31. HAZEL
HAZEL
Mi hermano se ríe desde el porche de la casa de mis padres.
Ellos están dentro preparando la cena. Estoy decorando la entrada y casi me tropiezo con un espumillón antes de llegar a la verja que limita nuestro jardín con la calle.
Solo espero que este año no nos lo roben, como pasó la última vez.
Jack sigue mis pasos, esperando a que vuelva a dar un traspiés, pero llego sana y salva hasta la verja, con las manos cargadas de diferentes adornos de Navidad.
Tan solo estaremos en casa unos días, pero esta época es especial y me encanta celebrarla.
Me pongo en cuclillas y esparzo por el césped todas las decoraciones.
Cojo el espumillón que se me estaba enredando antes en las zapatillas y lo empiezo a girar alrededor del poste del buzón.
En la parte de arriba coloco una figura de plástico de Papá Noel y la ato con una cinta marrón para que no se la lleve el viento o algún gato callejero.
—Se va a caer —me advierte Jack, todavía desde el porche.
Pero no le hago caso. Cuelgo una cadena de luces en la valla de la entrada, donde empieza el camino que conecta la calle con las escaleras del porche.
No se encienden todas, pero son suficientes para darle ese toque navideño.
La casa de los vecinos, como siempre, está completamente apagada, como si no viviera nadie ahí, así que nuestras decoraciones todavía destacan más.
Unas calles más abajo hay una casa que parece una pista de aterrizaje de lo recargada que está.
—El año pasado te quedó más bonito —me pincha mi hermano.
Suspiro, cabreada.
—¿Quién te ha pedido tu opinión, idiota?
A él parece divertirle nuestra conversación.
—Oye, ¿por qué estás tan enfadada con el universo? Relájate, que es Navidad. ¿O todavía sigues enfadada por el comentario que he hecho en la cena?
—No —respondo enseguida, y eso me delata.
—¿Seguro? —responde Jack.
Lo escucho bajar las escaleras del porche y cruzar el jardín en mi dirección.
—Es que no sé de dónde ha salido ese rumor, pero no me hace ninguna gracia.
—Vale, vale. No lo volveré a repetir. —Jack levanta las manos, como si rogara mi perdón.
—Es que ya me estáis enfadando entre todos. De verdad, no hay nada entre Malenfant y yo —insisto—. Solo pasamos dos tardes en la biblioteca a finales de septiembre porque nos tocó hacer un trabajo juntos. Nada más.
Mi hermano asiente al ver que el tema me molesta. No entiendo por qué me lo han preguntado ya un par de personas si, por defecto, me limito a sentarme lo más alejada posible de Alec Aurigae y de él, así como del resto de alumnos cuyas familias se rumorea que apoyan los ideales segadores.
—Me alegro, porque tiene pinta de ser un gilipollas absoluto.
Va con unos aires de grandeza que se pincharían como un globo al acercarse a una aguja.
Y encima segador. No sé cómo puede haber gente que se trague las mentiras del tal Magnus, que dice que a veces son necesarios sacrificios en nombre de la Muerte y no sé qué tonterías más. ..
Jack lo suelta todo de golpe, como si fuera un monólogo que llevaba un tiempo queriendo compartir conmigo.
—Pues sí.
No le presto mucha atención porque estoy más pendiente de colocar bien el cable.
Lo enrosco alrededor de la verja hasta que llego al final.
Entonces, activo el interruptor de las luces, cruzando los dedos para que se enciendan sin problema.
Algunas han dejado de funcionar de un año a otro, pero siguen haciendo el papel de decoración navideña.
—¿Y Caleb White? ¿Sabes si su familia se pondría en contra de los segadores si se diera una guerra?
Trago saliva. Caleb ha estado actuando de forma extraña desde Halloween, pero, por más que lo he intentado, no he logrado sonsacarle por qué.
—No me apetece hablar de mi vida privada, Jack —le respondo, porque sé por dónde va su pregunta.
—Oye, que no te estoy diciendo nada de eso. Solo quiero saber si crees que, en el caso de que hubiera una guerra... —Jack baja el volumen para que no lo escuchen los vecinos—, si ellos se pondrían de nuestra parte.
