16. HAZEL
HAZEL
Los temblores comienzan en el momento en el que Malenfant cierra la puerta y me deja sola en el sótano.
Es justo en ese instante cuando mi cuerpo decide soltar toda la tensión que ha estado acumulando durante las últimas horas.
La conversación final con Veyron Nox. La muerte de Alice.
El rostro de mi hermano, su cuerpo quedándose frío sobre el suelo del internado.
Todo llega de golpe y exploto. No puedo controlar mis manos, se me nubla la vista y siento que la cabeza me va a estallar.
Ojalá fuera verdad. Desearía que todo esto terminara ya, poder quitarme del medio para que otra persona tuviera la oportunidad de vivir, porque a mí ya no me queda ningún motivo.
Me encantaría cerrar los ojos y no volver a abrirlos nunca más, sumirme en esta oscuridad que rodea mi cuerpo y mi mente y quedarme dormida entre las sombras.
No sentir más culpa ni más dolor. No sentir.
Los pulmones me arden y toso sin control.
El esfuerzo me hace vomitar, pero no me queda nada en el estómago, así que escupo un par de veces y después me dejo caer sobre el suelo sucio.
Siento que se me va el aire, pero me obligo a pensar que solo es la ansiedad, que pasará, pero cada bocanada se vuelve una carga demasiado grande para un cuerpo tan debilitado como el mío.
Me pregunto cómo moriré, porque ahora sí que estoy convencida de que no saldré viva de El Ascenso.
Si la tristeza no me mata antes, supongo que lo haré en la siguiente prueba.
O quizá sea la inanición lo que me lleve primero.
Siento un líquido recorriéndome el brazo y recuerdo la herida que ha sufrido mi cuerpo durante la primera prueba.
Me tumbo de lado, dejando que gotee hacia el suelo.
¿Qué es un poco más de sangre cuando me siento sucia por haber sido poseída por un segador?
Ni siquiera una ducha me despojaría del asco que me doy ahora mismo.
Sentir a Malenfant dentro de mí, trepando por mis piernas, adueñándose de mi cuerpo y mis decisiones.
Dejándome como una mera espectadora del horror, como si estuviera viviendo una parálisis del sueño a plena luz del día.
En algún momento, mi cuerpo cede al cansancio y me sumo en una especie de sueño ligero.
No sé cuánto tiempo paso así cuando vuelvo a escuchar ruidos en la escalera y me pongo en alerta.
Puede que haya dormido cinco minutos o nueve horas, porque es imposible saber qué día u hora es en este sótano.
El fuego verde es lo único que me ilumina, sea cual sea la hora.
De lo que estoy segura es de que son varias personas.
Cuando se abre la puerta, veo a las tres chicas bajo la influencia del hechizo mirrorem . Aunque sé que trabajan para los Malenfant y le deben lealtad a la familia, siento una cierta tranquilidad al saber que solo son ellas, que estoy rodeada de mujeres que no me harán daño.
En silencio, las tres se acercan a mí y me piden que las acompañe.
Lo hago sin dudar. Lo más probable es que me lleven al baño y me despojen de toda la roña que ha acumulado mi cuerpo en el sótano y tras la prueba en el bosque, así que rezo por que sigan el único camino que conozco de memoria en esta mansión: de la planta baja al baño de servicio.
Me domina una extraña sensación de familiaridad cuando vuelvo a ver esas paredes azul oscuro.
Si este es el baño que tienen para los invitados o los trabajadores, no me puedo imaginar cómo serán los demás.
O las habitaciones donde duermen. En la biblioteca ya cabía cinco veces la casa en la que vivía con mis padres.
Aunque la bañera está llena, una de ellas señala una ducha de grifería plateada que hay al fondo del baño.
Justo en ese momento me doy cuenta de que le falta el dedo meñique.
En silencio también, la acompaño y dejo que me ayude a quitarme la ropa antes de meterme bajo el chorro de agua caliente.
