36. HAZEL
HAZEL
Hay un olor a hoguera en el bosque. Estoy rodeada de árboles frondosos, húmedos, llenos de líquenes que me hacen sentir como en casa.
Me giro y veo la cabaña. Está igual que siempre, rodeada de hechizos defensivos que hacen que solo los miembros de la resistencia podamos verla y encontrarla en mitad de este lugar donde cada rincón parece igual.
Al lado, hay un grupo de gente alrededor de una fogata.
Sé que estoy soñando en el momento en el que veo a mi hermano.
Se ríe cerca de Caleb, como si le hubiera contado una anécdota graciosa, y después le da una palmada en el hombro.
La hoguera chisporrotea, creando una danza de chispas rojas y azules que se elevan hacia el cielo.
Aunque nadie nos puede ver, mi cuerpo sigue en tensión.
Incluso sé que mi hermano, por más que se esté riendo, siempre está alerta, pendiente de cualquier ruido.
A veces me da la sensación de que no ha dormido más de dos horas seguidas en semanas.
No creo que lo haya hecho desde que murieron nuestros padres, pero no lo culpo. Yo hago lo mismo.
Desde que la resistencia se organizó, los segadores nos buscaban día y noche, saqueaban nuestras casas ya abandonadas e interrogaban a los seres queridos que muchos habían dejado atrás, incapaces de convencerlos para que se escondieran o se unieran a nosotros.
Entro en la cabaña, que está vacía, pero me recibe un olor a pan recién horneado.
Poppy White ha estado cocinando otra vez.
Hay ocasiones en las que siento que hace demasiada comida, pero no juzgo las formas que tiene la gente de mantenerse distraída.
Si a ella la ayuda a no pensar en la guerra, y sus recetas siguen estando igual de buenas, no creo que nadie se oponga a su sobreproducción de carne asada, patatas y todo tipo de bollería casera.
Las risas vuelven a sonar fuera, las escucho con más fuerza cuando se abre la puerta.
Caleb ha entrado en la cabaña y me mira desde el umbral de la puerta.
Siento que mis hombros se relajan al verlo, igual que mi mandíbula.
Caleb tiene esa sonrisa que conozco tan bien, la que siempre me hace bajar la guardia.
Se acerca despacio, cierra la puerta detrás de él y me abraza por la cintura.
Entierro la cara en su hombro, oliendo ese aroma a hogar y tranquilidad.
.., aunque también a cenizas. Y a sangre.
Me aparto extrañada cuando veo que el Caleb que me ha abrazado no es el mismo que ahora tengo delante.
Está cubierto de ceniza y sangre fresca, como si acabara de salir del internado el día de la batalla final contra Magnus y los segadores.
Las risas, el olor a comida recién horneada y hasta la propia cabaña desaparecen en un humo negro, quedándonos los dos en mitad de un limbo oscuro y frío.
—Siempre te protegí, Hazel. Todo lo que hice ha sido por ti..., hasta que tuve que elegir.
A nuestro alrededor, un fuego azul comienza a arder, cada vez más intenso. Paso del frío al calor. Intento dar un paso atrás, pero las llamas están demasiado cerca y suenan fuertes, como si estuvieran creciendo cada vez más.
Los ojos de Caleb ya no parecen los mismos: veo un atisbo de locura en ellos, de desesperación, de una sed de venganza voraz que creo que será irreversible.
Entonces, da un paso hacia mí, aprovechando que estamos acorralados en un círculo de fuego, y me agarra por el cuello.
Su mano está ardiendo y siento su tacto áspero y doloroso.
Lucho por liberarme, pero él me levanta del suelo y mis piernas quedan colgando.
Intento alcanzar su cara para golpearle y detenerlo, pero un dolor en el brazo izquierdo me impide luchar.
La marca que reza «Propiedad de Marlowe Malenfant», cubierta de espinas, ahora dice «Propiedad de Caleb White».
Grito para pedir ayuda, pero nadie me escucha. Ya no existe la cabaña ni mi hermano está fuera riendo en la hoguera. Más de la mitad de los que estaban ahí ya no viven.
Me empieza a faltar el aire y todo a mi alrededor se empieza a poner negro.
—Siempre fuiste mía, recuérdalo —gruñe él.
Lo escucho con dificultades, porque mi visión se está empañando y alguien grita mi nombre cada vez más cerca. Entonces, todo se vuelve negro a mi alrededor y me despierto. Doy un bote en la cama y jadeo, incorporándome y llevándome las manos al pecho.
—Estás bien, estás bien. Solo ha sido un sueño.
La voz de Marlowe es lo último que esperaba escuchar, pero empiezo a asociarla con la tranquilidad de saber que todo lo que acabo de vivir es mentira.
Que es producto del estrés postraumático de la guerra, las muertes y.
.. la última vez que vi a Caleb en la segunda prueba, fuera de sí, acusando a varias personas de ser asesinos, habiéndose convertido él en uno.
