33. MARLOWE
MARLOWE
—Vaya, vaya. Si tenemos al niño de mamá con nosotros —me saluda Vale.
Inclino la cabeza.
—¿Eso es lo más original que se te ha ocurrido, Orion?
A él no le hace gracia mi respuesta, pero la ignora, haciendo ese parpadeo extraño que delata que está nervioso.
—¿Qué haces por aquí, Malenfant? —me saluda Caleb. Su lenguaje corporal me confirma que está a la defensiva.
—Lo mismo que tú. —Extiendo la mano hacia el diario, un cuaderno amarillo con las tapas desgastadas y varias hojas asomando peligrosamente por las esquinas, amenazando con caerse en cualquier momento.
Caleb aprieta los labios.
—Qué pena que eso no vaya a pasar... —murmura—. Porque somos dos contra uno, así que no creo ni que quieras intentarlo.
—Podría rasgarte la garganta con solo una mirada, Caleb. Pero prefiero guardarme el show para El Ascenso —le respondo, todavía con la mano extendida.
Pero Caleb se niega a dármelo. Con un gesto rápido, creo un lazo invisible alrededor de su cuello.
Él se lleva las manos justo a ese lugar, tratando de zafarse de una criatura invisible que cada vez le aprieta más.
El diario se le escurre de los dedos en cuanto pierde la fuerza.
Orion Vale se lanza a por él, pero yo soy más rápido.
Lo cojo al vuelo con una mano mientras, con la otra, agarro a Orion por la camisa y lo lanzo contra la pared, sin usar magia, solo con la rabia que me ha dado escuchar su conversación.
Del golpe, Orion se queda mareado durante unos segundos, los cuales aprovecho para guardar el diario en el bolsillo interior de mi capa. Después, vuelvo donde está él, le pego un puñetazo en la sien y lo dejo inconsciente.
Aunque este es el momento perfecto para escapar, me quedo un ratito más, disfrutando de la escena.
—¿Sabes? —le digo a Caleb, girándome hacia el chico mientras él sigue luchando por deshacer un nudo invisible que le empieza a cortar la circulación de la sangre a la cabeza—.
Habrías sido un buen segador de primera generación.
No tienes principios, eres un cobarde, te vendes al mejor postor y serías capaz de hacer cualquier cosa por las apariencias.
Es una pena... Habrías llegado muy lejos.
Con un gesto de la mano, el lazo se afloja y Caleb coge una bocanada de aire cargada de desesperación por sobrevivir. Le dejo que lo haga un par de veces más.
—¿Tu papaíto sabe que dices esas cosas a sus espaldas? —me pregunta, deteniéndose cada dos o tres palabras para coger aire.
Sé lo que pretende, pero no quiero entrar en su estúpido juego.
—Dime la verdad. ¿Por qué querías el diario, White? Y no me vengas con historias de amor ni me hagas perder más tiempo.
Caleb consigue ponerse de pie y va recuperando su color natural en la cara. Mientras tanto, Orion sigue desmayado a nuestro lado y, con la fuerza con la que lo he golpeado, imagino que estará así unos minutos más.
—Solo estoy buscando la forma de matarte, Malenfant, ahora que se me ha concedido esta maravillosa oportunidad de hacerlo sin consecuencias.
Me río.
—Me temo que la desaprovechaste en la primera prueba. Y sería tremendamente aburrido matarnos ahora, sin testigos ni nadie que nos aplauda. Así que reza porque la suerte te sonría y quizá tengas una nueva oportunidad para intentarlo —le espeto.
Pero Caleb parece más concentrado en el diario que en mis palabras.
—Déjame leer solo una página. —Su tono pasa de la amenaza al ruego, y sé que está desesperado por dar con alguna información que únicamente puede encontrar en este diario.
—¿Cuál? —pregunto, por curiosidad.
Pero Caleb parece reacio a decírmela.
—Oh, venga. Lo voy a leer de todas formas —insisto—. ¿O es que lo que te da vergüenza es decirme qué pasaje quieres leer?
