25. HAZEL #2
Miro la pared. Está empapelada a trozos y en algunas zonas ha quedado expuesta la base, pero ahora mismo es el único lugar donde se me ocurre que podría escribir.
O, por lo menos, intentarlo. Cojo la pluma, la coloco lo más vertical posible y trazo el nombre de mi amiga entre símbolos de interrogación, con tinta morada.
Aunque le cuesta, la pared absorbe la tinta mágica, pero no aparece ninguna respuesta.
Me dejo caer en la cama, sin apartar la vista del punto exacto donde he intentado comunicarme con ella.
Ha dejado un pequeño rastro, un manchurrón, pero nada más.
Deseo con todas mis fuerzas que no le haya pasado nada, que simplemente esté en la ducha, comiendo o en otro lugar, lejos de la pluma.
También es posible que solo se la hayan quitado.
Sea como sea, debo tener cuidado con lo que le digo.
No me fío de los Malenfant, pero mucho menos de los Aurigae. No sé cuál de las dos familias es peor.
Recorro de nuevo la habitación buscando algún lugar más escondido, el fondo de un cajón o algún recoveco secreto, pero no lo encuentro.
Meto la mano en el bolsillo de la túnica, la misma que nos han puesto a todos para la prueba, y saco un caramelo de arándanos.
Está hecho un asco, con pelusas pegadas, pero todavía servirá.
Lo escondo en el fondo del último cajón de la mesita de noche, por si acaso.
Si lo encontrara alguien en la casa, solo Marlowe sería capaz de reconocerlo y de saber lo que realmente significa, a no ser que él le haya contado a su madre cómo fue la última prueba con todos los detalles.
Me sorprende que haya podido sacar un alimento envenenado con tanta facilidad.
Pensé que quizá se desintegraría al regresar a la mansión Malenfant, pero aquí está, recordándome lo cerca que podría estar de la muerte en cualquier momento.
Con las pocas fuerzas que me quedan, empujo la cama hacia la pared de la izquierda para poder dormir mirando siempre hacia la puerta.
Me agoto enseguida y tengo que parar para recuperar el aliento cada pocos segundos.
Al final, después de mucho ruido y todavía con la ropa mojada, consigo colocarla en un sitio que me gusta más.
Me deshago de la capa y el vestido empapados y me meto en la cama, con el pelo mojado, pero agradecida de poder volver a vivir esta sensación.
Dejo que las sábanas me envuelvan y, en algún momento, me quedo dormida.
No sé si han pasado horas o minutos cuando las tres chicas mirrorem me despiertan para darme una ducha y traerme ropa limpia.
Me tienta intentar hablar de nuevo con ellas, pero no quiero meterlas en problemas.
No hoy. Dejo que hagan su trabajo sin quejarme ni oponer resistencia.
Al fin y al cabo, ninguna de las cuatro queremos estar aquí.
Cuando regreso a la habitación, me aseguro de que el caramelo sigue en su sitio.
Después, vuelvo a intentar hablar con Serenity, pero tras dos horas de espera, el sueño me gana y me acuesto.
Los siguientes días pasan demasiado lentos.
No me cruzo con ningún miembro de la familia y como en mi habitación.
Solo comparto un segundo con las chicas cada vez que vienen a traerme y llevarse las bandejas, nada más.
Jack desaparece de mis sueños durante las últimas noches.
Por lo menos, no revivo su muerte, pero tampoco vuelvo a ver su cara.
Tengo miedo de que algún día olvide cómo era.
Me rompo cuando pienso en que cabe la posibilidad de que empiece a cumplir años sin él, a celebrar mi cumpleaños a medias, a doblarle la edad.
.., si es que salgo con vida de todo esto.
Las tres chicas mirrorem entran en mi habitación. Una de ellas me señala la bandeja de comida, que está intacta. Yo niego con la cabeza.
—No tengo hambre.
La que ha señalado mira a la que está a su lado, que dice que no con la cabeza. Coge la bandeja entre sus manos y me la acerca, haciendo un gesto que interpreto como que quiere que coma algo.
—De verdad, os lo agradezco, pero no tengo ganas de comer.
