Malenfant 38. HAZEL
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38. HAZEL

HAZEL

Una brisa cálida me envuelve. Sin embargo, no es del tipo de calor que te hace pensar en el hogar, sino del que asfixia hasta que acaba matándote de la deshidratación.

Desde luego, no cabe duda de que estamos en mitad de un desierto.

No sé si el escenario será real, si la arena que estoy pisando con los pies descalzos es de verdad o un producto más de la magia y la crueldad de Magnus.

El sol me abrasa la cabeza, amenazando con quemarme el cuero cabelludo, y siento que me arden los pies cada vez que doy un paso.

Los seis participantes restantes aparecemos en el centro de un cuadrado trazado con fuego.

A nuestro alrededor, dispersos de forma aleatoria, hay diferentes armas blancas: cuchillos, katanas, espadas, incluso pequeños puñales que reflejan el brillo del sol.

El área que nos queda en el interior no es tan grande, así que me imagino lo que tendremos que hacer antes de que la desagradable voz de Magnus suene por encima de nuestras cabezas.

Busco a Serenity con la mirada y me doy cuenta de que está a mi izquierda.

Caleb, justo enfrente. Nos han colocado como si estuviéramos en un círculo, todos a la misma distancia entre nosotros y de la barrera ardiente que nos rodea.

Alaric se muestra tranquilo, mientras que la expresión de Theo es justo la contraria.

Me sorprende que Ivy Nox haya llegado viva hasta aquí, porque cuando me fijo en ella me doy cuenta de que su piel ha cambiado de color.

Unas ramificaciones negras se han extendido por sus extremidades y están a punto de alcanzar sus manos.

Lo mismo pasa con su cuello: la enfermedad ha ido creciendo y trepando hasta sus orejas, casi rozándole el mentón.

No aguantará mucho más así, está claro que Ivy no llegará al final del torneo.

Bienvenidos a la cuarta y penúltima prueba de El Ascenso.

Hoy, despojados de vuestra magia, tendréis que luchar cuerpo a cuerpo para sobrevivir.

La prueba será breve, durará solo diez minutos, así que os recomiendo que no perdáis el tiempo, porque el calor aprieta.

.. y el límite que os rodea, también. Cada minuto, el cuadrado que he trazado a vuestro alrededor se irá estrechando hasta que solo quepáis cuatro.

Además de las armas que tenéis a vuestra disposición, si alguno de vosotros atraviesa esa frontera, ya sea voluntariamente o empujado por otro, se desvanecerá al instante .

Magnus hace una pausa y su voz se convierte en algo parecido a una carcajada que me pone los pelos de punta.

Es incómodamente larga. Busco la mirada de Serenity y, por primera vez en mucho tiempo, me la devuelve, junto a un asentimiento silencioso de cabeza.

Cojo aire, con una sensación de esperanza en el pecho.

Creo que es la primera vez que la veo tan presente, tan activa.

Le sonrío justo antes de que Magnus prosiga con las instrucciones de la cuarta prueba.

Los minutos se irán contando en voz alta de forma regresiva. Recordad que, al final, solo cabréis cuatro, así que os recomiendo que vayáis pensando quién de vosotros es más prescindible. ¿Quizá pueda sugerir que los primeros en irse sean los indignos ?

La pregunta de Magnus se queda en el aire.

Nos observamos en silencio, esperando a que diga algo más.

Miro al frente y me cruzo con la mirada de Caleb.

Tiene peor aspecto que la última vez que lo vi.

Gracias al diario que me trajo Marlowe, yo pude recuperar gran parte de mis recuerdos, pero no sé si él ha podido hacer lo mismo.

Por un instante, siento pánico de lo que pueda hacer hoy.

Caleb es el más fuerte de todos los que quedamos y, ahora que Alaric no tiene poderes, cualquiera podría ganar la prueba e incluso terminar aquí mismo El Ascenso si se lo propusiera.

Solo le haría falta un poco de fuerza y demasiada crueldad, dos cualidades que Caleb ha desarrollado durante este tiempo.

Diez minutos .

La cuenta atrás empieza y las llamas se intensifican, como si respondieran a las órdenes de Magnus en directo.

Lo primero que Serenity hace es correr hacia mí y abrazarme.

La rodeo con mis brazos y siento que ha recuperado un poco de peso, aunque todavía se le marcan mucho los huesos.

Por lo menos su cara está libre de marcas.

—Estás mejor —le digo, sin saber cómo saludarla.

—Sí. No sé qué pasó, pero de un día para otro Alec me dejó en paz. Ahora abrázame fuerte y no te muevas, tengo algo para ti, luego lo lees.

Serenity me cuela algo entre la tela de la blusa y el pantalón. Una nota. Un intercambio de información justo delante de las narices de los segadores, aprovechando que esperarían que nos fundiésemos en un abrazo nada más vernos. Qué inteligente es.

