Malenfant 15. MARLOWE
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15. MARLOWE

MARLOWE

Aparezco unos segundos después en la puerta de mi casa, tumbado sobre un costado.

Aún tengo el corazón acelerado, pero sé que no es por mí.

Puedo escuchar de fondo, en algún punto de mi mente, los gritos de Greenleaf.

Pero poco a poco voy recuperando el control sobre mi cuerpo, lo que significa que su volumen va bajando y su presencia, desvaneciéndose de mí con cada segundo que pasa.

Miro a mi alrededor, todavía confuso y me incorporo un poco.

Los jardines se van sumiendo en el crepúsculo, dándoles a los cipreses un color anaranjado intenso.

Mientras recupero el aliento, me fijo en que la entrada de la casa ha cambiado, parece diferente.

Cuando regresé el mismo día que terminó la guerra, los jardines tenían un aspecto desarreglado.

La mansión parecía estar envuelta en un estado de abandono total, adueñada por la humedad y con el basilisco como único inquilino.

Ahora parece que ha vuelto a la vida. No necesito preguntar para saber que mi madre está detrás de esto.

Ha ordenado recortar los setos para crear un pasillo largo e inquietante hasta la puerta principal.

Justo al final del pasillo, otros arbustos que ya habían perdido su forma vuelven a enroscarse como serpientes o exhiben la letra M, con sus ramas llenas de espinas azules.

El nuevo césped parece real, pero sé que detrás de ese crecimiento acelerado están las manos de mi madre.

Antes de la guerra, pasaba la mayor parte de su tiempo cuidando los jardines que rodeaban la mansión, eliminando plagas con la ayuda de alguna de las bestias que criaba o probando una nueva distribución que le diera un aspecto aún más regio.

Las puertas de la mansión se abren con lentitud y aparece el basilisco, reptando por las escaleras y acercándose a mí.

Se me pone la piel de gallina, pero no reacciono.

Su cuerpo húmedo y maloliente repta hacia mí y da una vuelta, rodeándome, dándose cuenta de que la persona que está dentro del cuerpo de Hazel soy yo.

La serpiente silba y siento que todos y cada uno de los músculos se me tensan.

Hasss passsado la primera prueba .

No es una pregunta, pero aun así, respondo:

—Sí. —Y de pronto, me doy cuenta de que el cuerpo de Hazel emite mi propia voz. Carraspeo, pensando que es un error, y vuelvo a intentar hablar—: Acabo de regresar.

No hay duda de que es la mía. Siento la presencia de Hazel cada vez más tenue, así que imagino que el hechizo está a punto de terminarse.

Ha sssido patético .

Aprieto la mandíbula.

—Ha sido lo que tenía que hacer para mantenernos a todos con vida.

Nunca he oído a una serpiente reírse, pero el silbido que suelta el basilisco es lo más parecido a una risa burlona.

A mí no me tienesss que sssalvar. En cuanto te corten esssa rubia y bonita cabeza, sssaldré de aquí y me liberaré de la esssclavitud a la que tu familia me ha sssometido durante sssiglos. Losss Malenfant no tendrán un heredero ante el que tenga que resssponder. Eressss la desssgracia de la familia.

—¡Fuera de aquí!

Una voz femenina y severa grita a mis espaldas. No necesito darme la vuelta para saber que es mi madre, que acaba de llegar.

El basilisco la obedece y se desenrosca, desapareciendo entre los arbustos recién cortados. Como si la orden también fuera para mí, me pongo de pie de un salto.

—A la biblioteca, ahora. Tengo que hablar contigo.

Mi madre me adelanta, sin darse cuenta de que todavía no soy yo del todo, que aún sigo en el cuerpo de Greenleaf. Aunque escuche mi voz porque el hechizo está perdiendo efecto, mi cuerpo no se corresponde con lo que escucha.

Sube los escalones y entra en casa, alejándose de mí a toda velocidad.

La sigo como puedo. No me he dado cuenta hasta ahora de que tengo el cuerpo magullado y dolorido por la primera prueba.

Los golpes me han pasado factura y estoy seguro de que tendré algún hematoma.

Bueno, Hazel lo tendrá. Imagino que mi cuerpo quedará intacto.

Atravieso el recibidor y aprieto el paso hasta llegar a la biblioteca, pero un pinchazo repentino en el pecho me hace parar en seco.

Mi madre ya no está a la vista, así que me permito apoyarme contra la pared y doblarme del dolor.

Ahogo un grito, pero sé que no voy a aguantar mucho más.

Mi respiración se acelera. Siento como si me estuvieran mordiendo decenas de serpientes a la vez y el ardor pasa del pecho a los brazos, las piernas, la cabeza.

.. Me dejo caer, arrastrando la espalda contra el papel de pared desconchado, y siento que me están despellejando, que me están arrancando la piel a tiras, despojándome de mi propio cuerpo.

Y, de pronto, el suplicio desaparece tan rápido como ha llegado.

Escucho un jadeo a mi lado y veo a Greenleaf, luchando también contra el tormento de la separación.

