Malenfant 34. HAZEL
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34. HAZEL

HAZEL

No sé en qué momento me despierto, ni tampoco cuándo me he quedado dormida. Simplemente me muevo en la cama y el dolor me recuerda que sigo aquí. Cada músculo de mi cuerpo se queja cuando me pongo de lado. Ya es de día, pero nadie ha venido a despertarme ni a traerme el desayuno. Pero es mejor así.

Con la cabeza embotada, me incorporo lentamente en la cama. Por la luz que entra en mi dormitorio, tiene que ser mediodía, por lo menos. No recuerdo cuánto tiempo he dormido, pueden haber pasado unas pocas horas o dos días seguidos, pero recuerdo que hubo una gran tormenta justo después de que...

No quiero pensar en ello. Tantos recuerdos que he olvidado y sé que precisamente este me perseguirá toda la vida.

O lo que quede de ella. No me siento orgullosa de haberlo hecho, ni siquiera estoy segura de que fuera yo misma la que estaba llevándose el caramelo a la boca.

Tan solo fueron unos segundos, pero fueron suficientes para que el veneno empezara a afectarme y me haya dejado todo el cuerpo dolorido.

Tampoco podré borrar de mi cabeza la expresión de horror de Marlowe Malenfant, el instante en el que se dio cuenta de lo que guardaba en el último cajón de la mesilla y lo que había hecho con él.

Recuerdo cómo me agarró por la mandíbula y metió la mano en mi boca, obligándome a escupirlo cuando apenas se había posado en mi lengua.

Veo su expresión de pánico cuando se dio cuenta de que empecé a toser y se sacó una poción con el emblema de la familia Aurigae del bolsillo.

Intentó que me la tomara, pero la rechacé de primeras, hasta que la tos se me fue pasando.

Aun así, he estado enferma desde entonces.

Los escalofríos no me han abandonado en toda la noche y estoy convencida de que tengo fiebre.

Me quedo un rato sentada sobre la cama, mirando un punto perdido en el suelo, cuando la puerta se abre.

No me giro. Sé que alguien me habrá escuchado incorporarme, seguramente las chicas mirrorem , y han venido a traerme la comida.

Sin embargo, en mi habitación entra una única persona.

Sus pasos son firmes, seguros. Se detiene un par de metros a mi espalda, pero no me giro.

—Hazel.

Reconozco enseguida la voz. El pitido sigue embotándome los oídos, intensificándose con cada golpe fuerte o cada grito que doy, así que agradezco que me haya hablado en un tono bajo.

—¿Cómo estás?

No respondo. No sé qué decir después de lo que ha pasado y tampoco quiero hablarlo con nadie.

—Te he traído algo.

Tampoco me muevo.

El chico espera unos segundos más y después noto cómo deja un objeto ligero sobre la cama.

—No tengo hambre —le respondo. Si es comida, ni siquiera quiero olerla. No tengo nada en el estómago, pero estoy segura de que, si pruebo bocado, vomitaré.

—No es comida, pero no pasa nada. Te dejo tranquila. Si necesitas algo...

Pero no termina la frase. En su lugar, sus palabras se quedan en el aire, flotando entre nosotros y creando una barrera que no sabemos si construir o derribar.

Los pasos de Marlowe se alejan y escucho la puerta cerrándose a mis espaldas.

Se marcha por el pasillo y vuelvo a quedarme sola, en silencio, con la única compañía del dolor y el pitido que no me abandona.

Después de unos segundos, me levanto y busco la pluma de cuervo, pero ha desaparecido. Imagino que Gwendoline se habrá enterado de lo que pasó anoche y habré perdido mis pocos privilegios. Por lo menos conservo esta habitación con vistas al jardín.

Doy unos pasos hacia la ventana y me apoyo sobre el cristal. El sol que entraba a raudales hace unos minutos ya se ha escondido y la niebla vuelve a inundar los jardines de la mansión, como si quisiera esconderlos.

Un movimiento capta mi atención. Una figura vestida de negro, con el pelo casi blanco, camina sin rumbo por el jardín.

No hay duda de que es Marlowe. Detrás de él acecha el basilisco.

Parece que están teniendo una conversación.

Apoyo la cara contra el cristal, mirándolo ahora que piensa que nadie más lo está haciendo.

Cruza unas palabras rápidas con la bestia y, después, se queda solo.

Lo observo vagando en círculos, después distrayéndose con uno de los setos, como si hubiera visto algo interesante. Parece preocupado.

No quiero sentir lástima por el enemigo.

No puedo. Pero hay algo dentro de mí que se refleja en él.

No puedo justificar sus actos, pero, en el fondo, puedo entender por qué lo hace.

La vida de Marlowe Malenfant no es mucho más interesante que dar un paseo por el jardín, mirar las hojas y hablar con el basilisco.

De hecho, parece el único que lo escucha.

Como hijo único, no ha tenido mucha compañía en su infancia y ha vivido siempre bajo la lupa de sus padres.

Me gustaría saber cómo habría sido su vida si no hubiera nacido en esta mansión.

