20. MARLOWE
MARLOWE
Hoy me he vestido de negro y solo espero que no sea un augurio de lo que va a suceder en unos minutos. Mi madre me acompaña hasta la biblioteca y, después de esperar un rato frente a la Porta Fatum, sus aguas se tiñen de morado y sé que es el momento de saltar.
Nos sumergimos en un viaje frío y confuso, que me resulta más largo que la última vez.
Cuando mis pies por fin tocan el suelo, me sorprendo al ver que estamos en el interior de un edificio, a diferencia de la prueba anterior.
Por lo menos no estoy descalzo. Solo espero que este lugar no esté encantado, como pasó con el bosque, y trate de matarme.
A mi alrededor empieza a formarse un pasillo dorado, con alfombras granates, mullidas.
Al principio, el estilo arquitectónico del edificio me recuerda al internado, pero estoy seguro de que no estamos ahí.
Un olor a ambientador caro llena el ambiente.
Me parece escuchar un hilo musical en la habitación de al lado.
—Ya pueden pasar.
Una voz a mis espaldas me sobresalta. Sin embargo, mi madre ni se inmuta. Seguramente ya sabría que estaba ahí incluso sin poder verlo. Su oído se había afinado tanto con los años que era capaz hasta de captar rasgos de la personalidad de las personas solo con escuchar sus pasos.
—Gracias —responde ella.
El señor, que parece más bien un fantasma bajo algún tipo de poción de dudosa procedencia que controla su voluntad, nos abre una pesada puerta. Le hago un gesto con la cabeza para darle las gracias, pero dudo que sea consciente de ello.
Atravieso la puerta y llego a un enorme salón que me recuerda enseguida al interior de las casas del parlamento de Londres.
De hecho, parece la fusión perfecta entre la Cámara de los Comunes, por su doble altura, y la Cámara de los Lores, por su decoración en tonos burdeos, azules y dorados.
En la planta de arriba, donde estamos nosotros, solo hay unas sillas forradas de color dorado dispuestas alrededor de las paredes, orientadas hacia el centro, donde hay un hueco enorme que permite ver lo que está sucediendo en la planta de abajo.
Las gradas están hechas de madera antigua que cruje bajo nuestros pies.
Lo primero que me llama la atención de este lugar es lo recargado que está, y es que no hay un solo lugar en las paredes que no esté cubierto por cuadros, decoraciones talladas en madera o figuras de oro.
En la parte de abajo, el foso, hay cinco mesas pequeñas, con dos sillas cada una, dispersas alrededor de una mesa mucho más grande donde se pueden observar todo tipo de alimentos y platos preparados.
En algunas zonas de la mesa hay alimentos completos, como frutas que parecen recién recogidas, verduras frescas.
.. Han quedado relegados a los laterales, porque lo verdaderamente llamativo está en el centro de la mesa.
Unos platos enormes exhiben un coq au vin humeante, una olla llena de algún tipo de caldo que se remueve solo, varios platos de pasta, un pollo asado con hierbas, una bandeja enorme de pescado crudo, un pato laqueado completo a la pekinesa, una mezcla de platos indios, varios solomillos Wellington.
.. La lista es interminable, y eso que todavía no me he fijado en los postres.
Hay decenas de tartas, pastelitos, caramelos e incluso preparaciones que no he visto en mi vida.
El olor a mantequilla me llega hasta donde estoy y rezo para que mi estómago no delate que esta mañana he sido incapaz de desayunar por culpa de los nervios.
Desde que mi madre me ha despertado y me ha dicho que hoy sería la segunda prueba de El Ascenso, no he sido capaz de probar bocado.
Aunque, conociendo a El Magno, no creo que sea yo quien deba tocarla.
De fondo suena música clásica, de forma muy sutil.
Cuando tomamos asiento, el resto de familias de segadores van entrando.
Todos los mentores estamos aquí. Algunos se presentan solos; otros, acompañados de uno de sus familiares.
Los Aurigae han venido al completo, por lo que son los que más llaman la atención desde las gradas.
Al volver a mirar hacia abajo, siento un poco de vértigo.
Un murmullo nervioso llena la habitación hasta que se abre una puerta en la planta inferior y todos nos quedamos en silencio.
En fila, uno detrás de otro, van saliendo todos los participantes.
