Maldito veintiuno de marzo (Colección Mediterráneo 2) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Tú eres mi niña. Aunque hayas crecido, sigues siendo mi pequeña; cualquier hombre que hubieses elegido para casarte me habría parecido poca cosa para ti —continuó Manuel—.

Que eligieras a una mujer me pareció incluso peor.

—Miró a su esposa, impidiendo con la vista que volviera a interrumpirlo—.

Hoy me han traído a rastras tu madre y el moderno de tu hermano pequeño, en contra de mi voluntad.

—¡Papá! Qué dramático te pones a veces, ¡si conducías tú!

—¡Porque tú conduces como un loco! —lo riñó—. Si había que llegar, lo mínimo era hacerlo de una pieza, ¿o no?

Nieves sonreía mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas y se le corría el maquillaje.

—¡Termina ya, Manuel! —acució María Teresa, que se moría de ganas de abrazar a su hija.

—Bueno, lo que quiero decir es que, aunque no comulgue en absoluto con lo que vas a hacer, que Sara —era la primera vez que pronunciaba su nombre; todas las anteriores ocasiones se había referido a ella con apelativos despectivos— tuviera el valor de venir a casa y demostrarnos que te quiere tanto me hizo pensar que a lo mejor tu elección no ha sido tan desacertada.

A esas alturas ya lloraba todo el mundo, incluso a él le brillaban los ojos.

Nieves lo abrazó. Manuel, un poco tieso al principio, levantó los brazos y abrazó también a su hija; su pequeña, que ya era mayor y podía tomar sus propias decisiones, aunque a él le parecieran totalmente equivocadas.

María Teresa fue la siguiente. No dijo nada, tan solo rozó la cara de Nieves con ternura infinita y la besó.

Antonio, el hermano pequeño, llegó como una tromba y las abrazó a las dos al mismo tiempo, llenándoles la cabeza de besos.

—¡Antonio, bruto! Nos vas a despeinar.

Emilio hizo una seña a Pablo y a Alicia para que salieran y les concedieran un poco de intimidad. Una vez fuera, frotándose las manos, dijo:

—Voy a ver a tu hermana; supongo que esto cambia los planes y podré acompañarla hasta el… bueno, lo que sea. —Agitó una mano.

Sara y Nieves habían decidido que, ya que el padre de la segunda no iba a estar presente, recorrerían juntas el pasillo hasta el lugar de la ceremonia. Pero las cosas habían cambiado.

Emilio se dio la vuelta y, casi dando saltitos de alegría, se dirigió a su habitación, donde estaban Sara y Carmen.

Alicia, al verse sola con Pablo, inició la huida de nuevo, pero él, agarrándola de un brazo, se lo impidió.

Cuando la había visto en la habitación, unos minutos antes, imponente con ese vestido verde que la hacía parecer una diosa, había tenido que meter la mano en el bolsillo para disimular la erección súbita que le había causado.

Se había sentido casi como un acosador, pero no pudo dejar de mirarla durante el tiempo que Nieves y sus padres tardaban en hacer las paces.

No había prestado atención a nada que no fuera ella.

Su cara, que había echado tanto de menos en esos meses; su sonrisa, casi beatífica, al ver a la familia de Nieves cediendo al fin ante los deseos de su hija; su figura, magníficamente realzada por el vestido, que parecía confeccionado a propósito para ella.

—Espera —le pidió—. ¿Por qué me evitas? Quiero hablar contigo.

—No te evito, Pablo, pero Carlos está solo y quiero ir a ver si necesita algo.

—Sí que me evitas. Me has estado evitando todo el día. Desde que hemos llegado intento decirte algo, y tú me has dado esquinazo cada vez que he tratado de acercarme a ti.

—No es cierto —atacó ella; su voz sonó mucho más descontrolada de lo que pretendía.

Había imaginado millones de veces esa conversación, y en sus ensoñaciones siempre se había comportado de manera mucho más sofisticada—.

¿Por qué debería evitarte? Creo que las cosas quedaron bastante claras entre nosotros la última vez que hablamos.

—Yo creo que no quedaron nada claras —contraatacó él—. En realidad, creo que la última vez que hablamos lo hicimos de forma un tanto hostil.

—¡Bueno, tú sabrás por qué! —Nuevamente sonaba enfadada, a punto de gritar. «Así, no. Mantente serena», se dijo—. Prácticamente me echaste de tu casa. Tú ya habías conseguido lo que querías y yo te molestaba. Tenías que sacarme de allí para ir en busca de la otra.

—¿Qué otra? —preguntó extrañado, pero se olvidó enseguida de ese detalle y continuó—: ¿Cómo puedes decir eso?

Fuiste tú la que, una vez satisfecha, lo único que quería era largarse.

— Inmediatamente después de que la frase hubo salido de su boca, se dio cuenta de lo mucho que la había cagado al pronunciarla.

Si bien le había reprochado prácticamente lo mismo que ella le había censurado a él, la elección de las palabras no había sido la más adecuada.

Alicia lo miró furiosa.

—¿Acaso pretendías que te diera las gracias por hacerme tener un orgasmo?

No eres más que un engreído, y yo, una imbécil por no hacer caso a lo que mi hermana me había advertido un millón de veces.

Y no quieras hacerme creer que no había otra esperándote.

Me refiero a la que va a venir a la boda, a la que fuiste a reconquistar el día que Sara vino a mi casa sin ti.

—La cara de Pablo era de asombro genuino—.

¿O pensabas que no iba a enterarme? Me contaste que no querías enamorarte, y yo te creí.

—Él abrió la boca para protestar, pero ella no lo dejó meter baza—.

¡Déjalo, Pablo! Hicimos lo que hicimos porque nos apetecía.

Si yo me ilusioné creyendo que se trataba de algo distinto, no fue culpa tuya.

Ahora que ya sabes cómo me sentí, por favor, no me molestes más.

Alicia se dio la vuelta y taconeó enfadada en dirección contraria. Tenía los ojos llenos de lágrimas de rabia, pero no quería que Pablo la viera llorar por él.

Pablo, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, se dio cuenta de que la conversación había discurrido de un modo muy diferente a como la había planeado.

Se habría dado de tortas por ser tan gilipollas. Pero, al mismo tiempo, se felicitaba, porque creía haber atisbado en ella una emoción, no sabía bien cuál, pero, desde luego, mucho más intensa que la que despuntaba en sus ojos cuando observaba al tal Carlos.

«Sí que eres un engreído», se dijo a sí mismo.

De repente se le dibujó una sonrisa en la cara. No estaba todo perdido. Le quedaban el resto de la tarde y la noche para hablar con ella. O, mejor dicho, para hablar para ella.