Malenfant 5. HAZEL
12%

5. HAZEL

HAZEL

Hace frío. En cualquier otra ocasión habría invocado unas bolas de fuego, incluso una hoguera improvisada.

Solo habría tenido que desearlo y la magia se habría encargado del resto, fluyendo a través de mi cuerpo y manifestándose en la punta de mis dedos.

Pero ahora soy una prisionera de la familia Malenfant y mi magia no funciona en ningún lugar de la casa.

El ambiente apesta a humedad y el suelo está mojado, como si este lugar hubiera permanecido inundado durante semanas y hubieran vaciado el agua ahora que he llegado yo.

En las paredes hay marcas de arañazos que no parecen humanas.

Podría pensar en huir, pero no creo que sean tan estúpidos como para ponérmelo así de fácil.

Cuando ha llegado el momento de seleccionar a los participantes de El Ascenso, Marlowe Malenfant enseguida lo ha tenido claro.

Otros segadores se han peleado por los rebeldes más fuertes, si es que a alguno todavía le quedan fuerzas para luchar.

Incluso Alec Aurigae ha utilizado esa oportunidad para burlarse de Serenity y convertirla en su esclava. .. o algo peor.

Pero tengo que admitir que el heredero de los Malenfant, por una vez, ha tomado una decisión certera.

No ha ido a por músculos ni venganzas personales.

Tampoco me ha elegido por ser la alumna con mejores notas en el internado.

Me ha escogido porque sabe que hay algo mucho más fuerte que la inteligencia: la sed de venganza.

Lo que no sabe es que no le seguiré el juego en el torneo.

No me enfrentaré a mis compañeros ni le daré la satisfacción de que su apellido pase a la historia de la magia.

He visto la muerte con mis propios ojos, y no la misma muerte que ellos adoran.

La de mis padres, mi hermano y, tan solo hace unas horas, también la de decenas de rebeldes que habían sobrevivido a varios años de la guerra.

Tanto dolor, tanta angustia para terminar reducidos a polvo porque solo podíamos quedar trece participantes.

Unos pasos apresurados resuenan en la escalera que lleva al sótano.

Miro fijamente hacia la puerta, pero no doy un paso atrás.

Estoy encerrada en una jaula apenas visible, rodeada por hechizos que no me permiten salir, así que ni siquiera lo intento.

Mi magia no funciona y no creo que la fuerza me sirva para nada.

Una cabellera color platino aparece por la puerta del sótano.

Lleva una bandeja entre las manos. Lleva unos pantalones negros y una camisa que le marca la espalda y los brazos, lo que me parece casi una burla, teniendo en cuenta el frío que estoy pasando aquí abajo.

Y, como siempre, no se separa de sus guantes de cuero.

Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que comí, pero me niego a aceptar su lástima. Sé que Marlowe Malenfant solo quiere utilizarme para que su familia pueda ponerse la medallita, así que haré todo lo posible por impedírselo.

Camina hacia mi jaula y atraviesa los barrotes como si estuvieran hechos de humo. No quiero pensar en qué me pasaría a mí si lo intentara. Estoy segura de que los Malenfant han conjurado un maleficio peor que el de retención. Quizá me abrase la piel o me haga perder el conocimiento.

Cuando entra en el mismo espacio que yo, la velocidad de sus pasos se reduce.

No sé si es miedo o repulsión lo que siente por mí.

Sea como sea, me alegro de que se mantenga lo más lejos posible.

Ese pelo repeinado, su camisa ajustada y los zapatos impolutos me dan asco.

Si tuviera algo en el estómago, vomitaría sobre ellos.

—Come.

Malenfant deja la bandeja sobre el suelo, casi tirándola, creando una barrera entre nosotros.

No respondo. Ni siquiera lo miro a la cara, aunque tampoco la comida.

Tengo miedo de que la tripa me delate, pero no probaré ni un bocado.

Si estoy débil para El Ascenso, seré una de las primeras en morir y no podré darle la satisfacción de ganar.

Morir. Suena extraño desear algo que el ser humano siempre ha temido.

Los segadores lo respetan, lo veneran, y por un momento siento que yo también, aunque por motivos muy diferentes.

Por primera vez, no tengo miedo de que me toque a mí.

Quizá así me reúna con mi hermano y pueda dejar de sentirme culpable por haber sobrevivido yo en su lugar.

No quiero que su muerte lo convierta en un mártir, ni que la mía se utilice como un medio para conseguir un fin perverso. No les daré ese poder.

—Deberías comer —insiste él, con un tono extraño. Parece querer ordenármelo, pero la petición parece más bien un ruego.

Su presencia me da dolor de cabeza. No tengo ganas de tener una charla con él como si no lo conociera desde hace años ni de seguir sus consejos de supervivencia.

Si en esa bandeja hubiera una poción que me acercara a la muerte, ahora mismo la bebería con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios.

—Hazel.

Cuando pronuncia mi nombre, una oleada de ira me envuelve. Levanto la cabeza hacia él y lo miro a esos ojos azules cargados de falsa autoridad.

