Malenfant 29. MARLOWE #2
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29. MARLOWE #2

Me incorporo hacia la mesa y cojo la caja.

Me sorprende lo ligera que es, como si dentro tan solo hubiera un puñado de papeles arrugados.

La muevo entre las manos, buscando un resquicio para abrirla, y dentro aparece otra caja todavía más pequeña.

Es de color morado intenso, con unos finos hilos dorados que recubren las esquinas.

He pasado tanto tiempo en esta casa que conozco a la perfección lo que los Aurigae guardan dentro de estas cajitas moradas: su colección de pociones más exclusiva.

A lo largo de los años, la familia de Alec se había hecho famosa por cuatro cosas: inventar poderosos hechizos que deberían estar prohibidos, crear algunas de las pociones más difíciles de elaborar, que todos los nombres de los familiares comiencen por la misma letra y ser los segadores más crueles y sangrientos.

Alguna de estas cualidades es inservible, pero otras les han resultado muy útiles para convertirse, junto a mi familia, en una de las dinastías de magos más respetadas del mundo.

Pero no había ninguna poción que pudiera domar una bestia como lo hacían mis padres.

Antes de la guerra, no era raro encontrarse con una manada de kelpies en la orilla de nuestro lago o una quimera lamiéndose las patas en los jardines.

Recuerdo como si fuera ayer al basilisco descubriendo las posiciones de los kelpies mientras ellos trataban de arrastrar a sus víctimas al agua.

Observo el obsequio con curiosidad. Desde que empezó la guerra, la fabricación de pociones se detuvo casi por completo y la demanda se disparó, mientras que los Aurigae solo habían podido seguir elaborando unas pocas para uso personal.

Por eso, me sorprende que Alec haya decidido regalarme precisamente esto.

Abro la cajita y se desliza un pequeño frasco de cristal tintado de color morado. En su interior, un líquido casi transparente se agita, viscoso.

—¿Qué es? —pregunto, al ver que no lleva ninguna etiqueta. Solamente le han puesto el sello de lacre de los Aurigae, el mismo que llevaban todas las pociones que se venden, tanto en el mercado negro como en las tiendas.

Alec sonríe.

—Esto es... una muestra de mi lealtad hacia ti en El Ascenso.

—Hace una pausa, esperando mi reacción, pero yo no digo nada—.

Tu madre estuvo aquí el otro día y me insistió en que fuéramos más claros con nuestra alianza.

Tiene razón. La tercera prueba ya está en marcha y ya hemos pasado el ecuador del torneo.

Solo nos quedan dos pruebas y no creo que sean precisamente las más fáciles.

Así que quiero demostrarte que estoy de tu lado con esta poción.

Giro el frasquito entre mis manos. Si algo he aprendido de todos estos años de amistad con Alec es que las pociones más poderosas, y también las más mortíferas, vienen siempre en frascos pequeños.

—¿Para qué sirve?

—Es una poción vitalis —me explica Alec—.

Una de las que mi familia solo suministraba al hospital, porque no está permitida su venta.

Me gustaría que la guardaras como símbolo de nuestra alianza, para que veas que tienes un seguro de vida en caso de que corra peligro Hazel.

Si es herida de muerte, sea con o sin magia, unas solas gotas pondrán en pausa su padecimiento y su cuerpo funcionará con normalidad durante tres horas.

Debería ser tiempo suficiente para que consiga atención médica urgente.

Con la guerra, todas las unidades disponibles se agotaron en el hospital y no hemos podido producir más porque es imposible encontrar más semillas de umbraflor.

Crece en las cuevas, no es muy difícil dar con ella y precisamente por eso la gente las arrancó todas para intentar hacer la poción en sus casas y no han sabido conservarlas ni reproducirlas, así que no quedan más semillas que las que guarda mi abuelo para nuestra propia familia.

Tardarán tres años más en volver a florecer, así que. ..

Una extraña sensación de calor me recorre el cuerpo.

—Gracias, Alec.

Él asiente con la cabeza, pero no dice nada más. Ahora es mi turno de poner las cartas sobre la mesa.

—Mi madre está convencida de que, ahora mismo, nuestra mejor opción es aliarnos para llegar al final de El Ascenso —empiezo a hablar—.

Y yo estoy de acuerdo con ella. Creo que el poder debe quedar en manos de una de nuestras familias.

Son las más preparadas para manejarlo, pero me preocupa que las normas de El Magno sean claras.

Alec se rasca la nuca mientras piensa su respuesta.

—Lo sé. Mi padre y mi abuelo han estado estudiándolas con detenimiento.

Ya sabes que El Magno siempre se guarda un as en la manga, siempre va un paso por delante de todos.

Es como si sus normas tuvieran una segunda interpretación macabra para poner a prueba no solo a los indignos, sino también a nosotros mismos.

Por eso, creo que es importante que rememos en la misma dirección, pase lo que pase.

No quiero decirlo en voz alta, pero por un momento se me pasa por la cabeza una prueba en la que los mentores tengamos que luchar en lugar de los indignos. Una en la que los sacrificios seamos nosotros y en la que El Magno se asegure de que solo sobreviva el más fuerte.

Una sensación extraña se apodera de mi estómago.

No puedo imaginar cómo sería mi futuro si solo quedara yo.

