40. MARLOWE
MARLOWE
Todo a nuestro alrededor se disuelve y, de pronto, vuelvo a estar en mi casa.
Aparezco tumbado en la cama, boca arriba, con la misma ropa con la que salí hace unas horas y empapado de sudor del falso desierto.
Me levanto de un salto y bajo las escaleras a toda prisa hasta llegar al cuarto de Hazel.
Escucho su respiración agitada desde el umbral de la puerta y paso sin llamar ni pedir permiso, apresurándome hasta llegar a su lado.
—¿Estás bien? ¿Estás bien? —le pregunto, frenéticamente.
Tomo su cara entre mis manos enguantadas y la recorro de arriba abajo, buscando una sola señal que me indique que está herida.
Ella todavía parece ver en sus ojos la espada bajando hacia su cuello, unos instantes antes de desintegrarse y convertirse en la arena del desierto.
—S-Sí, sí.
—Enséñame el cuello —le pido.
Ella obedece, pero no hay rastro de ningún corte.
—Estoy bien, no me llegó a dar —responde. Las manos le tiemblan mientras se tapa el cuello, tocándolo para asegurarse. Los dos estamos todavía empapados de sudor, aunque dentro de la casa habrá, por lo menos, veinte grados menos que en el escenario de la cuarta prueba.
—Lo he visto todo desde el otro lado del fuego —le explico, alejándome de la cama y caminando por la habitación para deshacerme de toda la adrenalina, producto del miedo.
El corazón me bombea acelerado, tanto que escucho su latido en los oídos.
—¿Estabas ahí?
—Sí, estábamos todos los mentores, pero no nos podíais ver.
Hazel mueve la cabeza de lado a lado.
—No...
Todavía tiene la voz tomada.
—Pensaba que ese imbécil te iba a matar —le digo, apretando los puños.
Me quedo plantado en mitad de la habitación, sin saber qué más hacer. Si yo estoy inquieto, no me imagino cómo estará ella, pero intento relajarme para no contagiárselo.
—Ha pasado todo... demasiado rápido —susurra, como en trance—. Es como si hubiera parpadeado y estuviera de vuelta en la habitación. Ha sido como... una pesadilla.
Trago saliva, incómodo.
—T-te dejaré descansar... —me despido.
—¡No! —exclama más alto de lo que ella misma pretendía y volviendo a la realidad de golpe—. Quiero decir... ¿Tu madre está en casa?
No entiendo a qué viene su pregunta.
—No creo. Seguramente seguirá con mi padre. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque... Esto va a sonar muy raro, pero ¿podrías quedarte un rato? Yo... no quiero estar sola.
Su petición me pilla completamente desprevenido, pero algo dentro de mí agradece que la haya formulado.
—Sí..., claro.
Me quedo de pie en el centro de la habitación, expectante.
—Puedes invocar una silla, si quieres. Yo no puedo hacerlo —me responde, levantando el brazo y señalando el tatuaje que la marca como mi campeona.
Una sensación de agobio me recorre el cuerpo al recordar ese momento.
Desde que Hazel lleva el tatuaje, no ha podido utilizar la magia para nada, ni siquiera para cosas tan sencillas como dar vueltas a una cuchara en el café.
—Sobre el tatuaje...
—No hace falta que digas nada.
—Siento mucho habértelo hecho.
Mi disculpa se queda flotando en la habitación. Miro a Hazel, intentando que entienda, sin decirlo en voz alta, que muchas de las cosas que he hecho en el pasado no han sido porque las quisiera hacer, sino porque no me ha quedado otra.
—No tenías otra opción, supongo.
—No.
Trago saliva. Hazel me observa como si pudiera leer a través de mí. En esta ocasión desearía que lo hiciera.
—¿Por qué luchaste en el lado de los segadores?
—¿Qué? —respondo, de una forma más grave de lo que pretendía.
—Creo que la pregunta es bastante obvia.
