Malenfant 9. MARLOWE
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9. MARLOWE

MARLOWE

—No te acerques.

Madre extiende el brazo, creando una barrera frente a la cama de mi padre cuando intento acercarme a hablar con él. Su estado ha empeorado de la nada. Aunque se encuentra estable, solo abre y cierra los ojos, murmurando palabras sin sentido cada vez que recobra el conocimiento.

Doy un paso atrás y bajo la cabeza. No quiero enfadarla más y menos ahora. Me preparo para abandonar la enfermería improvisada de la mansión Aurigae cuando su mano fría me agarra por el codo.

—Espera, no te vayas. Quiero hablar contigo.

Me hace un gesto con la cabeza, señalando hacia la puerta.

Camino en silencio detrás de ella hasta que dejamos atrás el sonido de la poción burbujeando en el centro de la sala.

Mi madre cierra la puerta. No sé si mi padre nos podrá escuchar, pero es mejor que se recupere tranquilamente al margen de todo lo que está pasando.

Mañana empieza El Ascenso y se palpa la tensión en cada esquina de la casa.

—Tu padre me dijo hace unos días que el hijo de los Aurigae te había propuesto una alianza.

—Sí —respondo, tajante.

La verdad es que no he parado de pensar en ello. Las dos últimas veces que he venido a visitar a mi padre he sentido pánico de cruzarme con Alec, porque todavía no tengo una respuesta. Pero estoy convencido de que mi madre está a punto de aclarar mis dudas.

—¿Qué quería exactamente? —me pregunta.

Me da la impresión de que ya lo sabe, que habrá estado maquinando a mis espaldas con el padre o el abuelo de Alec.

—No me dio muchos más detalles, solo me propuso colaborar en algunos momentos del torneo.

Mi madre frunce el ceño.

—¿Algunos momentos? —Medita mis palabras durante unos segundos—. Bueno, no le falta razón. Al final, uno tendrá que separarse del otro para hacerse con el poder... o traicionarlo. ¿Aceptaste su invitación?

—No llegué a responderle —le confieso, por no decir que fue ella misma la que interrumpió nuestra conversación al gritar mi nombre como si fuera un niño de cinco años que ha hecho una travesura.

—Bien —murmura ella—. Creo que deberías aceptarla.

No respondo porque sé que no es una sugerencia. Mis padres no toman ninguna decisión a la ligera ni dejan nada al azar. Me quedó claro en la guerra, cuando mi madre abandonó el frente, sospecho que para preparar el camino por si las cosas salían mal.

—Pero al final solo puede quedar uno —le recuerdo, porque ese es el punto que más me preocupa—. En algún momento, uno tendrá que traicionar al otro.

—No si él muere antes.

Me fascina la facilidad con la que mi madre habla de la muerte, aunque supongo que solo es un efecto secundario de la guerra.

Aun así, no me imagino a ningún segador enfrentándose a Alec.

Sería una afrenta directa a los Aurigae y nadie quiere tener un enemigo tan poderoso.

Ni siquiera mis padres. Nosotros seremos capaces de controlar a las bestias más mortíferas, pero su talento para crear nuevos hechizos y pociones de lo más retorcidos los hace temibles.

Aunque quizá lo hace aún más que sepan aprovecharse social y económicamente de ello.

—Su participante no tiene muchas oportunidades —le recuerdo a mi madre, pensando en Serenity—. Todavía no sé cómo ha sobrevivido estos últimos meses.

—Aun así, debes unirte a los Aurigae mientras te beneficie —ordena—. Piensa en tu familia, Marlowe. Solo nos tenemos a nosotros tres.

No sé si se refiere a que mi prima Visinia, la única otra Malenfant que quedaba, murió hace unos días en la guerra.

Mi madre traga saliva, busca mi mano en el aire y yo se la doy, incapaz de sentir su tacto a través del guante.

Por un instante, lo siento como si me hubiera transmitido una descarga eléctrica por todo el brazo.

Pero no, tan solo es un intento burdo de una muestra de cariño falsa.

Me impresiona que haya sido capaz de decir eso último en voz alta.

Durante toda mi vida he sentido que siempre era yo contra el mundo, yo solo contra todos los demás.

.., y creo que no se me ha dado mal disimularlo.

Mis cumpleaños nunca fueron algo especial, jamás recibí una palmada en la espalda tras sacar excelsos en todas las asignaturas de Aurum.

Por lo menos, en las que pude cursar hasta que estalló la guerra.

Ni siquiera vinieron en los días de visita del internado.

Eso sí, a mis padres no les dolía sacar la cartera para lo que necesitara para las clases o incluso algún antojo.

Pero los regalos y caprichos no llenan un vacío de ausencias y desdén, sobre todo porque ni siquiera tenían detrás una intención real.

Solo era una forma de callarme, de mantenerme entretenido mientras los adultos hablaban de temas más importantes.

—Cuando ganes —sigue hablando mi madre—, habrá que pensar qué hacemos con Greengrass.

—Greenleaf —le corrijo.

—Será un incordio con el que deberemos lidiar.

Se me ocurre una idea que sé que le encantará. Aunque El Ascenso todavía no ha empezado, el juego ya ha arrancado hace mucho tiempo. Y yo también tengo que ganarme a las únicas personas que velarán por mi seguridad cuando esté jugándome la vida en el torneo: mis padres.

—No te preocupes, madre —le digo, con la bilis subiéndome por la garganta—. Yo mismo me encargaré de matarla cuando hayamos ganado El Ascenso.