Capítulo 24
«En vano he luchado. No quiero hacerlo más.
Mis sentimientos no pueden contenerse.
Permítame usted que le manifieste cuan
ardientemente la admiro y la amo».
Orgullo y prejuicio, Jane Austen
Cuando la voz de Jon Bon Jovi llenó el patio con la canción Hallelujah —que Leonard Cohen le había cedido en su día—, todo el mundo se giró para ver llegar a las dos novias, una desde cada lado y acompañadas por sus respectivos padres, avanzando lentamente y mirándose a los ojos con intensidad.
En cuanto estuvieron ante el maestro de ceremonias, se tomaron de la mano. Se miraron un instante más, con el amor desbordante que suelen lucir los novios el día de su boda, y, sonriendo, se volvieron hacia delante para afrontar juntas todo lo que ocurriera desde ese momento.
Alicia no oyó nada de los artículos del Código Civil.
Su cabeza repasaba el poema que había elaborado para recitar en cuanto la hicieran subir a la palestra.
«Vaya eufemismo ―pensó―, la verdad es que el sitio no podría haber quedado mejor, ni podría parecerse menos a una palestra».
Se deleitó con la imagen de Pablo, sentado en la otra fila.
Estaba guapísimo, los ojos se le iban en su dirección sin que pudiera evitarlo.
«No lo mires más, a ver si se va a percatar; además, ahora estás con Carlos».
De repente, Pablo se giró y la miró a su vez, lo que hizo que ella desviara la vista con prontitud, preocupada de que la hubiera pillado in fraganti.
No sabía muy bien a qué había venido lo que le había dicho apenas media hora antes. Había parecido como si quisiera recriminarla por haberse marchado aquel día de marzo, cuando era él quien, claramente, había tenido prisa por quitársela de encima.
«¿Qué pretendió insinuar Nieves esta mañana?
¿Que quizás entre nosotros hay un malentendido?
¡Pues ahora ya da igual!, ahora estoy con Carlos», se repitió, obstinada.
El pobre se había pasado el día medio abandonado, mientras ella ayudaba en los últimos preparativos, y no se había quejado ni una sola vez.
¿Cómo podía no querer a un hombre así? Bueno, de hecho, sí lo quería, pero a su manera. Una manera totalmente desprovista de pasión y de las palpitaciones que le provocaba el dichoso Pablo. Pablo. Pablo. Se lo tenía que arrancar de la cabeza, ¡ya!
Las novias empezaron el rito de la arena.
Mientras preparaban la boda, habían leído acerca de ese ritual, que ya se practicaba en la antigüedad.
Consistía en que cada uno de los contrayentes recogía arena del lugar en el que había nacido y, durante la ceremonia, la depositaban en un solo recipiente.
Cada granito de arena se mezclaba con los demás de una forma indisoluble, simbolizando así la unión eterna de la pareja.
En la actualidad estaba de moda escoger arenas de distintos colores, para que se viera de forma más estética en el recipiente.
A Nieves le había gustado la idea de recoger la arena ellas mismas, pero ante la dificultad que eso entrañaba en sus respectivos barrios, decidieron ir a la orilla del Tormes.
Fueron a la playa de la Aldehuela, escogieron cada una un sitio distinto para recogerla y la guardaron para usarla en la ceremonia.
Habían leído también que ese ritual solía llevarse a cabo una vez intercambiados los anillos, pero ellas habían decidido hacerlo al revés.
En cuanto Sara tomó la mano de Nieves para colocarle la alianza, esta empezó a temblar.
Ambas habían redactado sus votos sin que la otra pudiera leerlos.
Y aunque lo que Nieves más deseaba en el mundo era absorber cada una de las palabras de Sara, los nervios y la emoción empezaban a traicionarla.
Rodó una lágrima por su mejilla, y Sara empezó a hablar en el mismo momento en que se la borraba con un dedo.
—Nieves, prometo que compartiré mi vida contigo, que cada noche acercaré mi almohada a la tuya y que intentaré no quedarme con todo el edredón en invierno.
