26. MARLOWE
MARLOWE
Me despierto en mitad de la noche. Estoy seguro de que he escuchado un ruido, pero no sé muy bien de dónde procede.
Toda mi vida he vivido en esta casa, excepto los años que pasé en el internado.
Ya estoy acostumbrado a las maderas quejándose de la humedad, las puertas que se cierran solas por las corrientes de aire, los aullidos de las bestias a medianoche.
.. Pero ahora estoy convencido de que me ha despertado un grito humano.
Me incorporo en la cama y me quedo quieto, en alerta. Al otro lado de la puerta, la lluvia golpea con fuerza la ventana. Enseguida, un relámpago ilumina mi habitación, y poco después viene el trueno. Quizá ha sido solo eso.
El cielo ruge y doy un bote en la cama. Definitivamente, me estoy volviendo loco. Una tormenta no debería sorprenderme.
Y entonces lo oigo. El grito de una mujer, de una chica joven que parece pedir auxilio.
Hazel.
Tiene que ser ella. Mi madre no gritaría así y las mirrorem son mudas, así que no hay duda de cuál es el origen del sonido.
Salgo disparado de la cama y dejo atrás mi habitación, rogando para que el basilisco llegue antes que yo.
Pensaba que mi madre habría reforzado las medidas de seguridad para que no volviera a suceder lo de la otra noche.
Que alguien se colara en la casa y paseara libremente por la planta baja y el sótano no era un descuido, era una grandísima imprudencia.
De alguna manera, esa persona logró burlar los hechizos que protegen la casa, aunque no pudo huir del basilisco.
Por fin, esa bestia húmeda y maleducada ha servido para algo.
Bajo las escaleras de dos en dos, preparado para enfrentarme al intruso. Vuelvo a escuchar el grito y no me cabe duda de que proviene de la segunda planta, de la habitación que hay justo debajo de la mía: la de Hazel.
Corro hasta su puerta, la abro y enciendo la luz... y no encuentro a nadie. Vuelvo a mirar otra vez, parpadeando con fuerza para asegurarme de que no hay nadie más ahí. Hazel se retuerce en la cama, gimiendo y moviendo los brazos de forma errática.
—¿Greenleaf?
Entro en la habitación. Ha cambiado algunos muebles de lugar, pero no me disgusta.
Me acerco a su cama y agarro con fuerza el edredón, preparado para enfrentarme al intruso.
Con un gesto rápido, la levanto, pero no hay nadie.
Me acerco a ella. Sus ojos se mueven debajo de los párpados, como si estuviera buscando algo que no logra encontrar en sus sueños.
Vuelve a gemir y se le tensa el cuello. Está sufriendo.
Quiero despertarla, pero no sé cómo. Alargo el brazo, aunque no la quiero tocar.
Estoy seguro de que sería lo peor que podría hacer ahora mismo.
Además, como sus gritos me han despertado en mitad de la noche, voy sin guantes.
Me da vergüenza que me vuelva a ver las manos así, llenas de cicatrices y con las puntas de los dedos ennegrecidas.
—Hazel —insisto, esta vez levantando un poco más el tono.
Nada.
En su lugar, ella vuelve a gritar, y siento que un escalofrío me recorre el cuerpo.
Tengo que despertarla ya. Me humedezco los labios y vuelvo a alargar la mano.
Todo su cuerpo está cubierto por las sábanas, excepto los brazos y la cabeza.
Con un gesto decidido, la agarro por el hombro.
Hazel vuelve a gritar, abre los ojos de golpe y se abalanza sobre mí.
Lo siguiente que sé es que he recibido un golpe en la cara, justo en la mandíbula, que hace que todo a mi alrededor se vuelva negro.
Aun así, aprieto los dientes y me mantengo firme.
—¡Joder! ¿Qué haces? —me grita ella.
Me cuesta unos segundos recuperar la visión.
Cuando vuelvo a ver, me fijo en que Hazel tiene un aspecto horrible.
Su pecho sube y baja, agitada por la pesadilla.
Tiene todo el pelo encrespado, aunque algunos mechones se le pegan a la frente y las mejillas por culpa del sudor frío que le recorre la cara.
Sus ojos parecen cansados y alerta. Es como si hubieran permanecido así durante tanto tiempo y que esa fuera su expresión habitual: una mezcla de agotamiento y sensación de peligro constantes que no la dejan descansar.
—Perdón. Estabas gritando —le explico.
Hazel coge aire lentamente, recuperando la normalidad en su respiración. Lo suelta despacio y lo vuelve a coger hasta que por fin se relaja.
—Estaba teniendo una pesadilla.
—Lo sé —respondo.
Nos miramos el uno al otro. Creo que esta es la conversación más normal que hemos tenido en años. En toda nuestra escasa relación, en realidad. Carraspeo y echo los hombros para atrás, recolocándome y volviendo a nuestra hostilidad habitual.
—Bueno, adiós —me despido.
No tengo ningún interés en ganarme su simpatía, por más que mi madre me haya insistido en que lo haga. Camino hacia la puerta, dándole la espalda, hasta que su voz me detiene.
—¡Espera!
Me quedo quieto unos instantes. Después, giro sobre mis pies y la vuelvo a mirar sin decirle nada.
—¿Sabes si...? ¿Está todo bien en casa de los Aurigae?
Su tono me inquieta.
—¿Por qué iba a saberlo? —le respondo con una pregunta.
—Porque... tu padre está ahí, ¿no? Supongo que irás a visitarlo de vez en cuando.
