15. MARLOWE #2
—Sin embargo, me avergüenza cómo has actuado hoy.
Sabes que los Malenfant estamos en el punto de mira del resto de familias porque me han acusado de cobarde, como los Vale o los Ravenscroft.
.. y eso es precisamente lo que has demostrado en la prueba.
Les has dado la razón, Marlowe. No has defendido nuestro honor ni los valores de nuestros ancestros.
Has manchado siglos y siglos de tradición al quedarte mirando cómo el resto de participantes honraban a los suyos.
¿Te lo has pasado bien, cariño? ¿Ha sido un espectáculo interesante?
¿O te has dejado comer la cabeza por una cría que ha demostrado ser más fuerte que tú?
No respondo. Hace años que aprendí que era mejor callar. Las preguntas de mi madre nunca esperan una respuesta.
—Tu padre se levantó de la cama por primera vez para comentar con los Aurigae la primera prueba.
No sabes la vergüenza que sintió cuando se dio cuenta de que lo hizo para nada.
Para enterarse de que habías dudado, te habías mostrado débil, sin actuar.
.. —El tono de mi madre se vuelve cada vez más severo—.
Has sido patético, Marlowe. Nos has dejado en ridículo como familia.
Se queda en silencio, esperando una reacción.
—Lo siento, madre.
Ella suelta el aire por la nariz.
—No, no lo sientes —asegura—. ¿Sabes? El problema, realmente, es mío.
Me ha costado muchos años darme cuenta de que tú eres así.
He intentado negarlo, engañarme a mí misma, pero no ha funcionado.
Está claro que nos hemos equivocado. Quizá te hemos malcriado, es posible que no fuéramos lo suficiente duros contigo cuando eras pequeño.
.. —Mi madre comienza a caminar por el pasillo y bajo las manos.
Se aleja de mí, dándome la espalda, y luego regresa, pasando por delante de donde está Greenleaf.
El estómago me da un vuelco. Si detecta su presencia aquí, escuchando esta conversación, le hará algo peor que a mí—.
Nos has avergonzado, Marlowe. Y no hay perdón para eso.
Ni siquiera castigo. Pero ya sabes lo que toca. Dame las manos, por favor, cariño.
Aprieto los dientes al escuchar sus súbitos buenos modales.
Odio cuando hace eso. Estoy seguro de que, en su cabeza, todo lo hace por una buena causa.
Siente que está haciendo lo correcto. Me duele tanto la mandíbula que siento que me va a explotar, y eso que todavía no ha empezado.
Con un gesto lento me quito los guantes, dejando expuestas mis cicatrices.
Extiendo los brazos hacia ella y coloco las palmas hacia arriba.
Mi madre me busca con las suyas. Cuando las encuentra, pone sus manos sobre las mías y empieza a susurrar unas palabras.
El calor abrasador surge de forma inmediata.
En otras ocasiones tarda un poco más en salir, pero hoy no ha tenido problemas en soltar toda su furia contra mí.
En cuestión de segundos, unas llamas verdes iluminan el espacio entre sus manos y las mías, se acercan a mis palmas y comienzan a quemar la superficie.
En cuanto me rozan, siento que todo mi cuerpo se tensa.
Cada músculo me pide que me aparte, pero me obligo a mantenerme quieto y en silencio.
Aprieto los labios, intentando no gritar. No quiero darle esa satisfacción, no quiero que disfrute de mi dolor, aunque no encuentro ningún otro motivo para hacerme pasar por esto cada vez que hago algo mal.
Mi piel comienza a volverse oscura, pero mi madre sigue. Las llamas iluminan sus pupilas blancas, tiñéndolas de verde.
Por el rabillo del ojo, veo que Greenleaf presencia la escena con una expresión de pánico en el rostro. Giro la cabeza hacia ella, buscando su mirada, y cuando nos cruzamos muevo la cabeza a izquierda y derecha. No quiero que se mueva ni que intervenga. Va a ser peor.
Las llamas siguen quemándome la piel, haciéndome grietas sobre las cicatrices que ya tenía. En teoría, los castigos de mi madre deberían dolerme cada vez menos, ya que gran parte del tejido de mis palmas ya está muerto, pero el fuego se aviva y se me escapa un gemido.