La primera en aparecer es Morgana Vexley, con su habitual expresión severa.
Nada más entrar, analiza la estancia con sus ojos afilados, tratando de obtener la mayor cantidad de información posible de su entorno.
El Ascenso no la ha cambiado ni un poquito, ya que en sus clases de Duelo y Estrategia tenía siempre la misma expresión.
—¡Vamos, hermanita!
Levanto la cabeza hacia la grada que tengo enfrente, al otro lado del foso, y entonces me doy cuenta de quién es la mentora de mi profesora.
Una mujer de mediana edad, más joven que Morgana, da unas palmadas desacompasadas.
Su única misión en El Ascenso parece ser hacerle la vida imposible a su hermana.
El sonido rebota en las paredes, pero nadie parece escucharlo.
Todos los alumnos del internado, la mayoría en nuestro primer año, nos enteramos de que Morgana Vexley tenía una hermana entre los segadores.
Durante un tiempo fue muy amiga de mi madre, hasta que se separaron porque Liona no fue a visitarla cuando mi madre atravesó una profunda depresión al perder su vista.
Siento una pizca de lástima por mi profesora.
De todos los que nos daban clase en el internado, ella era una de las pocas que me caía bien.
Nunca decía una palabra de más y se limitaba a corregirnos con una simple mirada.
Si se hubiera unido a su hermana, habría sido una buena seguidora de El Magno.
.., pero sus principios son demasiado férreos.
Aunque quizá su hermana logra hacerle cambiar de opinión en el último momento.
Detrás de la profesora Vexley aparece el pequeño Theo Hall.
Su cuerpo parece haberse recuperado un poco de las heridas, pero su cabeza parece estar en otro lugar.
Entra al comedor arrastrando los pies y con la cabeza baja.
Miro de reojo a Eleanor Ravenscroft. Para mi sorpresa, encuentro una expresión de incertidumbre en su rostro.
Tras él camina Ivy Nox con una actitud similar a la de Theo.
No sé si será por su enfermedad, la muerte de su padre o ambas.
Trago saliva al recordar los sucesos de la primera prueba.
Serenity Spic y Caleb White son los siguientes.
Caminan hacia el centro de la sala y toman asiento uno enfrente del otro, compartiendo la misma mesa.
Entonces, me doy cuenta de que Morgana, Ivy y Theo se han sentado separados, dejando que sea la siguiente persona quien elija rellenar los huecos vacíos al otro lado de la mesa.
A continuación, aparecen dos estudiantes que conozco de vista del internado, pero no recuerdo sus nombres.
Cada uno escoge una mesa diferente, por lo que ya están todas ocupadas por lo menos por una persona.
Quizá es una estrategia que han pactado con anterioridad.
Me pregunto si sabrán a qué han venido, ya que a nosotros no nos han contado nada.
O, por lo menos, yo no he recibido ninguna indicación o guía para esta prueba.
Por suerte, solo nos tocará ser espectadores.
Cuando ya pienso que no va a salir, aparece Hazel Greenleaf.
Su expresión no demuestra miedo, pero tampoco seguridad.
No me sorprende que aparezca con ropa nueva, el pelo perfectamente arreglado e incluso un poco de rubor en las mejillas.
Sé cómo es mi madre y la importancia que le da, por encima de todo, a la imagen.
A veces una cara bonita gana más guerras que un ejército bien entrenado.
Con los puños apretados, Hazel camina hacia una de las mesas, donde se ha sentado Theo Hall, y se coloca frente a él.
No me doy cuenta hasta ahora de que Theo está llorando y Hazel trata de consolarlo mientras Alaric Quell toma asiento sigilosamente en la mesa de Morgana.
Hasta ahora, todos los alumnos la han esquivado, posiblemente porque la vean como una amenaza real.
Es curioso que la profesora Vexley sea, de forma honesta, la persona más preparada para ganar El Ascenso y, al mismo tiempo, la que menos ganas tendrá de hacerlo.
Por último, un chico flaco y bajo entra en la sala, dando un traspiés y haciendo reír a todos los segadores que esperan, expectantes, a que empiece el espectáculo desde la planta de arriba.
Ahora que las cinco mesas están ocupadas, reviso las parejas que se han formado: Hazel sigue consolando a Theo.
