4. MARLOWE
MARLOWE
Por primera vez, el silencio se adueña del salón. Parece que hasta la propia bestia está aguantando la respiración, esperando a que abra el sobre delante de todos los presentes.
Trato de mostrarme firme, aunque el pulso me delata.
Me da la impresión de que la carta me quema las manos, justo a la altura de la firma de El Magno, atravesando incluso mis guantes.
Con cuidado, despego la solapa y siento que una corriente abrasadora recorre mi cuerpo peligrosamente.
Cuando lo he abierto esta mañana, tan solo era una carta, un papel escrito a mano que ahora parece cobrar vida.
Mi primer instinto es soltar el sobre, pero al dejarlo caer, un polvo oscuro surge del papel y forma un remolino de humo negro y rojo.
Poco a poco el polvo va compactándose y se transforma en una imagen humana hecha de cenizas.
Algunos rasgos de su cara se iluminan de color naranja, creando un cuerpo oscuro con pequeños destellos que lo hacen todavía más espeluznante.
En esta representación, El Magno parece mayor.
Cansado. Su frente arrugada le confiere un aspecto desmejorado que le envejece más de sus cincuenta años.
Su pelo parece pelirrojo con los reflejos de las humeantes cenizas.
Y sus ojos siguen igual de negros que la primera vez que lo vi.
Solo tenía cinco años cuando, una noche que no podía dormir, bajé a la cocina y escuché voces en una sala a la que mi madre no me dejaba entrar, ni siquiera cuando estaba vacía.
No pude evitar acercarme y mirar por la cerradura.
.., hasta que me aparté de golpe al ver su cara.
Me aterró la enorme cicatriz que le cruzaba el lado izquierdo de la cara, de forma vertical, casi como una línea perfectamente trazada.
Con el paso de los años, la marca se había aclarado, pero me costó años olvidar su rostro, que me perseguía en mis pesadillas hasta que entré en Stonefell.
La recreación hecha de cenizas resulta tan fiel que algunas personas ahogan un grito al reconocer a El Magno. Es él, pero, al mismo tiempo, no. Solo se trata de una representación, un mensaje grabado antes de su muerte que solo sería visto si ocurría lo peor.
Observo a Hazel Greenleaf con curiosidad.
Mientras otros rebeldes a su alrededor no se atreven a mirar la figura hecha de cenizas, ella no ha despegado la vista de El Magno.
Siento su rabia y su respiración acelerada, a pesar de que nos separan casi diez metros.
Las mejillas le cambian de color y aprieta los puños.
Entonces, El Magno se mira los brazos, alza la cabeza y habla, diciendo exactamente lo mismo que contaba en su carta.
—Mis queridos segadores... —nos saluda la figura de cenizas con una voz grave que retumba en el vestíbulo—.
Estoy grabando este memorinius por si la Muerte viene a buscarme.
No me cabe duda de que ganaremos esta guerra, pero es posible que tenga que sacrificarme por vosotros cuando llegue el momento.
Y, si ha ocurrido, estaréis viendo esto.
Pero no lloréis mi partida. Es solo una demostración de que el poder es más valioso, a veces, que la propia vida, y que hay que hacer sacrificios para dominarlo.
Yo ya estaré en otro lugar, feliz de estar abrazando a la Muerte en persona y satisfecho de saber que ayudé a seguir con su voluntad.
Nada en el mundo me enorgullecería más que caer al servicio de la causa única.
El hombre de cenizas hace una pausa, como si estuviera reflexionando sus próximas palabras.
Pero yo sé, igual que mis compañeros, que El Magno siempre lo tiene todo calculado al milímetro.
Su muerte no ha sido un error, sino, seguramente, parte de un plan mucho más grande que todavía no hemos logrado comprender.
—Hoy ya no estoy aquí, pero mi legado ha de continuar, y uno de vosotros deberá reemplazarme en el camino de la veneración a la Muerte.
Tras los eventos de los últimos días, he dudado sobre quién merece este regalo por su lealtad.
Porque ostentar el poder y convertirse en el siervo de la Muerte no es solo una obligación moral, sino un privilegio.
Y no estoy seguro de que algunos de vosotros estéis a la altura.
Mi madre baja la cabeza. Me pregunto si ese mensaje va por ella.
Acompañé a mi padre en la batalla final, presencié el enfrentamiento contra Jack Greenleaf y vi a mi padre caer herido.
Pero no sé dónde se metió ella. Muchos la han acusado de intentar salvarse mientras el resto arriesgaba su vida en el campo de batalla.
