Malenfant 25. HAZEL
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25. HAZEL

HAZEL

Aparezco de nuevo, sola, en la entrada de la mansión Malenfant.

No sé cuánto tiempo hemos estado en aquella sala, pero ya es de noche y llueve.

En realidad, está diluviando. El agua me empieza a mojar la ropa, pero me quedo unos instantes más así, tumbada en el suelo, junto a las escaleras de la casa.

Creo que es la primera vez en mucho tiempo que agradezco el silencio.

El aire frío me azota la cara y siento todavía más las gotas cayendo sobre mi pelo, empapándolo.

Los jardines están vacíos. Un largo pasillo de setos perfectamente cortados conecta la mansión con la verja negra de la entrada a la finca.

Me pregunto qué pasaría si caminara hacia ella o incluso si llegara a intentar atravesarla, pero sé que no será nada bueno.

Gwendoline Malenfant se lo habrá pasado de lo lindo poniendo hechizos defensivos a diestro y siniestro.

Además, me da miedo la marca que llevo desde el primer día que estoy aquí.

El tatuaje me recuerda cuál es mi papel, en el caso de que en algún momento se me olvide.

No quiero ni pensar en lo que podría hacerme esa tinta mágica si intentara escaparme.

Por mi mente viajan un montón de imágenes de brazos ennegrecidos, sangre envenenada. ..

La lluvia sigue cayendo. Mi pelo todavía no ha absorbido toda el agua, pero mi ropa ya se ha convertido en una tela pesada y oscurecida que se pega a mi piel.

Cierro los ojos mientras escucho cómo suena cuando cae sobre el césped.

Puedo distinguir el ruido que hace sobre los arbustos o sobre unas piedras grandes que hay al inicio del camino.

También cuando golpea los tejados de la casa.

A veces todavía me cuesta creer que esta es mi nueva realidad. Mi nueva vida, o lo poco que queda de ella. La prisionera de una familia que jamás soporté y que ahora son mi única vía de supervivencia, aunque eso implique que vaya perdiendo, una a una, a todas las personas a las que quiero.

En ese momento, un ruido distinto me saca del trance en el que estoy. Abro los ojos y me encuentro frente a frente con el basilisco. Las pulsaciones se me aceleran, delatándome otra vez. La serpiente se enrosca a mi alrededor, creando una circunferencia, y me vuelve a mirar fijamente.

—Sí, ya lo sé. No me iba a ninguna parte, así que puedes estar tranquilo.

El basilisco sisea y parece que me esté diciendo algo, pero no logro entenderlo. En ese momento, la puerta de la mansión se abre y aparece el heredero de los Malenfant.

—No sabía que estabas aquí. Entra —me ordena. Después, se dirige a la serpiente—. Y tú, márchate.

El basilisco vuelve a sisear y se aleja, haciendo eses, en dirección al lago negro.

Me incorporo con dificultad. La falta de ejercicio y de alimentación me está empezando a afectar más de lo que pensaba.

—Pasa. —El segador me sujeta la puerta.

Mi cerebro casi le agradece que lo haga, pero después recuerdo quién es.

Atravieso la entrada en silencio y voy dejando un rastro de agua mientras camino hacia el sótano.

Él no me sigue. Se me queda mirando, desde atrás, como si no entendiera lo que estoy haciendo.

Bajo las escaleras sola. El olor a humedad me recibe, pero no mis cosas.

El sótano está vacío. Han desaparecido los pocos objetos que tenía, lo que me trajo Gwendoline Malenfant el otro día y hasta la propia jaula.

Es como si no hubiera rastro de que haya vivido ahí durante todo este tiempo.

El corazón se me acelera al pensar en la pluma que me regaló, mi único medio de comunicación con Serenity.

Pensaba que Gwendoline tardaría más en cumplir el acuerdo que hemos firmado esta misma mañana, antes de la segunda prueba, pero veo que las chicas mirrorem han estado ocupadas durante nuestra ausencia trasladando mis enseres a otro lugar.

—Mi madre te ha preparado tu propia habitación en el segundo piso —me dice una voz desde lo alto de la escalera.

Me giro y veo a Malenfant mirándome desde arriba.

—Sígueme.

Me da la espalda y comienza a caminar. Subo el tramo de escaleras, casi quedándome sin aliento al final.

Camino varios pasos por detrás de él y subimos dos pisos más hasta llegar al pasillo donde está mi habitación.

No me había dado cuenta de lo grande que es esta casa hasta ahora.

Creo que en esta zona solamente estaré yo.

—Es aquí.

Malenfant abre una puerta. Las bisagras chirrían y lo primero que pienso es que me delatará cada vez que quiera entrar o salir, aunque tampoco es que tenga ningún sitio para ir a dar un paseo para despejar la mente.

Entro en la que va a ser mi habitación. La decoración da un poco de repelús y todavía hay cierto olor a humedad de la planta de abajo, pero es lo más parecido a un hotel de lujo que voy a tener en los próximos días.