—No lo sé. ¿De verdad crees que la habrá? Quiero decir, las ideas de Magnus son más bien las de un loco.
Mi hermano se encoge de hombros.
—Pero la gente se lo está creyendo —contrarresta él—.
Ahora, casi todo el mundo ha empezado a llamar indigno a todo aquel que no venera a la Muerte a su manera.
Algunos comienzan a decir que hacer sacrificios les está confiriendo más poder.
Se rumorea que los Malenfant ya lo están haciendo con algunas criaturas.
Jack me hace un gesto para que sigamos teniendo esta conversación en el interior de la casa. Recojo los adornos que no he utilizado en el jardín y lo acompaño hacia el porche. Entramos al vestíbulo y cerramos la puerta. Continuamos hablando en susurros para que nuestros padres no nos escuchen.
—No quiero quitarle importancia a esto, pero no creo que dure mucho tiempo, Jack.
Me da la impresión de que solo son un grupo de fanáticos tratando de justificar sus rituales poco éticos.
Ese tal Magnus me parece un farsante. Siempre ha habido extremos y gente dispuesta a creerse cualquier cosa con tal de sentirse parte de algo, de que su voz se escuche, aunque solo sea para decir tonterías.
Jack agacha la cabeza y se mira el pie mientras hace círculos en la moqueta.
—Espero que tengas razón. Porque, si no, la cosa se pondrá fea.
—Por primera vez en mucho tiempo, detecto un matiz de inseguridad en la voz de mi hermano—.
Y nosotros seremos de los primeros en caer si hay una especie de cacería.
Todo el mundo sabe que vivimos a unas casas de los Nox, así que no sería difícil seguirnos.
Entonces, Jack levanta la cabeza para mirarme..., pero su rostro ya no está. El corazón me da un vuelco en el pecho. Todo a mi alrededor comienza a difuminarse en una bruma negra y escucho un pitido que se me clava en la cabeza, justo detrás de los ojos.
—¿Jack? —Me acerco a él y, con las manos temerosas, le sujeto la cabeza. Pero no hay nada en su cara. El lugar donde deberían estar los ojos, las cejas, la nariz y la boca está completamente plano, y él se ha quedado inmóvil en la misma posición en la que lo he visto por última vez—. ¡Jack! ¡JACK!
Lo agito, pero no sirve de nada. La bruma me sigue consumiendo y hace desaparecer todo lo que me rodea.
Una fuerza me tira hacia atrás, me agarra por los brazos para que suelte a mi hermano.
Me resisto, intentando agarrarlo, pero no puedo.
Los músculos no me responden. Solo puedo ver su rostro borrado, que se va tragando poco a poco la misma bruma que me quiere sacar de este recuerdo.
No quiero salir de aquí. Quiero quedarme con él, aunque solo sea un minuto más, aunque mi cerebro parezca haber olvidado su rostro.
Pero un pitido insoportable me hace doblarme y caer al suelo de rodillas.
En el momento exacto en el que mi cabeza golpea el suelo, me despierto.
Ahogo un grito. A mi alrededor, comienza a tomar forma la habitación que ha sido mi nueva prisión.
Un poco más cómoda y limpia que el sótano, pero igualmente solitaria.
Siento que alguien me está agarrando el brazo y trato de zafarme justo cuando veo a Marlowe.
Me echo hacia atrás, dejando que mi instinto me aleje de él.
—Tranquila, Hazel, tranquila —me dice con un tono de voz que nunca he escuchado—. Solo es una pesadilla. Ya ha pasado.
Pero él no lo entiende, y nunca lo hará.
El rostro borrado de mi hermano sigue dando vueltas en mi cabeza.
¿Lo habré olvidado para siempre? Trato de pensar en él, en el color verde de sus ojos, pero lo único que consigo imaginarme son atisbos desdibujados de una cara real.
Intento pensar en su voz y la escucho extraña, diferente, modificada.
No puede ser. Magnus dejó las normas muy claras. Intento pensar en otras escenas con mi familia. Recuerdo que en la nevera de nuestra casa había una postal de uno de nuestros viajes..., pero no soy capaz de acordarme de lo que hicimos, ni dónde fuimos o cuántos años tenía en ese momento.