—Así que he decidido que no voy a señalar a un sucesor de forma personal. No quiero elegirlo yo. Quiero que el heredero de mi poder se lo gane de forma limpia y leal, como siempre he tratado de hacer las cosas.
La imagen de El Magno vuelve a interrumpir el discurso.
Mira a su alrededor y, por un momento, me da la sensación de que me está observando de verdad.
Tengo que obligarme a pensar que solo es un hechizo.
Una masa de cenizas que no puede pensar por sí misma, solo reproducir un mensaje que sonará una única vez y se destruirá después.
—Y por eso he creado El Ascenso. —La voz de El Magno se torna más grave—.
Una competición formada por cinco pruebas y un único ganador, que será el último participante que quede con vida.
Pero no temáis, amigos. La sangre aliada no debe derramarse.
Cada gran familia segadora que está aquí presente deberá escoger a un miembro del bando enemigo como su campeón, su representante en El Ascenso.
Esa persona, como castigo por su sublevación contra la voluntad de la Muerte, deberá participar en el torneo y sobrevivir.
.. o morir en el intento. El participante que gane será perdonado por su traición.
Su mentor será quien asuma el liderazgo único e indiscutible, será el heredero de mi poder, y podrá ejecutar y perdonar a quien considere traidor o aliado.
»Les sugiero a los indignos que no intenten ningún tipo de estrategia estúpida.
Si un participante se niega, será obligado, y si trata de quitarse la vida para no participar, su cuerpo será ofrecido en un ritual.
Estoy convencido de que eso satisfaría a la Muerte, así que les recomiendo que no se pongan creativos y se limiten a participar.
»El torneo empezará en tres días. Habrá instrucciones más precisas en una carta. El Ascenso funcionará de forma automática, como una maquinaria perfectamente calibrada. No intentéis detenerlo, negarlo o ignorarlo. Las consecuencias serán fatales.
El Magno esboza una sonrisa que se enciende de color naranja.
Siento un escalofrío bajando por mi espalda, pero me quedo quieto para que nadie descubra mi temor.
Un torneo así de macabro solo puede ser idea de El Magno, pero no puedo negar que me causa una mezcla de pánico y curiosidad el pensar hasta dónde podrán llegar esas pruebas.
Me imagino lo peor.
Mis ojos recorren las caras de todos los indignos, que serán los que se jugarán la vida por los segadores, como peones de una partida cruel y mortal.
Según las instrucciones de El Ascenso, debo escoger a uno.
Pero ¿ahora mismo? Trato de hacer una lista rápida de ventajas e inconvenientes de cada uno de ellos, y, sin embargo, solo puedo centrarme en lo negativo.
La mayoría están heridos, enfermos y sin ganas de formar parte de un juego que solo entretendrá a los segadores.
En realidad, la jugada de El Magno ha sido muy inteligente.
No solo debilitará todavía más a los opositores, sino que encima se asegurará de eliminar los roces entre las familias segadoras a la hora de escoger quién será su heredero.
Los Myers ya han dejado caer que no apoyarían a mi familia porque mi madre ha demostrado ser algo peor que una traidora: una cobarde.
Pero, si ganásemos El Ascenso, no podrían rebatir la legitimidad de nuestro mandato.
—Solo han quedado en pie trece familias de segadores. Es una pena que queden tan pocos, pero me reconforta saber que se han reunido con la Muerte y estarán en paz. Lo primero que tendréis que hacer los segadores es escoger a vuestro campeón. Todos los indignos que queden solos morirán.
Trago saliva. No solo estamos eligiendo a quién nos ayudará a crear un nuevo orden mágico, sino que también estamos salvando a alguien a la hora de elegirlo.
O, visto de otra manera, los estamos condenando.
A una muerte directa y segura... o a un tormento que posiblemente terminará de la misma forma.
—Os recuerdo que El Ascenso solo tiene como objetivo el bien común.
Algún día, las generaciones del futuro lo estudiarán como un hecho admirable, un pasaje de la Historia Mágica que cambió nuestras vidas y nos ayudó a organizarnos mejor como sociedad y a limpiar la mancha de los traidores y los indignos.
No lo veáis como un castigo, sino como una oportunidad de poner orden en el caos.
En el fondo, no tenéis nada que temer si no tenéis nada que ocultar.
Tras esas palabras, la figura de El Magno se desvanece. Unas pequeñas partículas de ceniza flotan en el aire, cayendo al suelo y desapareciendo poco después. Nadie se atreve a romper el silencio hasta que lo hace Alec Aurigae.
