27. HAZEL #2
Paseo con cuidado entre los pasillos llenos de libros.
Todo sigue igual: la sección de plantas de Botánica, los diccionarios de Lenguas mágicas que ya no se usan, pero sobre los que todavía quedan registros, las enciclopedias de criaturas y bestias.
.. Y entonces, sobre una de las mesas donde estudiábamos, encuentro dos libros abiertos.
Un humo ligero y brillante emana de ambos.
Me parece escuchar unas voces que me llaman, que me resultan familiares.
Camino hacia los libros y me coloco de pie, frente a la mesa y entre los dos. Toco el humo con las manos, que cambia su trayectoria y se fusiona con mis dedos. Entonces, me acerco al de la izquierda. El humo vuelve a cambiar de forma y me muestra una imagen que me provoca un pinchazo en el pecho.
Mi padre y yo, cada uno con quince años menos, estamos en el salón de la casa donde vivíamos antes.
Él me está poniendo una tirita, porque me he pillado los dedos con la puerta del salón y se me han puesto morados.
Observo la escena como una tercera persona, como si fuese una simple espectadora y no la niña que la vivió y, antes de poder darme cuenta, estoy dentro.
La tirita no va a hacer nada, pero parece engañarme y me hace dejar de llorar.
De hecho, siento que a mí también me duele la misma mano, como si pudiera sentir una pequeña parte de lo que me dolía en ese momento.
O quizá es todo sugestión. Sea como sea, abro y cierro el puño varias veces.
El corazón se me encoge al ver cómo me da un beso en los dedos y me dice que, si me porto bien, se curarán antes.
Tengo la cara roja e hinchada, llena de lagrimones que ya me llegan a la barbilla.
Me veo a mí misma de pequeña, asintiendo y forzando una sonrisa que papá consigue convertir en una carcajada al hacerme cosquillas en la tripa.
De pronto, la bruma se disipa y me doy cuenta de que he vuelto a la biblioteca sin quererlo.
Necesito un momento para procesar lo que acabo de ver.
A pesar de que mi padre estaba mucho más joven, no ha cambiado nada.
No estaba preparada para ver algo así, por lo que me espero lo peor al acercarme al segundo libro, todavía con la voz de mi padre resonando en algún punto de mi cabeza.
Su memoria me llena los ojos de lágrimas, me recuerda que por culpa de la guerra también los perdí a ellos, por más años que hayan pasado.
Cojo aire y lo suelto un par de veces antes de extender la mano hacia el humo, temerosa, intuyendo lo que va a ocurrir. No estoy lista para volver a ver a mi hermano, pero sé que la imagen de mi madre viva, caminando por la casa o haciendo cualquier cosa, me romperá en dos.
Las imágenes comienzan a formarse en el humo y aparezco en la cocina. Tendré, más o menos, ocho años, a juzgar por mi pelo completamente rizado y las preguntas constantes que le hago a mi madre. Ella no aparece en la escena, está en algún lugar a mi espalda que no alcanzo a ver.
—Oye, espera a que te ponga una cuchara —me regaña, aunque hay un tono de cariño en su voz—. Nada de sorber antes de empezar, todavía falta por venir tu hermano. ¡Jack! ¡A la cocina, a comer!
A pesar de la situación, dentro del humo me siento tranquila. Escuchar a mi madre y regresar a un lugar tan familiar no me altera. Al revés, me transmite una paz que me permite, después de tanto tiempo, relajar los músculos. Ojalá pudiera quedarme aquí para siempre.
La Hazel de ocho años espera un momento y, en cuanto se queda sola en la cocina porque mamá va a buscar a Jack, coge el plato con las dos manos y da un sorbo a la sopa de pollo.
De repente, siento un calor que se extiende de mi boca a mi interior, como si fuera yo misma la que estuviera bebiéndola a escondidas de mi madre.
Una mezcla de sabores familiar me estalla en las papilas gustativas, y los ojos se me llenan de lágrimas al saborear la comida casera de mi madre.
La sensación dura tan solo unos segundos y, cuando se va apagando, deseo que la pequeña Hazel vuelva a probarla.
Sin embargo, me voy alejando poco a poco de ella, y su figura queda desdibujada en el humo mientras la biblioteca vuelve a aparecer a mi alrededor.
Doy un paso atrás, todavía abrumada por lo que acabo de vivir.