—No vuelvas a llamarme por mi nombre.

La expresión de Marlowe Malenfant se endurece.

—Come algo.

—Puedes llevártela, no pienso probarla.

Coge aire y lo suelta.

—Te he dicho que comas.

En otro momento de mi vida aquel tono me habría sobresaltado.

Pero desde que abracé el cadáver de mi hermano sobre el frío suelo del internado, no hay nada que me haga reaccionar.

Nada. Es como si todo a mi alrededor fuera una gran mentira, una pesadilla de la que despertaría en cualquier momento.

Siento que mi mente se encuentra en un estado de letargo del que, realmente, no quiero escapar.

¿Para qué? No hay nada más que hacer, nada por lo que luchar.

Me han bastado unas horas para asumir que todos los rebeldes moriremos, aunque uno de nosotros tendrá un destino peor que la muerte.

Solo espero que Serenity, Caleb, Alice y el resto de rebeldes puedan marcharse de forma pacífica.

Marlowe Malenfant da unos pasos hacia mí y me agarra del brazo con su guante de cuero, justo en el lugar donde el nuevo tatuaje se ha quedado marcado en mi piel. Siento que me arde en cuanto lo toca, pero no es un calor abrasador, sino un frío que me quema.

—¿Te ha comido la lengua el gato? ¿O es que crees que está envenenada, princesa?

Arrastra las palabras al hablar, como si le diera asco pronunciarlas.

—Ojalá —respondo.

Me sorprendo a mí misma al contestarle con un toque de sorna. A él no parece hacerle ninguna gracia.

—Así que eso es lo que quieres, ¿no? —El segador se inclina hacia mí y me sujeta por las mejillas, obligándome a mirarlo a los ojos.

Sus guantes están fríos—. Te voy a dejar las cosas muy claritas, a ver si así me entiendes a la primera.

O coges fuerzas y ganas ese puto torneo o me encargaré de hacer de tu vida un infierno.

Me aparto de él de golpe, dándole de lleno en el pecho y tratando de poner distancia entre nosotros, pero él no parece inmutarse.

Quiero responderle que ya lo han hecho, que ya no tiene sentido que siga luchando.

Magnus no sería tan previsor si había pasado ese detalle por alto: a los participantes nos da igual ganar o perder.

De hecho, dudo que ninguno de nosotros quiera ser quien le dé el poder a una familia de segadores.

No habrá espectáculo si no hay una motivación detrás.

Y ese pensamiento me alivia durante unos instantes.

—Te deseo buena suerte en El Ascenso —le espeto, arrastrando las palabras como si me costara soltarlas—. La vas a necesitar, porque yo no voy a mover ni un dedo por tu familia.

—Eso ya lo veremos —asegura en un tono jocoso y, a su vez, carente de humor—.

Seguro que El Magno nos tiene preparadas muchas sorpresas.

Además, creo que se te quitarán las ganas de no hacer nada cuando veas cómo tus amiguitos se van muriendo poco a poco.

Sabes que Serenity será una de las primeras, ¿verdad?

Los Aurigae tienen muchos enemigos, por lo que no durará ni un día en El Ascenso.

Será la presa favorita de los segadores.

—Él me sonríe al ver que estoy apretando los labios.

No podría soportar que Serenity muriera delante de mí.

No después de lo de mi hermano—. De hecho, voy a cambiar mi apuesta.

Yo digo que no durará ni una hora. Y eso si puede ponerse de pie después de pasar varias noches en la mansión Aurigae. ..

Algo explota dentro de mí al escuchar ese comentario.

Me levanto y salgo disparada hacia Marlowe Malenfant mientras él esboza una expresión divertida que me revienta.

Hay una rabia en mi interior que solo quiere arrancarle los ojos.

Ni siquiera echo de menos no poder usar la magia, porque no la necesito.

Salto sobre él, pero una barrera invisible me impide golpearlo.

Lo vuelvo a intentar y me hago daño cuando mi puño choca contra esa pared, justo cuando estoy a punto de asestarle un puñetazo en la cara.

—Tranquila, princesa —murmura él, arrastrando las sílabas y levantando los brazos—. No te conviene gastar energías.

Doy un paso atrás, todavía dolorida por el golpe.

El sótano está oscuro, pero me doy cuenta de que mi visión se va estrechando cada vez más.

No ha sido una buena idea hacer este esfuerzo.

Caigo hacia atrás, torpe, como una muñeca vieja que ya no puede mantenerse en pie por sí sola.

Siento que algo se rompe en mi interior cuando me golpeo contra el suelo, con la cabeza a punto de estrellarse en la bandeja de comida.

El olor me revuelve el estómago, pero tengo claro que no le voy a dar la satisfacción de probarla.

—Duerme un poco. Te vendrá bien para calmar esos nervios, no conviene que te traicionen —se despide.

Después, se agacha a mi lado y coge una manzana verde que hay en la bandeja. Le da un mordisco, mastica con calma y revienta la fruta contra el suelo, muy cerca de mi cara.