No tengo mucha gente con la que hablar en mi día a día, pero por lo menos sé que siempre puedo contar con Alec, a pesar de que a veces se comporte como un gilipollas integral.

Alec tampoco ha tenido muchos amigos. En realidad, nunca se esforzó en ello y nuestra relación, simplemente, se dio por hecho.

Ambas familias hicieron que los caminos de los Aurigae y los Malenfant avanzaran siempre en paralelo, por eso conocí a Alec antes de entrar al internado y, cuando llegué, era de las pocas personas que reconocía en medio de aquella marabunta de niños asustados.

En el fondo, no somos tan diferentes. Y eso me aterra. Los dos nos hemos criado en una familia que ha esperado demasiado de nosotros, que nos ha asignado un papel que nunca elegimos. Hemos tenido una infancia en la que no nos ha faltado de nada, pero, a la vez, nos ha faltado de todo.

Me pregunto cómo habría sido mi vida si hubiera nacido en un lugar diferente.

No sé si apoyaría a El Magno. Me siento mal solo por pensarlo, incluso tengo pánico de hacerlo por si alguien me pudiera leer los miedos en la mirada.

Pero es la verdad. Mi vida habría sido un poco más tranquila si hubiera crecido al margen de la guerra, las imposiciones y un título de heredero que llevo en la sangre.

Y, entonces, entiendo a Hazel por unos instantes.

No quiero ganar El Ascenso. Ella no ha tenido elección, pero yo tampoco.

Ni siquiera quiero estar aquí, pero no es algo que pueda decir en voz alta.

Solo quiero sobrevivir, alejarme de todo, pero no sé qué sentido tiene hacerlo si mis manos ya están manchadas de sangre para siempre y mi conciencia cargada de todas las personas que tuvieron que morir para que todo termine.

No quiero sobrevivir si voy a seguir estando solo, no quiero que me feliciten por un premio que nunca quise reclamar como mío.

Pero, mientras tanto, la maquinaria debe seguir funcionando. Tengo que fingir normalidad hasta que encuentre una opción que me permita salir de aquí o levantaré las sospechas de Alec. O, peor, de mi familia.

—Creo que, por ahora, solo podemos centrarnos en ir eliminando a otros participantes —le propongo—.

Si vamos uno a uno, será más fácil. Lo importante es que no digamos nada públicamente de nuestra alianza, así la gente no se lo esperará.

De hecho, lo más probable es que se estén preguntando por qué no nos hemos matado todavía entre nosotros.

Por ejemplo, podríamos empezar por quitarnos del medio a Orion Vale.

Por un momento, pienso que a Alec le va a gustar mi propuesta, pero no esperaba que sonriera como lo está haciendo. No me gusta esa mueca, así que me preparo para lo peor.

—¿Qué pasa? —le pregunto, pero él se encoge de hombros como si nada.

—¿Todavía sigues celoso de su participante? ¿Cómo se llamaba?

Me río por la nariz.

—Cállate, ¿quieres?

Pero Alec parece entretenido y se incorpora en el sofá.

—¿Llegó a enterarse de lo que pasó en la fiesta de Halloween?

Levanto las cejas. La famosa e inolvidable fiesta de Halloween del décimo curso.

Después de aquello, Alec intentó sonsacarme información durante semanas.

No se calló hasta que, unos meses después, comencé a salir con una chica de un curso menos.

Fue de las primeras víctimas de la guerra.

De hecho, fue la primera segadora de mi generación en morir.

—No lo creo, y dudo que Greenleaf se lo mencionara. Pero no puede importarme menos —le digo y me encojo de hombros.

—Pues vaya mierda —comenta Alec, volviendo a dejarse caer con desgana sobre el sofá—. Me habría molado más toda la historia de que mataras por celos al chico ese... ¿Cómo has dicho que se llamaba?

—No lo he dicho.

—¿Por qué no quieres decir su nombre? —insiste.

—Simplemente me cae mal.

A Alec parece divertirle mi respuesta.

—¿Hay alguien que te caiga bien?

Esbozo una media sonrisa. Tampoco es que yo me haya esforzado mucho en hacer amigos a lo largo de los años que estuvimos en el internado. No los he necesitado.

—Tú... a veces —bromeo.

Pero, en el fondo, es la verdad. En ocasiones me gustaría saber qué se siente al tener a una persona que te escuche y te apoye.

Y, desgraciadamente, con el paso del tiempo, me he acostumbrado a que esa persona sea yo mismo, en mis pensamientos.

Alec no se separó de mí desde pequeños, pero siempre hubo una rivalidad entre familias que nos ha hecho mantener las distancias en ciertos aspectos.

Éramos amigos, aunque no el tipo de amigos que le preguntaban al otro cómo estaba. Nunca pasamos del plano superficial.

Alec comienza a pensar en voz alta cómo podríamos acabar con Orion Vale, teorizando sobre la temática de la próxima prueba.

Pero es imposible anticiparse a los planes de El Magno.

Solamente nos queda esperar... y cruzar los dedos para que, si tiene que haber dolor, todo suceda de la forma más rápida posible.

Que, si las cosas se tuercen y debo morir, me pueda marchar rápido, sin molestar, sin dramas.

Y que, si soy yo quien tiene que actuar, no me maten los remordimientos.