Una luz en la mesilla hace brillar el pelo claro de mi segador, creando una atmósfera extrañamente íntima.
Mi respiración se va calmando, pero sigo teniendo todos los músculos en tensión.
El estado de alerta parece no querer abandonar mi cuerpo, hasta que poco a poco se va apagando cuando me doy cuenta de que estoy segura.
—¿He... gritado? —le pregunto. Mi voz suena casi gutural, no sé si porque estaba durmiendo, porque sigo ronca o, en realidad, una mezcla de las dos.
—Sí. Siento haberte despertado. No podía dormir con tus gritos.
Trago saliva.
—Ah, vale. Bueno, es que no puedo controlarlos.
Pero Marlowe niega con la cabeza.
—No, no me refiero a eso. Quiero decir que... —Se queda unos instantes intentando medir sus palabras—. Da igual.
Me revuelvo en la cama, todavía un poco inquieta. Al notarlo, Marlowe se pone de pie. No me he dado cuenta hasta ahora de que se había sentado a mi lado.
—Te dejo para que sigas descansando. Todavía está oscuro, pero en unas horas es la cuarta prueba y deberías dormir un poco más.
—¡No! —grito, quizá demasiado alto. Hasta el propio Marlowe se sorprende—. Es que... no quiero seguir durmiendo, la verdad. Las pesadillas son cada vez peores. Prefiero tener sueño mañana que volver a repetir todo esto.
Su expresión se descompone, pero rápidamente vuelve a adoptar esa actitud de falsa indiferencia. Ahora que he visto más allá, no sé cómo un día pude creer que no escondía nada debajo.
—Necesitas descansar —insiste—. No sabemos qué pasará más tarde.
Trago saliva.
—Vale —le respondo sin ganas—. Bueno, gracias por despertarme. Ya te puedes ir.
Apago la luz de la mesilla y me acurruco como si fuera a dormir, pero soy consciente de que no volveré a pegar ojo. Todavía me sudan las manos de pensar en la escena de Caleb intentando matarme, con los ojos rojos y fuera de sí.
—No —dice él, de pronto.
Me giro hacia donde está, pero no puedo verlo en la oscuridad.
—¿Cómo que no? —le pregunto, hablando hacia los pies de mi cama.
Escucho unos pasos que vienen hacia mí. El pulso se me acelera. La luz de mi mesilla vuelve a encenderse y veo a Marlowe de nuevo junto a la cama.
—No vas a dormir. Te conozco.
Se me escapa una carcajada.
—¿Tú? ¿Conocerme a mí? No tienes ni idea de quién soy —le espeto. Por algún motivo, la adrenalina corre por mis venas y disfruto de pelear con él.
—Créeme, sé cosas sobre ti que ni tú misma podrías decir.
Pongo los ojos en blanco.
—Vale, don sabelotodo. Venga, vete.
Pero Marlowe se niega de nuevo.
—No me voy a ir a ninguna parte. Me quedaré aquí hasta que te quedes dormida para asegurarme de que descanses y, si empiezas a tener pesadillas, te despertaré al momento, no cuando ya se te ha comido el basilisco en sueños.
Aprieto la mandíbula. Este tío es un absoluto gilipollas. Y lo peor de todo es que siento que lo dice de verdad. Que no hay nada que pueda hacer para que cambie de opinión.
—Bueno, el suelo es bastante incómodo —digo, intentando disuadirle.
—No me importa.
Acto seguido, Marlowe se aleja de mí, se dirige hacia la esquina de la habitación que está debajo de la ventana y se tumba en el suelo. Hace un gesto extraño con el brazo para utilizarlo como almohada.
—¿Es en serio? —pregunto con incredulidad.
No podría dormir con él ahí tumbado ni aunque quisiera.
—Muy en serio, Greenleaf. Y ahora silencio, y a dormir.
Marlowe utiliza su magia para apagar la luz de la mesilla de noche, pero extiendo la mano y la enciendo con el interruptor.
—Mira, como broma está muy bien, pero ya no tiene gracia. Vete a tu cama, Marlowe.
—Técnicamente, tú estás en mi cama. Eres la invitada.
Suspiro con fuerzas. Cuanta más conversación le doy, más ganas me dan de pegarle una bofetada.
—Bueno, haz lo que te dé la gana. No voy a discutir contigo.
—Genial. Buenas noches, Hazel.
—Buenas noches —refunfuño, girándome en la cama para darle la espalda.
El silencio dura un minuto hasta que Marlowe vuelve a romperlo.
—Oye, ¿te sobra una almohada?
Pero me hago la dormida para no responder a su pregunta. Aunque hace frío en la habitación, siento que estoy ardiendo por dentro. La vergüenza de que me haya visto tantas veces gritando en sueños y que haya venido a despertarme es difícil de digerir, pero este es otro nivel de pudor.
Me quedo lo más quieta posible, disimulando, como si estuviera durmiendo de verdad. Alargo mis respiraciones, me calmo y, en algún momento, sin quererlo, me quedo dormida.