35. MARLOWE
MARLOWE
El basilisco me advierte de su presencia mucho antes de que pueda escucharla. Se queda erguido, mirando hacia el interior de la casa, hasta que Hazel aparece por la puerta. Camina con dudas hasta llegar al umbral y entonces se detiene.
—Puedes salir —le aseguro.
Ella se lo piensa una última vez y, por fin, baja las escaleras en las que estoy sentado. Pasa de largo y se queda de pie, descalza, sobre el césped. Me da frío verla así, pero la dejo tranquila hasta que esté preparada para hablar.
Hazel mira al suelo y mueve los pies sobre la hierba, sintiendo cada brizna acariciándole la piel.
—¿Cómo has conseguido el diario?
No me sorprende que me haga la pregunta, sino que eso sea lo primero que me diga. Me crujo los nudillos bajo los guantes antes de responder.
—Me quedé muy preocupado después del incidente del otro día —empiezo a hablar—. Pensé que te haría ilusión tener algo de tu casa. No sabía qué traerte, hasta que lo encontré.
—¿Lo... encontraste? ¿Has entrado en mi casa? ¿En mi habitación?
Hazel aún tiene la voz ronca. No se llegó a tragar el caramelo, pero rozarlo con la lengua le ha dejado secuelas.
—Es una larga historia.
Ella se da la vuelta, mirándome inquisitivamente.
—Pues empieza a contármela. Ya.
Tengo que reprimir una sonrisa.
—Eso es lo que pasó. Fui a tu casa, en Jean Street, para traerte algo que te pudiera ayudar a recordar, a no sentirte sola. Lo que no esperaba es que alguien hubiera tenido exactamente la misma idea que yo, pero con otros motivos.
Hazel me mira de hito en hito. Hay un destello de terror en sus ojos.
—¿Quién estaba en mi casa?
—Caleb White y Orion Vale. Imagino que encontrarían la dirección en el registro de indignos que recopilaron los Vale.
—¿Caleb... estaba en mi casa?
—En tu habitación, para ser exactos. No sé qué relación tienes con él.
Ni me importa, realmente, no quiero saberlo.
Pero tengo que advertirte que Caleb no es la persona que conociste: se ha consumido por la maldad, el terror, la sed de venganza.
.. o una mezcla de todas ellas. —Hago una pausa, intentando encontrar las palabras adecuadas para decir esto—.
Hazel, Caleb va a intentar matarte en la próxima prueba.
Sé que te resultará difícil de creer, pero. ..
Ella me interrumpe, soltando una risa ronca.
—Eso es imposible. Lo conozco. No sería capaz de hacer algo así.
Yo me encojo de hombros, apartando la mirada y rompiendo nuestro contacto visual.
—Como quieras. Mi deber como mentor es advertirte, así que ya lo he hecho. Tú verás lo que haces con esa información. Pero una persona llena de rabia, como lo está él, estaría dispuesta a cualquier cosa —le advierto—. Vigila tus espaldas en la próxima prueba, eso es todo.
Hazel traga saliva. Es casi como si pudiera leer lo que está pasando por su mente: se debate entre creerme o pensar que estoy loco.
—Eso no responde a la pregunta que te he hecho al principio.
—¿Cuál de todas?
—¿Cómo has conseguido el diario? —me repite ella.
—Bueno, en realidad, Caleb lo encontró. Él sabía dónde lo escondías, así que lo sacó y se lo quería llevar para revisarlo.
Imagino que él habrá perdido muchos recuerdos y querrá rellenar esas lagunas con algo que tú hubieras podido escribir.
Pero me da la impresión de que esperaba encontrar algo más; un punto débil, quizá.
Pero a Hazel no termina de convencerle lo que le digo.
—Caleb no sería capaz de matarme —insiste.
—Caleb mató a Morgana Vexley —le recuerdo yo, justo después—. A una de las mejores brujas que ha existido en Reino Unido. Y hará lo mismo con cualquier persona que se le ponga por delante. Va a por ti, Hazel.
Ella se lleva la mano a la boca y empieza a morderse las uñas. Permanecemos un rato en silencio hasta que ella lo rompe.