He visto a mis padres. Bueno, los he escuchado, los he vuelto a sentir cerca de mí.
Aunque la guerra me los haya quitado, por lo menos nadie podrá arrebatarme estos recuerdos.
Su generosidad y valentía vivirán conmigo para siempre, igual que la de mi hermano.
Tengo que sobrevivir por ellos. Tengo que hacerlo, porque, si no, su memoria morirá conmigo.
Magnus no se dio cuenta de que reclutar a un grupo de rebeldes con nada que perder sería una idea que podría volverse en su contra.
Porque ahora, después de ver esto, solo tengo ganas de burlar este torneo para poder escapar con vida, y no yo sola, sino con los otros cinco participantes, y volver a Londres para buscar a los demás.
Aunque es una utopía, estoy pensando en cómo llevarlo a cabo cuando la voz de Magnus vuelve a resonar en la biblioteca. Pero ya no me da tanto miedo, porque ahora no me siento sola. Los llevaré a los tres conmigo allá donde vaya.
Qué complejos son los recuerdos. Algunos tienen matices que no recordamos o que, en su momento, no llegamos a entender.
Está claro que una tirita no va a curar ese tipo de herida, ni una comida puede devolvernos lo que ya no existe.
.., pero los conservamos casi sin darnos cuenta; forman parte de nuestra identidad y nos moldean como personas.
Hoy tendrás que elegir cuál de ellos valoras más.
De cada par de recuerdos deberás quedarte con uno y el otro desaparecerá. .. para siempre.
Se me parte el corazón. No puede ser. Este tipo de magia es muy avanzada, demasiado. De hecho, ni siquiera la aprendemos en Stonefell porque se dice que solo la Muerte puede llevarla a cabo, ya que alterar los recuerdos de una persona es alterar su propia esencia.
Ojalá todo esto fuera una pesadilla..., pero sé que no.
He vivido en primera persona la crueldad de Magnus, así que lo que me asusta no es lo que pueda hacer ahora, sino los recuerdos que perderé a lo largo de todo este camino.
Tampoco me puedo negar a seguir con su juego.
Vi lo que le sucedió a Corey en la segunda prueba y no quiero que me pase algo similar.
No ahora, que he decidido luchar. Si no elijo, Magnus ya me ha adelantado que mi destino será quedarme aquí encerrada y un par de días después morir de sed en la biblioteca.
Miro las dos escenas, que flotan dentro del humo.
Vuelvo a fijarme en mi padre y después me veo a mí misma probando la comida.
Decido olvidar el sabor, porque no sé cuántos recuerdos vívidos de mi padre lograré preservar después de esta prueba.
En la segunda escena no sale mi madre, solo su voz, y tampoco se escucha a mi hermano.
Me da pena no poder volver a revivir el confort de su sopa de pollo, pero me prometo a mí misma que, cuando salga de aquí y huya a Londres, será lo primero que cocine.
Por mi madre, mi familia y todos los rebeldes que se han quedado atrás en la guerra.
—Olvidaré el segundo recuerdo —digo en voz alta.
De nuevo, se vuelve a levantar ese viento que ha entrado antes en la mansión Malenfant para llevarme hasta aquí.
El suelo tiembla y con él los libros en las estanterías.
Algunos se caen, no muchos, pero los suficientes como para hacerme reaccionar.
Me muevo hacia el pasillo, pero miro hacia atrás, al lugar donde están los dos libros abiertos.
El libro del que emanaba la escena de la sopa se cierra y el humo se desvanece en el aire.
De repente, siento un pequeño corte en el pecho y, para cuando me doy cuenta, no soy capaz de recordar cuál es la opción que he descartado.
No puede ser. Lo acabo de vivir en primera persona y... ya no me acuerdo. Hago un esfuerzo por intentar echar el tiempo atrás en mi cabeza. El primero me ha enseñado una imagen de mi padre poniéndome una tirita, pero el segundo..., el segundo...
Una puerta enorme aparece delante de mí.
Es la misma que antes, aunque un poco más vieja.
El metal de la placa del emblema del colegio está un tanto oxidado.
El suelo ha dejado de temblar, pero la biblioteca se está difuminando cada vez más, como si fuera uno de mis recuerdos, así que no dudo en abrirla y entrar en la siguiente sala.