Maldito veintiuno de marzo (Colección Mediterráneo 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

«Necesito una respuesta en este momento;

el amor no se piensa,

se siente o no se siente».

Como agua para chocolate, Laura Esquivel

La ceremonia de la boda terminó abruptamente tras la confesión de Pablo.

En los segundos posteriores a su declaración, el silencio se podía cortar. Solo era la calma que precede a la tormenta.

La primera en reaccionar fue Sara.

—¿Que hiciste qué? —masculló furiosa, poniéndose en pie—. Te advertí que no te acercaras a ella.

Aunque lo había pronunciado casi en un susurro, el micro se encargó de proyectar las palabras en cada rincón del patio.

Los invitados miraban a los dos amigos con cara de espanto, temiendo un enfrentamiento.

Casi al mismo tiempo, Alicia se levantó de su silla y salió corriendo en dirección al pequeño hotel. Carlos fue tras ella.

Los invitados se volvieron en sus sillas para verlos mejor.

—Alicia, espera —gritó Pablo, e inmediatamente trató de seguirla. Nieves se lo impidió aferrándolo por un brazo.

—¿Has  perdido  la  cabeza?  —le  gritó—. Te dije que la conquistaras, no que la avasallaras.

—¿Que hiciste qué? —repitió Sara, esta vez dirigiéndose a su esposa.

La gente, al ver que el foco de acción volvía a estar en la parte delantera, se volvió de nuevo en las sillas. Parecía que estuvieran presenciando un partido de tenis.

Y, de repente, se desató el pandemónium.

Todo el mundo quería hablar al mismo tiempo. Todos tenían algo que opinar sobre lo que acababa de suceder. Algunos hablaban con los que estaban sentados dos o tres sillas más allá, y lo hacían a gritos.

Carmen se levantó de un salto, intentando llamar a la calma, pero no lo consiguió.

Nieves y Sara reñían a Pablo a la vez, aunque con argumentos opuestos.

La madre de Nieves trataba de apaciguar a su hija.

Pablo luchaba por deshacerse de ellas para ir en busca de Alicia.

Mientras, Emilio, Manuel y Antonio, que permanecían sentados en sus sillas, se miraron y, quién sabe si por efecto de tanta tensión acumulada o simplemente porque la situación era verdaderamente cómica, rompieron a reír a mandíbula batiente.

Carlos alcanzó a Alicia cuando esta estaba a punto de entrar en el hotel.

—¡Alicia, espera!

Ella se volvió para mirarlo, con la mano ya en el pomo de la puerta.

Al darse cuenta de que alguien la seguía, se había limitado a correr más deprisa, pero los tacones y la falda estrecha no daban para más; no se había girado para comprobar quién era su perseguidor. Ahora, al oír la voz de Carlos, se dio la vuelta y escondió la cara en su pecho, llorando de rabia.

—No llores más —le dijo, pasados unos minutos—. Algo así se venía venir desde que llegué esta mañana, solo que yo pensaba que

Pablo sería un poco más discreto. Me pareció que era un tipo serio.

Alicia lo miró con cara de espanto.

—¿Qué quiere decir que se veía venir?

—Bueno, si tú estás tan ciega como para no ver cómo te ha estado mirando Pablo durante todo el día, yo no. Y si no has visto la ristra de puñales que yo llevo clavados en la espalda…

—¿De qué hablas? No entiendo nada —contestó Alicia dejando un poco de espacio entre ellos.

—El caso es que a mí no me ha estado mirando con el amor con que te contemplaba a ti; más bien, todo lo contrario. Esta mañana, cuando hemos llegado de la mano, he sentido físicamente la hostilidad que destilaba al verme junto a ti.

—¡No te habrá dicho nada!

—No —rio triste—, pero yo sí que tendría que haber ido a hablar con él y decirle todo lo que me confesaste aquella noche de borrachera.

—Carlos —empezó Alicia, titubeante—, eso se acabó, estoy contigo.

La carcajada de Carlos sonó lúgubre.

—No, ratita, eso no se ha acabado en absoluto. Aunque se lo niegues a todos, incluso a ti misma. Yo he visto cómo lo mirabas cuando creías que no te veía nadie. Me encantaría ser yo quien recibiera esas miradas, pero no lo soy, ni lo seré, por más empeño que pongas.

—Pero, Carlos…

—Alicia, te diré lo que vamos a hacer. Entraremos en la habitación; mientras tú te retocas el maquillaje, yo recogeré mis cosas y después me marcharé.

—Ni hablar —negó ella, tajante.

—Hombre, es que, con esa cara, te pareces más al Joker que a la madrina de una boda, y no creo que quieras pasearte con esos chorretones de rímel corriéndote por las mejillas.

Alicia sonrió, no tanto por lo que Carlos acababa de decir como por su expresión cómica. Se notaba que no estaba mucho mejor que ella, y todavía hacía lo posible por hacerla reír. ¿Por qué no podía enamorarse de él en lugar de seguir colgada del gilipollas de Pablo? Mierda. Mierda.

