Malenfant 37. MARLOWE
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37. MARLOWE

MARLOWE

Me despierto y mi cuerpo se resiente, quejándose por haber pasado demasiadas horas despierto, tumbado en el suelo.

Habré dormido una hora como mucho. Hace ya un rato que el sol entra por la ventana de una habitación que no es la mía.

Me desperezo con un gruñido y me doy cuenta de que, en el corto tiempo en el que he cerrado los ojos, ha aparecido una almohada a mi lado.

Me incorporo con cuidado de no hacer mucho ruido y veo a Hazel durmiendo, con su cuerpo girado hacia mí, en silencio.

En su expresión hay una tranquilidad que desearía que siempre pudiera sentir.

No ha vuelto a tener pesadillas en toda la noche, pero aun así me marcho con cuidado de la habitación para no despertarla.

Supongo que mi madre entrará en cualquier momento a buscarla para la cuarta prueba y no quiero que me encuentre aquí.

Tendré que responder demasiadas preguntas para las que no tengo respuesta.

O, si la tengo, no estoy seguro de querer compartirla con ella.

Subo a la planta de arriba y regreso a mi cuarto.

Verlo tan vacío me provoca una sensación extraña, aunque esta ha sido mi realidad toda la vida.

No dormía con nadie desde que estaba en el internado, donde las habitaciones eran compartidas, y, aunque sí que me había acostado con alguna mujer en el pasado, creo que esta noche ha sido la primera vez que simplemente he dormido en el mismo espacio que una.

Me doy una ducha rápida con agua fría que me hace olvidar que no he dormido lo suficiente.

Mi mente se va a Hazel, a su respiración pausada.

.., y me obligo a pensar en otra cosa mientras me seco con la toalla.

Después, me la ato alrededor de la cadera y regreso a mi habitación para vestirme.

Por supuesto, mi madre está esperándome.

—Vístete. Tenemos que irnos.

Inclino la cabeza.

—¿Tenemos? —pregunto, extrañado.

En la última prueba, los segadores ni siquiera participamos ni la presenciamos.

Supongo que por eso El Magno ha querido que en esta volvamos a ser testigos de todo lo que pase.

Como mentor, mi deber es estar ahí (y no puedo negar el alivio que me produce poder verlo en directo; es mejor que quedarme en casa mirando un punto fijo y preguntándome si Hazel regresará o no), pero no contaba con que mi madre me acompañara de nuevo.

—Tienes quince minutos —me informa con una voz neutra y apagada.

—¿Cómo está padre? Anoche no te vi cuando volviste de casa de los Aurigae —me apresuro a preguntar, pero mi madre ya está de camino a la puerta.

—Como siempre —responde y se va.

Me pongo en marcha al instante porque sé qué sucederá si me retraso, pero una parte de mí continúa pensando en mi padre.

Aunque no paro de preocuparme por él, mis visitas no sirven para mucho, ya que sigue en una especie de sueño inducido por la medicación para que sus heridas internas sanen más rápido.

Aun así, siento que no he estado a su lado como debería.

Quizá, cuando todo esto termine, pueda hacerlo.

Me visto con rapidez con lo primero que encuentro en el armario medio vacío: unos pantalones negros y una camisa blanca, que cubro con un jersey grueso y oscuro.

En el último momento dudo sobre si coger un abrigo, pero al final lo dejo estar y salgo de mi habitación.

Bajo por las escaleras y veo a mi madre esperándome en el vestíbulo, dándole instrucciones a las mirrorem .

En cuanto me escucha bajar el último tramo, que lleva directamente al vestíbulo, las tres chicas se marchan, con paso apresurado.

—Buenos días —les saludo, pero ya están a varios metros de mí. Después, me dirijo a mi madre—: ¿Y Hazel?

—La señorita Greenleaf vendrá después. Nosotros pasaremos primero a ver a tu padre y de ahí te irás tú solo a la cuarta prueba con Alec.

—De acuerdo —respondo.

La sigo hacia la biblioteca y repetimos el trayecto que tantas veces hemos hecho a la mansión Aurigae.

Cuando llegamos, Alec y Aaron ya nos están esperando.

Mi amigo me saluda con un fuerte apretón de manos, como si se hubiera despertado listo para la acción.

