2. HAZEL
HAZEL
En algún momento me despierto con un sobresalto.
Las gruesas cortinas, o quizá un encantamiento de oscuridad permanente, no me permiten distinguir si es de día o de noche, así que no sé cuántas horas he dormido.
Lo que sé es que, por lo menos, no he soñado con mi hermano.
Aun así, la última imagen que tengo de él regresa a mi cabeza.
La poción casera ha funcionado, pero durante pocas horas.
Oigo voces en la planta de abajo, aunque, por más que me concentre en escuchar su conversación, solo puedo distinguir algunas palabras sueltas.
Me levanto con mucho cuidado, para que las tablas del suelo no me delaten, y dejo atrás la cama y la habitación para acercarme al hueco de la escalera.
Abajo hay una luz tenue encendida. El resto de la casa está a oscuras.
El sonido de la tormenta envuelve el tejado.
De pronto, doy un paso descuidado y la madera cruje bajo mis pies. Cierro los ojos, como si eso pudiera borrar lo que acaba de suceder. Abajo, la conversación se detiene.
—¿Se ha dormido?
La voz de Alice me llena de alivio. Ha sobrevivido. Una parte de mí quiere bajar corriendo a abrazarla, pero me quedo justo donde estoy, esperando a que sigan hablando. Un trueno rompe el silencio, así que aprovecho para dar un paso más.
—Sí, está en tu habitación —responde Caleb—. No quería ponerla en la mía porque...
Me da la impresión de que no sabe cómo terminar la frase. ¿Porque es demasiado pronto para que vuelva a entrar en un cuarto en el que acumulamos demasiados recuerdos? ¿Porque fue ahí donde nos besamos por primera vez en aquellas vacaciones de Navidad?
—Espero que pueda descansar —dice Alice.
Su hermano suspira. El cielo vuelve a rugir, así que aprovecho los truenos para dar dos pasos más y poder ver a los hermanos por un pequeño hueco entre las barandillas de la escalera.
Los dos tienen muy mal aspecto: la ropa manchada y unas ojeras que llevan arrastrando varios días, si no años.
Una tetera flota en el centro de la mesa y rellena el vaso de Alice.
En algún lugar me parece escuchar un caldero burbujeando.
—Le he dado un poco de noctilius .
En otro contexto, su hermana le habría lanzado una mirada cargada de desaprobación. No le habría gustado que Caleb hubiera utilizado las pocas unidades que tenían divididas en unos frascos menores que la medida estándar. Pero la situación ahora es muy diferente.
—He ayudado a llevar su cuerpo a la enfermería, pero el acceso era inestable, así que al final lo he dejado en uno de los dormitorios de los alumnos de séptimo. —Caleb hace una mueca al imaginar la situación—. Sí, ha sido muy incómodo, pero no sabíamos dónde dejarlo.
—No hacía falta que lo hicieras, Alice. Podías haber dejado que Ezekielle se encargara.
—Ha muerto también.
El estómago me da un vuelco con esa revelación. Al parecer, Caleb tampoco lo sabía.
—¿La directora ha muerto? —pregunta, en un tono más alto del que debería, aunque no sabe que yo ya estoy despierta.
—¿No lo sabías?
Suspira y se deja caer hacia delante en la mesa. Se frota los ojos con las palmas de la mano, como si eso fuera a borrar los horrores que ha presenciado. Y eso que no lo ha visto todo.
—No. ¿Cómo lo iba a saber? He estado casi todo el tiempo persiguiendo a los Myers, que estaban envenenando la tierra fértil de los huertos.
He tratado de revertir los efectos todo lo que he podido, pero.
.. —Su mente parece viajar a otro lugar—.
No puedo creer que Ezekielle haya muerto.
Es como si la lista se hiciera cada vez más larga.
Alice se mantiene impasible a pesar de todo. No sé de dónde ha sacado un caparazón tan duro que la protege de todo lo que hay a su alrededor. Me da miedo cuando se comporta así, porque eso solo puede significar que algún día, en cualquier momento, estallará y su rabia arrasará con todo.
—Al dejar el cuerpo de Jack en una de las habitaciones, he visto que también estaba Lydia Vale.
—¿Muerta? —pregunta Caleb.
Hay una alta probabilidad de que sí. No me atrevo a jugar con números, pero calculo que, después de la batalla final, el noventa por ciento de los nuestros han muerto. O, por lo menos, han tenido la suficiente suerte como para poder esconderse a tiempo.
Incluso si han huido, no los juzgo. No es fácil ver cómo el enemigo va llevándose, poco a poco, a todas las personas que se convirtieron en tu familia en el internado.
Tantos años juntos y desaparecidos, de un día para otro, a manos de Magnus o cualquiera de los segadores.
Solo espero que en el futuro podamos vivir en paz, pero no creo que el fin de la guerra sea el fin del dolor.
