Malenfant 6. MARLOWE
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6. MARLOWE

MARLOWE

El ala sur de la mansión Aurigae es la más fría y húmeda de todas.

Me pregunto si será el mejor lugar para cuidar a una persona convaleciente que ha estado a punto de morir en la guerra.

Sin embargo, en cuanto entro en la habitación donde yace mi padre, lo entiendo.

Un enorme caldero burbujea en el centro de la estancia, emanando unos efluvios que me embriagan los sentidos.

Los techos son altos y oscuros, igual que las paredes recubiertas de madera.

Llamas naranjas parecen bailar sobre unas velas que nunca se consumen.

¿Cuántos años llevarán aquí? El origen de la familia Aurigae se remonta más siglos atrás que la Malenfant, así que habrán pasado decenas de personas, posiblemente cientos, con el mismo apellido.

—¿Cómo está? —pregunta mi madre.

Detecto un matiz de ansiedad en su voz. La miro de reojo antes de centrar la vista en mi padre.

Esperaba encontrarlo desmejorado, con ojeras y heridas de la guerra.

Sin embargo, parece que esté sumido en un plácido sueño, demasiado cómodo para despertar.

No tiene mal color y no me extraña. A su alrededor hay todo tipo de frascos de pociones, ungüentos y anotaciones de cada una de las tomas y aplicaciones.

Cuento por lo menos a cuatro personas que se están encargando de su cuidado.

Quizá me equivoqué al pensar que mi padre debería haberse quedado en casa.

Está claro que los Aurigae se están esforzando en que recupere sus fuerzas lo antes posible.

—Hoy ha mejorado —responde una mujer. Su voz es cálida y amable, a diferencia de la de mi madre cuando sigue haciendo preguntas.

—¿Qué le estáis dando? ¿Qué es esta poción que huele a vinagre?

Mi madre se acerca al caldero, guiándose por el olfato, y trata de identificar el olor del vapor que emana de él.

—Son fórmulas magistrales del señor Augustus Aurigae, señora. La que está oliendo ahora mismo es una mezcla de la poción noctilius con unas hierbas que regeneran la salud del paciente durante el sueño.

Mi madre no parece convencida, pero su ceño se va relajando a medida que pasa el tiempo. Se acerca a la cama en la que está postrado mi padre y le pone una mano sobre el pecho, temerosa.

No quiero acercarme. No quiero romper su momento y tampoco creo que a mi madre le guste que lo haga.

Durante todos estos años, he aprendido a las malas que debo mantenerme en un segundo plano.

No pregunto, no cuestiono, no formo parte de las grandes decisiones familiares.

Simplemente coexisto con ellos y mantengo vivo el apellido Malenfant, supongo.

A veces me pregunto por qué mis padres no tuvieron más hijos.

Otras, lo entiendo. Si apenas me dedicaron tiempo a mí durante la infancia, no puedo imaginar lo que habría pasado si hubiera habido otro niño más en casa.

Por lo menos, el internado se había convertido en mi hogar.

Un refugio donde encontré a mis verdaderos amigos, mi ambición y una validación externa que nunca recibí en casa.

Ahora Stonefell ya no existe. La mitad de los profesores han muerto y apenas quedan alumnos.

Lo bueno de crecer al margen de la realidad es que aprendes a desconectar de tus propios sentimientos.

En ese momento en el que nada puede hacerte daño te conviertes en invencible.

Nunca me asustó la soledad; de hecho, la abrazaba como una vieja amiga en las vacaciones de verano.

Tampoco me preocupó que la gente se alejara de mí, ya que nunca los necesité conmigo.

Poco a poco, desde la adolescencia, fui creando una coraza que nadie había podido traspasar. Ni siquiera yo mismo.

—Damascus, ¿puedes oírme?