En la mesa de al lado se han sentado Caleb y Serenity.
Los dos parecen hablar en voz baja, están aprovechando para intercambiar información.
En la tercera mesa están los profesores.
A continuación, Ivy se ha sentado con una alumna que no conozco, y en la última mesa está el chico que ha tropezado y otro alumno con el que creo que coincidí en alguna clase de Invocación.
De pronto, el hilo musical de fondo se intensifica, las luces se vuelven más tenues y algunos participantes se revuelven en sus asientos, esperando a que empiece la prueba.
Unas velas flotantes aparecen sobre nuestras cabezas y las luces se apagan, creando una atmósfera bastante aterradora.
Hasta las personas que han quedado plasmadas para siempre en los cuadros parecen estar pendientes de lo que va a suceder.
Y entonces escuchamos la voz.
Queridos participantes, queridos segadores.
.. ¡Bienvenidos a la segunda prueba de El Ascenso!
Antes que nada, quiero felicitaros por haber llegado hasta aquí.
La primera prueba fue sencilla, un pequeño calentamiento para poner a prueba vuestras lealtades y demostrar hasta dónde sois capaces de llegar por sobrevivir.
.. o por salvar al que tenéis al lado. Por desgracia, muchos a quienes salvasteis hace unos días perecerán hoy .
Frente a vosotros tenéis cinco mesas vacías y una gran mesa con todo tipo de alimentos y comidas preparadas. Algunas son inofensivas. Otras contienen un veneno que os procurará la peor de las muertes ...
Quizá os subestimé en la primera prueba al intentar que os matarais entre vosotros, usando vuestras propias manos o algunas armas improvisadas en el bosque.
Hoy os lo voy a poner mucho más fácil que eso.
¿Quién sabe si han caído unas gotas de la poción morsapida en esa jugosa salsa del pollo?
¿Será segura la crema de calabaza? ¿Estará la manzana envenenada, como en los cuentos infantiles, o es todo una leyenda urbana?
Para esta prueba os levantaréis de uno en uno y os acercaréis a la vasija.
Os dará un único papel con dos nombres: uno, de un alimento seguro; otro, de uno envenenado.
Después, caminaréis hacia la mesa grande y llenaréis un plato de lo que queráis darle de comer a la persona que tenéis enfrente.
Sea lo que sea, tendrá que probarlo. Podréis matarlo sigilosamente.
.. o dejarlo vivir, por ahora. Habrá tres rondas que seguirán la misma dinámica.
Los que queden con vida al final de cada ronda pasarán a la siguiente.
Solo podréis negaros a comer en una ocasión.
En las demás, tendréis que probar lo que vuestro compañero haya escogido para vosotros, porque creo que no hace falta que explique lo que sucederá si os resistís a hacerlo.
Mucha suerte... y que aproveche .
La voz de El Magno se desvanece en el aire.
Permanecemos un rato más en silencio hasta que una enorme vasija de cerámica surge del suelo, justo en el centro de la sala, y se queda suspendida en el aire entre las mesas de Caleb y Serenity y los profesores.
Es de color rojo burdeos, parecido a la sangre pero más oscuro, y brilla con unos destellos dorados, esperando a su primera víctima.
No me sorprende que el profesor Quell sea el primero en levantarse.
Con su pelo oscuro y su capa negra, da unos pasos firmes hasta ponerse a la altura de la vasija.
El profesor mete la mano en su interior y saca un pequeño papel que brilla con destellos dorados.
Todos los segadores se inclinan hacia delante, con curiosidad, intentando leer lo que pone.
Pero es imposible. Tan solo soy capaz de distinguir que hay dos líneas, tal y como ha dicho El Magno.
Alaric arruga el papel en la mano y después lo guarda en el bolsillo derecho de su capa.
Camina hacia la mesa grande y coge un plato.
Pasea la vista por todos los manjares y se decide por el pescado rebozado con patatas fritas.
A continuación, el resto de participantes va haciendo lo mismo.
Algunos escogen platos más elaborados, otros más simples.
Entonces llega el turno de Hazel.
Con un gesto elegante, se levanta de la mesa y se acerca a la vasija. Mete la mano en el interior y la saca con un brillante papel en su poder. Durante unos instantes sopesa sus opciones, y después guarda la nota para dirigirse a la mesa principal.