Aun así, la chica se acerca. Me coloca la bandeja sobre la cama.
Imagino que tienen prohibido hacer algo así, porque estas sábanas deben de costar diez veces su salario, si es que cobran algo por estar aquí.
Entonces, escucho su tripa rugir. No me he dado cuenta hasta ahora de cómo las otras miran la comida cuando creen que no las estoy observando.
—Coméoslo vosotras —les propongo.
Las tres niegan a la vez con la cabeza.
—Sí, por favor —insisto—. Yo no quiero comer hoy, me duele la cabeza y prefiero no cenar nada. De verdad. Lo van a tirar a la basura, vosotras lo sabéis mejor que nadie.
El estómago de la chica vuelve a rugir. Mira a sus compañeras, que a su vez se giran hacia la puerta para asegurarse de que no venga nadie.
Entonces, sin que les tenga que decir nada más, una de ellas vigila la puerta mientras las otras dos comen, haciendo una reverencia con la cabeza para darme las gracias.
Después, la primera le cambia el sitio a la tercera para que también pueda comer.
Entre las tres, se terminan el puré de verduras y el pescado con arroz hervido en poco más de dos minutos.
Incluso me da la impresión de que beben agua como si no lo hubieran hecho en mucho tiempo.
—Gracias —les digo, cuando retiran la bandeja—. Buenas noches.
Las chicas se despiden con una reverencia coordinada, ya sea por culpa de su maldición o de la costumbre de servir a los Malenfant. Una de ellas abre la puerta para que salgan las otras dos. Está a punto de salir, cuando, de pronto, se queda petrificada y se gira hacia mí.
La observo con atención y me da un vuelco el corazón cuando me doy cuenta de que va a decirme algo.
—Anoche entraron a robar en la casa —murmura.
Las otras dos la miran con expresión calmada, como si la decisión de contármelo hubiera sido de todas.
.. o de la misma persona, dividida en tres cuerpos—.
Solo bajaron al sótano. Por supuesto, no encontraron nada.
Te lo digo porque..., bueno, tú estabas ahí. Es como si te estuvieran buscando.
—¿Quién era? —le pregunto, incorporándome en la cama.
Pero la chica se encoge de hombros.
—No lo sabemos —responde otra en un susurro—. El basilisco lo detectó y se lo comió vivo. Hemos encontrado algunos de sus huesos esta mañana y te aseguro que eran humanos. Pero no sé quién era. El basilisco no se lo ha dicho a la señora.
Un escalofrío me recorre la espalda.
—Ten mucho cuidado —me advierte la tercera.
Y, tras soltarme esa bomba, se despiden con una inclinación de cabeza y cierran la puerta. Soy incapaz de dormirme hasta varias horas más tarde. Ha sido casualidad que me movieran a esta habitación unas noches antes de este suceso. Si hubiera estado ahí abajo..., a saber lo que habría pasado.
No puedo parar de especular sobre quién se ha colado en la mansión y qué buscaba.
Entro en un bucle del que no puedo salir, por más que lo intento.
Una pequeña parte de mí desea que fuera un segador tratando de secuestrarme, pero encontrándose con otro destino mucho menos favorable en su lugar.
Aunque, si fuera Serenity, que hubiera logrado escapar.
.. O Caleb, viniendo a buscarme para sacarme de aquí. ..
Solo con pensar en él se me revuelve el estómago y me alegro de no haber cenado.
Todavía no he asumido lo que pasó hace unos días en la segunda prueba: Caleb, fuera de sí, acusándome, asesinando a la profesora de Duelo y Estrategia.
.. y justificándolo. Era como si la guerra le hubiera lavado el cerebro.
Me preocupa que a él también lo estén torturando, aunque los Vale no tienen pinta de ser muy agresivos.
Parecen, más bien, la típica familia que solo está en cierto lugar porque tiene dinero y una buena reputación social.
Morgana Vexley podría haberle matado también para asegurar su supervivencia, pero no lo hizo por principios. Algo que, claramente, Caleb ha perdido.
Me pregunto si yo también lo habré perdido a él para siempre.