El vapor me prepara para el contraste de temperatura, pero agradezco que hayan esperado un poco a que se atempere y no me hayan obligado a meterme nada más abrir el grifo.
La segunda chica me hace un gesto para que pase.
Me fijo en su mano y me horroriza descubrir que también le falta un dedo, en este caso el anular.
Antes de que pueda pensar en ello, el contacto con el agua caliente me hace estremecer, aunque también me resulta terriblemente placentero. Mi cuerpo reacciona temblando, no sé muy bien por qué. La herida del hombro me arde, pero ignoro el dolor.
Las mujeres siguen preparando la bañera, añadiendo sales y vertiendo una poción, mientras yo simplemente me quedo quieta en la ducha, dejando que el agua se lleve todo lo que me ha marcado en los últimos días.
En cuanto miro al suelo, entiendo por qué lo han hecho así primero.
Un charco negro rodea mis pies, que están manchados del mismo color.
En el bosque estábamos descalzos, pero el resto de mi cuerpo también ha regresado como si hubiéramos estado trabajando en una mina.
Dejo que mi pelo vaya absorbiendo el agua, aplastando los voluminosos rizos.
Después de un par de minutos, que se me pasan volando, las chicas me llevan a la bañera.
Entre las tres, comienzan a frotarme la piel con tanta fuerza que parece que me la intentan lijar.
Hacen caso omiso a los moratones y rasguños en mi piel.
También me lavan el pelo de una forma un poco brusca.
Intento no quejarme, pero algún tirón me pilla desprevenida y se me escapa un sonido agudo.
Poco después, me sacan de la bañera y me cubren con una toalla gruesa y suave.
Camino por las baldosas azules, dejando un reguero de agua detrás de mí, y me acerco al espejo.
Estoy irreconocible. Los pómulos se me marcan más de lo que deberían y ya no hay rastro de la redondez en mi rostro que tanto me acomplejaba hace unos meses.
Ahora parezco muerta en vida. Como si alguna criatura me hubiera absorbido la poca energía que me quedaba, dejándome sin fuerza ni aliento.
Hasta mis ojos parecen distintos y mi expresión es una mezcla entre severidad y tristeza, según cómo la mire.
Una de las muchachas trae un neceser entre sus manos.
Me indica con un gesto que me siente en una silla.
Le hago caso, dudando si he entendido bien o no sus indicaciones, pero cuando la veo sacar una aguja y un hilo, entiendo lo que va a hacer.
Primero, una de ellas deja caer unas gotas de poción sobre la herida.
En cuanto el líquido amarillento roza mi piel, se funde con esta y me calma el dolor.
El corte reacciona y comienza a cerrarse, poco a poco, como una mariposa que pliega sus alas.
La mujer que sostiene la aguja espera a que terminen de producirse los efectos de la poción.
Miro el frasco y reconozco el símbolo de los Aurigae en la etiqueta.
Una sensación de asco me invade, aunque tengo que admitir que sus remedios han funcionado a la perfección.
La herida se ha cerrado, así que no hará falta coser.
Relajo los músculos y veo cómo la chica guarda la aguja de nuevo en el kit de primeros auxilios.
Y entonces se la clava sin querer en la punta del dedo.
—¡Ay! —grita.
Su voz tan solo se escucha un segundo, pero es suficiente para hacerme saltar todas las alarmas. Me giro con brusquedad.
—¡Puedes hablar! —le grito sin querer.
Ella guarda enseguida la aguja y mira a sus clones, o a sí misma, con una expresión de pánico en el rostro. Después, niega con la cabeza repetidamente. Pero ya es demasiado tarde, porque la he escuchado.
—¡Puedes hablar! —repito—. ¡El hechizo se hizo mal!
La cojo de la mano magullada, en la que le falta el dedo corazón, pero ella la retira con un gesto tosco y se aleja de mí. Una de sus clones aparece junto a ella y dice que no con la cabeza.
