Malenfant 8. HAZEL
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8. HAZEL

HAZEL

No puedo evitar soñar con Jack. Por más que intente despertarme cada vez que veo su cara, mi cuerpo vuelve a ceder y regreso a un sueño en el que presencio su muerte en bucle, una y otra vez.

Después de tres veces reviviendo cómo Magnus lo mata, por fin mi sueño cambia.

Ahora somos pequeños y estamos en la puerta del internado, esperando que digan en voz alta nuestro apellido para entrar.

Somos, por lo menos, ciento cincuenta alumnos de siete años, apurando los últimos segundos que pasaremos con nuestros padres antes de no volver a verlos hasta junio.

La mujer de la entrada, vestida con prendas oscuras y regias, comienza a leer los nombres, ordenados alfabéticamente por nuestro apellido.

—¡Alec Aurigae!

Todo el mundo se queda en silencio mientras el primer niño atraviesa las puertas de Stonefell.

Lo miro con curiosidad y no puedo evitar preguntarme si algún día será mi amigo o si nos llevaremos mal.

En ese momento no entendí el silencio que reinó entre los padres al escuchar su nombre, incluso cuando no volvió a repetirse cuando llamaron a otros niños.

Ahora me doy cuenta de que lo provocó su apellido.

Desconocimiento, respeto, admiración, miedo. ..

—¡Hazel Greenleaf!

Dicen mi nombre antes que el de mi hermano, así que miro hacia atrás una última vez, despidiéndome de mis padres con una expresión cargada de pánico, y atravieso las enormes puertas de madera.

Jack entra justo después y nos quedamos uno al lado de otro, observando a nuestros nuevos compañeros.

Recuerdo que mi primera impresión del internado fue que parecía un lugar demasiado serio para que un grupo de niños aprendiera magia.

Pero años más tarde fui comprendiendo que había algo en sus paredes de piedra y ese estilo gótico inglés tan característico que cuadraba a la perfección.

Ahora solo era un lugar al que nunca podría regresar.

Unas antorchas iluminan la estancia, que termina en unas enormes escaleras de caracol. La primera vez que las vi ni siquiera me di cuenta de que el fuego era verde. Estaba tan nerviosa que mi mente no era capaz de procesar tanta información nueva. Ahora lo veo todo con otros ojos.

Un niño rubio se acerca a Alec Aurigae y se saludan, como si ya se conocieran de antes.

No son los únicos, porque hay otros alumnos hablando entre ellos en pequeños corros.

Por momentos como ese, siempre era una ventaja tener un hermano mellizo.

Nunca estaba sola. Por más que pudiéramos discutir, sabía que contaba con un confidente, un pedacito de mi hogar incluso en un internado del que solo podíamos salir en Navidad y las vacaciones de verano.

Me da un pinchazo en el pecho al verlo de nuevo, pequeño e inocente.

En teoría, en los sueños no se siente dolor, pero yo lo noto igualmente en el centro del pecho.

Jack tiene el mismo pelo oscuro y rizado, aunque muchas más pecas que cuando lo vi por última vez.

Sus ojos verdes son un calco de los míos.

A diferencia de otros niños, Jack no está asustado, sino que la situación parece emocionarle.

Mira a su alrededor, buscando a alguien con quien hablar, y sonríe a un grupo de chicos con los que cruza la mirada.

Me sorprendo al darme cuenta de que era un poquito más bajo que yo, una característica que cambió en cuanto empezamos el tercer o cuarto curso.

Recuerdo que Jack me picaba con eso, me decía que me había tomado una poción que había frenado mi crecimiento.

Jack siempre fue el bromista de los dos, y ahora daría lo que fuera por volver a escuchar esas palabras que antes me molestaban tanto.

La escena sigue, pero por algún motivo las imágenes se desvanecen, me despierto y no puedo volver a conciliar el sueño.

Encerrada en aquella celda casi invisible, pierdo la noción del tiempo y me empiezo a acostumbrar a escuchar los chillidos de las criaturas mágicas que deben de estar manipulando en algún lugar de la casa.

El basilisco viene a visitarme de vez en cuando, pero me hago la dormida para evitar cruzarme con sus ojos.

Me da la impresión de que cada vez que lo veo baja la temperatura de este sótano.

Después de varios días, empiezo a comer por pura supervivencia.

Cuando Malenfant entra en mi jaula con una bandeja, el cuerpo decide antes que la cabeza.

He intentado luchar contra el hambre, engañar a mi mente para que piense que ya he comido, que no necesito más, que las señales que me manda son contradictorias.