No puede ser. No puede ser.
—Hazel, respira profundamente. —Marlowe trata de llamar mi atención, pero lo ignoro. Mi visión se pierde en el horizonte, porque mis ojos están buscando algo que han olvidado.
Pienso en otra cosa. El día en el que nuestros padres nos comunicaron que tendríamos que asistir al internado. Intento recordar el rostro de mi hermano y siento una oleada de alivio cuando lo veo. Es pequeño, pero por lo menos, está ahí. Aunque, de pronto, se empieza a emborronar.
—No, no puedo. No puedo. Lo he olvidado todo. Su cara. Sus ojos.
Mi respiración se agita cada vez más. Siento que no puedo gestionarlo, que me quedo sin aire, que una oleada de pensamientos negativos se apodera de mí, enterrándome debajo de un millón de capas de sufrimiento, anhelo y confusión.
La tercera prueba ha alterado todos mis recuerdos y no sé cuáles he perdido para siempre. Porque esa era la idea, supongo. No saber qué es lo que he olvidado.
—Hazel —escucho de fondo.
Se me nubla la vista. Me llevo las manos al pecho e intento arrancarme el camisón para poder respirar mejor.
Siento que el cuello me aprieta, que me estrangula y se me aferra a los pulmones hasta dejarlos sin espacio.
Marlowe se lanza sobre mí y me ayuda a desabrocharme los primeros botones, ya que las manos me tiemblan demasiado como para hacerlo por mí misma.
No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que las lágrimas me empiezan a mojar el pecho. Me da un ataque de tos y vuelvo a llevarme las manos a la garganta, como si eso me pudiera ayudar a respirar mejor. Pero sé que no lo hará.
En este momento, me doy cuenta de que no puedo continuar.
Creía haber encontrado la fortaleza suficiente para seguir hasta el final, para salvarnos.
Pero no puedo. No quiero formar parte de este espectáculo, ni convertirme en una carga para los demás.
Me horroriza pensar que, si Serenity y yo llegamos al final, solo quedará de mí una parte muerta, deprimida, como si hubiera ganado un fantasma que ya murió hace mucho tiempo y solo ha dejado atrás una pequeña parte de su alma.
—Hazel, túmbate de lado.
Las manos de Marlowe me rozan la piel y las siento como una corriente eléctrica. Con un gesto brusco, me alejo de él y me caigo por el otro lado de la cama. Mi cuerpo parece despertar cuando noto el impacto contra el frío suelo. Y entonces mis ojos enfocan la mesilla de noche. El último cajón.
El caramelo de arándanos.
No quiero hacerle eso a Serenity. Tampoco a Caleb, por más que me haya demostrado que El Ascenso lo ha transformado.
O quizá siempre haya sido así. Sea como sea, una parte de mí no quiere hacer sufrir más a mis amigos, pero.
.. puede que les alivie saber que me fui por elección propia.
Que fue rápido y que nunca más seré un problema para ellos.
Si yo me quito del medio..., Serenity podría tener la posibilidad de ganar.
Con los Malenfant fuera del tablero, los Aurigae tendrían vía libre para acabar con el resto de participantes.
.. y Serenity sobreviviría. No sé en qué condiciones, pero lo haría.
Poco a poco, mi respiración se regula y me pongo de pie. Marlowe no me quita la vista de encima mientras camino hacia la mesilla de noche, que todavía está tirada en el suelo por culpa del viento que me arrastró hacia la tercera prueba.
Por lo menos, el final será dulce. Un caramelo y todo terminará. Solo unos instantes dulces para que el pitido deje de sonar, para que ya no me duela más el pecho y los bucles de mi mente se detengan.
Un último acto de rebeldía.
Me agacho y recorro a gatas el último metro que me separa de la mesilla. Abro el último cajón y ahí está, tal y como lo dejé tras la segunda prueba. Extiendo la mano y lo saco. Cojo aire por última vez, todavía con el pecho dolorido, sabiendo que esta va a ser la última vez.
Y me lo llevo a la boca.