Malenfant 23. HAZEL
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23. HAZEL

HAZEL

La sangre se me congela en las venas. Me siento como si me hubiera quedado fría y el tiempo se hubiera detenido. Estoy agotada mentalmente y todo a mi alrededor parece suceder a cámara lenta.

Miro al resto de mesas: quedamos ocho, por lo que, como máximo, seremos cuatro cuando termine esta prueba.

No puede ser. Tiene que haber alguna laguna, algún hueco, algún error.

Buscad vuestro lugar en el banquete .

Unos hilos dorados aparecen sobre las mesas, formando los nombres de los participantes.

El mío aparece justo en el lugar donde estoy sentada, así que no me muevo.

Por mi mente se cruza la idea de que puede que todo esto acabe aquí.

Que hoy termine mi sufrimiento, que me reencuentre con Jack.

El estómago me da un vuelco al pensar de nuevo en él, en su piel fría, sus ojos verdes apagados. ..

—Hazel —me llama Caleb, haciéndome volver de golpe a la realidad. Se ha acercado a mí por detrás y posa su mano sobre mi antebrazo.

—Déjame en paz —siseo, apartándome con un gesto brusco.

Enfrente de mí brilla el nombre de Alaric, mi profesor de Botánica.

Suspiro. Por lo menos, sé que Morgana habría sido íntegra y quizá se habría sacrificado por una persona joven.

Sin embargo, no tengo ninguna esperanza con Alaric Quell.

Su inexpresividad y frialdad a la hora de dar clases nunca me han inspirado confianza.

Si no le hubiese visto luchando a nuestro lado en la batalla final, si no estuviera aquí, compitiendo con nosotros, habría jurado que formaba parte de los segadores y que estaba de su lado.

El profesor se sienta frente a mí.

—Eres Hazel Greenleaf, ¿verdad? —me pregunta, mientras los demás terminan de encontrar su sitio. Yo solo puedo concentrarme en ver a quién le ha tocado Serenity. La veo sentarse frente a Theo Hall.

—Sí —respondo, desganada.

Él asiente.

—Creo que tengo una idea para que ambos podamos sobrevivir, pero tendrás que fiarte de mí.

Sus palabras no captan mi atención, en realidad.

Ahora que parece que mi momento se acerca, no me da tanto miedo abrazar a la muerte.

Lo único que me resultaría incómodo sería irme de este mundo envenenada, formando parte de un espectáculo, bajo la atenta mirada de Marlowe Malenfant y dejando atrás a Serenity.

.. y a Caleb, aunque no haya dudado en tacharme de asesina en la primera oportunidad que ha tenido.

—¿Te interesa? —insiste Alaric.

Me giro hacia él. No me había dado cuenta de lo envejecido que está después de la guerra.

Sus ojos oscuros, igual que su pelo largo, no han cambiado, pero su expresión es de agotamiento.

Ahora que me fijo, comparte cierto aura con Gwendoline Malenfant.

Los dos parecen personas frías y calculadoras, que han pensado de antemano todas las circunstancias que puedan suceder y han redirigido los acontecimientos hacia el camino que les resulta más favorable.

—Te escucho —le respondo de forma breve.

Alaric Quell no parece convencido, pero igualmente me explica su teoría.

—Esto es lo que haremos: yo seleccionaré un plato que no esté envenenado y tú también.

Me río antes de que pueda terminar.

—Magnus ha dicho claramente que los dos moriremos si...

Pero él no parece de acuerdo.

—No, no ha dicho eso.

Inclino la cabeza, levemente interesada por la conversación.

¿Está intentando engañarme? Sea como sea, no tengo tiempo para juegos.

No me apetece pensar demasiado, porque una parte de mi mente ya ha asumido que voy a morir.

Respiro, consciente de que esta es una de las últimas veces que voy a poder hacerlo.

—Sí —insisto, desganada.

—No —responde Alaric—. Ha dicho que morirán los dos que coman un plato sin envenenar —especifica—. Pero, si uno de los dos utiliza su comodín, no estaría comiendo realmente, así que no se cumpliría la norma... y los dos podríamos sobrevivir.

El cansancio me impide entenderlo a la primera.

Tengo que repasarlo una vez más en mi cabeza.

Entonces, abro mucho los ojos. Alaric tiene razón.

Me muerdo el labio por dentro, enfadada conmigo misma.

No sé cómo he podido pasar por alto una información tan importante.

Magnus, ya sea por error o a propósito, nos ha dado una gran vía de escape, una pista demasiado obvia, y no la he sabido captar.

Miro a Serenity, que está sentada a mi lado, para ver si ella también ha caído en la cuenta, pero está hablando con Theo. De hecho, parecen estar negociando.

—Tienes razón —reconozco—. A ti todavía te queda el pase, ¿verdad?

Alaric asiente con la cabeza.

—Exacto. Tú has usado el tuyo en la primera ronda, pero no pasa nada. Puedes comer del plato que te dé y yo usaré mi comodín. Así, no cumpliremos la nueva norma y podremos salir ambos con vida.

El creciente interés de Alaric por mantenerme con vida me hace sospechar.