Las dudas me asaltan. Sí, mi padre está ahí, pero si le hubiera pasado algo me habría enterado por mi madre. Supongo.
—¿Qué es lo que quieres, Greenleaf? —le espeto, intentando imitar el tono que usa mi madre cuando ya no puede aguantar más tonterías.
Hazel vuelve a tomar una expresión desafiante, mucho más habitual en ella, pero finalmente recupera la pose abatida, traga saliva y se humedece los labios antes de continuar.
—Quiero saber si Serenity está bien. Solo eso.
Levanto las cejas.
—Ah, claro. Serenity —respondo, marcando cada sílaba del nombre de su amiga—. No lo sé, ni me importa. Pero si te ayuda a estar más tranquila, sé que sigue viva. La vi ayer cuando fui a visitar a mi padre.
—La viste —murmura ella—. Necesito hablar con ella. Conseguimos hablar a través de la pluma que me dio tu madre, pero desde la segunda prueba no he vuelto a saber nada de ella. ¿Podrías asegurarte de que ella...?
—¿La pluma? ¿Qué pluma? —la corto.
Vuelvo a apretar la mandíbula sin darme cuenta, y un dolor sordo me recorre hasta la sien.
—Las plumas del mismo cuervo.
—No te sigo —disimulo.
Hazel me mira con expresión desconfiada, valorando si continuar o no. Se recoloca en la cama antes de seguir hablando.
—Bueno, tu madre... me dio algo para poder hablar con Serenity —me explica, pero no dice nada más. Ella misma se ha dado cuenta de que se ha metido en problemas al contarme esto, pero ya no hay marcha atrás.
Intento hacer como que no me afecta, porque sé perfectamente a qué plumas se refiere.
Tienen que ser del mismo cuervo y deben caerse solas, no pueden ser arrancadas.
Después, se recita un encantamiento de difícil ejecución, y las plumas permiten a sus dueños comunicarse.
Desde siempre, mi madre las ha utilizado para comunicarse, por eso los cría.
Sobre su despacho siempre ha habido una junto a hojas con manchas de tinta que se han quedado a medio absorber, mensajes que ha ido enviando en un formato que ella misma inventó.
.., hasta hace unos meses. Durante los últimos días de la guerra, cuando mi padre enfermó y se quedó al cuidado de los Aurigae, le pedí una para poder comunicarme con él.
Pero mi madre me dijo que ya no las tenía.
Que estaban fallando, así que se había deshecho de ellas, pensando que su hechizo ya no funcionaba con el paso del tiempo.
—Ya veo... —continúo, consciente de que he quedado en evidencia, no porque no sepa lo que son, sino porque desconocía que se las hubiese entregado—. Mi madre las ha estado encantando durante años. Una magia peculiar, ¿no crees?
Hazel asiente y yo cierro los puños. Siento una descarga eléctrica que va desde las palmas de mis manos a los codos por haberlos apretado con demasiada fuerza.
No sé por qué me sorprende que mi madre le haya dado antes la pluma a Hazel que a mí.
Desde luego, no me duele que me haya mentido.
Pero sí que me molesta que haya puesto a una desconocida por delante de mí.
A una puñetera indigna, la hermana del asesino de El Magno, ni más ni menos.
—Nunca se ha preocupado por ti, ¿verdad? —se atreve a decir Hazel. No hace falta que diga el nombre de la persona a la que se refiere, porque los dos lo sabemos—. Ella... te hace daño físico para castigarte, pero lo que realmente te duele no es lo de las manos.
—¡Cállate! —bramo. Aprieto los puños de nuevo y una descarga de dolor me asola los brazos—. Cállate, maldita sea. Y no vuelvas a gritar en medio de la puta noche. Pensaba que habían entrado a robar.
—Vaya, disculpa que tenga pesadillas con mi hermano muerto. Ese líder al que tanto veneras ha matado a mi mellizo, el mismo que te ha arrastrado a El Ascenso y que no tuvo reparo en meterte de lleno en la primera prueba, como un participante más. Ya lo siento. Intentaré no hacer tanto ruido.
La mordacidad de su lengua continúa tan afilada como siempre. Parece que ni el peor de los castigos puede domar el fuego en su interior.
—Con ese genio, despídete de cualquier información sobre tu amiguita —le espeto.
Pero la expresión de Hazel no varía. Sigue matándome con la mirada, con esas pupilas que parecen estar en llamas.
—Que te jodan, Malenfant. No eres más que un títere en un nido de víboras. Ojalá te mueras conmigo en El Ascenso.
—Las damas primero —le respondo, haciéndole una estúpida reverencia.
Hazel hace una mueca, pero apenas la veo, porque me giro y salgo de la habitación cerrando la puerta con un golpe. En el pasillo, el basilisco me observa con sigilo.
—Y tú, ¿qué haces aquí? ¿Has venido a ver el teatro?
La bestia sisea. Creo que es la primera vez que le hablo así.
Ya cené el otro día, pero me essstaba asssegurando de que no había entrado a la casssa un sssegundo plato .
Me río por la nariz.
—Si quieres, puedes comértela a ella. Nos harías un favor a todos y te prometo que yo no te delataré.
Desaparezco escaleras arriba, pero me parece escuchar una mezcla de risa y silbido del basilisco. La bestia se desliza escaleras abajo, de camino al lago, y yo vuelvo a mi habitación, deseando no volver a cruzarme con Hazel nunca más.