18. HAZEL
HAZEL
Gwendoline Malenfant tiene una presencia inquietante. Allá donde va parece que el tiempo se detiene, los sonidos se apagan y todo gira alrededor de ella.
—Vístete si no lo estás. Rápido.
Sin pensarlo dos veces, cojo la ropa que las tres chicas habían dejado preparada para mí. Un camisón ancho y recién planchado, con unos tirantes demasiado finos para el frío que hace en esta casa.
—Acompáñame, Greenleaf.
Todavía con el pelo húmedo, obedezco sin rechistar la orden de la matriarca de la familia.
Me espera junto a la puerta y no comienza a caminar hasta que me coloco junto a ella.
La sigo por un pasillo de paredes oscuras y cuadros viejos, en algunos de ellos los rostros han perdido la expresión por el paso de los años y la humedad.
Por algún motivo, parecen seguir aferrándose a ellos.
Me pregunto cómo serían las cosas cuando su marido estaba aquí y si cambiará cuando vuelva..., si es que aún sigo con vida cuando eso suceda.
Dejamos atrás varias puertas cerradas, de salas que nunca conoceré y que seguramente ya no tendrán ningún uso.
Gwendoline Malenfant sigue caminando, con las yemas de los dedos de la mano izquierda rozando la pared.
Por fin, se detiene. Nos quedamos quietas frente a una puerta que no tiene nada que ver con las anteriores.
Esta es más simple y parece nueva al lado de las otras, tiene una bisagra moderna y el color de la madera es mucho más claro.
De hecho, dudo incluso de que esté hecha de madera.
Desentona con el resto. Sin embargo, cuando la segadora la abre y se enciende una luz, me doy cuenta de que no tiene mucho misterio.
Tan solo es un viejo y destartalado cuarto de escobas.
Ella me hace un gesto para que entre y me sigue justo después. La puerta se cierra con un quejido extraño.
Esta debe de ser la estancia más pequeña de la mansión Malenfant.
Varios pares de escobas se amontonan de forma desordenada contra la pared.
Algunas se conservan peor, otras están completamente nuevas.
Eso sí, todas son iguales. Tienen el mango recto y negro, más grueso en la punta, y las cerdas se van aclarando conforme se acerca al final, pasando del marrón oscuro al castaño claro.
A su lado hay unas sacas llenas de trapos color crema.
En una esquina se amontonan varios equipos de mantenimiento.
La señora de la casa carraspea y el sonido me devuelve a la realidad.
Por un momento, temo que vaya a castigarme de la misma manera que a su hijo.
Estoy convencida de que ella no sabe que presencié esa escena, pero no me fío.
La mujer desprende un aura de terror que hace bajar varios grados la temperatura de una habitación tan solo con aparecer por su puerta.
—Te preguntarás por qué te he traído hasta aquí —empieza a hablar—.
He seguido de cerca vuestra actuación en la primera prueba y ha sido bochornosa.
Despreciable. Entiendo que tú no tengas ningún motivo para defender a mi familia, pero mi hijo necesita un empujón de motivación y el tiempo se nos acaba.
Cada día que pasa estamos más cerca del final.
En mi mente se forma un puzle donde faltan piezas.
Pensaba que esta iba a ser una sesión de castigo lo más cruel posible.
Si trata así a su hijo, no me imagino cómo lo haría conmigo.
Pero, más bien, Gwendoline Malenfant parece tranquila.
Se queda en silencio, esperando a que diga algo.
La reto, manteniendo ese mismo silencio, pero ella impone mucho más que yo y no parece dispuesta a doblegarse. Al final, termino cediendo.
—Yo no tenía el control sobre mi cuerpo. Solo era una marioneta de tu hijo —le aclaro.
En cualquier otro momento, jamás me habría excusado.
Nunca habría lanzado a los leones a un compañero.
Pero Marlowe Malenfant es lo más lejano posible a ser una persona a la que aprecio.
Todavía me siento sucia solo de pensar que formó parte de mí, durante unos minutos, incluso después de haberme duchado con agua hirviendo y haberme frotado la piel hasta dejarla roja.
—Vaya, no te ha costado mucho desenmascararlo. —Hay un tono de diversión en la voz de la matriarca.