De pronto, donde había un solo cuerpo, aparecemos los dos, pegados brazo con brazo.

Me aparto de ella como si el simple roce de su piel contra la mía me hubiera dado una descarga eléctrica.

—Por fin —suspiro, aliviado de haber regresado a mi cuerpo.

Me sacudo el traje con las manos enguantadas para quitarle el polvo, si es que lo tiene, antes de volver a ponerme de pie.

No sé si es porque el dolor se ha desvanecido, pero me siento como nuevo.

Aun así, no se me olvida lo incómodos que son los guantes, sobre todo después de haber tocado el suelo del bosque y las ramas a través del cuerpo de Greenleaf.

Ella se queda en el suelo y se hace una bola con el cuerpo. Se rodea las rodillas con los brazos, entierra la cabeza y se echa a llorar con demasiada fuerza.

—Shhh —chisto, esperando que mi madre no regrese y se la encuentre así. Sé que no le va a gustar. Pero Hazel no me hace caso y sigue intentando controlar su respiración, que se agita cada vez más.

Doy un par de pasos para ponerme a su altura y me agacho. La cojo por el hombro y ella suelta un gemido de dolor, apartándose.

—No me toques —me responde con un hilo de voz, el rostro lleno de lágrimas y con dificultad para respirar.

—Tenemos que irnos. Levántate.

—No puedo —se queja.

—Levántate ahora mismo —repito, intentando emitir lo más parecido a un grito pero susurrando. Mi madre se pondrá furiosa si la escucha, no quiere que ella esté en otra planta que no sea el sótano.

—¡Marlowe!

El grito de mi madre me pone los vellos de punta.

Doy un par de zancadas hasta donde está Greenleaf y la agarro del antebrazo.

Tiro de ella para levantarla y se queja.

Me llevo los dedos a los labios con una expresión de pánico en los ojos.

Quiero decirle que se vaya, porque no quiero que presencie esto, pero ya no puede dar un paso más sin que mi madre la escuche. Tampoco puedo hablarle más.

Mi madre ha salido de la biblioteca y ya camina hacia mí, con una mano en la pared y paso firme.

No se detiene hasta que me alcanza. Me giro una última vez hacia Greenleaf para suplicarle que no se mueva.

Nuestros cuerpos ya no están fusionados y no puedo escuchar lo que piensa, pero deseo con todas mis fuerzas que pueda entender que mi madre no sabe que ella está aquí.

Hace unos instantes solo ha escuchado mis pasos volviendo de la prueba y mi voz.

De alguna forma, ella parece entenderlo y se queda paralizada, pasando la mirada de mi rostro al de mi madre y, de nuevo, al mío.

Aprieta los labios y lucha por controlar su respiración, silenciándola al máximo.

Mi madre se frota las sienes y abre la boca para hablar, pero se lo piensa mejor y se mantiene callada. Me preparo para lo peor. Ya puedo sentir el hormigueo en las palmas de las manos, y eso que todavía no ha empezado.

—Lo siento mucho, madre —me adelanto.

Aunque sé que esa frase ha perdido fuerza, porque me dedico a repetirla todos los días desde mi infancia.

Pero lo tengo que intentar. La última vez me dolió demasiado y ahora voy a necesitar estar lo mejor posible de cara a las próximas pruebas.

La primera, a pesar de su crueldad, ha sido fácil.

No creo que pueda volver a salirme con la mía y ganar sin intervenir.

A El Magno no le habría gustado. Y, por supuesto, a mis padres tampoco.

—No mientas más, Marlowe. Me avergüenzas.

Las pupilas blancas de mi madre se clavan en mí, como si supiera dónde estoy.

Aunque sé que es imposible. A lo largo de los años, he puesto a prueba la ceguera de mi madre, pero siempre he llegado a la conclusión de que es real.

Aun así, no puedo evitar aterrarme cuando es capaz de ubicar mis ojos con tan solo escuchar mi voz.

—Las manos.

Lo va a hacer. Aquí, en el pasillo de casa, y delante de Greenleaf.

Y no hay nada que pueda evitarlo. Obedezco en silencio.

No hace falta que diga nada, mi madre espera pacientemente mientras extiendo los brazos, me quito los guantes y pongo las manos con las palmas hacia arriba.

Sabe que no me negaré, porque las consecuencias de desobedecerla son mucho peores.

—Tu padre y yo hemos seguido de cerca tu primera prueba en la casa de los Aurigae, mientras él estaba postrado en la cama, sobreviviendo gracias a las pociones que ellos le están suministrando de forma gratuita —comenta con una falsa dulzura en la voz—.

¿Sabes? Por un momento pensé que los ibas a traicionar.

Me alegro de que te dieras cuenta, aunque fuera al final, de quiénes son tus verdaderos aliados en esto.

Que recordaras quiénes están cuidando a tu padre, quien está al borde de la muerte.

Cojo aire, preparándome para lo peor. Con mi madre siempre es igual: primero, dice algo bueno; después, te destroza. Me doy cuenta de que Greenleaf está aguantando la respiración, quieta como una estatua.