39. MARLOWE
MARLOWE
Los mentores nos colocamos alrededor del cuadrado de fuego, que se va haciendo cada vez más pequeño.
Cuando pasa un minuto, avanzamos unos pasos más hacia delante.
Hazel no puede verme ni escucharme, ni a mí ni a los demás, pero aun así una parte de mí quiere advertirle de que tenga cuidado con Caleb.
En cuanto se anuncia que quedan nueve minutos, Ivy comienza a temblar.
El caos se apodera de los indignos y sus voces comienzan a elevarse en reproches hasta que se gritan unos a otros.
El tiempo avanza y, cuando El Magno anuncia que ya han pasado seis minutos, Caleb se enfrenta al resto, descamisado y con una espada en la mano.
Se gira con vehemencia hacia el profesor, como si le hubiera molestado que le den órdenes.
—Venga, Alaric. Sabes bien que nuestro tiempo para hacernos el héroe pasó.
Pero el hombre no cae en su juego. En su lugar, camina hacia Ivy y comienza a susurrarle algo al oído para calmarla. Veo cómo Eira Thorn se tensa. Están muy cerca del fuego.
Ivy se recompone y, por fin, deja de llorar. Mientras tanto, me doy cuenta de que Caleb sigue empuñando la espada, sin bajar la guardia. Detrás de él, Hazel, Serenity y Theo no le quitan los ojos de encima.
El profesor se separa de la que fue su alumna apenas unos pasos, como si estuviese dispuesto a defenderla, incluso.
—Un momento muy tierno —añade Caleb. Su voz empieza a irritarme y desearía poder darle un puñetazo cada vez que habla con ese tono petulante—, pero ha llegado el momento de que abandones el cuadrado, Ivy.
La chica mira a un punto fijo en el suelo y después levanta la cabeza con solemnidad. No parece la misma que hace unos minutos balbuceaba y gritaba incoherencias, suplicando que no la matasen. Parece haber recuperado la cordura unos instantes.
Veo cómo una gota de sudor cae por su rostro, que parece resignado, como si hubiera aceptado que su destino era morir hoy. Cada llama del fuego se agita como una lengua que se burla de nosotros (de ellos, más bien), bailando en un ritmo macabro que parece celebrar que hoy alguien va a morir.
Respiro con fuerza, sin moverme, sintiendo que cualquier movimiento puede alterar el orden, aunque sé que no hay forma de que sepan que estamos aquí.
Tres minutos .
Entonces, Ivy da un paso al frente. Veo la decisión en sus ojos antes de que diga una palabra. Tienen ese brillo extraño que mezcla desesperación, tristeza, resignación y también valentía de quienes saben que la muerte está cerca. Y me parece que Ivy está preparada para unirse a ella.
Aprieto la mandíbula esperando a que lo diga, porque sé lo que va a salir por su boca.
—Tienes razón, Caleb —murmura ella—. En toda partida hay un peón que, en algún momento, debe sacrificarse para proteger a su reina.
Miro a Hazel de reojo. Creo que ella también ha entendido lo que está a punto de suceder, pero aun así es incapaz de asumirlo. La impotencia se me instala en el pecho mientras contemplo este momento sin poder hacer nada. No puedo imaginar qué estará sintiendo ella.
—Buena metáfora —le felicita Caleb.
Ivy lo ignora y se gira hacia las chicas.
—Puede que yo no sobreviva, pero me iré haciéndoos un último favor...
No nos da tiempo a procesar sus últimas palabras, porque la chica rompe a llorar y le fallan las rodillas.
Se cae al suelo, con las piernas tocando la abrasadora arena.
Alaric se acerca a ella por la espalda, tratando de sostenerla y ofrecerle una muerte digna.
El profesor le dice unas palabras de consuelo al oído que nadie más puede escuchar.
Ivy asiente, con la cara llena de lágrimas. Se pone de pie poco a poco y lo abraza.
La situación es un poco incómoda, pero imagino que no todos los días uno decide morir. Quizá Ivy está pensando en su padre cuando se despide de Alaric, ya que el hombre tenía una estatura y complexión similares.
Dos minutos .
Y entonces, como si la voz de El Magno hubiera sido un catalizador activándose en el momento perfecto, Ivy grita y empuja a Alaric hacia delante.
El profesor, desprevenido, da varios traspiés para intentar no perder el equilibrio.
Pero ya es tarde. Su cuerpo recorre los escasos metros que lo separan de la línea de fuego, torpe, buscando en la arena una estabilidad que es imposible de encontrar, y finalmente cae hacia atrás, siendo engullido por las llamas azules.
En cuestión de un segundo, Alaric Quell desaparece para siempre, sin dejar un cuerpo atrás. Las llamas crecen y lo consumen mientras se funde con ellas. Y después es como si el profesor de Botánica nunca hubiera existido.
—¡No! —brama Eira Thorn, pero solo nosotros podemos escucharla—. ¡No, no puede ser! ¡Esa imbécil ha hecho trampa!
A su lado, Eleanor Ravenscroft sonríe, divertida, y aplaude, entretenida con el espectáculo que ha montado la participante de Balthazar Crowhust.
Mientras Eira sigue gritando y Balthazar trata de controlarla, miro de reojo a Alec, quien también me ha buscado en silencio.