—No pude volver a contactar contigo con la pluma —susurro, intentando comprimir un montón de información en apenas unos segundos.

—Me la quitaron —dice ella—. ¿Tú estás bien? Te noto... rara.

Me aclaro la garganta.

—Me he resfriado, eso es todo —miento.

—Bueno, ya basta de cháchara, ¿no?

La voz de Caleb suena por encima del fuego. No me he dado cuenta hasta ahora de que Ivy está sollozando. El chico camina hacia la pila de espadas y empieza a moverlas todas. Empuña la más grande de todas, pero enseguida la suelta en cuanto toca el mango y agita la mano, quejándose.

—¿No te das cuenta de que no se pueden usar? Vas a quemarte —le dice Alaric, con tono aburrido.

Nueve minutos .

Pero Caleb lo ignora, tratando de parecer superior a él.

—Bueno, podemos hacer las cosas de dos maneras —dice Caleb—. Por las buenas o por las malas.

—Caleb... —empieza a hablar Serenity, pero él levanta la mano y le chista.

—Solo podemos quedar cuatro, como mucho, así que dos tienen que irse. Y creo que una de las candidatas a morir es más que obvia, ¿no, Ivy?

Todas las miradas se dirigen hacia ella, incluso la mía.

Ella da algunos pasos, claramente inestable, y al poco cae al suelo de rodillas.

Grita en cuanto sus piernas tocan la arena.

La ropa que nos han dado para esta prueba no ayuda con el sol.

Siento como si la piel me hirviese bajo la tela y lenguas de fuego me recorriesen entera cada vez que entro en contacto con la arena.

No quiero imaginar la sensación que debe de estar recorriendo su cuerpo menudo y débil.

—No, por favor. Yo... quiero vivir, puedo vivir, solo si los Aurigae me dan mi medicación...

Ivy se echa a llorar de nuevo y, cuando recupera un poco la compostura, se levanta y señala a Serenity.

—¡Tú! —grita, con la cara roja y las ramificaciones negras amenazando con invadirle el rostro en cualquier momento—. ¡Tú podrías haberme traído un frasco! Pero eres igual que ellos, quieres quitarme del medio para ganar!

Me giro hacia Serenity, que se ha quedado blanca al escuchar su acusación. Aun así, se repone y le contesta:

—¿Crees que tengo acceso a los secretitos de los Aurigae? ¿Quieres que te cuente detalles del infierno que he estado viviendo?

Ocho minutos .

—¡Podrías haberlo intentado! ¡Estamos todos en el mismo barco!

Agito la cabeza. Me da pena ver así a Ivy, consumida por una enfermedad que no escogió sufrir, pero sus palabras no son del todo ciertas.

Ivy estaba en otro curso, por debajo del nuestro, y nunca compartimos ni siquiera una clase en el internado.

Sin embargo, no la puedo culpar por intentar salvarse, a la desesperada, agarrándose a cualquier clavo ardiendo.

—Los Aurigae han hecho de mi vida un infierno —se defiende Serenity, esta vez con menos seguridad. Le tiembla la voz y también las manos.

Me acerco a ella y le pongo una mano en el hombro.

—Tranquila.

—¡No me mires así! ¡Tú tienes las manos tan manchadas de sangre como ellos! —sigue gritando la chica, esta vez hacia Alaric.

Caleb se lleva las manos a las sienes.

—Ivy, por favor, trata de relajarte —le ruega el profesor—. No te viene bien para la expansión de tu enfermedad.

Pero Ivy parece revolucionarse con ese comentario.

—¿Expansión? ¿En serio vas a hablarme de eso?

Siete minutos .

—Ivy, sabes que, por más que hubiera buscado la planta que necesitabas, la poción no habría estado lista en meses. Tu enfermedad es muy particular y en la casa de los Thorn no tengo los medios para hervirla.

—¡Me da igual! —grita ella, fuera de sí—. ¡Mi padre murió para salvarme! ¡Y ahora moriré yo también! Espero que todo esto cargue sobre vuestra conciencia una vez me vaya. Que recordéis que podríais haber ayudado a una chica inocente en lugar de buscar cómo salvar vuestro propio pellejo.

Serenity me mira con una ceja enarcada. Yo niego con la cabeza, como si no supiera de qué hablan.

Pero estoy segura de que, si Ivy le pidió un ingrediente a Alaric de su armario de la clase de Botánica y él no se lo dio, fue porque no había ya nada que hacer.

Los únicos que podían salvarla son, al mismo tiempo, los que se estaban lucrando de personas enfermas como ella.

—Alec nunca le habría dado un frasco —murmura Serenity, lo suficientemente bajo como para que solo yo pueda escucharla.

—Lo sé —respondo—. No es tu culpa, Serenity.

