27. HAZEL
HAZEL
Cuando me levanto a la mañana siguiente, lo primero que hago es asegurarme de que la pluma de cuervo sigue en su lugar.
También el caramelo de arándanos, que parece conservarse sorprendentemente bien.
Después, me siento tentada de volver a la cama, pero por cómo me suenan las tripas intuyo que el desayuno estará a punto de llegar.
Aunque no estoy saliendo de mi habitación para nada, por lo menos me tienen bien cuidada.
Las chicas mirrorem me han traído siempre más comida de la que he necesitado.
A pesar de las pesadillas, estoy durmiendo bastante, más de siete horas al día, aunque nunca seguidas.
Lo único malo es el aburrimiento: en esta habitación no hay mucho más que hacer.
Ya me he aprendido de memoria los rostros de todos los cuadros, he recorrido cada espacio de este cuarto y me he acostumbrado a los crujidos de la casa, los aullidos y las noches de tormenta.
No me atrevo a salir al jardín porque siento que me voy a cruzar con Gwendoline Malenfant en cualquier momento, y no quiero saber nada de ella ni de su hijo.
Escucho pasos al otro lado de la puerta y me preparo para ver a las falsas trillizas aparecer con una bandeja y una jarra de leche fría para acompañar al desayuno.
Me incorporo en la cama. Tengo las piernas tan delgadas que se me marcan los huesos de las rodillas.
Las chicas mirrorem llaman a la puerta con los nudillos.
—¡Adelante! —respondo.
Espero unos segundos a que pasen. Me pongo de pie. No me gusta recibirlas tumbada en la cama, como si fuera un miembro más de la familia al que están sirviendo por obligación. No estoy en la cama por gusto, pero tampoco lo estaré por elección.
—¡Podéis pasar! —repito, al ver que nadie entra en mi habitación.
Pero la puerta no se abre. Frunzo el ceño y me acerco a la puerta, caminando con cuidado.
No sé por qué no entran. Entiendo que no me puedan responder o decirme si necesitan algo.
No he vuelto a hablar con ellas desde aquel día en el que me avisaron de lo que había pasado y tampoco quiero forzarlas a que descubran su mayor secreto.
Antes de abrir la puerta, me preparo para que sea uno de los Malenfant. Puede que solo se trate de Marlowe, que ha venido obligado por órdenes de su madre para traerme algún mensaje.
Con cuidado, pongo la mano sobre el pomo de la puerta y la abro.
Una ráfaga de viento se cuela en la habitación, a la vez que una luz radiante y blanca que me ciega durante unos instantes.
El pasillo del segundo piso de la mansión Malenfant ya no está ahí.
En su lugar hay una sala completamente vacía e iluminada que me recuerda a la consulta de un sanador.
O, más bien, a las típicas salas donde encierran a los que están locos, con las paredes acolchadas y hechizadas para su protección, sin ningún objeto con el que puedan hacerse daño.
El aire arrasa con todo, vuelca la mesilla de noche y deshace la cama.
Después, como si tuviera vida propia, regresa hacia mí y me empuja por la espalda.
Me obliga a dar unos pasos hacia la sala blanca.
Me resisto, sin muchas ganas de poner un pie ahí dentro.
Sé lo que va a ocurrir a continuación: la puerta de mi habitación se cerrará y me quedaré ahí para siempre.
Esto tiene que ser una pesadilla. He tenido muchas en las últimas noches, así que no es tan raro que esta sea otra más, con la única diferencia de que ahora estoy siendo consciente de ella. De que puedo caminar, intentar resistirme... O, por lo menos, lo intento.
El viento me sigue hacia esa estancia aséptica.
Una parte de mí tiene curiosidad por ver lo que pasará en mi sueño, así que me dejo llevar, acunada por él, y me adentro en la luz blanca, que me ilumina sin proyectar ningún tipo de sombra en el suelo.
Tal y como había previsto, la puerta de mi habitación se cierra a mis espaldas y desaparece, como si nunca hubiera estado ahí.
No chirría al hacerlo. A mis sueños les falta un poco más de realismo.
Doy una vuelta rápida por la sala mientras el viento desaparece y una sensación de frío me invade. Aquí dentro no hay nada, ni ventanas, ni salidas, ni, por supuesto, segadores. Solo estoy yo, rodeada de blanco, como una gota marrón en mitad de una mina de sal inexplorada.
Pasan los segundos y después los minutos.
Nada cambia. Me abrazo a mí misma, intentando conservar mi calor corporal, apenas abrigada por la suave tela de mi camisón.
No sabía que en los sueños se podía sentir tanto frío.
Empiezo a pensar que puede ser algo real, una ilusión, un juego de Malenfant para martirizarme después de la discusión que tuvimos hace unas noches.
Me pellizco el brazo con la otra mano y me quejo al darme cuenta de que me duele de verdad.