—Entiendes por qué lo hago, ¿verdad? Necesito que lo entiendas, Marlowe.
El dolor no me deja responder. Si abro la boca, se me escapará un grito, pero tampoco me sirve asentir con la cabeza.
—Sí, madre —balbuceo como puedo.
Las lágrimas se acumulan en mis ojos, a punto de desbordarse. Aunque ella no pueda verme, no quiero darle el placer de que sepa que estoy llorando. Nunca lo hice y no lo haré hoy.
—Es por tu bien, cariño. Así, la próxima vez, te acordarás de lo que no tienes que hacer en la prueba.
Las llamas siguen creciendo, intensificándose, quemándome las manos como si fuera un incendio sin control. Si mi madre no para, seguirán arrasando con todo, creando grietas en mi piel y adentrándose en zonas que no han sido quemadas todavía.
—Gracias, madre —mascullo, rogando que esto termine, agachando la cabeza y contando los segundos.
Unos instantes después de decir las palabras, las llamas van perdiendo fuerza. El verde oscuro cambia a una tonalidad mucho más clara hasta que poco a poco se desvanece del todo. Nos quedamos casi a oscuras en el pasillo, en silencio.
Mi madre sigue dirigiendo su mirada vacía a mi cara.
—Vete a la cama.
Y, sin decir nada más, se aleja por el pasillo en dirección contraria.
Tardo unos instantes en valorar los daños de mis manos porque la visión se me nubla del dolor.
No me doy cuenta hasta ahora de que he estado apretando los dientes con tanta fuerza que la mandíbula me cruje.
Pero no puedo mostrar debilidad. No puedo.
Solamente ahora que ella se ha ido me permito suspirar y apoyarme contra la pared del pasillo.
Cojo aire despacio, tratando de regular mi respiración, antes de atreverme a mirarme las manos.
Cuando por fin lo hago, no me sorprende descubrir que están peor que la última vez: los ungüentos que he ido probando no han funcionado como esperaba.
El fuego me ha abierto nuevas heridas y varias ampollas amenazan con aparecer en cualquier momento.
Todavía siento un poco de ese calor ardiendo a través de mis manos y subiendo por mis brazos.
Espero un minuto completo hasta asegurarme de que mi madre se ha ido y no va a volver. Recupero el control de mis emociones, que estaban a punto de desbordarse y obligarme a estallar en llanto de la rabia y el dolor.
Después, me giro hacia Hazel, que sigue petrificada.
—Sígueme.
Me alivia no tener que pelear, porque obedece enseguida. Camina a dos pasos de distancia de mí mientras la acompaño al sótano. Bajamos las escaleras en silencio y sus hombros se tensan cuando vuelve a sentir ese olor a humedad que hay en la parte más baja de la casa.
La jaula aparece frente a nosotros y la acompaño a su interior. Una vez estamos los dos dentro, salgo de ahí, sabiendo que no va a poder seguirme.
—Adiós.
—¡Espera! —exclama ella, justo cuando le doy la espalda.
Cojo aire. No me quiero girar. Estoy contando los segundos para volver a mi habitación, encerrarme en el baño y gritar frente al espejo mientras pongo las manos debajo del agua helada. Aun así, me doy la vuelta.
—¿Qué pasa?
—Lo de tus manos... —empieza ella, pero la corto enseguida.
—No necesito tu compasión.
La expresión de Greenleaf se tuerce en un instante.
—No me das ninguna lástima. Eso para empezar. —Sus ojos se convierten en dos rendijas impenetrables, cargando una furia que jamás había visto en ella—. Te mereces todo lo que ha pasado y más. Has dejado morir a Alice y ni siquiera has...
Con un gesto, levanto un campo de fuerza a su alrededor para no escucharla.
Su voz desaparece. Aunque ella siga hablando, no la escucho.
Creo que se da cuenta, pero sigue intentándolo.
Sin decir nada más, me doy la vuelta, cierro el portón que separa el sótano de las escaleras y camino con los dientes apretados hasta mi habitación.