Malenfant 42. HAZEL
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42. HAZEL

HAZEL

Por algún motivo que desconozco, El Ascenso parece ponerse en pausa durante unas semanas.

A veces me pregunto si es porque Magnus quiere que nos preparemos para lo peor, que les demos mil vueltas a todas las posibles opciones con las que podremos encontrarnos en la quinta prueba.

Sea como sea, su estrategia surte efecto, porque no puedo dejar de pensar en Serenity y en si habrá logrado huir.

Quiero pensar que Marlowe me lo habría dicho si ya hubiera pasado, pero no la ha mencionado en varios días.

Yo tampoco quiero hacerlo, porque, aunque nuestra dinámica ha cambiado y ahora podemos hablar como personas adultas, no quiero ponerla en peligro.

Por lo menos, he encontrado una especie de rutina que me hace la espera más llevadera.

Los días siguen pasando en la mansión Malenfant como si cada uno fuera un calco del anterior.

Por las mañanas aprovecho para dar un paseo por los jardines.

Con suerte, no hay tantas nubes. El verano se acerca, pero todavía parece resistirse al paso del tiempo.

No hay ningún día en el que el cielo esté completamente despejado, aunque el sol se deja ver un par de veces a lo largo de la semana.

Cierro los ojos y dejo que sus rayos toquen mi piel cuando me sorprende en uno de mis paseos.

Aprovecho este rato para relajarme y que mi mente descanse del bucle de pensamientos sobre El Ascenso y mi familia.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde la muerte de Jack, pero desde que empezó el torneo la siento lejana.

Me acomodo en el césped y me tumbo sobre la hierba.

Me sorprende sentirla mullida. El sol abraza mi cuerpo y me acaricia con su calidez.

No recuerdo la última vez que sentí una muestra de afecto físico espontánea, sin el miedo de no saber si sería la última: un abrazo de mis padres, la mano de mi hermano sobre mi hombro, apoyarme en el regazo de Serenity en los descansos entre clase y clase…

Trato de recordar los buenos momentos que he vivido en el internado, de centrar mis pensamientos en momentos positivos para no sucumbir a la oscuridad de los huecos en mi memoria.

Estos últimos días esa ha sido mi principal actividad con Marlowe.

Después de comer, cuando Gwendoline se marcha a la mansión Aurigae para visitar a Damascus, Marlowe viene a mi habitación y me ayuda a recuperar los recuerdos que no sabía que había perdido.

Por supuesto, no compartimos demasiados, pero hablar con él es como plantar una semilla.

A veces dice algo que, poco a poco, si tiro del hilo de pensamiento, como si de una madeja enredada se tratase, consigue acercarme al lugar en el que la tercera prueba parece haberlos encerrado.

El pitido sigue ahí cada vez que intento echar la vista atrás y rellenar algunas lagunas, pero cada vez suena más bajo.

Por las noches se queda a dormir en mi habitación, justo debajo de la ventana.

He intentado aguantar despierta hasta que él se duerma, pero nunca lo he conseguido.

Siempre termino rindiéndome primero y, cuando me despiertan las mirrorem , él ya no está ahí.

El resto del tiempo actuamos como dos completos desconocidos.

Si Gwendoline está cerca, no cruzo una palabra con Marlowe.

Casi ni me atrevo a mirarlo, por si acaso.

Ella a veces me hace alguna pregunta, siempre relacionada con El Ascenso, y suele ignorar a su único hijo, cuya presencia parece molestarle incluso más que la mía.

Giro la cabeza hacia la mansión, todavía con los ojos cerrados, y me siento observada.

Podría ser el basilisco de camino al lago, pero habría escuchado su pesado cuerpo moviéndose por la hierba.

Me debato entre si abrir o no los ojos. No me molesta que me mire mientras estoy aquí tumbada.

Marlowe ya me ha visto dormida, teniendo pesadillas e incluso en mi peor momento…

Siento un cosquilleo en la piel por culpa del sol.

Me incorporo y abro los ojos, mirando fijamente hacia la mansión.

Me cuesta unos segundos acostumbrarme a la luz, pero juraría que unas cortinas en la tercera planta se mueven, como si alguien acabara de esconderse detrás de ellas.

Regreso al interior y voy directa a mi habitación.

Sobre la mesa hay una bandeja de comida esperándome.

En los últimos días las raciones se han vuelto más contundentes.

Me siento y cojo la cuchara para empezar por la sopa, que todavía está caliente, y después paso al filete con patatas.

De postre, además de una manzana verde, hay un trozo de lo que parece ser un bizcocho de limón.

Dejo la cuchara y lo cojo con las dos manos.

Me lo acerco a la cara para olerlo y una voz proveniente de la puerta me sobresalta.

—¿No te han dicho que el postre es para el final?

Marlowe Malenfant está apoyado sobre el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión tranquila en el rostro.