—Es que no me la esperaba. Y creo que la respuesta también lo es, ¿no?
Pero Hazel, todavía en la cama, se encoge de hombros.
Yo vuelvo a caminar, intentando encontrar una forma sencilla de decir las cosas, pero ni yo mismo he puesto en orden mis pensamientos desde que empezó este maldito concurso.
Por supuesto que me he cuestionado mi pertenencia a los segadores, sobre todo desde que estalló la guerra, pero tenía miedo de tan solo pensarlo.
—Entre la guerra y El Ascenso he visto morir a tanta gente que ya he olvidado los motivos por los que estoy en un bando.
Hazel parece un poco sorprendida por mi respuesta.
—¿No te da miedo que tu madre aparezca por la puerta y te cuelgue por lo que acabas de decir?
—Al principio suelta la frase como si fuera una broma, pero enseguida se da cuenta de que ha sido un error.
Me imagino que la imagen de mi madre quemándome las manos en el pasillo se vuelve a reproducir en su mente a medida que pasan los segundos.
Puedo notarlo por la forma en la que me mira las manos enguantadas y le cambia la expresión—. Perdona, no quería decirlo así.
—No pasa nada —respondo. Y es verdad. No me molesta que lo diga—.
La verdad, no me avergüenzo de aguantar lo que me ha hecho, lo he soportado desde que era un niño, pero sí de nunca haber hecho nada.
Pero pasaron los años y, por raro que suene, convertí ese dolor en un catalizador de mi frustración y soledad.
Además, muchas veces me decía a mí mismo: ¿y si mi madre ingenia otro castigo que me duela todavía más y me arrepienta de haberme quejado de este?
Miro a Hazel, esperando una reacción más bien abrumada por toda la información personal que acabo de compartir en un momento. Pero, en su lugar, me mira con comprensión.
—¿Por qué me estás contando esto?
Le sostengo la mirada, pero no de una forma desafiante, sino sincera.
—No lo sé, Hazel. Prefiero no hacerme esas preguntas porque no sé si estoy preparado para afrontar las respuestas. Es como si todo lo que he sido, soy y seré estuviera siempre fuera de mi control. Todas las respuestas tienen un denominador común, pero no quiero indagar en ello.
Ella asiente y por un momento nos quedamos en silencio. Hazel se muerde el labio inferior, como si se estuviese aguantando las ganas de decir algo que sabe que no será bien recibido. Finalmente, la prudencia pierde la batalla.
—Enséñame las manos.
Aprieto los puños en cuanto escucho su petición.
—No.
—Marlowe, enséñamelas.
—¿Qué más te da?
—Quiero ver si están mejor, eso es todo.
Bufo.
—¿Para qué? No puedes hacer magia, ni tienes una poción que pueda aliviarme —me pongo a la defensiva.
—Está bien. Déjalo.
De nuevo vuelve a reinar el silencio entre nosotros. Al otro lado de la ventana, una tormenta amenaza con desatar toda su fuerza sobre la casa. Un trueno hace retumbar los cristales. Miro a través de ellos y me pierdo en los setos, que se mecen con el viento.
—Creo que nunca te di las gracias por salvarme la vida el otro día —dice de pronto—. Y tampoco te pedí perdón. No sé en qué estaba pensando.
—No tienes que dar explicaciones. —Por su expresión, sé que ese tono de voz cortante es más impostado que real—. Además, hice lo que habría hecho con cualquier otra persona. Solamente me impactó porque...
El cielo ruge de nuevo e interrumpe mi frase.
—¿Por qué? —pregunta Hazel.
—Es difícil de explicar.
—Tenemos tiempo —dice ella.
Yo no puedo evitar esbozar una sonrisa.
—¿En serio?
Hazel se incorpora en la cama, casi enfadada.
—¿Qué pasa?
