Malenfant
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PRÓLOGO
La mansión Malenfant no se reflejaba sobre las oscuras aguas del lago.
Ni siquiera la luna llena lograba vencer el hechizo que la hacía invisible a las miradas indiscretas.
Pero estaba ahí. Impasible, oscura, serena.
Los crujidos por culpa de la humedad de sus escaleras parecían querer revelar los secretos de sus antiguos dueños.
O quizá las corrientes de aire silbaban los gritos de quienes habían encontrado su final entre aquellas paredes.
Pero la mansión había visto cosas peores que la muerte.
Durante varios siglos, había reposado tranquila, junto a la orilla.
Sin miedo a que las lluvias de Escocia inundaran los suelos de madera.
En su día las paredes se habían llenado de retratos que mostraban a mujeres y hombres de cabello platino y piel pálida.
Ahora la mayoría de los lienzos habían sido devorados por el moho.
Rostros deformados y oscurecidos recibían a todo aquel que tuviera permiso para entrar en la mansión.
Marlowe Malenfant era uno de ellos.
El joven se dejó llevar por el sendero de gravilla que conectaba el bosque con la casa familiar.
Su pelo rubio, casi plateado, era como una llama entre tanta oscuridad.
Por el aspecto de los setos, cualquiera diría que la mansión había estado abandonada durante cincuenta años.
Sin embargo, solo habían pasado unos meses desde que los últimos Malenfant se fueron a la guerra. Y la mayoría no iba a regresar.
En su día, aquel lugar rebosaba magia, a pesar de sus colores oscuros y su lúgubre apariencia.
Los jardines parecían vivos. Varias generaciones de todo tipo de criaturas mágicas habían campado a sus anchas por esos terrenos, pero Marlowe estaba convencido de que ya no los encontraría ahí.
Solo quedarían sus huesos, roídos por los cuervos, la humedad o algo peor.
La mansión parecía haberse sumido en un sueño profundo.
Marlowe Malenfant se acercó a la puerta, coronada por el lema familiar « SUB UMbrA MORTIS ».
En otra época se habría abierto sola al reconocerlo, pero ahora tenía que conformarse con usar la fuerza.
La madera oscura cedió, permitiéndole la entrada al vestíbulo con un crujido molesto.
Si la casa se hubiera negado a dejarlo pasar, no habría podido atravesarla con vida, pero ahí estaba él, colándose en su propia villa familiar como si fuera un niño demasiado atrevido en la noche de Halloween.
El chico dio unos pasos y enseguida se percató de que el suelo estaba anegado.
Apenas eran dos o tres centímetros de agua, pero era suficiente para que se le mojaran los calcetines por culpa de los agujeros en los zapatos.
No le importó. Dejó su capa sobre un sofá polvoriento y caminó hacia el retrato de su padre.
El hombre de pelo largo, lacio y platino le devolvió la mirada, que brillaba por las gotas de rocío que cubrían las pinceladas de su rostro.
La mansión Malenfant lloraba.
—Sigue vivo. Mi padre sigue vivo. Y mi madre también.
Las palabras de Marlowe rebotaron en el vestíbulo.
Era la primera vez que hablaba desde que terminó la guerra.
A su padre se lo habían llevado del campo de batalla, como consecuencia de sus graves heridas.
Su madre se había limitado a guardar silencio y acompañar a su marido, despidiéndose de Marlowe con un asentimiento de cabeza.
Y, de pronto, animada por su voz, la mansión revivió.
Varias antorchas se iluminaron con un fuego que no podía competir contra la humedad de la casa, pero que conseguía mantenerse encendido a pesar del frío.
Las paredes crujieron, como si estuvieran despertando de su largo sueño.
La casa estaba feliz de que sus dueños fueran a regresar pronto y de que el linaje Malenfant siguiera intacto.
—Pero él no.
La mansión volvió a crepitar. Marlowe no tenía que dar muchas más explicaciones. Aquellas paredes habían escuchado demasiadas palabras. Planes frustrados. Nuevos ataques. Y, por supuesto, toda la historia de una guerra que se había alargado durante tres años.
Una guerra que había terminado esa misma noche.
Fue entonces cuando Marlowe lo escuchó. Había vivido en aquella mansión lo suficiente como para saber cuándo entraba y salía de su casa.
Aunque había pasado los últimos años de su vida en un internado, no había sido capaz de olvidar el sonido del cuerpo frío y pesado de la enorme serpiente deslizándose.
Todavía le erizaba el pelo de la nuca. El basilisco se coló por algún recodo del enorme caserón, mojado por las oscuras aguas del lago, y serpenteó por las escaleras que conectaban con el sótano hasta llegar al vestíbulo.
Marlowe sabía que estaba detrás de él. Podía sentir su presencia viscosa, sus ojos rojos, esa actitud burlona que no había logrado domar.
Se giró, tratando de no sentirse abrumado por el monstruo de más de un metro de grosor y unos quince de largo.