Varios cuadros antiguos me observan mientras camino al centro de la estancia.

Es cuadrada y la cama está justo al fondo, de forma que no podré ver bien la puerta mientras duermo.

La madera del suelo no se conserva mal, pero cruje cuando doy unos pasos hacia el centro.

Las paredes están pintadas de verde oscuro, por lo que los marcos dorados destacan todavía más.

La ropa de cama también es verde. Junto a esta hay una pequeña mesilla de noche.

Desde donde estoy puedo distinguir la pluma de cuervo.

—Si necesitas algo, pulsa el botón que hay aquí.

Además, mi madre me ha pedido que te diga que te muevas libremente por la casa, siempre que sea por este pasillo o por la planta baja.

Está prohibido visitar el resto de alas.

También está permitido salir al jardín, dentro de los límites de la verja, una vez al día.

Sin esperar una respuesta por mi parte, Malenfant regresa a la puerta y agarra el pomo. Está a punto de marcharse cuando lo veo dudar.

—Por cierto... —empieza a hablar, todavía de espaldas a mí—, enhorabuena por superar la segunda prueba. Has sido muy astuta pese a la presión.

—Solo he estado a punto de morir envenenada en la primera ronda, entre otras cosas. Pero sí, supongo.

Me niego a que palabras de agradecimiento salgan de mi boca. No tengo nada que agradecerle, todo lo que ha pasado ha sido gracias a mi instinto de supervivencia... y un poco de suerte.

Marlowe suelta el pomo y se da la vuelta. Aprovecho que tengo su atención para continuar, porque la rabia me burbujea en el estómago.

—Han muerto cuatro personas. Imagino que los vuestros estarán contentos, así podréis usar sus cuerpos para vuestros estúpidos rituales.

A Marlowe no parece gustarle mi respuesta y se pone a la defensiva.

—Hace tiempo que no hago esas cosas, Greenleaf.

—Tu familia lo hace.

Se le tensa la mandíbula.

—Te sorprendería descubrir que no todos los Malenfant somos iguales.

Estoy tan cansada que no puedo evitar que se me escape una carcajada. Claro. Ahora resulta que es un santo, un incomprendido.

—Entonces, ¿tú tampoco haces rituales con las criaturas que criais en esta casa?

Marlowe cierra los ojos y coge aire. Cuando los vuelve a abrir, los siento como si fueran los de una serpiente mirándome fijamente, preparada para atacar.

—No es que hayamos pasado mucho tiempo en esta casa desde la guerra. Por si no te has dado cuenta, está hecha una porquería.

—Pensaba que siempre vivíais así. Por eso tienes esa cara de asco constante.

Marlowe me mira de arriba abajo. Creo que está meditando su respuesta, pero opta por no entrar al trapo.

—Muy graciosa, princesa —me dice, aunque por su tono entiendo que mis comentarios no le hacen ni pizca de gracia—, pero esto ya no es un juego. Desgraciadamente para los dos, vamos a tener que trabajar juntos si queremos salir airosos de esta mierda.

—Sí, tiene que ser superdifícil estar en tu lugar —le espeto.

—¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres que me ponga de rodillas y te pida perdón por una situación que ni yo mismo he buscado? Tú estarás peor que yo, pero ahora mismo estamos en el mismo barco. Así que rema, princesa, porque no me quiero hundir.

—¿Por qué no me cambias el sitio? Como hicimos en la primera prueba. Ah, no, espera..., que te quedaste más tieso que un palo.

De pronto, no me reconozco a mí misma con lo que acabo de decir. ¿Qué pretendía? ¿Que Malenfant matara a todo el mundo con una frialdad extrema? En el fondo, su inacción fue la mejor de todas las situaciones que se me pasaban por la cabeza. Aunque si hubiera salvado a Alice...

—No es fácil matar, Hazel —pronuncia mi nombre con retintín—. Pero es todavía más difícil matar en nombre de otra persona. Espero que nunca tengas que hacerlo.

—¿Esperas que te dé las gracias? —le pregunto.

—Espero que te des cuenta de que yo tampoco tengo otra puta opción —responde, alzando la voz.

Antes de que pueda añadir algo más, Malenfant se da la vuelta y sale de mi habitación.

La puerta chirría de nuevo y me vuelvo a quedar sola.

No puedo evitar darle vueltas a lo que ha dicho durante un rato.

Por supuesto que no me da pena. Entiendo que su situación familiar es compleja, pero por lo menos tiene una familia.

La mía fue borrada de la faz de la tierra por la misma persona a la que decidió apoyar durante la guerra.

Decidida a pensar en otra cosa, camino hacia la mesita de noche y cojo la pluma.

Después, busco a toda prisa un papel donde escribir para comunicarme con Serenity, pero no encuentro ninguno.

Rebusco en todos los cajones del armario donde Gwendoline Malenfant o las tres chicas mirrorem han dejado mis escasas pertenencias, pero no hay ni rastro del sobre que utilicé tras la primera prueba.