—¿Dónde está…? —le pregunto.

No hace falta que termine la frase. Ambos sabemos a quién me refiero.

—Hoy se ha ido antes.

Marlowe separa el hombro del marco de la puerta y camina hacia mí.

—¿Por qué?

Gwendoline Malenfant es una mujer extremadamente controladora. Un cambio en su rutina me inquieta, pero tengo la sensación de que Marlowe está tranquilo.

—A veces lo hace, pero no quería venir antes por si acaso regresaba y nos pillaba aquí…

—¿Confraternizando con el enemigo? —termino la frase.

Marlowe esboza una media sonrisa.

—Come, anda.

Le hago caso y me termino la sopa mientras él se apoya sobre la mesa con actitud relajada. Observa detenidamente sus guantes mientras paso al segundo plato. Así, en silencio, llego a la manzana, que me guardo para después, y por último al bizcocho.

—¿Y esto? —le pregunto.

Marlowe se encoge de hombros.

—Lo he robado de las cocinas para ti. Hace unos días dijiste que en uno de los pasajes de tu diario habías escrito sobre el bizcocho de yogur y limón que preparaba tu madre. Sé que no es lo mismo, pero cuando lo he visto he pensado en… —Marlowe carraspea—. He pensado que te gustaría.

Le doy un mordisco pequeño, solo para que me dure más. Aunque el sabor no es el mismo que el de mi madre, la sensación del dulce esponjoso en mi boca casi hace que se me salten las lágrimas. Doy un segundo mordisco y lo pillo mirándome de reojo. Aparta la mirada enseguida.

—Está muy bueno. Gracias.

Él asiente.

—¿Qué quieres hacer hoy? Podemos ir a la biblioteca —sugiere Marlowe. Se aleja de mí y se sienta a los pies de la cama ahora que he terminado. Yo me doy la vuelta en la silla, meditando la respuesta.

Tengo que admitir que siento una cierta tranquilidad ahora que hemos adoptado esta rutina.

Nuestras tardes suelen transcurrir siempre igual, ya sea en mi habitación, rememorando escenas de Stonefell o cosas que aprendimos en clases que he olvidado tras la tercera prueba, o en la biblioteca, revisando los pocos libros que se salvaron de las inundaciones de las últimas semanas antes del final de la guerra.

—Hoy… —murmuro. Las opciones no son muchas, pero me gustaría hacer algo diferente—.

¿Por qué no me cuentas algo de ti? Siempre repasamos mis recuerdos, pero hay un montón de cosas que no me has contado.

Por ejemplo, cómo viviste Stonefell desde tu punto de vista.

O qué hacías en las vacaciones de verano.

En el momento en el que digo esas palabras, me doy cuenta de que va a ser tan difícil para él como lo ha sido para mí con mis propios recuerdos.

—No eran veranos muy interesantes —confiesa él—.

Los pasaba fuera de casa. Recuerdo que, en realidad, quería quedarme aquí porque me gustaba observar a las criaturas durante esa época.

En los días más cálidos, mi madre ampliaba el perímetro mágico de seguridad de la casa y los dejaba salir a beber agua al lago.

Pero eso quizá pasaba una o dos veces al año.

A los pocos días de acabar el curso, nos íbamos.

Mi madre volvía a veces para controlar a las criaturas, aunque Aaron Aurigae le echaba una mano cuando estábamos fuera.

—¿Alguna vez te encariñaste de alguna? —le pregunto.

Marlowe esboza una sonrisa y yo le apunto con el dedo.

—¡Eso es un sí! —exclamo—. ¿Tenías una mascota o algo así?

—No, para nada. Mi madre no me dejaba. Solo podía verlos desde mi habitación, así que, como te podrás imaginar, mi contacto con ellos era nulo.

A veces Alec me daba mucha envidia. Él se había metido de lleno en el mundo de la elaboración de pociones, conocía los entresijos del negocio de su familia.

En verano, se ponía a trabajar etiquetando frascos o detectando anomalías en el color de las pociones que estaban a punto de caducar.

Era como si… contaran con él. Yo, mientras tanto, me contentaba con mirar los kelpies por la ventana.

Doy un último mordisco al bizcocho y me lo termino. Espero a que Marlowe diga algo más, pero se queda ahí, atascado en ese recuerdo. Casi puedo verlo sobrevolando alrededor de su cabeza.

—¿Te gustaban los kelpies? —le pregunto, intentando distraerlo del lugar al que sé que está viajando su mente. La pregunta parece animarle.

—Sí, mucho. —Sonríe, y me doy cuenta de que es la primera sonrisa tranquila y real que veo en su rostro—.

Siempre pensaba cómo sería bañarme con ellos en el lago.