Los ojos de Caleb responden por él. En ese preciso momento caigo en la cuenta.
—No me digas que es ese día —me burlo.
Él traga saliva.
—Solo dime si es verdad o no —responde él, todavía con la voz afectada por la asfixia—. Ella siempre lo negó.
Su confesión me pilla desprevenido. Traté de ocultar la noticia de que Hazel y yo nos habíamos besado en la habitación de Olivia.
No solo porque fue una tontería, sino porque no quería que mis padres se enteraran de lo que hacía en el internado mientras se suponía que estaba estudiando.
Pero había demasiada gente aquella noche presenciando la escena, y ni Hazel ni yo éramos el tipo de personas que iban compartiendo su vida privada por ahí.
Así que, por más que lo intenté, los rumores corrieron, pero Hazel nunca volvió a hablar del tema. Era como si nunca hubiera sucedido.
—¿En serio, Caleb? No te tomaba por un hombre con tan poco ego...
—No es cuestión de ego.
—¿De qué se trata, entonces? —le pregunto.
Él tarda unos momentos en contestar.
—Solo quiero saber si me mintió. Porque, si fue así, quién sabe con qué más lo hizo, y eso... lo cambiaría todo.
Frunzo el entrecejo, confuso por todas las declaraciones de Caleb que se han ido contradiciendo en lo que llevamos de noche.
—¿La matarías solo porque se besó con una persona cuando los dos estabais solteros? ¿Cuando ya os habíais separado?
—No es una cuestión de soltería, sino de lealtad —me explica él, pero sigo sin encontrar el sentido a sus palabras.
Nunca estuve pendiente de la relación entre Hazel y Caleb, pero no me imaginé que él fuera así de posesivo, sobre todo cuando ya no eran pareja.
—Sabes que no puedes amar y odiar a la misma persona, ¿verdad? —le pregunto.
—Solo dime: ¿es cierto o no?
Pongo los ojos en blanco. No puedo creer que, tantos años después, tenga que estar hablando de esto.
—¿Si es cierto el qué? ¿Que Hazel y yo nos besamos en la fiesta de Halloween?
—Sí —dice Caleb, con una chispa de ansiedad y rabia en los ojos.
Yo me encojo de hombros, sintiendo el diario en el interior de mi capa.
—Creo que, en el fondo, tú mismo tienes la respuesta. ¿Y sabes qué? Creo que lo disfruté.
Mi media sonrisa le termina de enloquecer y Caleb desata toda su rabia.
Se abalanza hacia mí y lo esquivo en el último segundo, cogiéndolo del cuello y estampándolo contra la puerta detrás de la que me he estado escondiendo antes.
La madera vence y se hunde, y las astillas se clavan en la espalda de Caleb.
Sus gritos de dolor me molestan y entrecierro los ojos.
—Reflexiona un ratito sobre tus celos y tus principios. No necesariamente en ese orden —le aconsejo antes de lanzarle un hechizo que lo dejará paralizado hasta que Orion recupere la consciencia y lo revierta.
Sin mirar atrás, salgo de la habitación y bajo las escaleras.
Esta casa se ha convertido en una metáfora amarga de su vida: su familia ya no está aquí y todo lo que ha quedado atrás ha sido saqueado, humillado o robado.
Pienso en los recuerdos que Hazel habrá tenido que abandonar en la tercera prueba, en la desesperación que la ha llevado a querer acabar con todo, a preferir quitarse la vida.
Cuando una de las personas que estaba dispuesta a darlo todo por sus principios decide marcharse, no es un acto de cobardía. Es la forma más absoluta de desesperación.
Todavía no he podido quitarme de la cabeza la imagen de Hazel intentando envenenarse con el caramelo de arándanos que robó de la segunda prueba.
Esa escena se repite en bucle en mi cabeza mientras salgo del número diecinueve de Jean Street y regreso a la mansión, con el diario quemándome justo encima de la piel, contrarrestando el frío de la calle.