23. HAZEL #2
Se escucha un murmullo en la grada de los segadores. Levanto la cabeza para observarlos.
—¡Es trampa! ¡Tiene que comer! —grita Orion Vale.
—¡Sí! —corean otras voces.
—¡El Magno ha dicho que morirán los dos!
Se desata el caos en las gradas. Durante un largo minuto, los segadores discuten entre ellos, algunos se ponen de pie para alzar más la voz.
—¡Silencio! —brama Eira Thorne, la mentora del profesor Quell.
Su grito surte efecto de forma inmediata y todos los segadores se callan, girándose hacia ella.
No parecen acostumbrados a que Eira alce la voz, pero por un instante la segadora se planta—.
¿Acaso sois idiotas? El Magno siempre sabe lo que hace y en ningún momento ha mencionado que no se puedan saltar la comida.
Si mi participante es más inteligente que vosotros, es vuestro problema. Y ahora callaos y dejad que sigan.
Se produce un nuevo murmullo, mucho más bajo que el anterior, pero Alaric decide ignorarlo. Mira por última vez el caramelo envenenado y después a mí, como si supiera perfectamente lo que contiene.
El turno pasa a la siguiente mesa. Serenity es la primera en comer.
No me he dado cuenta hasta ahora de que su comida es una mezcla de frutos secos en la que seguro que hay almendras.
Se me cae el alma a los pies. Sé con certeza que la salsa del pollo que me ofreció en la primera ronda llevaba almendras y estaba envenenado.
Quiero ponerme de pie, gritarle que no lo haga, pero no sé si esto nos matará a las dos.
Decido esperar hasta ver qué va a hacer y me prometo a mí misma que me levantaré y evitaré que se lleve las almendras a la boca si decide comer.
El corazón me palpita con fuerza y puedo sentir la adrenalina recorriendo mi cuerpo, lista para saltar en su ayuda en cuanto sea necesario. Sin embargo, Serenity decide seguir nuestra estrategia y exclama en voz alta que va a usar su pase.
Siento una oleada de alivio en todo el cuerpo.
Ya está. Independientemente de lo que pueda pasar ahora, de que Theo viva o muera, sé que las dos hemos superado una prueba más.
El niño parece asustado, así que hace lo mismo.
Decide no probar su plato de gnocchi , aunque haya quedado claro que la patata es un alimento seguro. Los dos superan la ronda sin problemas.
Llega el turno de Caleb y Morgana. Caleb, con los ojos todavía rojos y el pulso tembloroso, prueba una cucharada de un preparado de merluza y salsa verde.
Ha agotado su pase en la ronda anterior, así que no le queda otra que degustar el plato.
Por suerte, el pescado le indica que está libre de veneno, pero todos sabemos que el juego no termina ahí.
Morgana también ha gastado su comodín al enfrentarse a Theo, así que es cuestión de cara o cruz saber si morirá ella o lo harán ambos.
La profesora coge el tenedor y prueba un sencillo filete de pollo, sin acompañamiento. Mi mirada pasa de Caleb a Morgana mientras esta última va cortando trozos pequeños, los mastica con cuidado y los traga. Caleb se revuelve en el asiento. Si los dos han escogido el buen camino, morirán igual.
Estoy observando fijamente a Caleb, que no despega los ojos de la boca de Morgana, cuando escucho un ruido. La profesora de Duelo y Estrategia coloca los cubiertos sobre la mesa y carraspea. Ahí está la muerte llamando otra vez a la puerta.
—¿Qué has hecho, desgraciado? —grita Liona Vexley desde el piso de arriba.
Pero ya no hay nada más que hacer. Los siguientes segundos se desenvuelven bajo la atenta mirada de todos los que estamos ahí.
Morgana Vexley muere con elegancia, sin montar un espectáculo.
Se va con la cabeza alta, quedándose sentada y con la cabeza apoyada en sus brazos, sobre la mesa.
Como si se hubiera quedado dormida esperando a un postre que nunca llegará.