—Lo podrías haber matado, entonces, si tanto peligro va a suponer para nosotros.
Esa última palabra parece quemarle la garganta.
—Nosotros... —repito— no podemos hacer eso. Fuera de las pruebas, está prohibido hacerse daño.
—No sé si lo sabes, pero mañana es la cuarta prueba. Me lo ha dicho tu madre.
Asiento, como si lo supiera, aunque me estoy enterando en este mismo momento.
—Ya solo quedáis seis. Serenity no me preocupa, no te atacará. Aunque ya no está tan débil, Alec y yo mantenemos nuestro pacto. Por lo menos llegaremos juntos al final, y luego ya se verá.
Hazel inclina la cabeza.
—¿Tu amiguito ya se ha cansado de usarla como a su sirvienta personal? —me acusa, con una expresión severa.
—Fue una de las condiciones de nuestra alianza.
Esa confesión parece relajarle el ceño fruncido. Aun así, no parece del todo convencida.
—Bueno, ahora mismo el que más me preocupa es el profesor Quell. Es el mago más experimentado —dice Hazel—. Theo es un niño y Ivy..., en fin, está enferma. ¿Sabes si su mentor le está suministrando la medicación para la escarcha negra?
Niego con la cabeza.
—No. Los Aurigae cortaron el suministro del antídoto hace tiempo. Con el estrés de El Ascenso, Ivy ha empeorado radicalmente, morirá en cualquier momento, si no lo ha hecho ya.
—Su corazón se detendrá en cualquier momento —murmura Hazel, más para ella que para mí.
—Quiero que mañana te concentres en escapar de Caleb y de Alaric Quell. Ellos son los enemigos más potentes en este juego macabro.
—¿Y quién los matará, entonces? —pregunta Hazel, levantando la voz y sonando todavía más ronca—. ¿Serenity? ¿Theo? ¿Ivy, si es que se presenta mañana a la prueba?
Me quedo en silencio, porque no tengo respuesta.
En la primera prueba mi inacción no fue un problema, porque había demasiados participantes para que se mataran entre ellos.
Pero eso no volverá a pasar. El torneo está a punto de terminar y El Magno querrá que sus participantes, que han sido debilitados en la tercera prueba, derramen sangre.
—No lo sé. Solo te aviso para que te mentalices de que es posible que mañana tengas que matar a alguien antes de que te maten a ti. Sé que es duro, pero alguien tiene que sobrevivir, porque el juego no va a parar hasta llegar al final.
Hazel traga saliva. Soy consciente de que mi petición llega en el peor momento, pero es el único consejo realista que puedo darle ahora mismo.
—Es muy fácil para ti, que estarás ahí sentado, con el culo en un sofá, esperando a que vuelva y observando como un mero espectador.
—Lo sé —le digo, dando por terminada nuestra conversación. Porque, en el fondo, es así. No hay nada que pueda hacer mañana para cambiar las cosas, así que todo depende de Hazel.
Ella mira a su alrededor, intentando buscar las respuestas a preguntas que nadie debería cuestionarse, y decide dar un pequeño paseo por los jardines.
El sol ya se ha puesto hace un rato, así que solo se ilumina gracias a las farolas que marcan la entrada a la mansión.
A nuestro alrededor todo es oscuridad. El lago parece una gran mancha negra y no hay ninguna luz en la casa porque mi madre está en la mansión Aurigae, cuidando de mi padre.
Hazel tarda un rato en volver. Imagino que se estará congelando, porque yo he salido sin abrigo y no puedo aguantarlo más, y ella va descalza.
Pero, por algún motivo, me quedo clavado en el suelo mientras la veo vagar entre la niebla y los arbustos.
Al cabo de un rato regresa a las escaleras, con los labios morados.
—Hay una chimenea encendida en el salón —le indico, aunque no estoy seguro de que sepa dónde está.
Hazel asiente.
—Gracias.
Da unos pasos y sube la escalera, dejándome atrás. Abre la puerta de casa y atraviesa de nuevo el umbral. Entonces se detiene y la escucho darse la vuelta.
—También por la carta.
Acto seguido, cierra la puerta, dejándome solo en el jardín.