Malenfant 32. MARLOWE
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32. MARLOWE

MARLOWE

La lluvia absorbe la poca luz que alumbran las farolas.

No recuerdo un junio tan húmedo como el de este año, pero supongo que después de pasar toda la vida en Escocia, uno deja de fijarse en la cantidad de días al mes que llueve.

Aprieto el paso, como si no me hubiera calado ya el abrigo y mis zapatos no estuvieran empapados.

En esta zona no pasa nadie de noche. Un relámpago me ilumina el camino durante unos segundos, seguido de un fuerte trueno.

No me molesto en esquivar los charcos, ni siquiera en refugiarme debajo de los árboles.

Simplemente camino en línea recta, tratando de olvidar lo que acabo de ver.

En el fondo, la tormenta me hace sentir acompañado.

La lluvia me abraza con su fría caricia recorriéndome la espalda, recordándome a todas esas veces que he caminado por los jardines de mi casa, esos paseos en los que por fin podía dejarme ir y las gotas de agua camuflaban mis lágrimas y se fundían con ellas.

Sentirlas es casi terapéutico. Aun así, no puedo quitarme de la cabeza que, por lo menos, aún recuerdo esos momentos.

El sufrimiento de Hazel me persigue. No comprendo qué objetivo podría perseguir El Magno al debilitar a los que se supone que tienen que luchar por nosotros.

Por esto estoy aquí, ahora, dejando que las gotas empapen mi abrigo, largo y oscuro.

Claro que siento pena por Hazel, pero sobre todo necesito que ella esté bien para la siguiente prueba.

Sí, esa es mi única motivación para haberlo dejado todo en casa y salir corriendo sin dar más explicaciones.

Cruzo una carretera por la que no viene ningún coche y me acerco al número diecinueve de Jean Street.

La calle se va empinando, como si la persona que quisiera llegar al final tuviera que hacer un sacrificio a cambio.

Casi nadie vive ya allí. Dejó de ser un lugar seguro para que las familias construyeran aquí un hogar, por lo que la mayoría de las casas han quedado abandonadas.

No sé muy bien cuál es exactamente la que busco, pero algo me dice que la encontraré, aunque el número diecinueve ya no cuelgue de su puerta.

El trueno vuelve a rugir, pero no me estremece. Pocas cosas lo harían ahora mismo. Todavía tengo la cabeza en mi casa, en lo que acaba de suceder, en lo que he presenciado en la habitación de invitados.

La calle hace un pequeño giro a la derecha y sé que no puedo estar ya muy lejos. Las lluvias de los últimos meses han llenado de barro los jardines y han colapsado las canaletas de hojas y ramas, los últimos resquicios del mes.

Voy retrasando mis pasos hasta que, por fin, me detengo delante de una casa.

Desde fuera, es exactamente igual que las demás, pero, si mis cálculos no fallan, es el número diecinueve.

Me acerco al buzón y busco un nombre que reconozca.

Por supuesto, están borrados. Aun así, estoy convencido de que este es el lugar.

Al otro lado del jardín, en el porche, hay cuatro bicicletas atadas con un candado oxidado, esperando a una familia que nunca volverá a utilizarlas.

La valla de la entrada está llena de telarañas.

El aspecto descuidado del jardín también me da una pista de que estoy frente al que fue el hogar de los Greenleaf.

Es el escenario perfecto de una casa familiar que tuvieron que abandonar de la noche a la mañana, dejándolo todo tal y como estaba, como una postal imperturbable del pasado.

Agarro la manga de mi abrigo con el puño y froto el buzón, revelando un dibujo de dos manos de tamaño pequeño, de dos niños. Una está pintada de rojo y se ha firmado con la letra J. La de al lado es verde y contiene una H en grande.

Esta es la casa.

Con un sencillo conjuro, la verja de la entrada se abre y paso directamente al jardín.

El camino de piedras está lleno de barro y hierbajos, que se han apoderado de cada centímetro del lugar.

Camino con cuidado de no resbalar hasta que llego al porche.

Subo las escaleras y me preparo para abrir la puerta, pero enseguida me doy cuenta de que ya está abierta.

—Saqueadores —murmuro.

La puerta se queja cuando la abro, como si se resistiera a que otro desconocido más allanara los tesoros que un día custodió.

Con un gesto de la mano, una bola de luz verde aparece a mi alrededor.

La situación es mejor de lo que esperaba.

Hay claros indicios de que la casa ha sido registrada en varias ocasiones, pero por lo menos los muebles, aunque desvalijados, siguen intactos.

Camino por la estancia, buscando las habitaciones.

No quiero permanecer aquí más tiempo del necesario.

Una puerta me lleva a una pequeña despensa con todos los alimentos desordenados, algunos abiertos y con los envases rasgados.

Un montón de macarrones están esparcidos por el suelo, piso uno sin querer y cruje bajo mi zapato.

