Maldito veintiuno de marzo (Colección Mediterráneo 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

«La alegría causa a veces un efecto extraño;

oprime al corazón casi tanto como el dolor».

El conde de Montecristo, Alejandro Dumas

¡Al fin era doce de septiembre!

Todo estaba a punto, faltaban menos de dos horas para la boda, y Nieves, que había sido la encargada de la decoración, daba órdenes de última hora a sus ayudantes, es decir, a todo el mundo.

Iban a celebrar la ceremonia y el banquete en el mismo sitio, un recinto agroturístico a diez minutos de Salamanca.

Sería una boda íntima con amigos y algunos familiares.

Para la ceremonia propiamente dicha, a Nieves no le gustaba la idea de una pérgola, así que había decidido ubicar dos grandes centros de gladiolos y rosas blancas para que delimitaran el espacio, cubierto por un manto de pétalos también blancos, que ocuparían ellas dos y el maestro de ceremonias.

Una mesa pequeña, con dos tarros llenos de arena y otro vacío, completaban el cuadro.

Justo enfrente, separadas por un pasillo central también cubierto de pétalos blancos, colocaron varias filas de sillas plegables, que ocuparían los invitados.

En la entrada habían colocado una mesa, que la misma Nieves había restaurado dándole un estilo vintage ; sobre ella, pusieron una foto de ellas dos que les encantaba, un libro de firmas y una Polaroid, acompañados por una gran pizarra que rezaba:

«Primero hazte una foto y, después, déjanos un mensaje».

Todo había quedado precioso, pero, a última hora, a la pobre le había entrado la psicosis de que quedaban cosas por hacer y de que no estaría todo listo para cuando empezaran a llegar los invitados. A duras penas consiguieron convencerla que fuera a terminar de maquillarse y vestirse.

Las diez habitaciones del agroturismo estaban ocupadas por ellas y por sus invitados más allegados.

Habían comido allí mismo, lo cual había resultado muy incómodo para Alicia, que había procurado sentarse lo más lejos posible de Pablo, pero que, aun así, no había dejado de notar las miradas que este le dirigía.

Ella no le había correspondido, y no tenía ni idea de cómo actuar. Carlos también lo vio. Había percibido, nada más llegar, la abierta hostilidad que le brindaba Pablo, y aunque se sabía merecedor de ella, no podía desprenderse de la desazón que le provocaba.

Nieves fue a vestirse a la habitación que más tarde compartiría con Sara, y esta, a la de sus padres.

Alicia se turnaba para visitarlas a ambas y seguir los avances de las dos en cuanto a maquillaje y peinado.

Seguía sin entender cómo Sara había podido engordar tanto, pero aparte del comentario que le había hecho dos días atrás, no lo había hablado con nadie.

Cuando su hermana había viajado a Madrid una semana después del desastre, habían visitado infinidad de tiendas, y Sara, después de mucho descartar, optó por un vestido negro de seda con la espalda al aire.

Una miríada de diminutos cristales brillantes lo cubría.

Aunque apenas tenía escote en la parte delantera, se sujetaba solamente con unos tirantes finísimos; Alicia pensaba que si a su hermana le daba por bailar a lo loco, se le saldrían los pechos, fijo.

La falda, que caía hasta el suelo, arrastraba un poco, y por la parte delantera tenía una abertura que le llegaba más arriba de la rodilla.

En resumen: las dos novias estaban sexis, pero muy elegantes.

Alicia se había comprado un vestido verde botella que le llegaba por debajo de las rodillas y que resaltaba sus curvas.

Era de estilo años cincuenta, de silueta muy entallada; la hacía parecerse a Joan Holloway, de Mad Men .

Si se había atrevido a comprar ese vestido era porque Nieves se lo había sugerido hacía unas tres semanas, durante una conversación telefónica en la que Alicia había confesado no haber encontrado atuendo todavía.

—¡Pero si ya no falta nada para la boda! —casi había gritado su cuñada al auricular—. Bueno, tranquilidad. He pensado que un estilo retro, tipo Marilyn o Sophia Loren, te quedaría espectacular.

—¡Sí, hombre! ¿Y qué más? —bufó Alicia.

—¡Que sí, que estoy segura! Con el pecho que tienes y tus caderas, estarás de infarto. Eso sí, con unos buenos stilettos .

—¡Tú lo que quieres es que yo me mate! —rio Alicia.

—¡Que no!

—¡Qué va! Entre la falda estrecha y los tacones inacabables, me caigo seguro.

Pero había seguido el consejo de Nieves y, cuando se vio en el espejo del probador, casi no se reconoció.

Ahora, después de que la hubiesen maquillado y le hubiesen formado ondas con tenacillas en el pelo, se sentía como una actriz de los años cincuenta.

Eso sí, la dependienta de la tienda le había aconsejado que comprase ropa interior adecuada.

Ella creía que la que solía llevar estaba bastante bien, ya que sujetaba lo que había que sujetar.

¿Qué más quería? Cuando vio a lo que se había referido aquella chica, se puso como un tomate.

Le había enseñado un Hallelujah negro que quería venderle como moldeador, pero que a Alicia le pareció más una prenda de sex shop . ¡Si incluso tenía liguero!