Prometo que no te contaré el final de ningún libro por mucho que me muera de ganas de hacerlo.
Prometo no ponerme tus zapatos para no ensancharlos con mis pies de camionera.
Prometo que cada mañana, al despertarnos, aunque pasen cien años, pensaré que eres la más hermosa, la más dulce y mi mujer favorita en el mundo.
Nieves, tú eres mi luz, mi faro en un día de tormenta.
Cuando estoy junto a ti, los problemas se desvanecen y la tristeza no existe.
Te pongo este anillo en presencia de toda esta gente para que ellos sirvan de testigos del infinito amor que siento por ti.
Nieves, que ya no podía contener las lágrimas, tuvo que respirar hondo para calmarse y poder prometer su parte:
—Sara, cuando te conocí, no tenía ni idea de lo importante que llegarías a ser para mí.
Hasta que no te tuve a mi lado, no supe en qué consistía el amor.
Por eso, te prometo que, cuando nos peleemos, antes de que llegue la noche, habremos hecho las paces, y que algún día puede ser que te deje ganar una discusión.
Prometo apoyarte delante de cualquiera por muy equivocada que piense que estés.
—Inhaló y, sonriendo, continuó—: Prometo no enfadarme si al ponerme unos zapatos están todos cedidos por tus pies de camionera.
Te doy este anillo, delante de nuestros amigos, para que sean los testigos de lo mucho que te amo hoy, mañana y para siempre.
Sabía que se había saltado un párrafo entero, pero no le importaba. Tenía los votos por escrito en la habitación y, cuando se fueran a dormir, se los leería a Sara para que la emoción no volviera a traicionarla.
Ahora la que lloraba era su esposa. ¡Su esposa! Se enterneció tanto al pensarlo que empezó a secarle las lágrimas con besos suaves.
Entre los invitados se elevó una exclamación de alegría. El maestro de ceremonias les dio permiso para besarse, y lo hicieron con tanta pasión que la temperatura del ambiente subió varios grados.
—¡Alicia, Alicia! ¡Despierta, es tu turno!
Alicia se levantó sobresaltada de la silla y se situó ante el micro, avergonzada por haber estado más pendiente de Pablo que de su hermana y de Nieves en un momento tan importante para ellas.
—Sara y Nieves me pidieron que preparara algo para este momento tan especial.
Así que voy a leerles la carta de amor que Paul Newman envió a Joanne Woodward antes de casarse; es de Wilferd A.
Peterson, y dice así: «La felicidad en el matrimonio no es algo que simplemente suceda, un buen matrimonio debe crearse.
En el arte del matrimonio, las pequeñas cosas son las grandes cosas; nunca se es tan viejo como para no sostenerse las manos.
Hay que recordar decir te amo al menos una vez al día, y nunca irse a dormir enfadados.
Nunca hay que hablar al otro solo por ser condescendiente; el cortejo no debe terminar con la luna de miel, debe continuar a través de los años.
»El arte del matrimonio es tener un sentido mutuo de valores y objetivos comunes; es ponerse en pie juntos enfrentándose al mundo.
Es formar un círculo de amor que se alimenta en toda la familia.
Es hacer cosas para el otro, no en la actitud de servicio o sacrificio, sino en el espíritu de gozo.
Es hablar con palabras de apreciación y demostrar gratitud de manera considerada. No se busca la perfección en sí.
»El arte del matrimonio es cultivar la flexibilidad, la paciencia, la comprensión y el sentido del humor.
Es tener la capacidad de perdonar y de olvidar.
Es dar al otro una atmósfera en la que cada uno pueda crecer.
Es encontrar espacio para las cosas del espíritu en una búsqueda común del bien y la belleza.
Es establecer una relación en la cual la independencia sea por igual, la dependencia, mutua y las obligaciones, recíprocas.
No es solo casarse con la pareja perfecta, es ser la pareja perfecta.
Es descubrir lo que el matrimonio puede ser, en su mejor momento».