Me escapo un momento con mi madre a la enfermería, pero la situación sigue igual, así que después de unos minutos decido dejarlos solos para buscar a mi amigo.

Lo encuentro en la sala de mapas, concentrado en un dibujo que está replicando a mano alzada, usando de vez en cuando el compás, la escuadra y el cartabón.

La sala de mapas huele a papel viejo. Las paredes están llenas de cuadros que preservan antiguas cartografías, los primeros planos de la casa y de otros lugares que no reconozco adornando cada centímetro de la estancia.

De pequeño, Alec decía que había un mapa completo del internado, con todos los pasadizos secretos, trampillas ocultas y demás enigmas que albergaba el castillo.

—Espero que la prueba de hoy sea más entretenida que la última —dice Alec, sin apartar la vista del plano que está replicando a una escala menor que el original—.

Parece ser que podremos verla en directo, pero que los participantes no sabrán que estaremos ahí.

Fue un poco raro todo eso del palco en la segunda prueba.

Creo que distraía a los indignos, ¿no crees?

Me encojo de hombros porque, sinceramente, no podría importarme menos.

Alec sigue concentrado en el mapa. No sabía que llevaba gafas hasta ahora, que lo veo con unas lentes redondas para ver bien de cerca.

Creo que hay muchas cosas de él que, a pesar de todos los años que hemos vivido juntos, no sé.

Todavía no puedo entender por qué trató así a Serenity los primeros días que estuvo en su casa, pero es un tema demasiado delicado como para sacarlo.

Pienso en que Hazel tiene que estar contenta y nerviosa por reunirse hoy con su mejor amiga, aunque no sé en qué estado la encontrará. Ella tampoco está en su mejor momento; todavía tiene la voz tomada como consecuencia de su intento de suicidio.

—¿Cómo está tu princesita? —me pregunta, como si me hubiera leído la mente.

—¿Cómo está la tuya?

Alec termina de dibujar una línea recta y levanta el fino rotulador del papel. Después, se quita las gafas y me mira.

—No lo sé, hace mucho que no voy a verla, gracias a nuestro acuerdo.

Una sensación de alivio me invade. Apenas conozco a Serenity, pero me alegro de que Alec por fin la haya dejado en paz. Aun así, no me puedo imaginar las secuelas que le habrán quedado después de todo.

—¿Ahora te ha dado por la cartografía?

Alec se muerde el labio por dentro ante mi cambio de tema.

—Te veo raro, Malenfant. —Se pone de pie, rodea el escritorio y camina hacia mí—. ¿Está todo bien?

Sus sospechas me preocupan, pero no se lo demuestro. Simplemente me encojo de hombros para quitarle importancia al asunto.

—Estoy cansado ya de todo esto —le respondo—. No sé qué pasará hoy y me preocupa que Hazel no tenga la fuerza suficiente para sobrevivir.

Alec se ríe.

—Esa chica tiene más que fuerza. Tiene rabia, tesón.

.. Ojalá la mía fuera una décima parte de la fiera que esconde la tuya.

Creo que si Serenity ha llegado hasta aquí es porque ha tenido suerte.

Simple y llanamente suerte. Porque a la pobre no le da para más.

Y, después de la tercera prueba, se ha quedado todavía más inservible.

Alec levanta la mano y se da unos golpecitos en la sien.

—Hombre, es una huérfana más de la guerra, su casa ha sido saqueada y ha caído en las manos de un compañero de curso que se ha dedicado a violarla... Creo que tiene derecho a estar disociada.

Me arrepiento de lo que digo incluso antes de terminar la frase. Sé de sobra que hablar por impulso es un error, sobre todo con alguien como Alec Aurigae.

—¿Ahora las vas a defender? —me responde, cabreado.

Viéndolo en perspectiva, creo que nunca hemos llegado a ser grandes amigos; más bien hemos sido compañeros forzosos que han terminado acostumbrándose a la presencia del otro.

La suya siempre ha sido constante y un tanto oscura, con una facilidad pasmosa para la crueldad, pero también con un ego extremadamente débil.

Sospecho que para él la pequeña rivalidad familiar que nos une y nos separa a la vez ha tenido un papel más relevante que para mí.