Agacho la cabeza, aterrada. Caleb ha matado a alguien. Ha tenido la sangre fría de acabar con ella, sabiendo que ninguno de los dos tendría la posibilidad de saltarse esa comida. Y posiblemente Morgana lo sabía, y por eso escogió una comida segura para él en lugar de condenarlo a morir con ella.
Una sensación de asco me domina y me consume desde el interior. Siento la bilis subiéndome por la garganta, y no tiene nada que ver con los nervios de la prueba ni con la mezcla de comidas de hoy.
—La has matado... —murmura Serenity, poniendo voz a lo que todos estamos pensando.
Caleb aprieta los dientes y, sin levantar la cabeza, responde:
—Habríamos muerto los dos.
En la planta de arriba, la hermana de Morgana empieza a sollozar. No me da pena, después de todo lo que sé sobre la relación que tenían ambas, pero escuchar sus gritos me traslada a ciertos momentos y lugares de mis recuerdos que no quiero volver a visitar.
—¿Y mejor ella que tú? —le acusa Alaric, poniéndose de pie.
Caleb lo imita, como si estuviera enfrentándose a él.
—¿Qué querías? ¿Que dejara que su hermana siguiera torturándola? —se defiende.
—Nadie en este salón está exento de ser torturado —me sorprendo a mí misma poniéndome de pie y respondiendo—. Has matado a una de las mentes más brillantes de la resistencia.
—Y tú habrías hecho lo mismo en mi lugar —me espeta Caleb.
Voy a responder, pero Ivy se levanta y pide silencio para que puedan terminar la ronda, claramente aterrada por lo que pueda suceder si nos demoramos siquiera un minuto más de lo que Magnus consideró oportuno.
Caleb me lanza una mirada cargada de desprecio y se sienta de nuevo.
Alaric y yo esperamos unos segundos más antes de calmarnos y volver a sentarnos.
De reojo, observo la reacción de mi profesor a la muerte de su compañera, y por un momento me parece ver una lágrima queriendo asomar de sus ojos.
Es la primera vez que distingo algún tipo de expresión en su rostro, más allá de la indiferencia y el desprecio que mostraba en sus clases.
Después de un largo minuto sin más sonido que la música clásica de fondo, comienzan a escucharse algunos murmullos entre el palco de segadores.
Se están impacientando. Entonces, Ivy se echa a llorar.
Se lleva las manos a la cara, tapándose los ojos y escondiéndose del resto.
Los demás nos miramos, intentando averiguar lo que está sucediendo.
—Lo... lo siento mucho, Corey —le dice al chico.
En ese instante, él entiende a qué se refiere.
El plato está envenenado. Sus lágrimas son solo una advertencia de lo que está por venir, una culpabilidad sobrevenida por haberle puesto a la muerte en su camino—.
No tenía m-más op-op-ciones —tartamudea—.
No hay más p-platos con mi alimento seguro. Lo siento mu-muchísimo.
El chico se queda petrificado. Algunos segadores aplauden desde arriba, celebrando que tendrán un contrincante menos al que hacer frente en las próximas rondas, que están un paso más cerca de hacerse con el legado de Magnus.
—No puede ser, Ivy... —murmura él.
Pero ella ni siquiera se atreve a mirarlo a la cara. Sigue tapándose los ojos, como si eso fuera a liberarla de la culpa que la acompañará a partir de ahora.
—Uti-utilizo mi pase para n-no comer en es-esta ronda —tartamudea ella, entre sollozos.
De nuevo, los vítores vuelven a inundar la grada. Esta vez no me corto en mirar hacia arriba y buscar a Marlowe Malenfant. No sonríe, pero tampoco parece apenado por la inminente muerte del chico.
Corey traga saliva. No le queda otra que probar su plato.
—¡No lo haré! —exclama de pronto, gritando, como si esperara que el propio Magnus lo escuchara—. No probaré la comida. ¡Me niego a formar parte de este circo!