.., pero mi cuerpo está demasiado débil y los pensamientos comienzan a nublarse, confundiéndose entre ellos.

Ni siquiera me da vergüenza lanzarme a por la comida delante de él.

Empiezo por el cuenco lleno de gachas. Están tan calientes que me arde el esófago al tragarlas, pero el cuerpo me pide que engulla más rápido ahora que le ha llegado el olor a comida.

No me puedo ni imaginar la imagen que estará viendo el segador: una persona desquiciada, con el pelo sucio y enredado, las manos en carne viva de morderme los pellejos de las uñas y la mirada perdida.

—Me alegro de que comas algo —dice él, aunque ni lo miro a la cara—, pero ve con cuidado. Llevas muchos días sin probar bocado y podría ser malo.

—Cállate —le espeto, con la boca llena de un pescado blanco que no logro identificar.

Alguien ha tenido la deferencia de quitarle las espinas. Aunque solo haga falta un sencillo conjuro, agradezco el gesto. Si no, estaría tosiendo con los ojos llenos de lágrimas. Por lo menos, ahora solo me pasa lo segundo.

—La primera prueba es en tres días —me informa.

Pero mi mente sigue centrada en la comida. Termino el pescado, aunque sé que después volveré a rebañar el plato, porque se me han caído unos pequeños trozos. Muerdo la manzana verde con tanta fuerza que me hago daño en las encías.

—No sabemos en qué consistirá, pero tienes que estar preparada para todo. Es posible que, por ejemplo, te pongan a prueba físicamente. En ese caso, tendrías que...

—¡Cállate!

Esta vez, mi grito le pilla por sorpresa. El eco de mi voz retumba por las paredes del sótano. Aun así, el rostro de Marlowe Malenfant permanece impasible.

—Come más despacio —repite.

—No te molestes en darme órdenes. ¿De verdad crees que voy a entrar a vuestro estúpido juego? Estoy muerta de todas formas. Lo estoy desde que acabasteis con la vida de mi hermano. No hay nada, nada, con lo que puedas atormentarme, porque no me queda nadie por quien luchar.

Mi pequeño monólogo parece sorprender al segador.

—¿Ah, no? —me pregunta—. ¿Y qué hay de los hermanos White y de Serenity Spic? ¿Es que ya no te importan?

Me río, todavía con un trozo de manzana en la boca.

—No sé con quién están los White, pero estoy segura de que Serenity estará bien protegida. No creo que nadie se atreva a retar a Alec Aurigae. Está muy claro que va a ganar él.

Él inclina la cabeza.

—Estás muy segura —me dice.

No es una pregunta, pero, aun así, respondo:

—¿Tú te vas a atrever a llevarle la contraria? ¿Sabes lo que supondría para tus padres que te enfrentes a él, aunque pierdas? —le espeto—. Los matarán de todas formas, Malenfant. Así que no te molestes en intentar vencer otra guerra que ya está perdida.

Creo que he tocado un tema complicado, porque salta enseguida.

—Yo que tú no estaría tan tranquila, princesa. ¿Sabes lo que ha estado haciendo tu amiguita Serenity mientras tú estás aquí, durmiendo, a salvo y con comida y bebida diaria que te empeñas en rechazar?

De pronto, se me cierra el estómago. Lo puedo imaginar, pero no quiero creer que Aurigae haya sido capaz de algo así. Sin embargo, la expresión de mi captor lo confirma.

—Yo te lo diré. Alec la ha estado violando repetidamente, a veces con una poción paralizante.

He estado en su casa y he escuchado sus gritos desde el ala sur de la mansión.

Y, créeme, no eran placenteros. Hasta las criadas me miraron con una expresión de pánico en el rostro, intentando pedirme ayuda en su nombre para que. ..

—Basta —le corto—. Basta, basta ya.

Marlowe Malenfant da un paso hacia mí.

—Tu amiguita se ha convertido en la burla de los Aurigae, en su mascota, algo así como un trofeo viviente para demostrar su poder. Agradece que no hagamos lo mismo contigo y lucha a nuestro lado para sobrevivir.

—No tengo nada por lo que vivir —le recuerdo.

—Pues invéntatelo, porque lo vas a necesitar. —Hace una pausa antes de seguir insistiendo—: ¿Y qué hay de Caleb? Parecíais muy cómplices cuando os encontraron en su casa.

Agradezco que esté oscuro, porque siento que las mejillas se me tiñen de color rojo. No sé si de vergüenza o de rabia.

—Caleb ya no es nada para mí —miento, porque es la única forma que tengo de protegerlo ahora mismo: que piensen que no me importa.

En realidad, hace tiempo que nuestra relación se acabó.