Yo nunca le he visto el sentido, pero ahora, cuando estamos atravesando una de las peores épocas de nuestra historia, menos todavía.

Mi madre está más tensa que nunca; mi padre, sumido en un sueño del que no sé cuándo despertará.

Y yo... me siento solo. Me habría gustado encontrar en Alec a alguien en quien apoyarme, pero siempre se aseguró de que hubiera una barrera entre nosotros que fuera imposible de traspasar.

—Bueno, no es que la defienda, es que son las que nos van a permitir ganar o nos van a dejar perder.

Alec bufa.

—Menuda gilipollez de torneo. No puedo creer que El Magno tuviera esta idea de mierda —se queja, visiblemente enfadado—.

Pero está claro que con esto no solo ha querido castigar a los indignos, sino también a nosotros.

A veces pienso que sabía que en algún momento de la guerra moriría, y quiso que los demás sufriéramos por no haber podido salvarlo. No lo sé.

—De todas formas, si tanto querías sobrevivir, podrías haber elegido a otro participante —le insisto—, pero fuiste tú el que te decantaste enseguida por Serenity.

Alec vuelve a esbozar esa media sonrisa que augura peligro.

—No sabes lo que se cabreó mi padre —se burla—. Pensándolo bien, tendría que haber escogido a Alaric Quell. De todos los participantes, junto a Morgana Vexley, era el más preparado. De hecho, estoy seguro de que será el único que llegará a la prueba final, ya verás.

—Además de nosotros —señalo.

—Y nosotros, claro. Si Serenity por fin se espabila y hace algo.

Cojo aire.

—Espero que Hazel y ella se unan para sobrevivir a lo que sea que pase hoy —le digo—. Saben que nosotros estamos aliados y, por encima de todo, ellas son inseparables.

—Ya veremos —responde Alec, no tan convencido—. La prioridad sigue siendo eliminar a Caleb White. Él irá a por las chicas por motivos personales. ¿Viste cómo se puso en la segunda prueba?

Estoy a punto de contarle la conversación que presencié en casa de los Greenleaf, pero decido no hacerlo en el último momento.

—Creo que Ivy y Theo no durarán mucho —continúo hablando, intentando desviar el tema de conversación de Hazel y Serenity a otros participantes—.

Ivy está demasiado enferma y nosotros tenemos todas las unidades que existen en el mundo de la poción que toma para la escarcha negra.

No me sorprendería si hoy no se presenta a la prueba porque ya haya muerto. Y Theo..., en fin, es un crío.

—Le pasa como a Serenity —prosigue mi amigo—. No sé cómo ha llegado hasta aquí. Pero bueno, sea como sea, tengo ganas de ver la cara de Eleanor Ravenscroft cuando su participante muera.

Me imagino a Theo agonizando sobre el suelo en la siguiente prueba. Otro niño más fallecido a causa de una guerra, alguien demasiado pequeño para comprenderla.

—Sí, el problema va a ser Alaric. Lo veo venir. No me imagino a Eira Thorn liderando a los segadores, pero hay que admitir que fue la más lista de todos al elegirlo a él.

—Probablemente lo único inteligente que habrá hecho en su vida —aporta Alec—. Pero ya te digo que esa chica no tiene sangre en las venas. No podrá dirigirnos, eso seguro. No me extrañaría que mi padre se rebelara contra ellos para...

La conversación se corta en cuanto alguien abre la puerta con un golpe brusco. Alec y yo nos quedamos callados de golpe, como unos niños a los que han pillado haciendo travesuras.

—La cuarta prueba comenzará en breve —anuncia Augustus Aurigae—. Deberíais ir ya a la Puerta Fatum y concentraros en lo que tenéis por delante. No creo que sea una prueba fácil. Estad siempre alerta, que no os pillen con la guardia baja.

Y, sin esperar respuesta, el abuelo de Alec se da la vuelta y se marcha. Sus pasos se pierden por el pasillo mientras Alec regresa a su mesa para recoger el proyecto en el que estaba trabajando.

—Es la frase más larga que le he escuchado decir en la última semana —me explica—. Algo le pasa. En fin, ¿por qué no llevas abrigo?

—Estaré bien —respondo, mientras ambos salimos de la sala de mapas en dirección al portal.