—Nada, nada —le digo enseguida—. No sé, simplemente que hemos estado años sin hablarnos, que ya nuestros padres no escondían la animadversión entre ellos, y ahora estás aquí pidiéndome que me abra y te cuente todos mis traumas.
Ella también se ríe y puedo entrever un toque de redención en su rostro.
—Marlowe, tampoco es que tenga muchas más personas con las que hablar. Mis padres han muerto. Mi hermano también. La mayoría de la resistencia ha huido, ha muerto, se han vuelto locos o están traumatizados. Y yo creo que estoy entre los dos últimos grupos.
—Buen resumen —le digo, intentando que el ambiente no se vuelva a oscurecer.
Nos quedamos en silencio, observándonos, y no sé si la conversación ha terminado o es uno de esos momentos de calma antes de la tormenta, la pausa antes de volver a discutir con ella. Pero la verdad es que ya no tengo ganas de seguir peleando.
—Hay algo que me sorprende de ti y, si no te lo digo, reviento —prosigue Hazel.
—Ilumíname.
—Es como si dentro de ti habitaran dos personas diferentes.
Por un lado está el Marlowe insoportable, que viste como si fuera a un funeral y que es incapaz de llevar la contraria a sus padres.
Diría que incluso de expresar su opinión.
Ese Marlowe está amargado, apagado, como si alguien le hubiera pulsado un botón, le hubiera anulado la personalidad y lo hubiera convertido en una marioneta.
De hecho, esa persona no es realmente Marlowe, sino Malenfant, a secas.
Inclino la cabeza, entre enfadado y divertido.
—¿Algo más? ¿Algún otro adjetivo que quieras añadir antes de pasar al otro Marlowe?
—No sé, es que... Cuando eres así, me resultas indeseable. Por gente como tú la farsa de los segadores, la Muerte y todo ese odio hacia los que llamáis indignos ha seguido transmitiéndose de generación en generación. Ese Malenfant es parte del problema.
—Ahora es cuando dices que el segundo es peor.
—¿Ves? —exclama ella, con una voz ligeramente más aguda y una sonrisa en el rostro—. Ese es el otro Marlowe.
La conversación sobrevuela un tema del que no me siento preparado para hablar, pero que Hazel ya ha intuido. El corazón se me acelera y me obligo a mí mismo a justificarlo como las últimas trazas de adrenalina en mi cuerpo después de presenciar la cuarta prueba.
—No sé a qué te refieres —le respondo, dándole la espalda.
—Al Marlowe que quiere ser algo más que una presa en un nido de serpientes. ¿Cuántas personas lo han visto? ¿Cuánta gente te ha conocido de verdad, Marlowe?
Sus palabras escuecen más que cualquier quemadura de mi madre, pero me obligo a mantener un semblante impasible. No puedo dejar que vea que ha conseguido resquebrajar la coraza que llevo tantos años construyendo.
Me giro hacia ella y la observo con una mezcla de humor y acritud.
—Siento decirte, Hazel, que no hay otro. Esto es lo que soy.
Sus labios parecen querer añadir mucho más, pero supongo que la parte de ella que estaba luchando por entenderme ha desistido. Y el alivio que debería sentir se retuerce en mi pecho hasta que duele.
—¿Sabes por qué te elegí, Hazel Greenleaf?
—añado sin saber muy bien por qué—. No fue por tu inteligencia, ni por tu cabezonería para hacer las cosas bien, ni por buscar un trofeo de guerra después de lo que hizo tu hermano.
Fue porque vi en ti la misma oscuridad que hay en mí.
Vi tus miedos en los míos, incluso viniendo de bandos distintos.
Vi tu soledad en la mía. Y, por algún motivo, pensé que algún día podría ver también tu valentía dentro de mí.
Su mirada me recorre como si fuese un acertijo que resolver. El hechizo más complejo del mundo resistiéndose a su ejecución, habitualmente impecable.
—¿Y lo has conseguido? —pregunta con la voz tomada.
—Supongo que tarde o temprano lo averiguaremos.