Capítulo 22
«Resulta extraño pensar que, cuando uno teme algo que va a ocurrir
y quisiera que el tiempo empezara a pasar más despacio,
el tiempo suele pasar más deprisa».
Harry Potter y el cáliz de fuego, J.K. Rowling
«¡Menos mal que solo faltan dos días para la boda!».
Eso era lo que pensaban Nieves y Sara, entusiasmadas, porque si les hubiesen preguntado a Alicia y a Pablo, sin duda la emoción habría sido mucho menor. Y no precisamente porque fueran detractores de las bodas.
Alicia albergaba sentimientos encontrados: lo único que le apetecía era meterse en su casa, en su cama, con un cubo de cinco litros de helado de chocolate —bueno, tampoco es que fuera a hacerle ascos a otro de avellana—, y no ver a nadie al menos en un mes.
Había llegado a Salamanca por la mañana; era la primera vez que iba desde el veintiuno de marzo.
Después de escuchar los reproches, más que merecidos, por parte de su madre, se había tenido que enfrentar a la mirada compasiva de Nieves, lo que resultó incluso peor.
Su futura cuñada se la había llevado aparte en cuanto pudo hacerlo sin que nadie se fijara en ellas.
—No tienes muy buen aspecto, ¿estás bien?
—Estupendamente —había contestado Alicia haciendo acopio de todo su valor—. ¿Por qué no iba a estarlo? Dos de mis personas favoritas en el mundo van a casarse y yo asistiré al evento del brazo de un chico guapísimo, que bebe los vientos por mí. ¿Qué más se puede pedir?
—¿Que tú también estuvieras loca por él?
—Me gusta, y lo más importante, él está muy pendiente de mí.
Espero que lo demás llegue con el tiempo.
Nieves resopló.
—¡Uf! Cuidado, que esa pasión desbordante igual nos consume a los que os rodeamos —había dicho, cáustica—. Alicia, está bien que quieras disimular ante los demás, pero ¿es necesario que lo hagas también delante de mí?
—Nieves, dentro de dos días será tu boda, las protagonistas tenéis que ser tú y, en contra de todo pronóstico hasta hace unos meses, mi hermana. Cómo me encuentre yo en estos momentos es lo de menos.
—En eso te equivocas de cabo a rabo, futura hermanita. ¿Cómo puede ser mi felicidad completa si los que me rodean no son tan felices como yo?
—¡Y yo lo soy! Soy muy feliz por vosotras, así que un poco de mal de amores no tiene por qué preocuparte.
En ese momento se había acercado Sara.
—¿Qué murmuráis vosotras dos en este rincón? —había preguntado, a la vez que besaba a Nieves—. Por cierto, hermanita,
¿cuándo llega tu novio? ―La había mirado con picardía.
—Se llama Carlos y tenía turno en el hospital, así que no vendrá hasta el sábado por la mañana.
—¡Muy justo de tiempo me parece eso!
—Pero si la boda no es hasta las seis.
—No, si lo que me parece extraño es que ahora que estáis empezando la relación, consintáis estar tanto tiempo separados.
—¿Pues sabes qué me parece extraño a mí? —había contraatacado Alicia—. Que has engordado un montón y que no sé si ese vestido tan ajustado que te compraste te va a caber pasado mañana. —Dicho esto, se había dado la vuelta para alejarse de ellas.
Alicia estaba de muy mal humor, pero eso no tenía solución.
Pensaba que no debía haber invitado a Carlos a la boda.
Suponía que todavía estaba a tiempo de llamarlo y decirle que no asistiera.
Pero tampoco quería hacerlo; no osaba presentarse sola al acontecimiento del año.
Más que eso, no quería que Pablo la viera sola.
Además, lo que le había dicho a Nieves era verdad.
Esperaba, con el tiempo, llegar a sentir algo más por Carlos, porque por el momento lo único que albergaba era afecto.
En la cama no les había ido bien, nada bien.
Lo que había experimentado con él tenía muy poco que ver con lo que había sentido durante los dos días que había pasado con Pablo.
¿Qué le iba a hacer? Eso ya lo tenía que haber imaginado cuando decidió darse una oportunidad con Carlos; tenía que haber pensado que, después de Pablo, todos los demás le sabrían a poco.
