. Podrías reencontrarte con ella.

La idea es muy bonita, pero hay demasiados problemas.

—¿Se te ha olvidado que tengo esto? —le pregunto. Me levanto la manga para mostrarle el tatuaje que reza «Propiedad de Marlowe Malenfant».

Pero a él parecen brillarle los ojos.

—Puedo borrarlo. Creo que puedo hacerlo sin que se entere mi madre. Y serías libre. Los dos podríamos irnos de aquí.

La situación se vuelve cada vez más tensa. No puedo contarle la verdad, pero sé que voy a tener que confesar algo para que entienda por qué no voy a poder salir de aquí.

—No servirá de nada —le adelanto—. Firmé un contrato con tu madre al inicio de El Ascenso.

Marlowe se queda muy quieto cuando pronuncio esas palabras.

—¿Qué tipo de contrato?

—¿Recuerdas las plumas de cuervo que usé para contactar con Serenity?

—le pregunto. Él me responde con un asentimiento lento.

Por supuesto que se acuerda—. Tu madre me puso muchas condiciones y yo pedí a cambio poder desaparecer sin que ningún miembro de la familia pudiera seguirme el rastro una vez terminase el torneo.

Si después de la quinta prueba nos vamos juntos, tu madre no podrá seguirnos.

Me aseguré de que todas las opciones quedaran contempladas en el papel para que fuera ilocalizable.

Marlowe parece meditar mi propuesta, pero veo en sus ojos que no le convence del todo.

—¿Y qué te pidió mi madre a cambio?

—¿De las plumas y de desaparecer? Que hiciera todo lo posible por que ganaras El Ascenso.

Creo que Marlowe piensa en lo mismo que yo cuando menciono estas últimas palabras, pero ninguno de los dos lo decimos en voz alta.

—De todas formas, no tienes por qué huir —digo—. Puedes intentar quedarte y reconstruirlo todo desde cero.

Pero él agita la cabeza.

—Será imposible. Aunque han muerto muchos segadores, todavía queda un núcleo grande en Escocia. Volverían a organizarse entre ellos de alguna manera, aunque sea menos convencional.

—O aprovecharían la oportunidad para desvanecerse en el anonimato y empezar otra vida. La guerra nos ha afectado a todos, y nosotros lo sabemos mejor que nadie, Marlowe.

Su mirada es intensa, me cala bajo la piel y un escalofrío me recorre la nuca. No siento miedo. No sé qué siento.

—Lo pensaré —concede al fin—. Dame esta noche para reflexionarlo. Ahora mismo no puedo… pensar con claridad.

—Me parece bien, sí. Necesitas descansar.

—¿Sabes? —sigue hablando, pero ahora me parece que no me lo dice a mí, sino al universo—.

Siempre pensé que se recuperaría. Los Aurigae eran optimistas con su evolución, pero…

no sé. Me siento extraño. Debería estar triste, y lo estoy, pero, al mismo tiempo, he sentido cierto alivio.

¿En qué clase de persona me convierte eso? Es… era mi padre.

—Te entiendo. Pero también es la misma persona que permitió que tu madre te maltratara durante años. Él debía de saber lo que estaba pasando, de una manera u otra.

Marlowe asiente muy despacio, como si estuviese procesando por primera vez esa información y no fuese una realidad con la que se ha criado.

—No quiero demonizarlo en un momento como este —me apresuro a aclarar—. Entiendo tu dolor, de verdad. Lo entiendo. Pero, si algo en ti ha respirado con alivio al enterarse de la noticia… será por algo. Solo te digo esto para que no te machaques, Marlowe.

—Vale —murmura él, ahora más relajado.

Está demacrado y las ojeras se le marcan mucho más de lo habitual. El pelo le sigue goteando y, como sigamos en este baño tan frío, los dos vamos a enfermar.

—Salgamos de aquí.

Marlowe asiente y lo sigo en silencio hasta que llegamos a la puerta de su habitación.

—Descansa, piensa en todo lo que hemos hablado. Y cámbiate de ropa, por favor —le exijo, intentando aligerar el ambiente. De su cuarto emana un calor bastante agradable, no me había dado cuenta hasta ahora de que había una chimenea.

—Gracias —responde de forma escueta.

Trago saliva y me despido con un gesto de cabeza.

Me doy la vuelta y camino hacia las escaleras.

Después de todo esto, yo tampoco creo que pueda dormir mucho.

La muerte de Damascus me ha recordado, de alguna manera, a todas las personas que se han ido de mi vida en los últimos meses.

Rememoro desde la muerte de mis padres hasta la de algunos participantes de El Ascenso cuyo nombre ni siquiera recuerdo.

Culpables. Inocentes. La muerte no entiende de razones cuando aparece para reclamarte.

—¿Hazel? —escucho a mis espaldas.

Me detengo en seco, justo al inicio del tramo de escaleras que llevan a la planta de abajo, y me giro.

—¿Sí?

Marlowe me hace un gesto para que me acerque de nuevo. El corazón me da un vuelco, pero lo obedezco. Vuelvo a recorrer el pasillo y me detengo frente a él.

—¿Podrías…? ¿Puedes quedarte esta noche conmigo?

Hace apenas unos meses no me habría planteado si quiera una situación semejante. Ahora entiendo de dónde viene su petición. Entiendo los demonios que le asolan y la necesidad de no estar solo. Sin embargo, no alcanzo a comprender del todo lo que eso provoca en mi interior.

Miro al interior de su habitación. Las dudas me asaltan.

Hay mil indicadores en mi cabeza que enumeran unas listas con todos los motivos por los que hacer esto es una mala idea.

Marlowe y yo, en la misma habitación. No es como si fuese la primera vez, pero nunca ha sido en la suya.

Y no lo haré dormir en el suelo después de todo esto…

Vuelvo a pensar en las razones por las que negarme y todas terminan en la misma: Marlowe y yo, en la misma cama.

—¿Juntos? —le pregunto, solo para ver si he entendido bien su propuesta.

—Separados, pero juntos. Sí.