12. HAZEL
HAZEL
La Porta Fatum ilumina el centro de la biblioteca.
No deja de ser irónico que, en un lugar donde puedes viajar a cualquier parte a través de un libro, también puedas hacerlo mediante el portal mágico.
Los libros amarillentos, consumidos por el moho y abandonados a la humedad del lago, reflejan su resplandor, como si prometieran el pase a un destino que, en otras circunstancias, no sería una sentencia de muerte.
En algunas zonas inferiores de la biblioteca se agolpan pilas de libros que han quedado fusionados entre ellos tras pasar demasiado tiempo bajo el agua.
No hace falta observar demasiado para darse cuenta de que este lugar, así como el resto de la planta baja, ha estado varias veces sumergido en las aguas negras del lago.
Solo hay que fijarse en las marcas de las paredes, el lugar hasta el que llegó la destrucción y donde el moho se instaló para siempre.
El olor a papel podrido me quema en la parte posterior de la garganta mientras contengo el impulso de dar un paso atrás y observo a Malenfant acercándose al portal.
Este emite un brillo plateado, suave y atractivo, así como un sonido similar al que hace la nieve cuando cae sobre el suelo.
No me importaría fusionarme con esa sustancia plateada que me separa del otro mundo, pero sin permanecer ni aquí ni allí.
Deseo con todas mis fuerzas que el portal falle y pueda quedarme atrapada en una especie de limbo, si es que eso existe.
Pero mis deseos no suelen ser escuchados. Prueba de ello es estar donde estoy.
—Venga —me apremia el segador.
Me acerco al borde de la Porta Fatum y miro a mis pies, que ya rozan el brillo plateado que ahora se ha convertido en humo.
Se me forma un nudo en el estómago y mi cerebro vuelve a recordarme todo lo que sé sobre el complejísimo funcionamiento de estos portales.
¿Acaso no es necesario conocer la ubicación o apariencia de tu destino antes de poder utilizarlo?
Porque, a no ser que a Malenfant le hayan dado instrucciones precisas sobre el lugar de la primera prueba, no sé cómo va a visualizar ese espacio mientras nos dejamos caer al vacío.
Nuevamente, mi captor me agarra con fuerza del antebrazo.
—¿Estás lista? —me pregunta, aunque más bien suena como una exigencia.
Asiento, aunque él todavía no salta. Por un momento pienso que le dan miedo las alturas o que tiene vértigo.
A mí nunca me han gustado, pero hay una voz en mi cabeza que me empuja a querer saltar.
Quizá es porque cualquier lugar al que vayamos será mejor que este, o simplemente mi cerebro me pide un chute de adrenalina después de tantos días sumida en la monotonía y la humedad del sótano.
O puede que ya no le tema a la muerte.
En algún punto de la biblioteca, un reloj marca las once.
Las campanadas van sonando, reticentes, como si cada golpe fuera el último de una maquinaria demasiado vieja como para seguir cantando.
Las voy contando hasta que llegan con dificultades a la última.
Y entonces el portal cambia de color. Se empieza a formar un remolino justo en el centro y se va extendiendo hasta los límites de la circunferencia.
El plateado se va transformando en morado hasta que ya no queda rastro del color anterior.
—Ahora —me indica Malenfant, que no me ha soltado en todo este tiempo.
El chico se lanza hacia delante, sin miedo, y yo salto medio segundo después, dolorida por su fuerte agarre.
Los primeros segundos son de caída libre, como quien se precipita hacia un pozo sin fondo.
Después, un hechizo nos va frenando, hasta que todo a nuestro alrededor cambia, él desaparece y yo me golpeo fuerte con el suelo de un claro en mitad del bosque.
De primeras, la luz me ciega. En el sótano no he tenido apenas iluminación, tan solo el fuego artificial, y en el baño las tres chicas se han encargado de encender varias lámparas, pero la luz no tiene nada que ver con la que hay ahora.
El sol se me clava en las pupilas y siento que me duelen cuando intento enfocar la vista.
Cierro los ojos para protegerme y dejo que mi piel disfrute del tacto del suelo, aunque sea una combinación perfecta de ramas, raíces, bichos y tierra húmeda.
La sensación dura tan solo unos segundos y, cuando termina, siento que me han arrebatado el alma. Regreso a mi estado de angustia con más fuerza todavía y el shock hace que me entren ganas de llorar.
Por lo visto, no soy la única. Los trece participantes de El Ascenso hemos aparecido en un claro, al aire libre, bajo la luz de un sol demasiado intenso para esta época del año.
Estamos dispuestos de forma irregular, cada uno dentro de una pequeña jaula que no tiene nada que ver con la de la mansión Malenfant.
En aquella los límites de la jaula son transparentes y el espacio para moverme es más amplio y alto.
Sin embargo, esta jaula es mucho peor. Apenas puedo ponerme de pie y parece estar hecha de hierro.
