Malenfant 29. MARLOWE
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29. MARLOWE

MARLOWE

La Porta Fatum está encendida cuando llego a la biblioteca.

Me imagino a Hazel utilizándola esta mañana, o quizá la han venido a buscar a casa mientras yo todavía estaba dormido.

No sé nada más de ella ni de qué tipo de prueba tiene por delante.

Mi madre, simplemente, me ha dicho que las mirrorem han encontrado una nota en su habitación, que estaba toda revuelta.

En la hoja, que parecía escrita a mano por El Magno, se explicaba en dos escuetas líneas que Hazel había sido llevada a la tercera prueba, que debía pasar ella sola, sin ayuda ni compañía.

Mi madre se ha guardado la nota en el cajón de su cómoda y no me ha dejado verla.

Aun así, no espero que Hazel vuelva en la próxima hora, por lo que aprovecho la mañana para ir a casa de los Aurigae.

El color morado y blanquecino de la Porta Fatum se retuerce en un remolino, esperando a que me deje caer en sus aguas.

Cojo aire, porque sé que el viaje no es agradable, y después doy un paso al frente.

La sensación de vértigo me produce cierto placer, como si mi cuerpo llevara demasiado tiempo apagado y volviera a sentir de nuevo.

Cierro los ojos, dejándome llevar por la ingravidez, y cuando los vuelvo a abrir estoy en el salón de invitados de los Aurigae.

Doy un paso al frente, pisando tierra firme, y me doy cuenta de que no estoy solo.

Alec me observa desde la otra punta de la estancia.

Hasta que no lo veo ahí, sentado en una de las lujosas sillas, al fondo de la sala, no me doy cuenta de lo grande que es.

El techo le podría hacer la competencia a los museos vaticanos: unas pinturas hechas a mano y perfectamente conservadas crean un mosaico de ángeles, animales, plantas y más figuras religiosas de las que sería capaz de nombrar.

Todo ello decorado con pequeños trazos de color dorado que estoy seguro de que es oro.

—Sabía que vendrías, Malenfant.

Alec se levanta y camina hacia mí. Sus pasos retumban en las paredes de la sala, que en algún momento estaría llena de gente bailando, bebiendo y forzando sonrisas falsas. Ahora, solo estamos nosotros y un grupo de mesas y sillas que se acumulan en una esquina.

Me quedo quieto hasta que Alec se acerca y, cuando llega a la Porta Fatum, lo saludo chocando nuestras manos.

—Pensaba que habías suspendido tres veces Técnicas de Adivinación.

Él hace una mueca que interpreto como una sonrisa.

—No se me podía dar todo bien —me responde.

Me río, porque, en realidad, Alec era uno de los peores alumnos del internado.

Aun así, su posición familiar hizo que avanzara curso a curso sin problema.

Alaric Quell siempre parecía confundirse a la hora de ponerle la nota del examen final, porque Alec decía que le había salido fatal, y después sacaba un destacable.

La única profesora que le había puesto un nefasto era la de Técnicas de Adivinación y, a veces, Morgana Vexley en Duelo y Estrategia.

Pero como se permitía pasar de curso con una única asignatura suspendida, Alec siempre se las ingeniaba para hacer el mínimo esfuerzo y obtener el máximo resultado.

—También se han llevado a Serenity, ¿no? —le pregunto.

Mi amigo asiente con la cabeza.

—Ni nos hemos enterado. Ha sido a primera hora de la mañana, muy pronto —aclara él—. Ha aparecido una nota en su cama, imagino que en vuestra casa también.

—Mi madre la ha guardado como si fuera oro en paño —bromeo.

Alec es la única persona con la que me siento cómodo para hacer este tipo de comentarios. Él se ríe al escucharlo.

—Creo que mi padre también..., pero esos hechizos no suelen durar mucho. Es posible que se desvanezca cuando Serenity termine la prueba... ¿Una copa? —me ofrece.

Son las diez de la mañana, pero hace tiempo que aprendí a no rechazar las ofertas de Alec, sobre todo en su casa.

—Voy a ver primero a mi padre y luego me uno. Que la carguen bien —le digo.

Salgo del salón por delante de Alec y voy directo a la enfermería. Aunque llevo visitando esta casa desde que era pequeño, he estado más veces en las últimas semanas que en diez años. No me cruzo con nadie de camino a ver a mi padre, pero cuando llego Augustus Aurigae está dentro.

—Buenos días, señor.

—Marlowe —responde él con un tono solemne.

Está inclinado hacia el caldero de la enfermería, revisando que la poción esté bien elaborada. Tiene un libro en una mano y una probeta en la otra. Las gafas plateadas, a juego con el poco pelo que le queda, se le escurren por la nariz.

—Gracias por dejarme venir, señor. Estaba muy preocupado por mi padre.