¿Habría elegido unirse a los segadores? ¿O habría sido simplemente un chico normal en el internado, que pasara más bien desapercibido, tuviera notas normales y se fuera de vacaciones con sus hermanos o primos a un país más soleado en las vacaciones de verano?

Una parte de mí quiere arrancar esa superficie de niño rico e insoportable, entender lo que ha quedado de él bajo el peso de su apellido.

La otra, me obliga a recordar quién es de verdad, a pesar de todo.

Podría haber huido, podría haberse incluso enfrentado a sus padres, pero decidió tomar el camino fácil.

La escena de su madre quemándole las manos regresa a mi cabeza.

Quizá «fácil» no sea la palabra correcta, pero por lo menos no ha perdido a toda su familia luchando por una causa noble.

Gwendoline Malenfant será un demonio, pero no creo que Damascus también le haya hecho la vida imposible.

Aunque... ¿qué diferencia hay entre hacer oídos sordos al sufrimiento de tu hijo y ser su verdugo?

Me alejo de la ventana y me fijo en que hay un paquete sobre la cama: lo que ha dejado Marlowe antes de irse.

Debería resultarme indiferente, pero mis pies me llevan solos hacia la esquina izquierda de la cama.

Lo cojo entre las manos. Es un paquete normal y corriente, rectangular, como si fuera un libro envuelto en un papel marrón liso y aburrido.

Si Malenfant cree que con una novela conseguiré olvidar todo lo que ha pasado en las últimas semanas.

.., está muy equivocado. Ya he olvidado bastante.

No hay ningún tipo de ficción, sueño o pesadilla que pueda sacarme de esta cárcel mental.

Incluso si me dejaran la puerta abierta de la mansión.

.., ¿a dónde iría? No tengo a nadie con quien quedarme; los pocos amigos que quedan vivos están participando en El Ascenso y ni siquiera sé dónde está la casa de los Aurigae para ir a rescatar a Serenity.

Agarro el paquete con fuerza y después lo dejo caer de nuevo sobre la cama y regreso a la ventana, pero el segador ya no está a la vista.

Tampoco el basilisco, que seguramente habrá vuelto al lago.

Espero unos instantes más para ver si aparece, pero en su lugar vuelvo a escuchar unos pasos que se dirigen a mi habitación.

La puerta se abre y entra una mujer de pelo largo y plateado.

—Ya me han contado tu aventura del otro día —me saluda—. Pensaba que teníamos un acuerdo.

No quería responder, pero sus palabras me encienden.

—Yo también.

La miro con severidad, aunque sé que ella no puede notarlo. Aun así, mi respiración agitada me delata.

—¿Lo dices por la pluma? Bueno, solo era uno de mis pequeños inventos. A veces dejan de funcionar solas...

—No cumpliré mi parte del acuerdo si no descubres una inesperada e increíble forma de arreglarla —le respondo, haciendo énfasis en el final de la frase.

Gwendoline Malenfant sonríe. En el fondo se lo está pasando bien, así que decido que lo más inteligente es entrar en su juego e intentar cambiar las reglas desde dentro.

—Quizá se me ocurra una manera para que vuelvan a funcionar —tercia de pronto.

—Seguro que sí. Eres una mujer inteligente.

Ella se ríe y solo con escuchar su risa siento un escalofrío que me recorre los brazos y las piernas. Sus carcajadas son casi como un grito, un chirrido incómodo peor que el pitido que no me abandona ni en sueños.

—Me halagas.

—Bueno, te lo puedes tomar como un cumplido, si quieres —le respondo.

Pero a ella no se le borra la sonrisa de la cara.

—Espero que pongas más empeño en tu misión.

Quiero que lleguéis vivos a la última prueba —el tono de su voz se vuelve oscuro, más severo—.

Me da exactamente igual lo que hagas después, como si quieres lanzarte al Támesis y desaparecer para siempre.

Nos harías un favor a todos, de hecho. Pero, mientras tanto, ocúpate de lo tuyo, y yo me ocuparé de todo lo demás.

—¿Todo lo demás? —le pregunto, como si estar aquí hubiera sido mi decisión.

—Niña, agradece que tienes un plato que comer, una cama donde dormir y que mi hijo no te haya cruzado la cara por tus insolentes respuestas.

Ahora la que se ríe soy yo.

—¿Te resulta gracioso? —pregunta en tono arrogante, inclinando la cabeza en un gesto que, de haber tenido algo que perder, me habría infundado temor—.

Puede que Marlowe no posea esas... cualidades.

Pero eso no quita que mantenga lo que he dicho antes.

Asegúrate de seguir con vida y llegar hasta el final, y así todos ganaremos.

Tú la primera. Mañana es la cuarta prueba, así que no quedará mucho para el final.

Sin esperar una respuesta, la matriarca de los Malenfant se marcha, cerrando la puerta con un golpe seco.

Me quedo un buen rato mirando el lugar por el que acaba de desaparecer y después regreso a la ventana.

El sol se ha empezado a poner y la niebla es todavía más espesa.

Sigo sin verlo, así que vuelvo a la cama y me siento sin querer encima del paquete.