Malenfant 1. HAZEL
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1. HAZEL

HAZEL

Grito.

Grito tan fuerte que el sonido parece provenir de otro lugar que no es mi interior, como si fuera un murmullo lejano cuya procedencia desconozco.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde que he presenciado la muerte de mi hermano a manos de El Magno.

Mi mente se niega a procesar lo que han visto mis ojos.

Sabía que era algo que podía pasar. Todos lo pensábamos, en realidad. Pero soy incapaz de asimilar que ha sucedido de verdad. Que mi mellizo nunca volverá a mirarme con ese brillo en los ojos, esa valentía disfrazada de temeridad que tanto lo caracteriza. Que tanto lo caracterizaba .

Y ahora está muerto.

No me importa que Jack haya matado al líder de los segadores, el hombre que ha aterrorizado durante años todo el mundo mágico.

Me da igual que su nombre se vaya a convertir en uno de los más famosos de toda la historia de la magia, que se le alabe como el salvador de las futuras generaciones de magos.

No me importa nada de lo anterior, porque mi hermano ya no estará nunca más a mi lado, y eso me quema el alma.

Jack y yo hemos vivido veintidós años juntos.

Cada segundo de mi vida, desde que llegué al mundo tan solo unos minutos después de él, lo he compartido con mi mellizo.

Me acerco a su cuerpo para asegurarme de que lo que he visto es cierto y mi ansiedad no me ha traicionado.

El cuerpo de Jack yace en el suelo, todavía caliente, rodeado de varios compañeros que lloran su muerte.

No puedo sostener sus miradas de lástima mientras me arrodillo a su lado y le toco el brazo.

Por más que mi mente lo niegue, todo es real. Mi hermano no respira. Sus ojos ya no ven las estrellas del cielo que se reflejarían en sus iris verdes. Jamás lo harán. Ningún libro, hechizo, sacrificio ni poción podrá devolverle la vida.

Se ha ido para siempre.

Vuelvo a gritar, agarrando a Jack por la camiseta, intentando aferrarme a lo poco que me queda del que ha sido mi compañero de vida. Mi otra mitad. Mi consuelo en los días grises y el reflejo de mi risa en los buenos momentos. Ya no habrá más de esos, porque todo ha acabado.

A nuestro alrededor, los rebeldes se debaten entre celebrar o no la muerte de Magnus.

O, como lo llaman los segadores, El Magno.

La guerra ha acabado, pero la mayoría de las familias de magos han sido arrasadas.

En los últimos días he visto morir a genealogías enteras.

Algunas en el campo de batalla; otras, en sus propias casas, de día o de noche, durmiendo o llevando a cabo actividades cotidianas, sin saber que iban a ser las últimas.

La resistencia apenas tiene ya miembros con vida.

Jack, nuestros padres, los líderes del movimiento contra los segadores.

.. No ha quedado ninguno. Unos días atrás, calculé que la mitad de los nuestros ya habían fallecido durante los tres años que ha durado esta guerra.

Y esa cuenta no incluía la batalla final que se ha llevado a mi hermano.

El único consuelo que puedo encontrar es que, al menos, Magnus también ha muerto. De su cuerpo ya solo quedan unas cenizas esparcidas por el suelo, todavía humeantes, consecuencia del hechizo de fuego que le había lanzado mi hermano.

Me aferro al cuerpo de Jack y lloro y grito durante lo que parecen horas, hasta que unos brazos me envuelven y me sacan del campo de batalla.

No me resisto. De hecho, incluso deseo que sea un segador quien me ha secuestrado. Así podrían matarme también a mí y terminar con este sufrimiento. Así podría reunirme con Jack en el más allá. Sin embargo, se trata de unos brazos que conozco demasiado bien.

Caleb me acompaña hasta llegar a un lugar seguro y, entonces, nos teletransporta a su casa.

He estado tantas veces en este lugar que podría recorrerlo con los ojos cerrados.

Sin embargo, las piernas me fallan en cuanto pongo un pie en su interior.

La casita, que se había convertido en el cuartel general de la resistencia, es ahora un lugar cargado de recuerdos dolorosos.

Falta Poppy en la puerta recibiéndonos con una gran sonrisa.

El horno nunca más se encenderá con las famosas galletas de Randall.

Y Jack no se quejará cuando yo les corte mientras hablan sobre cómo acabar con Magnus para recordarle que tiene que dormir, por lo menos, siete horas al día.

Camino hacia el interior de la casa, sin ser realmente dueña de mis pasos. Subo como puedo a la planta de arriba, acompañada de Caleb, y me dejo caer en una de las camas. No me doy cuenta de que estoy herida hasta que veo las sábanas manchadas de mi propia sangre.

—No quiero... —murmuro.

Tengo la voz pastosa. Ni yo misma la reconozco al principio.

—Bebe esto e intenta dormir —me ordena Caleb, tratando de mantenerse lo más neutro posible. Él también ha perdido a un amigo en el campo de batalla. Además de a sus padres y a dos de sus hermanos. Ni siquiera sé si su hermana, Alice, ha sobrevivido.

Quiero negarme, pero Caleb ya me ha acercado el frasco a los labios.

Doy un sorbo tímido y reconozco el sabor de una poción sencilla para dormir.

Empiezo a enumerar en mi mente los ingredientes.

Le falta un toque de aloe y se les ha ido la mano con la cúrcuma, pero no me quejo.

En cuestión de segundos comienzo a sentir los párpados pesados y el sueño se apodera de mí, obligándome a relajar mis doloridos músculos.

La poción noctilius garantiza un descanso profundo y sin pesadillas, por lo que es muy difícil de comprar y más aún de producir en casa.

La familia de Caleb había preparado un par de calderos por si se necesitaban en algún momento de la guerra.

Lo último que escucho son los pasos de mi exnovio abandonando la habitación y cerrando la puerta.

La gravedad me empuja hacia abajo y me dejo llevar por el cansancio.

En los últimos instantes de consciencia, deseo incluso no despertarme.

Me siento culpable de disfrutar de estos segundos previos a dormirme, donde todo está tranquilo y no existe el sufrimiento ni la muerte.

Al final, mi cuerpo cede.