Estoy convencida de que solo es una fase temporal antes de una época de opresión y caza de los rebeldes que no queremos ponernos del lado de los segadores.
—Sí, claro —prosigue Alice—. Es de los pocos cuerpos de hijos de segadores que no se han llevado. He oído que el de Visinia Malenfant lo quemaron..., y el de Atticus Aurigae ha aparecido cortado en trozos.
—¿Qué? —exclama él.
Me siento mal por alegrarme de que hayan matado a alguien, pero los Aurigae siempre han sido tan arrogantes como insoportables.
Es como si tuvieran un gen maldito que se iba pasando de generación en generación.
Pasé trece años en el internado presenciando cómo Alec Aurigae se convertía en un sádico, siempre acompañado de Marlowe Malenfant y otros alumnos también segadores.
.., pero me habría bastado tan solo un mes para saber que los Aurigae tienen una desmedida sed de sangre.
No me extraña que alguien, a modo de venganza particular, haya descuartizado a uno de sus hijos.
—Sí, sus padres solo han encontrado una pierna, dos brazos y una oreja. No hay ni rastro de lo demás. Han sido necesarios varios hechizos de identificación para saber que eran de él...
Caleb se queda en silencio. Lo conozco demasiado bien como para saber en qué está pensando.
Cuando Alice y Caleb perdieron a sus padres, le dio paz poder tener unos cuerpos que enterrar.
Sobre todo, después de que sus padres estuvieran varios meses secuestrados.
Desde aquel día ninguno hemos vuelto a ver llorar a Alice.
Es como si le hubieran lanzado un hechizo para apagar sus sentimientos y no lo hubiera vuelto a activar jamás.
—¿Y Damascus Malenfant? ¿Sigue vivo? —le pregunta Caleb—. No lo he visto hoy.
Alice da un largo trago a su vaso de té. Cuando lo deja sobre la mesa, la tetera lo rellena de nuevo y después levita hacia los fogones para hervir más agua.
—Creo que está herido.
—Ah... —responde. Me da la impresión de que Caleb se corta para no decir lo que piensa, pero su hermana lo hace por él.
—Ojalá se muera de la forma más dolorosa posible.
Con cuidado, para no hacer ruido, hago un movimiento extraño con la espalda para tratar de relajar los músculos, doloridos y agarrotados después de todo lo que ha pasado hoy.
Ni siquiera la poción me ha ayudado. Los niveles de rabia de Alice me preocupan y sé que a Caleb también, pero entiendo que en tiempos de guerra cada uno canaliza el duelo y la desolación como puede.
Estoy siguiendo los caminos que hacen las vetas de madera en la barandilla de la escalera cuando me parece escuchar un ruido fuera de casa y mi cuerpo se tensa otra vez.
Esta vez no es un trueno. Miro a Caleb y después a Alice para comprobar que no ha sido imaginación mía.
Ellos también lo han oído. Se ponen de pie en silencio y caminan hacia la ventana.
El corazón se me acelera. Quiero bajar con ellos, pero sería el peor momento posible.
La habitación de Alice da a la puerta de la casa, así que si pudiera llegar hasta ahí sin hacer ruido y ver lo que está pasando. .., pero es demasiado tarde.
—No te muevas —susurra Caleb, pero Alice lo manda callar levantando la mano.
Él apaga las luces. Sé que no servirá de mucho, porque un hechizo iluminador hecho por los segadores en cualquier momento delatará nuestras posiciones. Además, si nos han encontrado, ya es demasiado tarde. En cuestión de segundos podrían entrar en la casa y matarnos a los tres.
Sin luz, dejo que mis ojos se vayan acostumbrando a la oscuridad y me obligo a escuchar con atención para detectar cualquier sonido sospechoso proveniente del exterior.
Nos quedamos en silencio. No me había dado cuenta hasta ahora de que la tormenta ha parado y los grillos han dejado de cantar.
Las ramas de un árbol cercano se mueven con el viento. .., pero no parece escucharse nada más.
—No ha sido nada —le dice a su hermana.
Alice permanece unos instantes más junto a la ventana. Después, pasa la cortina y vuelve a encender la luz.
—Es todo tan raro... No sé si la muerte de Magnus significa que todo ha terminado... o si realmente todo acaba de empezar.
—¿Crees que está muerto de verdad? —le pregunta él.
Yo también he llegado a pensar lo mismo, a pesar de que he visto las cenizas. No es la primera vez que han anunciado su muerte y solo era un bulo, una estrategia estúpida para seguir debilitándonos durante estos tres largos años de guerra.
—Sí, estoy totalmente segura de que está muerto. Jack le lanzó un hechizo de fuego, una bola imposible de esquivar que lo consumió, pocos segundos antes de morir él.