Malenfant 14. HAZEL #2
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14. HAZEL #2

Veyron se impacienta y bufa, cabreado. Malenfant se acerca al cuerpo de mi amiga y coloca el índice y el corazón sobre su cuello, buscando la yugular. A través de las yemas de mis propios dedos siento el latido tímido del corazón de Serenity.

Todavía está viva.

Todavía.

Mi corazón se acelera, como si quisiera que el de Serenity hiciera lo mismo, pero siento a Malenfant dentro de mí tratando de calmarlo.

Solo quedarán unos minutos para que termine la prueba, pero aún pueden pasar muchas cosas.

—Está muerto —decreta mi captor—. Está muerto, Veyron, y ahora te hablo a ti directamente: te recomiendo que dejes atrás un cadáver bonito.

Puede que hayas apartado de la competición a su heredero, pero recuerda que todavía tienes una hija.

No querrás a los Aurigae en tu contra más de lo que ya los tendrás ahora mismo.

¿Sabes de lo que son capaces? —Baja la voz, como si eso sirviera de algo—.

¿Sabes lo que le han estado haciendo a esta pobre chica mientras ha estado cautiva en su casa?

La han atado y se la han turnado, como si fuera un juguete roto.

Varias veces, durante todos estos días, la han estado violando sin parar hasta que ha perdido la voz de tanto gritar. ¿Eso es lo que quieres para tu hija?

El estómago me da un vuelco y me obligo a pensar que todo esto es parte de una exageración para salvar a su amigo Alec, aunque no lo esté dejando en muy buen lugar.

Veyron mira con asco el cuerpo de Serenity, después el mío y vuelve la cabeza de nuevo hacia Serenity. Rezo para que la chica no se mueva, para que no haga ningún gesto que pueda delatar la mentira que acaba de contarle. Y, durante los siguientes segundos, mi deseo se cumple.

Por fin, Veyron suspira y se gira hacia mí.

—Me decepcionas, Malenfant. Esperaba más de ti, que dieras algo de espectáculo.

.., pero ya veo que prefieres quedarte escondidito hasta que te lo ponen en bandeja.

—El hombre se lleva la mano a la barbilla, forzando una pose pensativa—.

¿A quién me recuerda? Ah, sí, ya sé. A tus papaítos.

Me crucé con ellos alguna vez en Stonefell y eran la misma escoria que tú, solo que ellos lo sabían disimular mejor que los Aurigae.

Siento un calor dentro de mi cuerpo, una rabia que no estoy cultivando yo.

Me quema desde el centro del pecho hacia las extremidades y me provoca un instinto asesino que me hace querer arrancarle los ojos a Veyron.

Ni yo misma me reconozco, pero creo que sería capaz de hacerlo ahora mismo.

Los sentimientos de Malenfant y los míos se mezclan dentro de mí.

Entonces él se abalanza contra Veyron, pillándolo por sorpresa, y ambos caen al suelo.

Mis manos sujetan a Veyron por los hombros y Malenfant empieza a propinarle puñetazos en la cara, sin apuntar a ningún lugar en concreto.

Nariz, ojos, orejas. Cada uno aterriza en un sitio diferente, pero todos con la misma rabia que nos nace de dentro.

Tras el quinto golpe, Veyron consigue esquivarlo y le devuelve un derechazo.

Las mejillas me arden todavía más cuando el golpe cae directamente sobre mi mandíbula y, por unos instantes, pierdo la visión.

Cuando por fin la recupero, veo a Malenfant dándole un último golpe al hombre, que aúlla de dolor al darse cuenta de que le ha impactado de lleno en la nariz.

—Por cierto, ¿cómo está mamá? —pregunta Veyron. Tiene la boca llena de sangre y le faltan dos dientes, pero eso no le borra la sonrisa—. Menos mal que no va a poder verte haciendo este ridículo...

Malenfant tarda dos segundos en reaccionar.

En el primero, ambos se ponen de pie y creo que piensa seriamente en no volver a caer en la trampa de Veyron.

Pero, en el segundo, pierde el control. Se gira y, con toda la fuerza que puede acumular, le da un último puñetazo lleno de rabia, apuntando de nuevo a la nariz.

El hombre cae hacia atrás y se golpea con una raíz enorme al mismo tiempo que se escucha un crujido que no augura nada bueno para Veyron, ni para el segador que lo haya poseído.

Desde el suelo, Veyron nos mira, inmóvil, con una mezcla de sorpresa, pánico y fascinación por lo que acaba de ocurrir, mientras un charco de sangre se empieza a formar a su alrededor.

El color granate va tiñendo el verde del suelo, poco a poco, creando un charco oscuro cada vez más grande.

Uno menos.

Hay uno menos y Malenfant lo ha matado con sus propias manos.

Mis manos.

Presencio cómo mi cuerpo se aleja de la escena, dejando a Veyron muriendo desangrado, y corre hacia los hermanos White.

Pero ya es tarde. En un giro de los acontecimientos, Caleb se ha hecho de nuevo con la piedra afilada y apunta directamente hacia su hermana.

Malenfant los mira en el momento justo en el que Caleb se la clava en el pecho, justo encima del corazón.

El mío también se para, como si lo hubieran apuñalado. De hecho, todo se detiene a nuestro alrededor. Un silbido nos avisa de que la prueba ha terminado, así que no hay nada más que hacer.

Alice grita.

Es un chillido desgarrador, un grito de rabia por saber que ha perdido una guerra en la que nunca habrá realmente un vencedor.

Algo se rompe dentro de mí mientras lo escucho. Mientras la luz en los ojos de Alice se apaga y cae de rodillas frente a su hermano, abrazando la muerte con dignidad, hasta que se inclina hacia un lado y se queda tumbada de lado sobre el húmedo lecho del bosque.