Capítulo 26
«Sí, ya dejé de intentar ser bueno. Ahora voy a hacer lo que quiero,
y que pase lo que tenga que pasar».
Crepúsculo, Stephenie Meyer
Alicia, que se había quedado con las ganas de abrazar a su hermana y llenarla de besos tras enterarse de forma tan abrupta de que estaba embarazada, se sentó en uno de los silloncitos colocados estratégicamente al lado de la ventana.
Pablo, sin perder tiempo, arrastró el otro sillón y se sentó frente a ella, sus rodillas casi rozándose.
—No creas que porque esas dos arpías nos hayan encerrado aquí dentro pienso perdonarte —atacó Alicia, sin darle apenas tiempo de sentarse—. Ya puedes poner el sillón donde estaba. —Señaló el lugar del que él lo había cogido.
Pablo no se movió. La miró a los ojos un rato y después dijo:
—¿Me he pasado un poco? Alicia bufó.
—¿Un poco? ¡Un poco, dice! Te has pasado tres pueblos. — Poniéndose las manos en la cabeza, continuó—: Pobre Carlos. ¡Vero me va a matar!
—¿Quién es Vero?
—Vero era —con los dedos entrecomilló la palabra— una amiga mía. Digo era porque, después de hacer pasar a su hermano por este bochorno, dudo mucho que vuelva a dirigirme la palabra.
—¿Servirá de algo que diga que lo siento mucho? —Pablo puso cara de niño bueno, aunque se notase claramente que no lo lamentaba en absoluto.
—¿Ya te he dicho que pienso contestarte que no a todo?
—Pues tendrás que ir con cuidado, porque antes esa estrategia no te ha funcionado demasiado bien.
Alicia entrecerró los ojos. Quería mirarlo con rabia, pero era consciente de que tenía esa batalla más que perdida; sin embargo, tampoco pensaba dar su brazo a torcer tan fácilmente.
—¿Quieres que hablemos de la humillación que me has hecho sentir allí afuera? Por mí, no hay problema, pero te aseguro que no pienso perdonártelo en la vida. Has tenido casi seis meses para llamarme, y se te ocurre dar la nota hoy, con todo el mundo presente.
—Fui a Madrid a hablar contigo hace quince días —la cortó él en cuanto vio que empezaba a gritar otra vez.
—¿Hace quince días?
—Sí.
—¿Y?
—Os vi a Carlos y a ti muy apasionados.
—¡Acabáramos! Lo que te molestó fue que estuviera con otro; ahora ya entiendo el show de hoy. —Se irguió en la butaca, furiosa.
—¡No! —Él también quería gritar; se estaba controlando, pero le faltaba poco para perder la paciencia—. ¿Qué parte de «fui a Madrid a verte y a hablar contigo» no has entendido?
—La verdad es que no entiendo ninguna parte. Fuiste a Madrid a verme cuando habías pasado casi seis meses sin dirigirme la palabra.
Pablo se reclinó en la butaca, resoplando, impotente, al tiempo que alzaba las manos al cielo. Alicia se calló, cruzó los brazos y lo miró con aire ofendido. Al cabo de un rato, se pasó las manos por la cara, como si quisiera hacer un reset , y empezó a hablar con tono calmado.
—Cuando te fuiste aquel domingo, hace seis meses, me quedé fatal. Tu hermana no paraba de preguntar qué me pasaba y yo me moría de ganas de contárselo. Me limité a explicarle que había una chica, una que prefería el trabajo antes que a mí.
—No dije más que lo que querías oír. Me habías dejado muy claro que no pensabas enamorarte —argumentó ella, a la defensiva.
—¡Lo sé! —contestó él—. ¿Crees que no he repasado un millón de veces todo lo que dijimos y lo que no dijimos aquella noche, antes de que te fueras?
—Te sentaste en la cama, y si bien no lo expresaste en voz alta, tu cuerpo en tensión y tu postura no dejaban lugar a dudas. Querías que me fuera.
—Me senté en la cama porque había tenido una pesadilla, y después aquel ruido; se me metió el miedo en el cuerpo. Pensaba en que nos teníamos que despedir y no quería hacerlo. Pero cuando saliste del baño y me hablaste de la manera en que lo hiciste, el mundo se me vino encima.
—No quería que vieras lo mal que estaba en realidad ―se excusó
Alicia.
Ambos callaron durante un rato; no sabían cómo llegar al otro.
Seis meses de malentendidos no eran tan fáciles de olvidar.
—Fue Nieves —dijo al fin Pablo.
—¿Perdona? —preguntó Alicia, saliendo de su ensimismamiento.
—Hace dos días, Nieves llamó a casa. Me dijo que estaba harta de que los dos fuésemos a llorarle nuestras penas y que me daba hasta hoy para que solucionáramos nuestros asuntos.
—¿Nuestros asuntos?
—Bueno —Pablo sonrió de nuevo de aquella manera que lograba que Alicia se fundiera por dentro—, ella utilizó un lenguaje más explícito; sugirió que…
—¡Da igual! —lo interrumpió—. Conociéndola, me imagino de forma bastante aproximada sus palabras.
—Cualquier cosa que puedas imaginar se queda corta.