De fondo, Ivy sigue gritando. Alaric se ha acercado a calmarla mientras Caleb sigue frotándose las sienes y Theo se ha quedado paralizado.

Esta situación es inhumana. Decidiendo entre nosotros quién debe vivir y quién no, como si hubiese algo racional detrás de una elección así. Abrazo más fuerte a Serenity e intento mantener las lágrimas a raya. Debo mantener la mente clara y sacarnos de aquí con vida.

Seis minutos .

El cuadrado de fuego se contrae de nuevo y Ivy vuelve a gritar, esta vez sollozando.

—¡No me quiero morir! ¡No así! ¡Yo no elegí esto!

—¡CÁLLATE YA!

Todos nos quedamos en silencio al escuchar el bramido de Caleb. Todavía con las manos en la cabeza, mira a Ivy como si él mismo fuera a matarla.

—¿Quieres hacerte un favor a ti misma? Lánzate al fuego y desaparece —le sugiere.

Theo ahoga un grito.

—Estás mal de la cabeza, Caleb —le dice Serenity—. ¿Qué te ha pasado? ¿Qué te han hecho?

Ella da unos pasos hacia él. Intento advertirle, pero ya es tarde. Él la rechaza de un manotazo que la hace recular.

—Aléjate de mí —le espeta. Después, se dirige a todos—: No sé si os habéis dado cuenta de que, cada minuto que pasa, el fuego se va acercando.

Esto no es una broma, igual que tampoco lo han sido las pruebas anteriores.

Esto es la realidad. Hemos luchado durante mucho tiempo.

Y hemos perdido. Sí, no me miréis con esas caras.

—El tono de Caleb cambia—. Hemos perdido la guerra y nos toca aceptarlo.

Esta es la consecuencia de habernos metido en la boca del lobo y ya no hay vuelta atrás.

Ahora solo queda asumirlo y hacer las cosas de la forma más rápida y sencilla posible.

Está claro que hay personas aquí dentro que no están hechas para el nuevo orden mágico que quedará después de esto.

No hay tiempo que perder, así que propongo que votemos para ver a quién empujamos fuera.

Siento cómo Serenity se estremece a mi lado.

—Estás loco —le digo—. Estás completamente loco. No sé qué te han hecho, pero te han corrompido de verdad.

Caleb esboza una sonrisa socarrona. El sudor le cae por la cara y le moja el pelo, dándole un aspecto desaliñado.

Cinco minutos .

—Nadie me ha hecho cambiar, Hazel. Tampoco he sido siempre así. Sois vosotros —nos acusa, señalándonos con el dedo haciendo un círculo— quienes me habéis obligado a hacer esto. Yo no quería participar en la guerra. Pero Jack me comió la cabeza. Tú lo hiciste.

—Deja en paz el nombre de mi hermano —le advierto, dando un paso adelante.

—¿O qué? ¿Vendrá a pegarme?

Su tono de voz me hace explotar.

—¡Nadie te obligó a quedarte y luchar! ¡Lo hiciste porque no querías ser el cobarde de tu familia, el que abandonaba a todos para salvarse!

—Vaya, ¿ese recuerdo no se te borró en la tercera prueba? ¿No será que alguien te ha llevado un regalito para hacer trampas y recordarte algunos detalles de tu pasado?

Se me corta la respiración.

Marlowe tenía razón. Caleb estaba en mi casa cuando fue a buscar el diario. Algo dentro de mí se rompe.

—Nadie va a votar algo así —intercede Serenity, salvándome de responder.

Quisiera decir algo, enfrentarme a Caleb, pero la confirmación de que mi exnovio buscaba algo con lo que tener una mano ganadora para acabar conmigo me deja helada.

Observo atónita a mi alrededor, en lo que nos hemos convertido.

Ivy sigue llorando y balbucea una ristra de negaciones, como convenciéndose a sí misma de que no la lanzarán al fuego.

Me doy cuenta de que Alaric tenía razón.

Desde que ha empezado a llorar desconsoladamente, la enfermedad se le ha extendido por todo el cuello y ahora avanza por sus mejillas, como si se alimentara de sus lágrimas.

Pero a Caleb parecen hacerle gracia sus divagaciones.

—¿Tú qué vas a decir? ¿Que sí? —le dice directamente a la chica—. Serías la primera en salir del cuadrado, seguida del mocoso ese.

Camina hacia la montaña de espadas y se quita la camiseta. Con la tela protegiéndole la mano, empuña una de las espadas, y apunta directamente hacia Ivy.

—Voy a hacerte un favor, querida —canturrea, acercándose hacia ella.

Ivy se levanta y extiende las manos mientras da un paso atrás, pero está a punto de resbalarse en la arena.

—Caleb, detente —interviene Alaric.

Cuatro minutos .