Malenfant 10. HAZEL
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10. HAZEL

Me despierta el siseo del basilisco, haciendo círculos alrededor de mi jaula.

Estoy segura de que, si pudiera atravesarla, me habría devorado hace días.

O semanas. Realmente, no sé cuánto tiempo llevo aquí.

El sótano no tiene ventanas y ya no me fío de mis ritmos circadianos para saber si es de día o de noche.

A veces puedo intuir que han pasado veinticuatro horas porque escucho el sonido de una criatura parecida a un gallo que cacarea tres veces poco antes de que me traigan la cena.

La serpiente me mira fijamente al darse cuenta de que me he despertado. Quizá pensaba que había muerto y estaba esperando a que sus dueños eliminaran la barrera mágica que nos separa para...

De pronto, la puerta del sótano se abre de golpe y Marlowe Malenfant aparece con el rostro inexpresivo. Viste un traje oscuro, me parece que es verde, aunque no sé si es un efecto óptico del falso fuego que ilumina el sótano o que mis sentidos comienzan a fallar.

—Levántate —me ordena—. La primera prueba comienza en dos horas.

Me da un vuelco el corazón, pero no permito que mi angustia se perciba desde fuera. No quiero darle el gusto de disfrutar de mi miedo.

Malenfant atraviesa la esfera bajo la atenta mirada del basilisco y me agarra del antebrazo. Me levanta del suelo con un gesto brusco que hace que casi choque contra él. Me siento débil, sucia y patética, como si algo hubiera absorbido la poca vida que quedaba en mi interior.

—Las criadas te adecentarán un poco. —Siento su mirada recorriéndome de arriba abajo—. No puedes salir así en público. También te darán comida y agua. No sé si está permitido el uso de pociones en El Ascenso, así que tendrás que espabilarte tú solita.

Sin esperar a mi respuesta, se da la vuelta y abandona la esfera de seguridad.

Le hace un gesto a la serpiente para que lo siga, pero el basilisco me observa durante unos segundos, desafiando las órdenes de su amo.

Sus ojos se posan en los míos, como si me estuviera advirtiendo que contará mis días, y después sigue al chico por las escaleras.

Me quedo sola durante unos minutos. Solo puedo pensar en lo que pasará a continuación.

El Ascenso serán cinco pruebas, pero no sé hasta cuál podré seguir con vida.

La idea de volver a ver morir a mis amigos me trae recuerdos de la batalla final, y de Jack.

A veces me pregunto qué pensaría al verme aquí.

Al verme así. ¿Querría que luchara? Conociéndolo, me pediría que aguantara hasta el final para, después, acabar con los Malenfant.

Pero hay un pequeño problema con el que no sé si habría contado: en el caso de que yo gane, seré la única persona de la resistencia que seguirá con vida.

Sin embargo, en El Ascenso, todos los rebeldes seleccionados nos presentamos frente a la muerte por igual, sin tener en cuenta nuestra edad, si somos alumnos del internado o si terminamos nuestros estudios mágicos hace varias décadas.

Después de la matanza, solo quedamos trece.

Los tres únicos adultos que fueron elegidos habían sido profesores del internado durante años y el padre de una alumna.

Morgana Vexley había dado clase de Duelo y Estrategia desde hace varias décadas, incluso los padres de algunos alumnos actuales habían estado en sus cursos.

Alaric Quell, aunque llevaba menos tiempo, se había convertido en un referente de Botánica.

Se rumoreaba que tenía cierta conexión con los Aurigae y que habían trabajado juntos en la elaboración de alguna poción prohibida mediante el suministro de ingredientes muy difíciles de encontrar o de cultivar, pero todo eran habladurías, ya que en la guerra el profesor se puso de nuestro lado.

Después estaba Veyron Nox, que había luchado junto a su hija Ivy hasta el final.

El resto de los supervivientes éramos jóvenes.

Algunos, como Caleb y yo, estábamos en los últimos días de Aurum, a punto de graduarnos.

Otros ya habían salido de Stonefell hace tiempo, como Alice, o todavía estaban estudiando cuando estalló la guerra.

Theo Hall era el más pequeño de todos. Su supervivencia era pura casualidad, porque tan solo llevaba unos pocos años aprendiendo a utilizar su magia cuando estalló la guerra.

Después estaban los hermanos White, a los que conocí la primera semana de clases.

Y, por supuesto, Serenity. Al resto de los alumnos que sobrevivieron a la guerra los conozco de vista, pero no sé cómo se llaman.

La puerta del sótano se vuelve a abrir y aparecen tres mujeres con la cabeza baja.

Visten unas capas anchas y marrones, como un saco viejo de patatas.

En un instante, la esfera a mi alrededor se deshace en el aire y se acercan a mí.