—No le debo nada —respondo enseguida.
Ella se encoge de hombros.
—Lo sé. Ese es el problema. Por eso quiero proponerte algo.
Me río. Me sorprendo a mí misma haciéndolo, pero no lo puedo evitar.
La situación es patética y me cuesta creer que esté tan desesperada como para intentar hacer un pacto conmigo.
A veces, me da la impresión de que los segadores han vivido siempre en una realidad paralela, en una burbuja donde todo tiene que ser como ellos decidan y no aceptan un no por respuesta.
—Te adelanto que no voy a aceptarlo.
Gwendoline Malenfant inclina la cabeza.
—¿Estás segura? Creo que te interesa bastante. Créeme, no estaría dispuesta a pactar con una indigna como tú si no fuese necesario. Pero puedo darte algo a cambio..., algo que no puedas rechazar.
El corazón me da un vuelco al pensar en varias personas. Puede que mis padres no estén aquí, puede que mi hermano muriera en mis brazos..., pero todavía quedan un par de nombres que me harían levantarme hasta de mi propia tumba.
—Te escucho.
Su media sonrisa se ensancha.
—No quiero andarme con rodeos. Mi hijo es un inepto y no pasaría ni de la segunda prueba.
Quiero pensar que no hará falta que vuelva a intervenir personalmente en El Ascenso, pero, como no me fío, quiero que me prometas que harás todo lo que esté en tu mano para ganar.
A cambio, te ofreceré lo que me pidas, solo tienes que. ..
—No lo haré —le respondo, con la mayor indiferencia posible. Porque es verdad. No quiero entrar en el juego, no quiero ser parte de un gran chantaje. Ni siquiera me fío de su familia.
Gwendoline Malenfant junta las manos y se cruje los dedos. No me he dado cuenta hasta ahora de lo finos y huesudos que los tiene.
—Ya, imaginaba que esa sería tu respuesta. Por eso no quiero que me respondas ahora. Te daré hasta mañana a primera hora para pensarlo. Si consigues que mi hijo gane El Ascenso, salvaré a Serenity Spic de una muerte segura. Por lo que he visto, es como tu hermana, ¿no?
Escuchar su nombre en los labios del enemigo me revuelve el estómago.
Y que haya utilizado el recurso de la hermana es todavía más asqueroso.
Pero algo dentro de mí me obliga a seguir escuchándola.
Quiero salvarlos a todos. Supongo que ha mencionado a Serenity porque sabe que sería la primera persona por la que pondría la mano en el fuego, pero no puedo olvidarme de Caleb, ni del resto de supervivientes de la primera prueba.
—No tengo ganas de juegos —le respondo—. Sé que eso es imposible. Y, además, no creo que quieras ir en contra de las normas de Magnus, ¿o sí?
Mis palabras parecen sorprenderla, pero se recompone rápido.
—Donde hay voluntad, hay camino.
Agito la cabeza. Pensaba que la cabeza de familia de los Malenfant era mucho más inteligente que esto. Su ingenuidad me sorprende, y me cuesta creer que ella misma quiera ir contra las normas con tal de salvar a su hijo. Bueno, con tal de quedarse con el poder.
—El Magno, ya que lo has mencionado —sigue hablando ella—, habría querido que su legado quedara lo más consolidado posible tras su partida.
Las familias Aurigae y Malenfant hemos llegado a un acuerdo para asumir de manera conjunta el lugar que nos corresponde si los dos mentores llegan a la prueba final.
Un pacto de protección mutua, de supervivencia.
.., que en ningún momento os incluye a Serenity ni a ti una vez termine todo esto.
Cuando nuestros hijos se alcen con la victoria, vosotras solo seréis una molestia.
Una piedra puntiaguda en el camino que lanzaremos al fondo del lago para que no se nos vuelva a clavar en el zapato.
A no ser... que aceptes ponerte de nuestro lado, claro.
Sopeso mis opciones durante un instante.
Es posible que me esté mintiendo. De hecho, es lo más realista, teniendo en cuenta el historial de su familia.
Los Malenfant nunca harían un trato si no tuvieran una gran recompensa a cambio.