Salgo de ahí y continúo a otra habitación, que parece ser de invitados. Tendré que subir a la planta de arriba.

Subo la escalera, con la sensación de que la moqueta está mojada.

Quizá las tormentas y el abandono de la casa se han manifestado en forma de goteras, o quizá es que mis zapatos ya son como dos charcas.

No hay más pisos, así que la habitación tiene que estar por aquí.

Abro la primera puerta que veo y me encuentro con una cama doble justo al lado de una ventana.

Sigo buscando y, de pronto, encuentro lo que quería.

Entro en una habitación con las paredes pintadas de color melocotón.

La cama está revuelta, el armario abierto y varias pilas de ropa ajada se acumulan en el suelo.

Me pregunto si esto se quedó así cuando sus habitantes se marcharon a toda prisa o si ha venido alguien buscando algo. .., puede que lo mismo que yo.

Paso la mano enguantada por las estanterías, pero todo son libros.

Ningún cuaderno, ni diario, ni nada escrito del puño y letra de la chica que vivió aquí.

Me coloco en el centro de la habitación, pensando en diferentes lugares en los que una niña y, posteriormente, una adolescente, podría esconder un diario, un álbum de fotos o cualquier recuerdo en papel que haya resistido a la humedad.

Empiezo por los lugares obvios: debajo de la cama, entre los libros, en los cajones del armario.

.., pero no tengo suerte. Es como si alguien ya lo hubiera intentado antes que yo.

Paso a la habitación de al lado, pero hay tan pocas cosas que termino enseguida.

Regreso a la habitación anterior, convencido de que tiene que estar en alguna parte.

Vuelvo a rebuscar en el armario, incluso muevo la maceta de una planta falsa para ver si está debajo.

Me planto en el centro de la estancia, quedándome sin ideas, justo cuando me parece oír un sonido en la planta de abajo.

Me quedo quieto y dejo de respirar para escuchar con más atención.

Los sonidos de la tormenta a veces juegan malas pasadas y no quiero que este sea el caso.

Entonces, lo vuelvo a escuchar. No solo unos pasos, sino voces masculinas en la planta de abajo, que empiezan a subir las escaleras como si conocieran perfectamente este lugar.

No me da tiempo a hacer un hechizo de invisibilidad en tan poco tiempo, así que no me queda otra que esconderme detrás de la puerta.

El armario es demasiado pequeño y cerrarlo me delataría, así que doy unos pasos hacia la entrada de la habitación y me coloco justo detrás.

Apago la bola de luz verde y me quedo sumido en una oscuridad total.

A través de la ventana entra un poco de luz del exterior, pero todavía es pronto para que mis ojos se acostumbren.

Aguanto de nuevo la respiración mientras dos hombres llegan al rellano de la primera planta de la casa.

—Venga, hazlo rapidito y nos vamos —exige una voz.

Abro mucho los ojos al darme cuenta de que la conozco.

—Tardaré un rato en encontrarlo, ¿vale? Hace mucho tiempo que no vengo y, por lo visto, no hemos sido los únicos que hemos entrado sin permiso —responde la otra voz. Esta también me suena, no logro ubicarla. Pero estoy seguro de que la primera pertenece a Orion Vale.

—Pues empieza ya —le ordena Orion.

La conversación termina y solo escucho pasos.

Alguien entra a la habitación donde estoy escondido y enciende una luz similar a la mía, pero de color anaranjado.

El chico abre varios cajones y rebusca en su interior.

Lo escucho moverse por el cuarto y aprieto el puño cuando está tan cerca que puedo escuchar su respiración al otro lado de la puerta.

—Debería estar en una caja de antiguos VHS —dice la segunda voz.

En ese momento me doy cuenta de quién está a apenas un metro de mí: Caleb White, el participante de la familia Vale.

No me extraña verlos juntos, porque al fin y al cabo llevarán conviviendo desde que empezó El Ascenso.

Lo que me sorprende es que estén aquí, el mismo día que yo, buscando algo.

—¿VHS? ¿Todavía se usa eso? —pregunta Orion Vale.

—No, por eso guardaba ahí su diario.

Las palabras me congelan la sangre y tengo que hacer un esfuerzo para no respirar con fuerza al escuchar esa revelación.

Tal y como suponía, hay un diario, un lugar en el que Hazel guardó todos sus recuerdos.

En el internado la vi varias veces escribiendo en un cuaderno, a solas en la biblioteca, sentada junto a la ventana que daba al bosque.

En ese momento, me pareció un poco infantil que anotara todo lo que le pasaba en su día a día.

Ahora, ese diario podría ser la pieza clave para ganar El Ascenso.

—Pues sigue buscando la caja esa, date prisa.

—Cállate, ¿quieres? —se defiende Caleb—. Me estás poniendo de los nervios.