Es entonces cuando me doy cuenta de que las tres chicas, que tendrán dos o tres años menos que yo, son exactamente iguales.

Podrían ser trillizas, pero hay algo en su expresión que me recuerda a uno de los hechizos más crueles que estudiamos en el internado: mirrorem , o la maldición clonadora.

Por supuesto, estaba prohibida desde el mismo momento en el que se inventó, pero no era difícil encontrar un frasco en un callejón oscuro si uno sabía dónde buscar.

.. y tenía suficiente dinero en el bolsillo.

Las tres mujeres me hacen un gesto idéntico para que las siga.

Solo tengo un segundo para poder analizarlas.

Las tres tienen el mismo pelo castaño, con la misma longitud.

Una peca idéntica marca su mejilla derecha.

Hasta caminan con el paso acompasado, como si se tratara de un desfile militar.

No puedo evitar sentir pena por ellas. Una vida así debe de ser tan humillante como mediocre.

Las obedezco sin rechistar. Ellas son tan prisioneras como yo.

Si hubiera sido una orden de Malenfant, habría tenido que hacerlo igual, pero solo por el tatuaje de espinas que recorre mi antebrazo y me recuerda que ahora mismo soy de su propiedad.

Al final tanto ellas como yo nos hemos convertido, de una forma u otra, en marionetas de la misma familia.

Se colocan a mi alrededor, como si quisieran asegurarse de que no voy a salir corriendo.

No sé cómo explicarles que ni siquiera podría llegar a la puerta principal de la mansión Malenfant sin que el tatuaje me estrangulara.

Estudiamos este tipo de marcas en el segundo curso de Aurum y no necesitaba hacer preguntas para saber las consecuencias que tendría intentar escapar.

Además, sin magia y sin fuerza en las piernas, tampoco es que pueda llegar muy lejos.

Fantaseo sobre la posibilidad de encontrar una estación de tren cercana, pero ni siquiera sé en qué zona estoy.

Subo las escaleras a duras penas, sintiendo que me falta el aire cuando llego al final del primer tramo.

Me tengo que parar para recobrar el aliento, pero una de mis escoltas me empuja desde atrás y me obliga a seguir.

Los músculos de las piernas se quejan con cada paso que doy.

Las sigo por un laberinto de pasillos hasta llegar a una habitación recubierta de baldosas azul oscuro y suelos de mármol, un baño más grande que el salón de la casa de mis padres.

Durante la siguiente hora, dejo que las mujeres me lleven de un lado a otro.

Sin mediar palabra, se organizan para bañarme, arreglarme el pelo y vestirme con una ropa neutra.

Me dejan unos minutos en la bañera, sumergida en un agua tan caliente que parece un abrazo del mismísimo infierno.

Después me frotan la piel con un cepillo de cerdas duras.

Termino con una sensación de ardor desde la frente hasta la planta de los pies, pero ni siquiera tengo fuerzas para quejarme, porque sé que hay dolores que son mucho peores que este.

Al final, parezco una nueva versión de mí misma.

La pérdida de peso me hace parecer enferma, pero mi piel ha revivido con un tono rojizo y mi pelo tiene un brillo diferente.

Las chicas me ofrecen comida y bebida. La pruebo sin rechistar, aunque con más calma que la última vez.

Según Malenfant, puede que las pociones estén prohibidas, pero estoy casi segura de que el líquido que han servido en mi vaso está tan bueno porque podría estar mezclado con algún tipo de fórmula mágica.

Hasta su sabor es diferente. Escuece cuando me roza los labios secos porque, a pesar de que me los han exfoliado y de que me han curado las heridas, todavía hay zonas sensibles.

Mi estómago parece aceptar bien la comida y poco a poco voy recuperando las fuerzas. Haberme bañado y llevar ropa limpia también ayuda, aunque el olor a manzana del suavizante me da náuseas.

Las tres mujeres me miran a la vez, dándome a entender que su labor ha terminado.

—Gracias —murmuro.

Ellas asienten con la cabeza y se van. Su coordinación, así como su silencio, me pone los pelos de punta.

Sin duda, han sido víctimas de una maldición mirrorem .

Hasta parpadean al mismo tiempo. No me quiero ni imaginar lo dura que tiene que ser su vida: comparten su dolor, igual que pasaría con un golpe, como si estuvieran enganchadas por una correa invisible alrededor del cuello y del corazón.

Las tres se dan la vuelta y se marchan, dejándome sola frente al espejo del baño.

No intento buscar una escapatoria porque sé que estoy atada a este lugar, así que devuelvo la mirada a una nueva versión de mí que no me convence.

El maquillaje ha logrado cubrir mis ojeras, pero no el cansancio que gritan mis ojos.