Aunque su lema es Sub umbra Mortis , que significa literalmente «bajo la sombra de la Muerte», en realidad debería ser algo así como «siempre un paso por delante».
Si hay un problema, ellos ya se han adelantado y han pensado siete maneras diferentes de solucionarlo, y en las siete saldrán victoriosos o encontrarán algún tipo de recompensa que los ayude a mantener su estatus.
—¿Y cómo se supone que voy a fiarme de que cumplirás tu palabra?
Cambio el peso de una pierna a otra, esperando que la mujer no se dé cuenta de que ahora sí que ha captado mi atención.
—Porque tendrás beneficios desde hoy. Para empezar, te sacaremos del sótano y tendrás una habitación solo para ti.
Podrás comer lo que sobre de nuestros almuerzos en el comedor secundario.
Tendrás derecho a un paseo diario por los jardines.
Incluso te permitiremos hablar con Serenity siempre que lo desees.
Gwendoline Malenfant aguarda mi respuesta, que no tarda en llegar:
—No necesito ninguna comodidad. No la quiero, así que no intentes comprarme.
—No lo intento, querida. Solo estoy convencida de que una mente brillante necesita un ambiente menos hostil para poder... calcular la mejor forma de ayudar a mi hijo a ganar. Y cuantas más posibilidades tenga de hacerlo, más tendréis tu amiga y tú de sobrevivir.
Con un gesto de la mano, retorciendo el aire entre sus dedos, la mujer hace aparecer un papel en el aire. Es más bien un papiro envejecido, con un texto escrito a mano en tinta verde y firmado con una gran letra M en la parte inferior.
Aprieto la mandíbula. No me convence el trato, no lo veo claro, pero daría lo que fuera ahora mismo por poder comunicarme con Serenity, por salvarla.
Ahora bien, no me fío de esas comunicaciones.
Quizá solo sucedan una vez al día, o incluso a la semana.
También puede ser todo falso, un gran montaje para ponerme de su lado.
Y, por supuesto, sé que estarán supervisadas de alguna manera, así que tampoco tendríamos privacidad.
—Quiero añadir varias cláusulas al contrato.
—Proponlas.
Trato de ordenar el torbellino de ideas en mi cabeza.
—Para empezar, quiero que sea una comunicación continua, fluida y real. Tengo que hablar directamente con ella, sin intermediarios ni sustitutos que se hagan pasar por Serenity. No puede ser ninguna otra persona.
No añado que las comunicaciones sean privadas porque sé que no lo cumplirán por más que lo firmen. Los Malenfant siempre encontrarían una forma de burlar esa norma y estar al tanto de nuestros mensajes.
—Acepto —dice ella.
Unas líneas se añaden al contrato, como si una mano invisible las estuviera redactando.
—No he terminado —le advierto—. Las dos debemos sobrevivir hasta la última prueba.
Después, nos liberaréis y nunca más podréis hacernos daño, ni rastrearnos, ni saber nuestra ubicación.
Alec Aurigae no volverá a tocarla. No le volverá a hacer daño ni físico ni emocional, ni él ni ningún miembro de su familia ni de la tuya.
La mujer suspira.
—No es negociable —añado—. Quiero que quede por escrito que ningún miembro de la familia Aurigae ni Malenfant podrá rastrearnos nunca una vez termine El Ascenso. Nos liberaréis y olvidaréis nuestras caras y nombres para siempre.
—De acuerdo, hablaré con Aaron.
Nos quedamos de nuevo en silencio mientras el contrato se va actualizando sobre la marcha. Cada vez que aparece una nueva letra, se escucha un rasguido similar al que haría una pluma al escribir sobre un viejo papel.
—¿Algo más?
Sí, muchas cosas más. No puedo dejar atrás a Caleb y los demás.
Acaba de perder a su hermana, así que puedo imaginar lo que estará pasando, él solo, en casa de los Vale.
Ha tenido más suerte con su mentor que Serenity y yo; al menos Orion Vale no es un loco ni un sádico, pero eso no significa que esté a salvo.
—Te lo diré mañana por la mañana, antes de firmar.
Gwendoline Malenfant traga saliva. No le ha gustado mi respuesta, pero sabe que tiene que pasar por el aro si quiere que esté de parte de su hijo.
Y yo también.