Pero, aunque la pasión y el amor se quedaron a un lado, seguíamos preocupándonos el uno por el otro.

Cuando cortamos, prometimos dejar el drama aparcado para no complicar más las cosas en nuestro grupo de amigos.

Otra ruptura reciente había trastornado por completo la dinámica y no queríamos hacer lo mismo en vísperas de la guerra.

—No estoy tan seguro.

Marlowe Malenfant da otro paso hacia mí. Me analiza con esos ojos azules que atraviesan cada uno de mis pensamientos, como si pudiera leerlos.

Trago saliva.

—No puedes coaccionarme. Estoy muerta por dentro.

Él mueve la cabeza, perdiendo la paciencia.

Después, da otro paso hacia mí y se inclina, acercándose peligrosamente a mi cara.

Siento un torrente de rabia recorriendo mis venas y, sin pensarlo dos veces, me abalanzo sobre él.

Enseguida, un campo de fuerza me empuja hacia atrás y caigo de espaldas sobre el suelo del sótano.

Se me escapa un gruñido, lo que alimenta todavía más la satisfacción de Malenfant.

Vuelve a acercarse y, aunque intento alejarme, mi cabeza se golpea contra el final de la jaula y siento una corriente eléctrica que me abrasa.

Me arde la espalda. Me incorporo con cuidado.

El chico me tiende su mano enguantada para ayudarme, pero la rechazo.

Cuando por fin estoy de pie, me agarra del cuello y me vuelve a estampar contra la barrera invisible de la esfera que me tiene prisionera.

Acerca sus labios a mi cuello, justo debajo de mi oreja.

—Ten cuidado con esos deditos, princesa —me amenaza en un susurro—. Algún día podría cortártelos uno a uno. Y, créeme, aunque no te haría gritar como a tu amiga, disfrutaría igualmente del proceso.

Siento que todo a mi alrededor empieza a volverse negro, poco a poco, como si la oscuridad me estuviera tragando.

La mano de Malenfant ejerce cada vez más presión en mi cuello, sobre todo a los lados, y aunque no tengo mucho problema para respirar, siento que la sangre me deja de subir a la cabeza. Mi visión se va oscureciendo.

Y después, tan rápido como se ha acercado, el segador me suelta y se aleja, dándome la espalda solo cuando sale de la jaula.

Me vuelvo a quedar sola en el sótano. Quizá no ha sido buena idea comer tan rápido, porque siento que la comida va a abandonarme en cualquier momento.

Me dejo caer de rodillas sobre el suelo, tratando de relajarme.

No puedo vomitar, no ahora. Será una tortura volver a aguantar toda la noche sin saber qué hora es ni cuándo llegará la siguiente bandeja.

Siento el agarre de su mano sobre mi cuello durante los siguientes minutos.

Me incorporo, pero enseguida me doy cuenta de que el movimiento ha sido un error.

Mi cerebro empieza a mandarme señales de alarma y se me llena la boca de saliva.

No puedo evitarlo. Vomito sobre el suelo, en el centro de la jaula, hasta que no queda nada más dentro de mí.

Se me saltan las lágrimas del esfuerzo, pero también de la rabia.

Me llevo una mano al cuello y siento que me arde.

Junto a la espalda y al estómago, el dolor es insoportable.

Rompo a llorar de nuevo, perdiendo el control.

Pego la cara al suelo y mi boca se llena del sabor salado de la piedra, que llevará años sometida a la humedad y la falta de luz.

Me deshago en lágrimas mientras pienso en Serenity, en Caleb y Alice y en mi hermano.

Al ver la imagen de Jack en mi mente, tan vívida, tan real, se me corta el llanto.

Me lo imagino mirándome, hecha un asco y tirada en el suelo, y enseguida me recompongo.

Si mi hermano me viera así, se avergonzaría.

Si siguiera con vida, habría seguido luchando.

Incluso habría recibido la noticia del torneo como una oportunidad para vengarse.

Trato de pensar como lo haría él. ¿Qué estrategia seguiría Jack en mi lugar?

Y entonces lo veo todo con claridad, a pesar del cansancio, el hambre y el dolor: Jack habría aguantado hasta el final para después derrotar a la familia segadora que ganara el torneo.

Lo tengo claro. Nunca quiso mancharse las manos de sangre, pero la guerra había llegado a un punto en el que los valores habían quedado por debajo de la supervivencia.

Me pongo de pie, sintiendo una nueva fuerza dentro de mí. Quizá sí que me queda algo por lo que luchar, algo que no había tenido en cuenta hasta ahora: su memoria.