—Tú sí que me estás sacando de mis casillas, todo el día hablando de esa chica —responde Orion—.

Tío, asume de una vez que ya no vas a volver con ella.

Con suerte, solo uno de vosotros dos sobrevivirá.

Ganes o pierdas, no volverás a verla en cuestión de un mes o así. El universo te está haciendo un favor.

Caleb expulsa el aire por la nariz.

—¿No te das cuenta? —le espeta con una mezcla de rabia y odio en la voz—. Me da igual que Hazel Greenleaf sobreviva. Lo que quiero es que no gane Malenfant.

Orion se ríe.

—Pues, entonces, lo tienes fácil. Mátala en la siguiente prueba.

A mí tampoco me hace gracia que ese rubito esté pululando por ahí, aunque es un inútil.

Siempre se han creído superiores a los demás por apellidarse Malenfant.

Le tengo una tirria a su padre..., se rumorea que todavía sigue muy enfermo, ojalá se muera —suelta.

Aprieto los puños y cierro los ojos. No me sorprenden esas palabras de la boca de Orion Vale.

Siempre tuvo envidia de mi casa y estatus, así que sé que esas palabras tan solo están cargadas de resentimiento por haber nacido en la cuna de los Vale y no en la nuestra. Me da hasta lástima que piense así.

La conversación continúa mientras yo sigo escondido detrás de la puerta, luchando para que mi respiración no se escuche, aunque ahora me late tan fuerte el corazón que temo que lo que oigan primero sea eso.

—No, no la mataré —responde Caleb—. Esperaré a que otra persona lo haga en mi lugar.

Orion Vale suspira.

—De verdad que no hay quien te entienda —le dice. De fondo, Caleb sigue rebuscando en algún lugar de la habitación—. Antes de la primera prueba dices que todavía sientes algo por ella. Ahora pasas del amor al odio y deseas que se muera, pero no quieres ser tú el que la mate.

Caleb deja de buscar y lo escucho caminar hacia donde está la voz de Orion.

—¿Sabes lo que pasa, estúpido? —Caleb vuelve a sacar de nuevo esa rabia con la que explotó en la segunda prueba—.

Que, por su culpa, toda mi familia ha muerto.

Yo no quise que se involucrara en la guerra, pero sus ideas y las de su hermano hicieron que mis padres se posicionaran igual que los suyos.

Intenté convencerlos para huir a Londres, pero ya era tarde.

Y ahora, yo estoy metido en este torneo de mierda y todos los demás están muertos.

Yo, el único de mi familia que quería irse de aquí y esconderme en algún pueblo perdido de Inglaterra, soy el que se ha quedado para dar la cara.

—Es como un castigo divino —añade Orion.

—Bueno, a ti te hará mucha gracia, pero a mí no.

Nunca quise formar parte de esta guerra.

Solo quería una vida tranquila, hasta que apareció ella.

Al principio, pensaba que podríamos ser felices juntos, que nos casaríamos y viviríamos una vida tranquila.

Pero Hazel siguió los pasos de su hermano como si estuviera cegada por él, como si necesitara una validación constante de su mellizo, y eso ha hecho que los mataran a todos.

Joder, y pensar que al principio éramos buenos amigos, Jack y yo —dice, más para sí que para su segador—.

Bueno, pues ahora que he llegado hasta aquí no me voy a quedar con los brazos cruzados.

No seré el que empuñe el arma que la mate, pero no me pondré en medio para salvarla si otra persona lo quiere hacer por mí.

Ya me he cansado de ser el eterno chico torturado de la familia. Mira, aquí está la caja de VHS.

Escucho cómo Caleb sigue rebuscando en el armario y saca algo con dificultad, quejándose por el peso. Lo deja caer en el suelo de la habitación y empieza a revolverlo todo.

—¿Es eso? —pregunta Orion.

Caleb debe simplemente de asentir con la cabeza o puede que no haya respondido, porque no dice nada más.

—Venga, ahora que ya tienes lo que querías, vámonos. Aunque no entiendo por qué el diario de una adolescente te va a servir para algo.

Caleb bufa.

—Porque he perdido casi todos los recuerdos de mi paso por el internado —responde Caleb—, y estoy convencido de que Hazel anotaría muchos detalles sobre mí, mis padres y mis hermanos. Además, creo que entre estas páginas puedo encontrar su punto débil.

—Quizá puedas confirmar si fue verdad ese rumor de que se besó con Malenfant.

Me tomo esa frase como una oportunidad de oro para unirme a la conversación. Empujo la puerta con la mano, con un golpe seco, para dejarnos a todos encerrados en la habitación. Los dos se giran hacia mí con una expresión de pánico. Y entonces hablo:

—No necesitas su diario para confirmarlo. Yo mismo te puedo dar la respuesta. Y, ahora, entrégamelo —le ordeno.