Malenfant 11. HAZEL
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11. HAZEL

HAZEL

No sé cuánto tiempo ha pasado cuando la puerta se abre a mis espaldas y unos tacones golpean las baldosas del suelo de mármol del baño.

La señora Malenfant camina hacia mí con paso elegante y decidido.

Lleva una capa verde esmeralda y unos pendientes que le alargan todavía más el rostro.

Tiene el pelo recogido hacia atrás en una tirante coleta alta, igual que el día que llegué aquí por primera vez.

—Ponte de pie y date la vuelta, niña —me ordena.

Me permito unos segundos de rebeldía antes de obedecer a su orden. Con las manos, recorre mi pelo, mi rostro y la ropa que me han puesto, incluso se agacha para tocar mis zapatos.

—No está mal.

Por una vez, tengo que estar de acuerdo con Gwendoline Malenfant.

Las tres chicas han hecho un gran trabajo y la elección de vestuario ha sido bastante acertada, teniendo en cuenta que no sabemos a qué nos vamos a enfrentar hoy.

Me han puesto una camisa sencilla de manga larga y color crudo, unos pantalones negros un poco holgados y unos zapatos abrochados con unos cordones, de mi talla.

Además, sobre la encimera del baño han dejado una capa gruesa de color negro, por si tenemos que permanecer en el exterior.

—¡Marlowe!

El grito me hace dar un bote. Junto a la puerta, que se había quedado abierta, aparece su hijo.

A pesar del semblante tranquilo, algo me dice que él también tiene que estar nervioso.

No me imagino a un Malenfant yendo en contra de las decisiones de su familia y poniéndolos en riesgo porque sí.

Por eso, me sorprende que no refleje ni un ápice de inquietud por lo que está a punto de suceder hoy.

Él me mira de abajo arriba, y clava sus ojos en los míos.

—Estoy aquí, madre.

—Ven y haz lo que tengas que hacer. Y que una de esas cosas sea honrar tu apellido.

Sin decir nada más, la mujer se marcha. No esperaba que me diera una palmadita en la espalda, me agradeciera mi participación ni que me deseara suerte..., pero ni siquiera se despide al salir.

—¿Cómo estás? —me pregunta Marlowe cuando el sonido de los tacones de su madre se aleja más allá de la puerta.

Vuelvo a cruzarme con sus ojos azules y me encojo de hombros. Sé que no quiere saber si me encuentro bien o mal. Lo único que le interesa es si me veo con fuerzas para superar la primera prueba de El Ascenso.

—Viva —respondo. Al instante, me arrepiento de haber dicho algo tan estúpido.

—Bien, pues que siga así. Quedan treinta minutos para que arranque la prueba. ¿Estás preparada?

Suelto una risa seca, cargada de sorna, pero no digo nada más.

—Esa actitud no te hará ganar la prueba, princesa. Déjate de espectáculos y concéntrate en ganar. Hay que estar en el bosque quince minutos antes de que empiece. Sígueme.

Él me agarra del antebrazo, justo a la altura del tatuaje, y siento un pinchazo recorriéndome bajo la piel.

Lo sigo a mala gana mientras me saca del baño.

Me guía por un pasillo que huele a alfombras viejas, con las pinturas de las paredes manchadas de ronchas negras.

Juraría que una de ellas se ha movido, pero solo es producto de mi imaginación y de mi cansancio.

El pasillo termina en una sala enorme que, algún día, debió de ser una imponente biblioteca.

Las paredes y el techo están pintados de color rosa pastel, que combina de una forma muy elegante con las blancas estatuas que adornan la estancia.

El suelo está hecho de una madera diferente al resto de la casa, no parece tan húmedo como los demás, pero los libros no han logrado huir del moho.

Sigo a Marlowe hasta una de las esquinas de la estancia y entonces me doy cuenta de que, en el suelo, hay un gran hueco circular donde flota una sustancia plateada.

—Cruzaremos a la vez. No pasarás ni antes ni después de mí —me indica.

No he visto una Porta Fatum en mi vida, pero la reconozco por las fotos del manual que utilizábamos en las clases de Magia Etérea.

Esa circunferencia encajada en el suelo de madera es una puerta entre dos lugares que se conectan solo durante unos instantes, cuando se programa para ello.