—¿Y cómo sé que lo vas a cumplir? —le pregunto—. Hay una posibilidad de que tú no uses el comodín. En ese caso, moriríamos los dos.

Pero Alaric no parece seguirme.

—¿Por qué iba a querer que muriéramos los dos?

Me encojo de hombros.

—No lo sé... ¿Porque tienes instrucciones especiales de alguien que quiera matarme? ¿Alguien que quiera descalificar a los Malenfant?

La pregunta le hace gracia. El profesor Quell se ríe por encima de la música con una sonora carcajada: yo no le encuentro el humor.

Soy consciente de que los Malenfant son una amenaza.

Eira Thorn, la mentora del profesor, proviene de una de las familias más humildes de segadores, así que no me extrañaría que estuviera usando todo tipo de métodos para hacerse con el poder ahora que por fin está en igualdad de condiciones que el resto de familias gracias a El Ascenso.

—Mira, hagamos una cosa —me propone Alaric. Pero una voz le interrumpe antes de que pueda seguir hablando.

Que comience la tercera y última fase de la segunda prueba . Bon appétit!

Alaric se pone de pie sin terminar la frase.

Se acerca a la mesa con comida, escoge un plato y lo pone delante de mí.

Analizo rápidamente lo que tengo delante: un aperitivo de nachos y guacamole.

No hay ningún alimento que, hasta ahora, haya identificado como seguro.

No contiene patatas, ni pescado, ni huevos. ..

—Te garantizo que esta comida no está envenenada. He sentido el sabor inconfundible del maíz en la crema de verduras que me ha dado Morgana en la primera ronda, así que lo tengo claro —me dice él—. Y, para que me creas, te invito a que tú escojas una comida que sí lo esté.

Me pongo de pie, porque sé que me toca escoger un plato, y no quiero averiguar lo que pasará si tardo más de lo normal en hacerlo.

—Te prometo, por el sacrificio de tu hermano, que no hay ni un ápice de veneno en esa ración.

Sus palabras me dejan sin aliento. La simple mención a Jack me enfurece, pero resulta extrañamente efectiva. No porque ahora crea las palabras de mi antiguo profesor, sino porque me recuerda que, si muero en los próximos minutos, quizá pueda reunirme con mi mellizo después de todo.

Alaric Quell no dice nada más. Le doy la espalda y camino hacia la mesa.

Mi visión vaga entre varios platos que no contienen lo que busco.

.., hasta que doy de lleno con la bandeja de caramelos.

Los hay de diferentes sabores, una ruleta rusa de dulces.

Pero yo tengo claro lo que busco y lo encuentro en el centro: los de arándanos y menta.

Una parte de mí, liderada por la rabia y el duelo, me obliga a extender la mano y cogerlos.

Si Alaric pretende traicionarme y decide cambiar su plan en el último momento para envenenarme y después comer para salvarse.

.., no lo permitiré. Es entonces, de camino a mi sitio, cuando me doy cuenta de que Magnus no se ha equivocado al poner esa nueva norma.

No ha cometido un error. Simplemente quiere ver cómo dudamos los unos de los otros, cómo cuestionamos nuestras lealtades y rompemos las conexiones que hemos forjado a lo largo de estos años.

Regreso a la mesa y coloco un solo caramelo frente a mi profesor.

Aunque no me giro hacia las gradas, siento la mirada de Marlowe Malenfant clavada en mi nuca, vigilando todos y cada uno de mis movimientos.

Si ha estado pendiente, se habrá dado cuenta de que mi elección no tiene nada que ver con las dos anteriores.

No sé si Alaric habrá estado tomando nota mental de todos los platos de cada ronda, pero parece sonreír levemente con los ojos al ver mi elección.

En la mesa de al lado, Serenity y Theo van a por sus platos. Después, Caleb y Morgana, y por último se levantan Ivy, que se toma un buen rato antes de escoger un plato, y el chico que mató a otro en la primera ronda, el mismo del que Caleb se había protegido en la segunda.

El corazón me palpita acelerado cuando Ivy se sienta porque sé lo que va a pasar a continuación.

En esta ronda me toca ser la primera persona en probar bocado.

Decido no alargar más la situación y alzar mi tenedor, aunque finalmente lo suelto y cojo un nacho con la mano.

Me siento tentada de mirar a Marlowe Malenfant, pero no levanto la cabeza del plato y unto el nacho en el guacamole justo antes de llevármelo a la boca.

El sabor salado y un poco ácido me inunda las papilas gustativas.

Me duele la tripa, pero no tiene nada que ver con lo que estoy comiendo.

El nacho cruje al masticarlo y siento que se escucha más alto de lo normal, incluso con la música de fondo.

Cojo otro, repitiendo el proceso hasta tres veces.

Si el plato estuviera envenenado, ya habría sentido algo.

Espero unos segundos más y doy por finalizada mi intervención. Levanto la cabeza para mirar fijamente a Alaric, que tiene su mirada clavada en la mía. Entonces, sin hacer el más mínimo esfuerzo, musita:

—Utilizo mi pase para esta ronda.