Malenfant 43. HAZEL
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43. HAZEL

HAZEL

La tarde se me hace más larga que las demás ahora que Gwendoline Malenfant ha regresado antes de tiempo.

Releo uno de los libros que Marlowe me recomendó y no puedo evitar sonreír cuando descubro por qué es uno de sus favoritos.

El protagonista tiene un encuentro con un kelpie y juntos deciden emprender un viaje en las profundidades de un lago mágico.

Es una historia infantil muy bonita y con final feliz.

Me quedo dormida leyendo el libro, esperando a que aparezca en algún momento, pero no lo hace.

Es la primera noche en más de una semana que no se queda conmigo.

Algo me hace pensar que llegará cuando esté dormida, quizá por eso me descubro despertándome varias veces durante la noche y buscándolo en la oscuridad.

Pero las horas siguen avanzando y no hay rastro de Marlowe.

De hecho, la casa está especialmente silenciosa, como si me hubiera quedado sola en esta enorme mansión.

Me desvelo por última vez con los primeros rayos del sol ya asomándose por el ventanal de mi habitación.

Sigo sin encontrar un solo indicio de que haya pasado la noche aquí.

A veces, cuando me quedo dormida con un libro entre las manos, lo recoge y lo deja sobre la mesa.

Pero hoy el libro del kelpie y el niño siguen en el mismo lugar donde lo dejé anoche, entre las sábanas.

Trato de no preocuparme mientras pasan las horas.

Paseo por el jardín dando vueltas en círculo, me doy un baño e intento centrarme en la lectura, pero soy incapaz.

Mi mente vaga una y otra vez hasta él sin motivo aparente.

Las chicas me sirven la comida en su habitual silencio.

Me entran ganas de interrogarlas, pero sé que sabrán lo mismo que yo.

Además, me da rabia admitir que estoy nerviosa, quizá incluso un poco paranoica.

¿Desde cuándo me preocupo tanto por él? Hemos construido una rutina en los últimos días, sí, pero Marlowe tendrá su propia vida.

Es posible que haya salido a hacer algún recado con su madre o que estén preparando algo para la quinta prueba.

No lo sé. Aun así, no puedo evitar mirar la puerta esperando a que venga a buscarme para llevarme a ver el torreón de los cuervos.

El momento que compartimos anoche, cuando me dejé caer demasiado cerca de él, todavía me persigue.

Cansada de esperar, me obligo a terminar el libro que dejé a medias y me meto en la cama en cuanto el sol comienza a ponerse en el horizonte. Las cuatro paredes de mi habitación comienzan a pesarme ahora que he pasado este día completamente sola.

Al final, por puro cansancio o por aburrimiento, me quedo dormida.

Dos días más se repiten en el mismo absoluto silencio.

No sé qué hora es cuando una voz me despierta, diciendo mi nombre.

—Hazel.

Es de noche. Huele a comida. Las chicas mirrorem me habrán traído la cena. Me incorporo en la cama, todavía en el mundo de los sueños, y enciendo la luz. Entrecierro los ojos y distingo con dificultades a Marlowe. Está sentado a los pies de mi cama, como siempre.

—¿Qué pasa? —murmuro, parpadeando muchas veces—. ¿He vuelto a gritar en sueños?

Pero no me responde. Me incorporo sobre la almohada y parpadeo un poco más para centrar la vista en él. Es en ese momento en el que me doy cuenta de que está llorando.

—¿Marlowe? ¿Qué pasa?

Agita la cabeza de un lado a otro y se lleva las manos a la cara. Me doy cuenta de que la situación es grave porque no lleva guantes.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estabas?

Me despejo en un segundo y me acerco a él. Le pongo una mano en el hombro, aunque me siento rara al hacerlo, y me inclino sobre él.

Tiene los ojos enrojecidos y la respiración acelerada, como si estuviese conteniendo un ataque de pánico.

Traga saliva con fuerza y aprieta los párpados como si estuviese reviviendo algo en un bucle que desearía detener.

Un par de lágrimas se escapan a su control y sé que dentro, bajo esa coraza impenetrable que ha construido, con muros más altos que los de esta mansión fría y húmeda, una parte de él se ha roto.

—Perdóname. Yo… no sabía a quién acudir —consigue murmurar—. Es mi padre, Hazel. Ha muerto.