Bienvenida a la tercera prueba de El Ascenso, Hazel Greenleaf .
Se me pone la piel de gallina, y no es solo por el frío.
Escuchar la voz de Magnus nunca es agradable, pero se me hace casi insoportable desde que mató a mi hermano.
Lo primero que se me pasa por la cabeza es pensar en los demás.
¿Estarán Serenity, Caleb y el resto también en una sala similar a la mía?
¿Los habrán sacado de sus habitaciones igual que a mí?
La voz me da unos segundos para responder, pero no digo nada. No quiero desvelar mi nerviosismo. No esperaba que la tercera prueba fuera tan pronto, ni que la afrontara sola.
La prueba de hoy será un poco más sencilla. Pero, al mismo tiempo, igual de descarnada. Nadie te intentará matar ni serás atacada. Tampoco tendrás que hacerlo tú. Sin embargo, es posible que, cuando termines, tú misma quieras acabar con tu vida de forma voluntaria .
El estómago me da un vuelco. Ahora que he llegado hasta aquí, empiezo a pensar que no quiero rendirme.
He llegado más lejos de lo que imaginé en el momento en el que me secuestraron de la casa de los White y, aunque la idea del torneo me repugna, algo dentro de mí me obliga a continuar.
En mi interior se debaten dos gigantes. Uno quiere acabar con todo, desaparecer, morir.
.. Otro, me pide que aguante. Que apriete los dientes y siga adelante en todas las pruebas, que llegue hasta el final y utilice todo el proceso para liberarme, para intentar salvar a Serenity y empezar de cero al margen de los segadores, aunque no me quede nadie a quien liderar.
Aunque...
Muchas personas huyeron a Londres durante la guerra, intentando protegerse.
Algunos magos no quisieron unirse a los rebeldes.
No porque no compartieran sus ideas, sino porque no querían poner su vida por delante de ellas.
Al principio no lo entendí, y una rabia enorme contra ellos se instaló en mi pecho, pero hoy las entiendo.
A veces, quedan muy pocos motivos por los que luchar y las guerras suelen arrebatártelos todos.
No creo que los que huyeron fueran cobardes.
Pero precisamente por eso tengo que seguir adelante.
Porque, si no lo hago, mi supervivencia por encima de la vida de mi hermano no habrá servido de nada. Su muerte habrá sido en vano.
Hoy tendrás que atravesar una biblioteca que conoces muy bien.
En cada una de las salas tendrás que tomar una decisión importante.
Solo cuando elijas, se abrirá la puerta.
No hay respuestas correctas ni incorrectas.
Al escoger, podrás pasar a la siguiente sala.
Eso sí, tus elecciones dejarán atrás algo valioso, así que piénsalo bien, porque una vez las tomes no habrá marcha atrás.
No podrás volver a la sala anterior, ni hablar con nadie durante el camino.
Estarás tú sola. Puedes permanecer el tiempo que necesites en la biblioteca, pero no se te proporcionará ningún alimento ni bebida .
Tú decides cuándo acaba todo .
La voz de Magnus se aleja, dejando atrás un eco que repite su última frase en bucle.
Entonces, escucho un ruido a mi espalda.
Me giro y me encuentro de frente con una puerta, en mitad de la sala.
No tiene nada que ver con la de mi habitación: esta es mucho más grande, redonda y de madera.
Junto al pomo está el emblema del internado, brillando con unos débiles destellos cobrizos. Alargo el brazo y la abro.
De pronto, un olor familiar a polvo y papel envejecido me envuelve.
Doy un paso al interior, dejando atrás la fría sala blanca y adentrándome en la biblioteca del internado.
Un fuego crepita en algún lugar, lejos de los libros, mientras que decenas de estanterías me dan la bienvenida de nuevo al que, en su día, fue mi lugar seguro.
Durante los años que estudié en Stonefell, siempre me refugiaba aquí. A veces ni siquiera tenía deberes, o todavía no habían empezado los exámenes, pero siempre me colocaba en una silla junto a la ventana para distraerme, buscar una nueva lectura o adelantar algún trabajo de Botánica.
Los ojos se me llenan de lágrimas, porque sé que este sitio ya no existe.
La biblioteca que un día se convirtió en mi segunda casa fue destruida.
Todos los libros se quemaron y redujeron a cenizas.
De hecho, el ala del edificio donde se ubicaba quedó completamente derruida.
Los siete pisos del internado se habían desmoronado en los últimos días de la guerra.
Hasta entonces, era aquí donde nos reuníamos la mayor parte de los miembros de la resistencia.
Camino por el suelo de piedra. Me parece escuchar un murmullo de alumnos en la planta de arriba, como si estuvieran cambiando de una clase a otra, pero sé que todo es producto de mi imaginación.
O de esta simulación tan realista de un lugar que ya no existe, un refugio que solo vivirá en mis recuerdos.