Posiblemente me descuartizarían, pero cuando tienes once años solo piensas en jugar con ellos en la orilla, incluso te atreves a pensar cómo sería montar sobre ellos y cabalgar sobre su lomo en las aguas…

con mi madre gritándome desde la orilla, pero alejándome cada vez más.

Me río al imaginar a Gwendoline fuera de sí, llamando a los kelpies para que traigan de vuelta a su único hijo.

—¿Y el basilisco? ¿Siempre ha estado así de…? —dejo la pregunta en el aire.

—¿Pesado?

—Iba a decir suelto, pero también me sirve terrorífico o amenazador.

Jamás lo reconoceré en voz alta, pero todavía me da pánico cruzarme con esos ojos horribles y su piel escamosa.

—Lleva más años que mis abuelos en esta casa, así que… Sí, es la única bestia a la que me han dejado acercarme desde que era niño. Aunque, siendo sincero, una vez subí al torreón de los cuervos y… no terminó bien.

Me quedo en silencio, esperando a que me cuente la anécdota, pero no sigue hablando.

—¿Te vas a hacer de rogar? —le pregunto, con un buen humor inesperado.

No sé si ha sido el bizcocho, que Gwendoline se haya ido antes o que llevemos una semana sin discutir, pero me siento mejor cuando compartimos estos momentos.

Una parte de mí me recuerda que no debería disfrutarlos, pero quiero pensar que este es el único entretenimiento que tengo aquí.

Eso y que tener cierta confianza con Marlowe me puede ayudar a sobrevivir y a reencontrarme con Serenity cuando todo acabe.

—No.

Se cruza de brazos y evita mirarme a la cara.

—¡Oh, venga!

Me levanto de un salto y me acerco a él, que sigue sentado al pie de mi cama. Me coloco justo a su lado.

—Es muy bochornoso.

—¡Marlowe! —le insisto—. No puedes decirme eso y callarte. No es justo. Además, te has enterado de casi toda mi vida por todas las veces que hemos hablado de mi diario. Ahora te toca a ti.

Él se echa para atrás y se deja caer en la cama. Los muelles se quejan por el peso. Se lleva las manos enguantadas a la cara y se la frota.

—Si no me lo cuentas, me imaginaré lo peor —amenazo.

—Estoy deseando escuchar tus teorías.

Hago como que pienso un segundo. Todavía sigo sentada a su lado mientras él está tumbado, mirando al techo, esperando mis elucubraciones.

—Un día, cuando eras pequeño, fuiste a escondidas al lugar donde tu madre cría los cuervos…

Marlowe se encoge de hombros.

—No vas mal, sí. Es un pequeño torreón que da a la parte posterior de la casa, así que hay que subir unas escaleras de caracol bastante estrechas.

—¡Y te caíste! Aún mejor: te resbalaste con los excrementos y te caíste por ellas.

Pero él niega con la cabeza.

—Incorrecto.

—Bueno, pues paso de seguir pensando. Ya le preguntaré a tu madre.

Eso le arranca una carcajada amarga.

—Un día me escapé para ver los cuervos porque mi madre me había dicho que había nacido uno albino.

No paraba de hablarle de él a mi padre, así que en cuanto pude me escabullí para verlo.

Lo que no pensé, claro, porque no tenía ni idea, era que estaba acudiendo en el peor momento posible: habían nacido varias crías y además era al atardecer, cuando suelen estar más nerviosos y territoriales.

Así que ya te puedes imaginar lo que pasó.

Giro mi cuerpo hacia él.

—Te atacaron.

Él sonríe.

—Más o menos. El nido del cuervo albino estaba en un recoveco muy estrecho y era un poco inestable. Me acerqué para verlo y me imagino que uno de los progenitores lo tomó como una amenaza y me picó.

—¿Dónde? —le pregunto, curiosa.

—Justo aquí. Todavía se nota la cicatriz.

Marlowe se lleva la mano a la barbilla, pero no recuerdo haber distinguido antes ninguna marca en su cara.

Sin pensarlo demasiado, me tumbo a su lado, dejándome caer muy cerca de su mentón, y busco una pequeña marca que revele que su historia es real.

Me obligo a mirarlo a la barbilla y esquivar su boca, pero justo cuando me parece intuirla, el cuerpo de Marlowe se pone rígido.

Siento una opresión en el pecho al darme cuenta de lo cerca que estamos, lo que me hace contener la respiración a la vez que él se levanta de la cama.

Todo pasa tan rápido que no me da tiempo a reaccionar.

—Mi madre ha vuelto. He escuchado la puerta.

—Vete —le digo, todavía con el corazón en un puño.

Marlowe camina hacia la puerta con paso decidido. Cada segundo que pasa es un riesgo a que su madre nos pille hablando.

—Mañana abrígate bien —me dice él, parándose un instante junto a la salida y mirándome fijamente—. Te llevaré a la torre de los cuervos.

Y, sin más palabras que esa última promesa, desaparece por la puerta.