—Sí, sí puedes —insisto—. No estudiamos el hechizo mirrorem con profundidad en el internado, pero había una lectura voluntaria en la que una persona narraba cómo dividió su cuerpo hasta en cinco copias.
.. Y recuerdo perfectamente lo que decía: que uno de los errores más comunes de un mirrorem mal ejecutado era que las copias podían hablar.
La tercera gemela aparece al otro lado. Da miedo verlas juntas, sabiendo que no son más que el producto de un maleficio, en este caso mal hecho. Era un hechizo tan complejo que no era raro que surgieran complicaciones.
—Por favor, ayudadme a escapar. Os prometo que no diré que habéis sido vosotras. Por favor, habladme —les ruego, agachándome unos centímetros al doblar las rodillas—. Necesito que me digáis cómo salir de aquí. Cómo me quito esto.
Les enseño la marca que hay en mi brazo, que indica que soy propiedad de Marlowe Malenfant.
Tiene que haber alguna solución, algún contrahechizo que pueda hacer para eliminarla.
Si la han podido hacer, la podrán revertir, estoy segura.
No parece magia tan avanzada, solo hay que saber cuáles son las palabras correctas.
—Por favor... —gimo, pero ninguna de las tres me hace caso.
De hecho, regresan a sus labores como si nada hubiera pasado.
En cuestión de segundos, la calma se instaura de nuevo en el baño, pero mi corazón sigue latiendo desbocado en mi pecho—.
¡Ayudadme! ¡Puedo sacaros de aquí también a vosotras! ¡Puedo buscar cómo...
Entonces, una de ellas se gira hacia mí y me chista.
Me quedo en silencio, esperando que diga algo, que vuelva a hablar, ahora que sé que pueden hacerlo.
Si hay alguien que conoce cada rincón de esta mansión, después de los Malenfant, tienen que ser ellas.
Sabrán sus rutinas, los puntos débiles de la casa, los momentos de mayor tranquilidad.
.. Han tenido que escuchar conversaciones privadas entre ellos o cada vez que traen invitados.
Quizá las tres chicas no han querido escapar nunca, pero yo necesito salir de aquí.
Necesito llegar a la mansión Aurigae como sea para rescatar a Serenity.
—Ayudadme, por favor. —Lo intento de nuevo.
Las lágrimas inundan mi rostro, ya de por sí demacrado—.
Tengo que salvar a mi amiga. Los Aurigae la están maltratando y ella es lo único que me queda.
Mis padres han muerto, mi hermano también.
Él ha matado a Magnus, no quiero que su sacrificio sea en vano.
Por favor, si queréis ayudarme, solo decidme cómo puedo salir de aquí sin que nadie me vea.
Jamás diré que fuisteis vosotras ni que el hechizo salió mal y podéis hablar.
Pero ellas siguen impasibles, como si no pudieran entender lo que les estoy diciendo. Saben que han cometido un error que les puede salir muy caro. No sé cuántos años llevarán guardando el secreto, pero un solo pinchazo ha sido suficiente para destaparlo.
—¡POR FAVOR! ¡NECESITO QUE ME AYUDÉIS! ¡CADA MINUTO QUE PASA SU VIDA CORRE PELIGRO!
¿QUÉ ES LO QUE NO ENTENDÉIS DE ESO? —grito, más fuerte de lo que pretendía.
Mi voz retumba en las paredes, ronca, desesperada, pero por fin hace reaccionar a una de ellas.
La chica a la que le falta el dedo corazón se acerca a mí y, de pronto, me da una bofetada, justo en el mismo instante en el que la puerta del baño se abre.
—Bien hecho. Ahora dejádmela a mí —anuncia una voz femenina.
Las tres mujeres hacen una reverencia que Gwendoline Malenfant no puede ver y regresan a sus labores.