No hay rastro de los segadores. Algunos rebeldes gritan, otros lloran.
Alguien me llama, pero no soy capaz de ubicar la procedencia de la voz con tanto jaleo.
La confusión me hace dar varias vueltas en la jaula, con dificultad, hasta que mi equilibrio se ve afectado y entonces caigo de rodillas.
Cuando impacto contra el suelo, me doy cuenta de que ya no llevo puesta la ropa con la que he salido de la mansión.
Ahora todos vestimos igual: con ropa de un color verde intenso, casi negro, posiblemente para camuflarnos mejor con el bosque.
De todas formas, no creo que lo necesitemos, ya que parece tan frondoso que a los pocos pasos cualquiera se volvería invisible entre la vegetación.
—¡Hazel! ¡Hazel! —Una voz masculina sigue gritando mi nombre.
Esta vez logro identificar de dónde viene y me giro a la derecha para ver a Caleb.
Está tres jaulas más allá, encorvado, ya que su altura le impide ponerse de pie en una jaula tan baja.
Me alivia ver que no tiene muy mala cara.
Espero que, esté donde esté, lo hayan cuidado bien estos días.
Con todo el caos que se montó el primer día en la mansión Malenfant, no pude registrar qué segador lo había escogido.
Su pelo castaño claro se ve limpio, está afeitado y parece incluso haber ganado algo de peso.
Solo se me ocurre que lo hayan estado cuidando para que pueda rendir al máximo en las pruebas, y supongo que, a diferencia de mí, él ha escogido mantenerse fuerte.
—¡Caleb! —respondo con un grito ronco.
—¿Estás bien? —escucho.
Pero no somos los únicos que chillamos, así que su pregunta queda ahogada entre otras. Aun así, lo puedo entender porque le leo los labios. Me encojo de hombros como única respuesta. ¿Lo estoy? Todavía no he asumido del todo que Jack no está y que he pasado los últimos días encerrada bajo tierra.
Mis ojos buscan a Serenity, pero no la encuentro.
Veo a Theo Hall, el más pequeño de todos los supervivientes, llorando en su jaula.
Alice lo intenta consolar con poco éxito.
El chico no hace caso a nada. Me pregunto qué segador le habrá tocado y espero, de corazón, que no haya sido Eleanor Ravenscroft.
Junto con Alec Aurigae y Marlowe Malenfant, ella es la peor de todos.
Si Alec y Marlowe disfrutan de tener el poder, del control sobre la otra persona, Eleanor se alimenta del sufrimiento de los demás.
Un sufrimiento sádico, enfermo e injustificado.
—¡Serenity! —la llamo, intentando dar con ella entre la conmoción.
No puede ser tan difícil. Solo somos trece, pero los gritos no dejan que mi amiga me escuche.
A mi lado está Morgana Vexley con un aspecto desmejorado.
Parece que ha envejecido diez años en los últimos meses.
Su cabello, antaño oscuro, ya se nota perlado en la zona de las raíces.
Analiza nuestros alrededores, buscando algún peligro inminente.
De todos los profesores, es a la que más me alegro de ver.
No hay nadie que sepa defenderse y luchar como ella, por eso llevaba tantos años encargada de la asignatura de Duelo y Estrategia.
Justo a su lado está Alaric Quell, su compañero, profesor de Botánica.
Con su mítica expresión crispada, revisa quién ha sobrevivido a la masacre del otro día.
Nunca ha tenido una buena relación con la profesora Vexley, por lo que no me extrañaría verlo perder los papeles y enfrentándose a ella.
Aunque, seguramente, será lo suficientemente listo para saber que tiene todas las de perder.
Si Morgana Vexley es de las primeras en morir, será por un accidente.
De hecho, es la que más probabilidades tiene de salir con vida de este lugar.
Me pregunto qué segador la habrá elegido.
Trato de calmarme y buscar jaula por jaula hasta que la encuentro.
De todos los que estamos aquí, debe de ser la única que se mantiene en silencio.
Está de rodillas, con el mentón pegado al pecho.
El pelo rubio le cae a ambos lados de la cara, ocultando su expresión, aunque la conozco demasiado bien como para saber cuál es.
—¡Serenity! ¡Serenity!
Se me rompe la voz justo en la última sílaba, pero ella sigue sin levantar la cabeza. Caleb vuelve a llamarme y cuando me giro para buscarlo con la mirada, una voz acalla todos los gritos.
—Bienvenidos a la primera prueba de El Ascenso.
Enseguida me doy cuenta de que es la de Magnus, o por lo menos de aquella versión falsa que había aparecido en la mansión Malenfant y después había quedado reducida a cenizas.
Proviene de alguna parte del bosque y, al mismo tiempo, de todas.
Suena a mis espaldas, justo encima de mi cabeza e incluso al lado de mi oreja, como si me estuvieran susurrando al oído.