—No me refería a esa parte, aunque la verdad es que no creo que yo sola pueda ponerme más en ridículo de lo que ya lo ha hecho ese imbécil. Me refería a que no quiero que te marches.

—Y ¿qué voy a hacer yo por aquí después de que dicho imbécil y tú hagáis las paces?

Alicia bufó.

—No pienso hacer las paces con Pablo, como mínimo, en las próximas cien vidas.

Carlos volvió a reír, esta vez con más humor.

—¡Sí, las harás, y mucho antes de lo que crees!

Cuando eso suceda, no me gustaría seguir rondando por aquí.

Puede que yo sea un buen tipo y acepte que te guste otro más de lo que te gusto yo.

De hecho, ya sabía que estabas enamorada de él.

Pero de ahí a querer ver cómo os reconciliáis, va un abismo.

Ella volvió a refugiarse en sus brazos y se echó a llorar de nuevo.

Esta vez lo hacía por él.

—Carlos, me he portado fatal contigo. Soy muy mala persona. Deberías enfadarte y, en lugar de eso, me das consejos —admitió entre hipidos.

Notó la vibración de la risa de él en su pecho.

—Ya te dije que sabía dónde me metía. No quise desaprovechar la oportunidad cuando decidiste dármela, aunque sabía que sería muy difícil que llegaras a quererme como lo quieres a él.

En parte, si acepté venir a la boda, fue para ver si todavía sentíais algo el uno por el otro.

Y, bueno, creo que ha quedado sobradamente demostrado.

—Tu hermana me va a matar —comentó Alicia—. Ya estaba preparando mi despedida de soltera.

La risotada que soltó Carlos esta vez fue genuina.

—Mi hermana siempre se mete donde no le importa, y si de verdad te da miedo, le diremos que he sido yo el que te ha dejado.

—¡Sí, claro!, para que te mate a ti.

—No nos va a matar a ninguno de los dos. No te preocupes por ella; además, ya sabes: perro ladrador, poco mordedor.

—Carlos, lo siento tanto.

—Eso ya lo has dicho. Venga, que empiezas a repetirte y aún no has empezado ni a beber.

Ella le dio un golpecito amistoso en el pecho.

—Vamos —la instó a entrar en la habitación—, que si no me enredo mucho, llegaré a Madrid a una hora razonable.

Alicia lo miró con cara de perrito apaleado y Carlos la volvió a empujar sin darle opción a que hablara de nuevo.

En cuanto Pablo logró desembarazarse de Nieves y de Sara, corrió en busca de Alicia.

Aunque había visto cómo Carlos la seguía, esperaba que les diera algo de intimidad; si no lo hacía, estaba dispuesto a pedírselo de rodillas.

No sabía muy bien por dónde empezar a buscarla, así que se dirigió hacia las habitaciones con intención de llamar a todas las puertas si era necesario.

Al doblar una esquina, casi chocó de frente con Carlos, que iba en dirección contraria, con una bolsa para trajes en una mano y una mochila en la otra. Se dio cuenta de que se iba.

—¿Dónde está? ¿Ella también se marcha? No puede. En todo caso, si alguien tiene que largarse, soy yo. No creí que podría perderlas a ambas en menos de media hora. ―Sonaba desolado; de hecho, lo estaba. «¿Y por qué le estoy contando mis penas a un tipo al que no conozco de nada?», se preguntó.

—¿Sara te ha echado? —inquirió Carlos, divertido.

—No, pero ha faltado poco. Lo hará si le doy una razón, por pequeña que sea, y que su hermana desaparezca por mi culpa es una razón más que justificada.

—No, ella no se va. El único que se pira soy yo. No creo que eso justifique que te echen a ti.

Pablo empezó a agitarse. Ella no se iba, pero su novio, sí. Eso seguro que quería decir algo.

—Pablo —lo llamó Carlos—, está en la habitación doce, al final del pasillo. Lo más probable es que no te lo ponga nada fácil, pero no por eso dejes de intentarlo. Ella vale la pena.

—Gracias, tío —contestó Pablo, abrumado y sin saber muy bien qué más decir.

—No creas que me iría si creyera que tengo la más mínima oportunidad con ella. Pero ante ti, nunca la tuve.

Dicho esto, Carlos volvió a ponerse en camino hacia su coche.

Estaba mucho más apenado de lo que había pensado, porque aun sabiendo que Alicia no se quedaría con él más que un tiempo, se había enamorado de verdad.

La culpa era de Vero, que llevaba hablándole de ella más de un año.

Se iba a enterar su hermana de lo que valía un peine en cuanto la pillara.

Pablo se detuvo ante la habitación número doce.

No sabía qué le diría a Alicia, pero no quería esperar más, no podía esperar más; sin embargo, no se atrevía a tocar.

Apoyó la frente en la puerta, aguardando la inspiración.

Si su improvisación anterior había causado tanto jaleo, ahora prefería pensar un poco antes de actuar.

