Malenfant 27. HAZEL #3
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27. HAZEL #3

Me encuentro de nuevo en la biblioteca, en el mismo lugar en el que entré la primera vez.

De nuevo, escucho el fuego crepitando en una chimenea a mis espaldas.

Esta vez, camino con más rapidez hasta el lugar donde estaban los dos libros abiertos.

Los encuentro en el mismo sitio, abiertos de par en par, exhalando un humo brillante.

Vuelvo a empezar por el de la izquierda.

Me acerco a él y dejo que me vaya envolviendo hasta que me encuentro a mí misma en el internado.

En mi túnica aparece el número uno bordado con un hilo cobrizo, por lo que enseguida distingo que estoy en primero, aunque no necesito verlo para acordarme, porque este es uno de mis recuerdos favoritos.

Estoy presenciando, por segunda vez en mi vida, el primer hechizo que aprendí a realizar en clase.

La profesora nos ha colocado en fila y va uno a uno asegurándose de que hemos aprendido a hacerlo.

Es un encantamiento muy sencillo, que requiere simplemente que hagamos salir unas chispas de la palma de nuestra mano.

El recuerdo es poderoso y me da miedo olvidarlo, pero no me importaría escoger este.

Tengo muchísimas más anécdotas y aventuras en el internado.

Aunque este es un momento especial, podría tolerar que me lo borraran.

El humo se desvanece, devolviéndome a la biblioteca.

Me preparo para entrar en el otro recuerdo.

De pronto, estoy otra vez en el internado, pero esta vez estoy sentada en un pupitre compartido con mi hermano.

La profesora Vexley explica un hechizo defensivo de fondo mientras mi hermano traza dos líneas verticales y otras dos horizontales en un papel.

Jugamos al tres en raya en silencio. No escucho su voz.

De hecho, tampoco puedo ver su cara, pero sé que es él.

La partida continúa, en silencio, hasta que me gana y me dibuja un demonio en el papel para burlarse de mí.

Yo lo tacho. Antes de que pueda recordar cómo sigue la escena, el humo vuelve a tragarme.

Miro los dos libros, teniendo bastante clara mi decisión. El primer hechizo que practiqué en el internado es un momento especial, pero quiero atesorar para siempre cualquier recuerdo que conserve de Jack.

—Quiero olvidar el primero —respondo enseguida.

No sé cuántas salas más quedarán, pero por ahora todo está siendo más fácil de lo que pensaba.

El suelo comienza a temblar, esta vez un poco más fuerte que la anterior, y se caen otros libros al suelo.

Camino hacia la puerta que ya conozco de memoria.

Ahora está un poco más estropeada que antes.

El emblema del internado está totalmente desgastado y hay algunas pequeñas grietas en la madera. La abro y paso a la siguiente sala.

Empiezo de nuevo en la biblioteca. Un extraño zumbido eclipsa el ruido de la chimenea. Me dejo llevar por el viento, que se va disipando cuanto más me acerco a los dos libros. Esta vez son mucho más grandes que en las anteriores ocasiones y el humo parece más espeso, aunque no ha perdido el brillo.

Me acerco con cautela y me sumerjo en el primer recuerdo.

Me veo a mí misma con una capa con el número nueve bordado.

A mi lado está Caleb, que parece un niño comparado con la última vez que lo vi en la segunda prueba.

Si estamos en noveno, tendremos quince años.

Caminamos por el borde de un pequeño arroyo que hay junto al internado, donde solemos ir a estudiar las criaturas mágicas que lo habitan y que van cambiando con el paso de las estaciones.

Es primavera, así que los árboles están llenos de hojas que se mueven con el viento.

Desde que hablé con él poco después de que nos sentaron juntos en clase de Técnicas de Adivinación, parecía que el destino nos había hecho coincidir más por los pasillos y buscar momentos para estudiar juntos en la biblioteca.

Aunque los dos estamos sonrientes en el recuerdo, se nos nota incómodos. Hay casi un metro de distancia entre nosotros. A veces, Caleb intenta acercarse a mí, pero termina dándome mi espacio otra vez. Yo me descubro a mí misma mordiéndome el labio y con las mejillas coloradas.

Enseguida reconozco el recuerdo. Es del día en el que Caleb me invitó a dar una vuelta por los alrededores de Stonefell después de varios intentos frustrados de tener una conversación a solas conmigo.

Caleb puso una excusa a sus amigos para encontrarse conmigo aquí.

Yo me tuve que escaquear antes de tiempo de una clase, diciendo que necesitaba recoger un ingrediente para la clase de Botánica que teníamos a última hora.

No sé cómo, había logrado escaparme, así que ahí estábamos, los dos solos, paseando a mediodía junto a la orilla.

Caleb me propone que nos sentemos. Nos dejamos caer sobre el musgo y las rocas y conversamos durante varios minutos hasta que él se atreve a besarme.

No necesito verlo, porque no he olvidado mi primer beso.

Cuando pienso que el recuerdo va a terminar ahí, escucho las páginas del libro pasando con rapidez y la escena cambia.

Ahora estamos comiendo juntos en el comedor.

Seguimos teniendo el número nueve bordado en la túnica; es final de curso y nuestra relación ya es pública.

Nos reímos mientras compartimos un trozo de pastel para celebrar que ya hemos terminado un año más en el internado y que enseguida estaremos en décimo.

La escena sigue cambiando y revivo todos los mejores recuerdos que tengo con Caleb.