Alicia miró a su hermana y a Nieves, y con la boca articuló un «os quiero a rabiar» que no oyó nadie, pero que tocó el corazón de los pocos que pudieron leer sus labios.
Las tres se fundieron en un abrazo lacrimógeno, lleno de amor.
Había llegado el turno de Pablo.
Se acercó hasta el micro con el discurso que había escrito dos días antes. Ahora, después de todo lo que se había dicho, le parecía pobre e insípido.
Empezó a leer:
—Buenas tardes a todos. —Levantó la vista del papel y vio que todo el mundo lo observaba.
Decidió que, dado que iba a hacer el ridículo, lo mejor era hacerlo con la cabeza bien alta.
Plegó de nuevo el papel y, con cierta ceremonia, lo guardó en el bolsillo interior de la americana, dándose tiempo para pensar en qué podía decir―.
Hace dos días, no tenía muy claro de qué hablar hoy.
Ahora, después de escuchar todas estas cosas maravillosas, tengo claro que no puedo añadir nada más.
—Agachó la cabeza, suspiró, se rascó el puente de la nariz e intentó continuar—: La mayoría de los que estáis aquí, si no todos, sabéis que Sara y yo somos amigos desde hace muchos años, tantos que a veces me cuesta evocar un recuerdo del pasado en el que no esté presente.
Podría contaros millones de anécdotas de ella, pero solamente quiero contaros una, la principal, y la razón por la que nos encontramos aquí hoy.
»El día que Nieves entró, como una tromba, en la vida de Sara, la cambió.
La cambió tanto que, a veces, como hoy, se nos hace irreconocible.
¡Que nadie crea que es una crítica! No lo es.
Si la Sara de antes me gustaba, la de ahora me gusta el doble.
Ha encontrado en Nieves todo lo que la hace feliz, y me da envidia; me da mucha envidia.
»Nieves, has sido una inspiración para todos; te quiero, por lo mucho que amas a Sara y por la felicidad que has traído a su vida; por hacer que todo el paquete de familiares y amigos que venía con tu mujer —elevó las cejas dos o tres veces y la gente rio— nos sintamos también queridos; por tu continuo apoyo incondicional hacia todos nosotros; por tu manera de ser. En definitiva, por ser tú.
»Sara, tú eres mi hermana, la que nunca he tenido y siempre deseé.
Mi vida no sería lo que es si tú no participaras cada día en ella.
En veinte años, te he mentido una sola vez, hace casi seis meses.
— Sara lo observó intrigada. Nieves se giró discretamente para ver cómo Alicia se revolvía en la silla.
Pablo miraba a su mejor amiga sin desviar la vista—.
Te mentí porque creía que no duraría más de un día o dos; te mentí porque tuve miedo de que no aprobaras mi comportamiento; te mentí, y he seguido haciéndolo durante el último medio año.
Cada vez que me preguntabas por qué estaba triste, cada vez que querías que saliéramos a divertirnos y yo ponía excusas. Ahora ya no quiero mentir más.
»Te conté que había conocido a una chica con la que había pasado el mejor fin de semana de mi vida, y no era verdad, porque a esa chica la conocía desde siempre, como a ti; te conté que ella prefería el trabajo antes que a mí, y eso, por lo que ahora sé, no era verdad; te conté que había hablado con ella para que me diera otra oportunidad y tampoco era verdad.
Ahora, como he dicho, quiero dejar de mentir, y quiero hacerlo aquí, delante de todo el mundo, para que no haya más malentendidos.
—Dejó de mirar a Sara para mirar a Alicia directamente a los ojos—.
Alicia, los dos días que pasé contigo fueron, con mucho, los mejores de mi vida; desde entonces no he dejado de pensar en ti ni un solo minuto.
Si me das una oportunidad, te demostraré que yo también puedo cambiar, como lo ha hecho Sara; si me das una oportunidad, nunca más me separaré de ti; si tú me quieres, compartiré cada día del resto de mi vida contigo.