La puerta se abrió de golpe, como si hubiesen tirado desde dentro con rabia.

Pablo cayó hacia delante, encima de Alicia.

Ella se puso a gritar y retrocedió deprisa, asustada. Él, en cuanto le faltó el apoyo, trastabilló, para, finalmente, darse de bruces contra el suelo.

—¡Tú! —gritó Alicia mientras él se levantaba de un salto—. ¡Tú otra vez! ¿No te basta la vergüenza que me has hecho pasar ahí afuera? Ahora tenías que venir a echar la puerta abajo.

—No he echado ninguna puerta abajo —dijo él, todavía calmado, pero serio—. Solo me he apoyado en ella y tú has abierto.

—Vamos, que la culpa del estropicio, ¿vuelve a ser mía?

—Alicia, cálmate, por favor. No he venido a pelearme contigo, he venido a pedirte algo.

—¿Que me calme? ¡Que me calme, dice! ¿Tú te das cuenta de que nunca en mi vida me había sentido tan humillada?

No solo has insinuado delante de mis padres y de toda mi familia que nos pasamos dos días en la cama, sino que, además, te has cargado la boda de mi hermana con esa declaración tan inoportuna.

—Alicia estaba furiosa. De hecho, no entendía cómo podía comportarse y hablar de forma tan contenida, si de lo único que tenía ganas era de arrancarle los pelos de la cabeza a Pablo uno a uno.

—Alicia, yo… yo ya sé que no ha sido el mejor momento para soltar todo lo que llevaba dentro desde el dichoso veintiuno de marzo, pero es que ya no sabía cómo hacerlo; me has estado evitando durante todo el día. Yo solo quería preguntarte…

—¡No, la respuesta es no! —gritó ella.

—Pero ni siquiera sabes cuál es la pregunta.

—Me da igual. A cualquier cosa que me pidas, diré que no — contestó furiosa.

Pablo agachó la cabeza. Se había puesto en ridículo, como muy bien señalaba Alicia.

Se había cargado el momento más bonito de la boda, y lo único que había conseguido había sido enfurecerla.

En las películas, las declaraciones grandilocuentes, como la que él le había dedicado, siempre funcionaban, pero en la vida real estaba visto que no era así. Qué asco.

Alicia se dirigió hacia la puerta para salir de la habitación; estar tan cerca de Pablo no la ayudaba en su decisión.

Cuando pasó por su lado, Pablo levantó la cabeza y las miradas de ambos se quedaron trabadas.

—¿Me contestarás que no a cualquier cosa que te pida? — preguntó él en un susurro.

—¿Acaso no te ha quedado claro? —No podía dejar de mirarlo, pero no pensaba flaquear.

Pablo le regaló aquella sonrisa que la enloquecía y dijo:

—Salgamos de aquí.

Alicia abrió la boca para contestar, pero no pudo articular palabra al ver con cuánta facilidad había caído en su propia trampa.

—Según tus propias palabras, ahora tienes que contestar que no y quedarte aquí encerrada con él —oyeron que decía la voz enfadada de Sara desde la puerta. Nieves estaba justo detrás de ella, pero sonreía y hacía el signo de OK con el pulgar hacia arriba.

—Mirad, tortolitos, ya nos habéis chafado la tarde; ahora no quiero más dramas, así que todo lo que tengáis que arreglar, lo arregláis de puertas para adentro, como la gente normal.

No saldréis de aquí hasta que no esté todo aclarado —aunque intentaba seguir enfadada, se notaba que se divertía—.

Así que solucionad esa tensión sexual que no nos ha dejado respirar tranquilos a ninguno en todo el día y después ya vendréis a cenar.

Alicia fue a protestar, pero Nieves, con un dedo estirado, la hizo callar.

—¿Lo sabías? —preguntó Pablo, mirando receloso a Sara.

—Pablito, siempre se te ha dado fatal mentir.

No podrías ocultarme algo aunque quisieras —remarcó ella, sin contestar a la pregunta—.

Esta vez te salvas porque hoy no quiero ver cabreada a Nieves y porque las hormonas me tienen loca y no me reconozco a mí misma, pero la próxima vez que intentes esconderme algo, o bien disimulas mejor, o bien te buscas otro socio.

—Le lanzó una mirada elocuente a Nieves.

Pablo, con una sonrisa que le llenaba toda la cara, dijo:

—Vaya, seréis unas madres insoportables. Ya empiezo a compadecer a ese pobre hijo vuestro.

Detrás de él se oyó un gritito:

—¡Estás embarazada! —Alicia se llevó las manos a la boca—. Ya me parecía a mí raro todo lo que habías engordado.

—Hermanita, ya ves que no eres la única que no comparte toda la información de la que dispone.

Ahora, si nos disculpáis, vamos a dar la noticia al resto de los invitados, y así, con la impresión, a lo mejor alguno recuerda que los protagonistas hoy no sois vosotros dos.

— Dicho esto, cerró la puerta y los dejó enclaustrados en la habitación.