Eso es verdad, pero también mentira. Vengo a visitar a mi padre cada vez que puedo, o cada vez que mi madre me deja, porque últimamente está demasiado sobreprotectora con él.

Desde que perdió el conocimiento, se pasa casi todo el día junto a su cama, como si estuviera esperando a que se despertara para escuchar sus primeras palabras.

Pero, por otra parte, mi visita también es estratégica.

Quiero hablar personalmente con Alec ahora que ha acabado la primera mitad de El Ascenso.

—¿Cómo ha pasado la noche? —le pregunto.

Pero Augustus agita la cabeza.

—Todavía duerme, y aún le quedará una semana, como mínimo, para despertar. A ver si a tu madre le entra en la cabeza.

Su comentario no me molesta, no me lo tomo personal, porque tiene razón. Mi madre ha estado abusando de la confianza de los Aurigae durante las últimas semanas, pasando casi más tiempo aquí que en casa. Si me cruzo con alguien por los pasillos, es más probable que sea el basilisco que a ella.

—Gracias por mantenerlo aquí —repito.

Augustus asiente y vuelve a concentrarse en su libro. Es un hombre de pocas palabras, así que lo dejo continuar con la elaboración. Seguramente sea para mi padre, así que lo último que quiero hacer es distraerlo.

Me acerco a la cama donde descansa el hombre, cuyos rasgos he heredado y me siento a su lado, en la silla que estoy seguro de que mi madre ocupa cada vez que viene.

Cada vez tiene peor aspecto. Además de la pérdida de peso, se le ha caído mucho pelo.

Al tenerlo de un rubio casi platino, como el mío, se le notan todavía más unas pequeñas calvas que van asomando en diferentes puntos de su cabeza.

Tiene un color más pálido de lo normal y ojeras pronunciadas.

Por lo menos, los criados se encargan de cambiarlo de posición de vez en cuando para evitar la aparición de escaras.

Extiendo la mano y la coloco sobre su antebrazo.

No quiero decirle nada, porque sé que no me va a escuchar.

Me parece una tontería perder el tiempo con alguien que está en el estado en el que se encuentra mi padre.

No responde desde hace más de una semana.

No es capaz de sobrevivir por sí mismo. Si no fuera por las pociones que le están suministrando los Aurigae, estaría muerto desde hace un mes.

Y eso me habría convertido en el patriarca de los Malenfant a los veintidós años.

Augustus Aurigae sale un momento de la enfermería, dejándome a solas con mi padre. El que un día fue el temido Damascus Malenfant ahora es tan solo un cuerpo que lucha por mantenerse con vida. Una amenaza debilitada.

Me acerco a él para inspeccionar sus ojos. Trato de buscar algún indicio de movimiento, algo que me diga que todavía hay alguien detrás de ese cascarón inerte, pero está completamente inmóvil.

Y, a pesar de todo, le hablo:

—Aguanta, padre. Prométeme que seguirás aquí con nosotros cuando esto acabe.

Trago saliva, sintiéndome como un completo idiota.

Me doy vergüenza a mí mismo y me levanto, asegurándome primero de que Augustus todavía no ha regresado.

La poción burbujea con fuerza, hirviendo sobre unas llamas rojas y moradas.

Por un instante, la superficie me recuerda a la Porta Fatum, pero en lugar de girar en círculos la poción se mueve de forma errática, girando en ángulos rectos, cambiando de sentido de forma inesperada.

No huele especialmente bien. Me recuerda al olor del tabaco de mascar que tanto consumía mi padre, mezclado con un aroma a madera.

La puerta se vuelve a abrir y me tengo que contener para que no se note que me he asustado. Después, recuerdo que no estoy en mi casa.

—Alec te está esperando en el salón —me informa Augustus, aunque me parece más bien una forma elegante de invitarme a marcharme.

Me despido con la cabeza y dejo atrás la enfermería, no sin antes lanzar una última mirada a la cama de mi padre mientras cierro la puerta.

Alec ya va por la mitad de su copa cuando llego al salón.

Al entrar, me lo encuentro medio tirado en un sofá de cuero marrón oscuro.

Siempre me gustó más el salón de los Aurigae que el mío.

La elección de colores, principalmente marrones y naranjas, me hacía sentir más relajado que los verdes que mi madre había escogido para el nuestro.

Por lo menos, se parecían más a lo que se supone que es un hogar cálido y acogedor.

Me dejo caer frente al otro sofá, que cruje a modo de protesta. Alec me hace un gesto con la cabeza para que mire la mesa. Hay una caja marrón, normal y corriente, colocada justo en el centro.

—Feliz cumpleaños, idiota.

Hago una mueca. No me ha sorprendido que mi madre se haya olvidado de mi cumpleaños esta mañana, pero sí que me haya acordado yo mismo por Alec. ¿En qué momento ha empezado junio? Fuerzo una sonrisa para que Alec no se dé cuenta de la verdad.

—Gracias, amigo.