Vuelvo la vista a la cama. Mi padre mueve la cabeza con cuidado, como si hubiera estado postrado durante años en la misma posición. Una cuidadora se acerca para comprobar su estado, pero mi madre la aparta con tan solo un gesto con la mano. Camino hacia ellos, esperando no recibir el mismo trato.

—¿Cómo te encuentras?

—Marlowe, déjanos solos —espeta mi madre, y levanta la voz para dar órdenes en una casa que ni siquiera es la suya—; quiero que todo el mundo salga de esta habitación hasta que indique lo contrario.

No lo cuestiono. Aun así, abandono la estancia con la cabeza alta, dejando atrás el burbujeo de la poción.

Regreso al salón principal, rezando para no cruzarme con nadie, pero choco con fuerza contra Alec Aurigae cuando giro la esquina del pasillo que lleva a la sala donde yace mi padre.

Alec se lleva la mano al hombro, molesto por el golpe.

—Oye, Malenfant, mira por dónde vas —bromea, frotándose la zona.

—Joder, ¿así es cómo tratas a tus invitados? —le respondo con el mismo tono.

Alec me da una palmada en el hombro y sonríe. Viniendo de él, esa mueca solo puede significar algo malo.

—¿Sabes de dónde vengo? De probar la poción ignoriance con Serenity.

Me invade una sensación de incomodidad. Sabía que Alec estaba enfermo, pero no esperaba que llegara hasta ese punto cuando eligió a Serenity Spic entre todos los indignos.

—¿Tanto te cuesta conseguir que una mujer te haga caso que tienes que anularle la voluntad con una de vuestras recetitas?

Mi comentario parece no gustarle demasiado, pero Alec se lo toma bien. Siempre hemos convivido en una mezcla extraña de amistad por conveniencia y enemistades familiares heredadas en contra de nuestra voluntad.

—Si me gustaran las peleonas, me habría ido con la tuya. Anda que... menuda cagada de elección, ¿no? ¿No quedaba otra?

Estoy a punto de contestar, pero me doy cuenta de lo que está pasando. Alec ya está jugando. El Ascenso, lo quiera o no, ya ha empezado.

—Bueno, en ese momento pensé que un buen cerebro podría dar algo de ventaja a mi familia. —Tanteo el terreno, intentando no descubrir todas mis cartas—. Obviamente, me equivoqué. La chica es una negada. No levantaría ni un dedo si se lo pidiera.

Alec resopla.

—Por lo menos cuando muera ya no quedará ningún Greenleaf que mancille el nombre de la Muerte.

—Alec chasquea la lengua y mira a su alrededor antes de seguir hablando, esta vez en un tono mucho más bajo—.

Oye, mi familia está bastante cabreada con mi decisión.

Creen que solo he elegido a Serenity porque quería. .., ya sabes...

—Violarla —termino la frase por él, aunque estoy convencido de que Alec no iba a usar esa palabra.

El chico se encoge de hombros.

—Bueno..., sí, más o menos. Pero fue bastante aburrido, ¿sabes? Me gusta más cuando ponen resistencia...

En ese momento, la puerta al final del pasillo que da a la habitación de mi padre se abre.

—Señora Malenfant —le saluda Alec.

Pero mi madre lo ignora y me habla directamente a mí. Desde que perdió la vista de pequeña, es como si su poder se hubiera refinado para suplir los sentidos que le fueron arrebatados.

—Ya puedes pasar a hablar con tu padre.

—Bueno, supongo que te veré por ahí —me despido de Alec.

—¡Espera! —Alec me vuelve a agarrar por el hombro, esta vez con más fuerza—. No sé si las alianzas estarán permitidas en El Ascenso, pero creo que podríamos plantearnos colaborar en algún momento del torneo.

—¡Marlowe! —insiste mi madre desde el fondo del pasillo.

—Perdona, Alec, tengo que irme.

Para cuando llego hasta ella, ya se ha esfumado sin decir nada más. No creo que me espere para volver a casa, pero aun así prefiero su abandono que continuar con esa conversación.