Los dos nos decimos sin hablar lo que estamos pensando: Ivy acaba de eliminar al enemigo más poderoso de El Ascenso y ahora, siguiendo su propia metáfora, el tablero ha cambiado radicalmente.
—No quería llegar a esto —dice ella, con los dientes apretados y la cabeza bien alta—. Pero él me habría podido ayudar. Alaric era peor que los Aurigae. Además de tener un buen alijo de pociones, algunas de ellas prohibidas, lo ocultaba y solo las usaba para su propio beneficio.
Ivy empieza a caminar peligrosamente cerca del fuego, que se ha vuelto a estrechar, y continúa con su monólogo mientras los demás la miran impactados.
—He terminado. No volveré a participar en su juego. No convertiré mi adiós en un espectáculo, así que lo haré breve. No serán testigos de mi agonía porque me iré en silencio, sin su aplauso.
Me giro hacia Balthazar, pero su reacción no me sorprende. El mentor es consciente de que no hay mucho más que hacer: su indigna iba a morir igualmente.
Ivy, con el rostro sereno y por fin calmada, se da la vuelta, mirando hacia donde estamos nosotros.
Pero no nos ve. Ahora mismo, en sus ojos solo se reflejan las llamas azules y un resquicio de resignación que guía su último silencio.
Camina hacia el fuego y, como quien se encuentra con un viejo amigo, se funde en un cálido abrazo con él hasta que desaparece por completo.
La línea de fuego se acerca al centro, cerrándose todavía más, y alcanza la montaña de espadas y todo tipo de hojas, que se desintegran en el aire y se convierten en arena del desierto.
Los cuatro supervivientes se quedan mirando el punto en el que las llamas han consumido a Ivy. Caleb sonríe y cambia la espada de una mano a otra, quitándole la tela de su camiseta con la que estaba empuñando el mango.
—Bueno, una menos —comenta.
—¿Cómo puedes ser tan insensible? —le espeta Serenity. Me sorprende ver el cambio de actitud que ha habido en ella desde la primera prueba hasta hoy.
Un minuto .
Caleb levanta el dedo, haciendo énfasis en la voz de El Magno que acaba de escucharse.
—Precisamente por esto. Porque, tarde o temprano, tenía que pasar.
Y nos ha hecho un gran favor llevándose con ella a Alaric Quell.
—Caleb sostiene la espada con más fuerza, la levanta en el aire y apunta directamente a Theo—.
Solo quedan unos segundos... ¿Me dará tiempo a eliminar un poquito más de competencia?
Theo chilla y corre al otro extremo del cuadrado, buscando alejarse de Caleb, pero el área es cada vez más pequeña y Caleb abarca casi todo el espacio cuando extiende la mano y la espada.
—¡No quiero morir! —grita el pequeño.
A pesar de sus súplicas, creo que ahora empiezo a entender por qué Eleanor escogió a Theo. A lo largo de todo el torneo, ha demostrado más madurez que muchos otros participantes.
—Vaya, qué casualidad. Precisamente, eso es lo que ha dicho Ivy hace unos minutos.
Y, con esas palabras, Caleb asesta varios cortes al aire. Algo dentro de mí quiere que Theo sobreviva, aunque sé que eso solo beneficiaría a Eleanor Ravenscroft. Pero, si el niño tiene que morir, que por lo menos no lo haga a manos de Caleb.
Me sorprende que no vaya detrás de Hazel ni de Serenity. De hecho, prácticamente las ha ignorado durante toda la prueba. Eso me preocupa, porque quiere decir que tendrá algo planeado para ellas en la última.
Treinta segundos .
—Por favor, ¿es que esto no va a terminar nunca? —se queja Eleanor en voz alta, como si eso fuera a acelerar el reloj.
El cuadrado de fuego se cierra cada vez más, hasta que apenas queda hueco para los cuatro.
Caleb sonríe. Parece que ha estado esperando años a este momento y que, por fin, ha llegado.
Theo, atrapado, se esconde detrás de Serenity y Hazel.
Veo cómo esta última lo sujeta a sus espaldas, para que Caleb no lo pueda alcanzar.
Serenity se pega a ella, creando un escudo humano para protegerlo en estos últimos segundos. A pesar de todo, me temo lo peor.
—Bueno, tendrá que ser así, entonces —se resigna Caleb.
Todos nos quedamos en silencio mientras levanta la espada en el aire.
Por un momento, siento que va a dudar, que no lo va a hacer.
El temblor en sus manos y la forma en la que titubea me hacen pensar que, por mucho que hable, no tiene la fuerza de voluntad para matar a sangre fría a alguien que fue tan importante en su vida, incluso si ha perdido casi todos los recuerdos que tenía con ella por culpa de la tercera prueba.
Aguanto la respiración como si pudiera evitar la tragedia que está a punto de suceder.
Y entonces Caleb grita y baja la espada con fuerza, apuntando directamente a Hazel.
Pero en el instante en el que la hoja está a punto de rozarla, destellando por la luz del sol, la espada se desvanece al mismo momento que lo hace el cuadrado que tienen alrededor.
El puño de Caleb cae sobre la chica, pero ninguna cuchilla le atraviesa el cuello.
La cuarta prueba ha llegado a su fin.