—Yo seré el representante de mi familia —alza la voz, buscando sonar autoritario y seguro de sí mismo—. Y escojo como mi campeona a Serenity Spic.
Alec la señala, como quien indica lo que quiere comprar en una tienda pero no está a su alcance.
Se oye un grito agudo. Una chica rubia, delgada y risueña da varios pasos atrás.
Tiene las piernas llenas de heridas y el pelo alborotado.
He coincidido en clase con ella y con sus amigos, que fueron los primeros en posicionarse en contra de las tradiciones segadoras en Stonefell, pero no he tenido más que algunos encontronazos con ellos fuera del aula.
Ahora la miro y apenas la reconozco. Está magullada y parece perdida.
—¡No! —grita, mientras el padre y el abuelo de Alec caminan hacia ella y poco después la agarran de brazos y piernas con una sonrisa macabra en los labios.
En ese preciso momento, cunde el pánico.
Hazel Greenleaf intenta liberarse, dispuesta a ayudar a su amiga.
El basilisco silba, furioso, al mismo tiempo que los indignos tratan de rescatar a Serenity de los brazos de los Aurigae.
Mientras tanto, Alec se ríe a carcajada limpia.
Desde luego, para él esto va a ser un juego de verdad.
Algunos segadores corren hacia el grupo de disidentes, dispuestos a pelearse por secuestrar a los más fuertes del grupo, pero los adultos se resisten con más facilidad que los jóvenes.
El profesor de Historia Mágica se zafa de los Ravenscroft, hasta que uno de ellos le da un puñetazo a la altura de la nariz y lo deja noqueado en el suelo.
Siguiendo el ejemplo de Alec, muchos segadores jóvenes se lanzan a representar a sus familias.
Los reconozco a todos de Stonefell o de las reuniones que hacíamos con El Magno para definir los próximos pasos durante la guerra.
Es imposible distinguir lo que se dicen entre tantos gritos y súplicas.
—¡¿A qué estás esperando, Marlowe?! —me increpa mi madre.
No reacciono hasta que la miro y me doy cuenta de que se le marcan las venas del cuello.
Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza que yo tendría que ser el mentor de los Malenfant.
Normalmente son mis padres los que escogen por mí, quienes toman las decisiones importantes, y yo solo las ejecuto sin rechistar.
Pero entonces lo entiendo. La vida de mi padre pende de un hilo y mi madre debe quedarse con él en caso de que suceda lo peor.
Mis piernas reaccionan antes que mi cerebro y echo a correr hacia el grupo de indignos.
Enseguida sé a quién tengo que elegir. Otras familias han optado por los más jóvenes y fuertes, pensando que esa cualidad los ayudará a hacerse con el poder, pero yo tengo claro que necesitamos a una persona capaz de sobrevivir a cualquier prueba.
Una mente brillante, con una inteligencia superior a los demás y una sed de venganza que le nublará el juicio y no le hará dudar a la hora de matar.
La busco entre el caos. Enseguida doy con su mata de pelo oscuro rizado y su capa verde, manchada de restos de sangre y suciedad.
La agarro con fuerza del brazo, temiendo que pueda escapar en cualquier instante.
Sonrío al ver el pánico en su rostro. Estoy seguro de que Hazel no se esperaba ese movimiento por mi parte y disfruto un poco del factor sorpresa.
—Tú —le espeto, mirándola fijamente a esos ojos llenos de rabia y agachándome para estar más cerca de su cara—. Tú serás mi campeona, Hazel Greenleaf. Lucharás, matarás y sobrevivirás en nombre de los Malenfant, El Magno y la mismísima Muerte.
—Prefiero morir antes que obedecer a tu puta familia —responde Hazel.
Sonrío al escuchar su voz teñida de odio. Puedo detectar su miedo, por más que Hazel trate de ocultarlo, y no me avergüenza darme cuenta de que me gusta verla así. He soportado las estupideces de su mellizo durante demasiados años, las mismas que la han traído ahora hasta aquí.
—Más te vale mantenerte con vida, Greenleaf. Y rezar para que yo mismo no te mate al final.
Hazel me escupe en la cara, pero no puede hacer nada para evitar lo que está a punto de suceder.
Aprieto su mano con más fuerza, sintiendo una punzada de dolor, y una línea negra, como un tatuaje en movimiento, se transporta de mi brazo al de ella.
La línea hace un par de giros y deja una marca en la piel de Hazel que le da la vuelta a todo el antebrazo.
Una línea de espinas que adornan la frase: «Propiedad de Marlowe Malenfant».