Si esta es la primera vez que la veo en persona es porque son extremadamente caras y solo las familias de magos con mayor poder adquisitivo pueden permitirse los varios cientos de miles de libras que puede llegar a costar.

Una vez la compras, eso sí, dura toda la vida.

Se dice de ellos que son el medio de transporte más rápido y seguro que existe.

En cuestión de segundos, uno puede viajar de Escocia hasta el punto más lejano de Australia, si las leyes lo permiten, porque uno no puede simplemente aparecer en medio de Times Square o de un supermercado, o colarse en casa de un extraño.

Las Porta Fatum jamás se estropean ni se equivocan, siempre te llevan al lugar exacto bajo la indicación de su amo.

Así que supongo que este será mi camino hacia la primera prueba.

—No sé qué nos espera al otro lado —dice el segador—. Pero tienes que sobrevivir, Greenleaf. Busca dentro de ti ese instinto de supervivencia que...

—No lo haré —le espeto. Cuando lo digo en voz alta, suena como si estuviera firmando mi propia sentencia de muerte y, en parte, es justo lo que estoy haciendo.

Me niego a que Jack esté muerto y yo siga aquí.

No me imagino un mundo sin mi hermano, por más que él quisiera que yo siga adelante.

No me he dado cuenta hasta ahora de que lo que estoy haciendo, realmente, es despedirme—.

Participaré porque no me queda otra. La marca que me hiciste en el brazo me obligará, pero no haré nada que esté en mi mano para sobrevivir.

Levanto la cara y observo detenidamente sus ojos azules, del mismo color que el hielo del estanque de mi casa cuando se congelaba en invierno.

Malenfant frunce el ceño y me coge por los hombros, apoyándome contra la estantería más cercana.

No sé si ha medido bien o no su fuerza, pero siento los motivos dorados clavándose en mi espalda.

—Vas a salir ahí y vas a salvar tu pellejo y el de toda mi familia.

—Habla con los labios tan pegados que no sé cómo ha podido vocalizar para que lo entienda a la primera—.

Así que olvídate de juegos y sobrevive, princesa.

¿O crees que a tu hermano le gustaría saber que te rendiste a la primera de cambio?

La simple mención me hace hervir la sangre. Por supuesto que quiero seguir adelante por él, pero a veces pienso que sería mejor que lo hiciera otra persona en mi lugar. Quizá a mí no me queda nada por lo que luchar, pero por lo menos mi muerte puede salvar a otra persona. Y sin embargo...

—Hagamos un trato. —Mi lengua va más rápida que mi cerebro, pero ya es tarde para echarme atrás. La prueba está a punto de comenzar y esta es mi única oportunidad de hacer algo útil con mi participación—. Te ayudaré a ganar, pero quiero algo a cambio.

Mis palabras captan su atención y, por unos instantes, me parece que incluso sus pupilas se agrandan, porque el azul en sus ojos casi desaparece.

—No estás en posición de pedir favores —me recuerda.

—Pero tu supervivencia depende de la mía y, ahora mismo, estás tan desamparado como yo.

No dice nada más. Me imagino que por su mente estarán circulando un millón de pensamientos, vacilando entre confiar en mí o sumergirnos cuanto antes en el portal. Apenas quedan unos minutos para que arranque El Ascenso.

—Te ayudaré a ganar —repito— y tú te asegurarás de que mis amigos lleguen a la prueba final.

Malenfant resopla y hace amago de contestar.

—Ya sé que solo puede quedar uno —me adelanto, antes de que me recuerde las normas.

Desgraciadamente, las tengo grabadas a fuego en la mente.

La escena de Magnus recitándolas, como si todavía estuviera vivo, es imposible de borrar de mis recuerdos—.

Pero quiero que hagas lo imposible para que lleguen hasta el final.

Que tengan una oportunidad real de ganar.

Que, si alguien que no sea yo tiene que sobrevivir, sea Serenity o uno de los hermanos White.

Nos quedamos en silencio. Los siguientes segundos se me hacen eternos hasta que Malenfant responde.

—No puedo garantizarte eso. Ni siquiera sé cómo van a ser las pruebas. Y, con Serenity como campeona de los Aurigae..., siento decirte que ya puedes dar a tu amiga por muerta esta misma tarde.