Volvieron a quedar en silencio. La incomodidad entre ellos era palpable. Alicia se volvió para mirar a través de la ventana. Pablo le puso las manos sobre las rodillas, que la tela del vestido no cubría. Ella dio un pequeño respingo, que intentó disimular de inmediato.
—Aunque pueda imaginarme cómo acabaremos, no sé cómo podría dirigir la situación hacia ese desenlace. —Pablo habló en voz baja, muy suave.
Alicia le agarró las manos y, lentamente, las apartó de sus rodillas para colocarlas sobre las de Pablo.
—Hace algo más de dos horas te dije que eras un engreído, y hace menos de media te he dicho que no pensaba perdonarte.
Ahora debería añadir que quizás tendrías que considerar seriamente comprar un audífono, porque no puedo creer que no me hayas escuchado.
Quiero pensar que no me has oído porque te estás quedando sordo—habló serena; ya no gritaba.
Pablo fue a protestar, pero Alicia se puso en pie y se dirigió hacia la puerta sin mirarlo ni una sola vez. Cuando ya estaba a punto de abrir, notó cómo Pablo se pegaba a su espalda. Cogiéndola por la cintura desde atrás, le susurró al oído:
—Ya te dije una vez que, si hacía falta, ataría tus pensamientos para impedir que en tu cabeza cupiera cualquier cosa que no fuera yo.
Sigo pensando lo mismo. Si hoy no consigo que me perdones, la próxima vez me declararé a ti delante de un millar de personas, pero no dejaré que te vayas de mi lado otra vez.
—Le mordió el lóbulo de la oreja y empezó a darle besos encendidos en el cuello, hacia el hombro.
A Alicia se le aflojaron las piernas y, en un gemido, soltó todo el aire que retenía en los pulmones. Apoyó la espalda sobre el pecho de Pablo y estiró el cuello, para que él pudiera continuar con su dulce tortura.
—No te perdono —reiteró, ya sin ninguna convicción. Pablo volvió a morderle la oreja y continuó susurrando:
—Desde que te he visto con este vestido, tengo ganas de arrancártelo a mordiscos.
—Ni se te ocurra morder nada, que tenemos que salir a dar la cara.
Después, se giró para mirarlo de frente.
—No te creas que esto va a quedar así, faltan muchas cosas por aclarar.
Pablo apoyó su frente en la de ella.
—Estoy loco por ti, y no es porque me pongas a mil solo con mirarme, es porque cada minuto que hemos pasado separados ha sido un verdadero infierno.
Si para estar contigo tengo que dejarlo todo, mudarme a Madrid y ser yo el que espere en casa hasta que tú acabes de trabajar, lo haré.
Haré lo que quieras, pero no te vayas de mi lado nunca más.
—¿De veras harías eso? ¿Dejarías el trabajo, tu piso, Salamanca, para seguirme a Madrid?, ¿para que yo conservara mi empleo?
Pablo se separó un poco de ella para poder mirarla a los ojos.
—¿Por qué no debería hacerlo? Las mujeres lo han dejado todo durante generaciones para seguir a sus maridos. ¿Por qué no deberían hacerlo los hombres cuando los trabajos de ellas son más importantes?
—¿Renunciarías a tu empresa?
—Por ti, renunciaría a cualquier cosa. Aunque si eso te preocupa, he de decir que dejarla en manos de tu hermana no es lo mismo que renunciar a ella.
Alicia tenía los ojos cuajados de lágrimas; la embargaba tal emoción que era incapaz de articular palabra. Ni en el mejor de sus sueños hubiera podido imaginar que podía obtener la «chocotaja» (chocolate y tajada, ¡vaya!), como decía su amiga Vero.
—Pablo, te quiero. Me enamoré de ti con quince años y, aunque pensé durante mucho tiempo que había conseguido olvidarte, no era verdad. Me di cuenta la primavera pasada. Yo tampoco quiero estar lejos de ti ni un segundo.
Al oírla, él se echó a reír y llorar al mismo tiempo. La besó hasta quedarse sin aire en los pulmones.
Cuando, sin separar los labios de los suyos, empezó a guiarla hacia la cama, escucharon un golpecito en la puerta.
—Alicia, hija, ¿estás bien? —se oyó la voz de Carmen—. Todo el mundo me pregunta por ti.
—Mamá, estoy perfectamente. Ahora salgo.
—Pues venga, hijos, daos prisa, que tu hermana ni anunciando que está embarazada ha conseguido desviar la atención del numerito que habéis montado. Anda que a ti, Pablito, ¡ya te vale! Cuando se lo cuente a tu madre, te vas a enterar.
—¡Mamá!
Pablo rio con ganas, en parte porque la madre de Sara y Alicia (su suegra, pensó complacido) era incorregible, en parte porque se sentía tan relajado que hasta tenía ganas de cantar.
—¡Sí, hombre, tú encima ríele las gracias! —lo recriminó ella de camino a la puerta al tiempo que se reacomodaba el estrecho vestido. Justo antes de abrir, se giró y, mirándolo pícara por encima del hombro, añadió―: Pues si el vestido te ha puesto burro, espera a ver el modelito que llevo debajo.