Ahora, con todo puesto, iba un poco apretada, pero su abuela le había dicho mil veces aquello de: «Para lucir hay que sufrir», así que se aguantó.

A las cinco y media, Pablo, que parecía salido de una revista, vestido con un traje de color gris oscuro, camisa negra y corbata también gris, recibía a los invitados junto al padre de Sara. Ya que las chicas continuaban arreglándose, a ellos dos les había tocado ejercer de anfitriones.

Había estado muy nervioso durante todo el día.

Al ver llegar a Alicia acompañada por el tal Carlos, casi le había dado un ataque al corazón.

Lo había mirado con animosidad e intentado no acercarse demasiado a él.

En cuanto a Alicia, aunque había querido hablarle varias veces, ella lo rehuía de forma evidente, y le fue imposible, por un motivo u otro, aproximarse.

La vez que había estado más cerca, con el discurso que llevaba preparado ya en la punta de la lengua, para que ella no pudiera escapar de nuevo por mucho que quisiera, se había interpuesto una tía materna, que se había empeñado en hacer entender a Alicia, justo en ese momento, que no podía pasar casi medio año sin visitar a sus padres, «si no quieres que tu madre se muera de un disgusto».

Pablo había optado por frenar su avance, pero quedó al descubierto, por lo que ella volviera a huir.

Ahora, mientras recibía a los invitados y rumiaba cómo acercarse a Alicia, vio llegar desde lejos a una pareja, acompañada de un chico un poco más joven que Nieves. Los reconoció de inmediato y empezaron a temblarle las piernas.

Cuando estuvieron a su altura, el hombre habló:

—Joven, aunque todo esto no me parezca más que una comedia, mi hijo me ha obligado a venir.

—¡Papá!

—¡Manuel! Su mujer y su hijo exclamaron, indignados.

—¡Ni papá ni Manuel! Yo solo he prometido que no se lo diría a ella, y ella no está aquí, ¿o sí?

Ambos menearon la cabeza con idéntico gesto de enfado.

Pablo, que se había quedado sin palabras, miró al padre de Sara. Este decidió que lo mejor sería actuar con naturalidad. Se adelantó un paso con la mano extendida y dijo:

—¡Buenas tardes, señor Martín! Soy Emilio Rodríguez, el padre de Sara. —Después de estrecharle la mano, se giró hacia la mujer y, alargando la mano, galante, añadió—: Ya veo de dónde ha sacado la belleza su hija, señora…

—María Teresa —contestó ella, aceptando su mano y sonriendo. Manuel bufó y su hijo se rio; también le ofreció la mano a Emilio.

—Y yo soy Antonio. Antonio Martín.

Una vez realizadas las presentaciones, el clima volvió a crisparse. Pablo pensó que cuanto más retrasaran el momento de conducirlos junto a Nieves, sería peor, así que propuso ir a verla.

Se encaminaron los cinco, sumamente rígidos, hacia la habitación de Sara y Nieves. Pablo tocó suavemente a la puerta. La abrió Alicia, que perdió la radiante sonrisa que tenía dibujada en la cara en cuanto lo vio.

—Hija, venimos a ver a Nieves —explicó su padre, demasiado formal.

—¿Pasa algo, papá? —preguntó Alicia recelosa—. Mira que lo último que necesita Nieves ahora es que la pongan más nerviosa de lo que ya está.

—¡Qué va, hija! —contestó él en su habitual tono conciliador, pero sin tenerlas todas consigo.

—¿Qué ocurre, Alicia? —se oyó la voz de Nieves desde el interior.

A María Teresa se le llenaron los ojos de lágrimas, así que Emilio decidió que no valía la pena prolongar más la situación; sin más prolegómenos, introdujo a los padres y al hermano de su futura nuera en la habitación.

—¡Hija mía, estás preciosa! —María Teresa se echó a llorar al ver a Nieves de pie, de espaldas a ella.

Varias cosas pasaron a la vez.

A Alicia casi se le desencajó la mandíbula al darse cuenta de quiénes eran los acompañantes de su padre.

Nieves se giró en redondo y casi se desmaya al ver allí plantados a su padre, con cara seria pero emocionada; a su madre, con los ojos llenos de lágrimas, y a su hermano pequeño, que la contemplaba con una sonrisa radiante.

—¿Qué… qué hacéis aquí? —pudo articular al fin.

—Hija —empezó su padre, cogiéndole las manos—, tu madre tiene razón, estás preciosa.

Nieves fue a hablar, pero su padre, soltándole una mano, levantó la suya en el aire; era un gesto que ella imitaba tantas veces que lo entendió a la primera, y la hizo cerrar la boca.

—Aunque sabes que tu madre y yo no aprobamos esto…

—¡Manuel!

—¡Papá!

—¡Vosotros dos!, dejadme hablar. Cuando sea vuestro turno, ya diréis lo que queráis ―prosiguió con el discurso que llevaba tan bien ensayado—.

Tengo que decir que tu «novia» —pronunció con retintín, al tiempo que dirigía una mirada a su mujer y a su hijo para comprobar que no volvían a recriminarlo— es muy elocuente, y su amigo, aún más.

Nieves miró intrigada en dirección a Pablo, que elevó las palmas, queriendo dar a entender que no sabía de qué hablaba, pero demostrando con una sonrisa que lo sabía bastante bien.