El verano en su casa, el día que conoció a mis padres.

.., todo va pasando delante de mí como si fueran las páginas de un álbum de fotos a toda velocidad.

También veo escenas del principio de la guerra, del día que nos recomiendan que no volvamos al internado, y del primer ataque a la casa de los White.

Por último, la escena cambia a la habitación de Caleb en el internado en los primeros días de décimo. Estamos los dos solos con la puerta cerrada. Yo estoy llorando y él me observa como si eso le molestara. Entonces escucho nuestras voces.

—No es que no quiera que participes en la resistencia, Hazel. No me entiendes. No te estoy pidiendo que te escondas. Solo te digo que tener un papel tan activo hará que te maten.

Yo me enfado al escuchar sus palabras. También lo hago ahora, porque recuerdo perfectamente lo que estoy presenciando: el momento en el que nuestra relación se rompió.

La palabra «guerra» se empezaba a colar en algunas de nuestras conversaciones, pero los rumores eran todavía muy prematuros.

La guerra de verdad no estallaría hasta tres años más tarde.

—¿Y cómo se participa en una guerra sin hacerlo activamente? Dime, ¿cuál es tu plan? ¿Esconderte hasta que todo esto pase?

Agito la cabeza. Me siento orgullosa de haberle plantado cara, de no haberme quedado callada, aunque eso terminara con nuestra relación.

—Solo te pido que te mantengas al margen para que no nos traigas problemas —explica él.

Su comentario me enfada tanto que me pongo de pie y de puntillas para estar a su altura.

—Tú lo has dicho. No quieres que yo traiga problemas a tu familia.

Y ¿sabes qué? Lo entiendo, de verdad. Lo entiendo perfectamente.

Pero yo no puedo dar la espalda a la mía.

Quiero luchar. La guerra no entiende de edades, ni de inocentes.

Irán a por vosotros igualmente porque están atacando familia por familia, casa por casa.

Caleb se aparta de mí. Me da la espalda y se frota las sienes.

—Tu hermano te ha comido la cabeza.

Esa frase desata un ataque de rabia en mi yo pasado y en el actual.

—Mi hermano daría la vida por esta causa, por salvarnos a todos. No lo menciones como si fuera el culpable de que tú seas un cobarde.

—¡No soy un cobarde! —grita Caleb—. ¡Solo quiero proteger a los míos!

—¿Y cómo lo vas a hacer si los segadores continúan matando a gente? ¡No te quedará ningún lugar en el que esconderte!

Puedo distinguir mis ojos cargados de furia, pero el recuerdo termina ahí, por ahora. El humo me devuelve a la biblioteca y me siento rara. Además, el zumbido no me deja en paz.

Teniendo en cuenta lo que he visto, entiendo que ahora no solo perderé un recuerdo, sino varios. Todo lo vivido junto a mi antigua pareja, desde el día que empezamos hasta el que terminó.

Entro en el segundo recuerdo y el corazón se me acelera al reconocer la voz de mi hermano.

También aparecen mis padres. Estamos los cuatro juntos en Egipto, un viaje familiar que organizamos justo después de que Jack y yo terminamos el sexto curso en el internado.

Hace muchísimo calor, pero aun así posamos felices delante de las pirámides para una foto.

Mi madre parece más joven y sana, igual que mi padre.

Echo de menos sus rostros antes de la guerra, cuando todavía no estaban consumidos por las ojeras del cansancio y las arrugas de no poder dormir por culpa de la ansiedad y la preocupación.

Los cuatro montamos en un camello, por más que yo me niegue porque no me siento cómoda montando encima de un animal que parece estar pasando mucha sed.

Después, volvemos al hotel, donde cenamos un montón de platos sabrosos, con un toque picante.

A Jack le da un ataque de tos después de probar una salsa oscura y todos nos reímos cuando se pone rojo.

Las escenas van saltando de una a otra y las observo con cara de tonta, con una sonrisa en los labios y la cabeza ligeramente torcida.

He pensado mucho en este viaje durante el último año y me dolería perder este recuerdo.

Además, no tengo ningún interés en priorizar las escenas de una relación que no terminó de la mejor manera, sobre todo después de que Caleb me tratara así en la segunda prueba.

Me pregunto si a él también le harán elegir entre olvidar todo lo que vivimos o escoger una escena familiar.

Al fin y al cabo, él también ha perdido a sus padres y a sus hermanos, la última hace un par de semanas, asesinada con sus propias manos.

En ese momento me doy cuenta del problema.

Por supuesto que quiero aferrarme al viaje a Egipto, pero.

.. el recuerdo de Caleb es más valioso. Contiene mucha información de por qué luché, por qué nos distanciamos tanto.

De cuál fue mi papel, al fin y al cabo, durante estos meses.

Y no puedo olvidar mis motivos para seguir adelante o perderé todos mis principios.

Con una sensación de ahogo que me aprieta justo en el centro del pecho, tomo una decisión.

El dolor realmente no está en lo que pierdo, sino en saber que nunca sabré que ha existido.

Al final, El Ascenso es un juego perverso, una partida orquestada para que siempre perdamos.

Pero tan solo es el jaque mate a una mucho más larga: la guerra.

Y yo soy solo uno de los cientos de peones que hemos pasado por ella, con la suerte de que estoy un poco más cerca de alcanzar el final del tablero, solo porque el resto de figuras ya han caído.