Su familia era conocida por criar bestias aparentemente indomables, pero él todavía no se había acostumbrado a los aullidos, gruñidos y sonidos escalofriantes que lo despertaban en mitad de la noche.
El muchacho actuó como siempre hacía cuando se sentía amenazado por él: desviar la vista a sus escamas.
Casi podría dibujarlas con los ojos cerrados de las veces que había tenido que esquivar su mirada hostil.
Marlowe se concentró en bajar las pulsaciones de su cuerpo para que la bestia no pudiera notar sus nervios.
Después, levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
El Magno ha muerto .
La estridente voz del basilisco se coló en su cabeza. Sonaba como una mezcla entre un susurro rasposo y un chirrido. No era una pregunta, sino más bien una confirmación del final de la guerra, en la que su líder había caído en la batalla final.
El chico asintió. Su pelo rubio brillaba bajo las llamas de las antorchas.
Hemosss ganado la guerra, pero a un alto precio .
El basilisco escupió las palabras en su mente como si le diera asco pronunciarlas. Mientras tanto, Marlowe solo podía concentrarse en aquellas escamas.
—Así es.
La serpiente se agitó y recorrió el vestíbulo.
Su cuerpo se deslizaba sobre la fina capa de agua del lago que había inundado la mansión.
La bestia ya la había hecho suya. Siempre había campado a sus anchas durante los siglos que la familia había habitado aquel lugar.
Respondía a ellos desde que el primer Malenfant mandó construir aquel palacete, pero tras la reciente debilitación del apellido se había vuelto más impaciente. Más rebelde.
Con un gesto brusco, el basilisco se giró hacia Marlowe, como si quisiera poner a prueba su miedo.
Sin embargo, el chico no se alteró. La bestia podría haber abierto sus fauces y haberle clavado aquellos colmillos llenos de veneno y Marlowe habría seguido ahí.
Quieto. Traumatizado por los eventos que habían sucedido en las últimas horas.
Pero no estásss convencido. Essstásss preocupado, lo noto. Lo huelo. Hay algo en esssa cabeza tuya que me dice que las cosssasss van mal. Essspero que no me essstésss mintiendo .
Marlowe negó. La serpiente se irguió, colocándose en una posición que imitaba a una cobra a punto de atacar a su enemigo. Hacía tiempo que Marlowe no la veía tan inquieta, así que prefirió no alargar más la situación.
—El Magno ha muerto, sí —le confirmó—. Pero también el enemigo. Los dos se han enzarzado en una batalla a vida o muerte y no ha quedado ninguno. Los pocos supervivientes han retrocedido, sin saber qué hacer, y todos han huido del campo de batalla.
El basilisco gruñó. El joven lo interpretó como un signo de disconformidad.
¿ Y tu padre ?
—En la mansión Aurigae. Recuperándose de sus heridas.
Marlowe no quiso añadir que la vida de su padre se encontraba en grave peligro, tratando de curar unas heridas peores que las que había sufrido él.
El basilisco se agitó y le dio la espalda, desapareciendo por las escaleras que llevaban al sótano inundado.
Marlowe había aprendido a no molestarlo cuando lo hacía.
Las formas de vida de los magos y las bestias eran muy distintas y no quería ser el primero de su familia en romper la débil alianza que habían logrado mantener con esa especie.
No se movió hasta que estuvo seguro de que su pesado cuerpo se había marchado de vuelta a las frías aguas del lago.
Marlowe soltó el aire que había estado reteniendo en los pulmones.
Sus hombros se destensaron. Tras echar un último vistazo al vestíbulo, recogió su capa y subió a su habitación.
Apenas la reconocía. Los años que había pasado en el internado le habían hecho madurar rápido.
Tenía siete años cuando dejó de ser su dormitorio, al que solo regresaba una semana durante las vacaciones de Navidad y días contados en verano.
Con pena, se dio cuenta de que sus padres habían recogido casi todos sus enseres, dejándola como si fuera un cuarto de invitados.
Ni siquiera en los veranos había podido pasar tiempo ahí, ya que solían quedarse en una casa de campo de la familia de su madre.
Miró el colchón húmedo y viejo; aun así, se tumbó.
Su cuerpo le pedía a gritos un descanso, pero su mente proyectaba en bucle las escenas de destrucción de la guerra.
Sus padres envueltos en unas llamas de color amarillo.
Pero, sobre todo, cadáveres por todas partes.
Cuerpos inertes de alumnos con los que había compartido clases en el internado.
Chicos de siete a diecinueve años que todavía tenían toda la vida por delante, pero que escogieron el bando incorrecto.
Marlowe no podía borrar de su mente el momento en el que El Magno había muerto.
Repetía sin parar aquellas imágenes de fuego y destrucción.
En algún momento de la madrugada, con el sonido de fondo de la lluvia sobre el lago, Marlowe Malenfant se quedó dormido, sin darse cuenta de que una carta entró volando por un hueco de su ventana y se posó sobre su pecho.