Nieves estaba que trinaba. Su cuñada era tan tonta que vería pasar al amor de su vida por su lado y lo dejaría marchar solo por el orgullo.
Sabía que Pablo había ido a Madrid para hablar con ella, porque un domingo, hacía quince días o así, la había llamado con voz de haber bebido, muy mucho, de más.
—Soy un imbécil.
—¿Pablo? —había preguntado ella, un poco asustada, al oírlo.
—Sí, soy yo, Pablo, y soy un imbécil.
—¿No crees que has bebido demasiado?
—Y más que voy a beber. Como mínimo, hasta que pierda la consciencia.
—¿Dónde estás? —Nieves había empezado a preocuparse de verdad.
—En mi casa, ¿dónde voy a estar?
—¡No te muevas, ahora voy!
—Ni se te ocurra venir, no hace falta.
—Si crees que aun sabiendo que piensas quedar inconsciente a base de alcohol no iré, es que todavía no me conoces del todo. ¿Sabes que no tiene sentido lo que estás haciendo? Si quieres olvidar, ya te daré yo un porrazo en la cabeza, pero ahora, para de beber y espérame.
Pablo se había echado a reír, pero la risa pronto se convirtió en llanto y, entonces, Nieves todavía se asustó más.
—No vengas. Si tanto te preocupa, pararé.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo —había contestado solemne.
—¿Quieres contarme qué ha pasado para llegar a este punto?
—He ido a Madrid.
—¿Que has hecho qué? —había gritado Nieves. Sara, que estaba acostada a su lado, y que normalmente no despertaba aunque se viniera la casa abajo, se había revuelto.
—He ido a Madrid a hablar con Alicia. —Pablo había alejado el teléfono de la oreja.
—¿Y qué ha pasado?
—Pues que la he encontrado comiéndose los morros con un tío.
Nieves se había mordido el labio sin saber qué decir. Optó por lo más fácil.
—Pero ¿has hablado con ella?
—¿Cómo querías que hablara con ella? ¿No te digo que tenía la lengua ocupada en otra cosa?
Por eso digo que soy un imbécil, porque he ido a Madrid, porque creía que hablando con ella podría arreglar el malentendido que, según tú, existía entre nosotros.
Así que, sí, soy idiota, pero tú tienes la culpa.
Nieves se había quedado desolada. Cada vez que intervenía, lo estropeaba más. Pero ¿quién iba a pensar que Alicia encontraría a alguien tan de repente si las últimas veces que habían hablado estaba tan destrozada como lo estaba Pablo?
En cuanto había visto a Alicia esa noche, sus sospechas de que el chico al que llevaba a la boda solo era un vano intento de olvidar a Pablo se confirmaron.
Decidió que, metiendo la pata o no, esta vez hablaría claro.
No se quedaría a medias. Le diría a Pablo todo lo que pensaba y todo lo que sabía.
Y si hacía falta, se declararía en su lugar.
Pero como que se llamaba Nieves que esos dos se reconciliarían el día de su boda, o moriría en el intento.
Pablo estaba en su casa, recostado en la cama. Sara le había pedido que dijera algunas palabras durante la ceremonia.
—Me da igual si las escribes tú o las sacas de internet —le había dicho su amiga—. Es que si solo se leen los artículos del Código Civil, quedará un poco soso.
—Cuanto más se acerca la fecha de la boda, más alucinado me tienes. Menos mal que no ibas a casarte jamás, que si llegas a querer hacerlo…
—¡Cállate! A ti querré verte el día en que te encuentres en mi situación. Y si no quería casarme, era porque no había conocido a Nieves; ahora, si ella me lo pidiera, sería capaz incluso de hacerlo por el rito hindú.
—A ver, ¿quién de los dos es el cursi ahora?
—Por eso te lo pido a ti, porque debajo de ese look de hombre de vuelta de todo, está el Pablito al que conocí a los trece, quince, dieciocho años, y que es un sentimental y un enamoradizo —le había contestado zalamera, sin enfadarse ni un poco.
Y allí estaba él, a dos días de la boda y sin tener la más remota idea de lo que iba a decir.
Tenía un mal día. Sabía por Sara que Alicia había llegado esa mañana. Iban a cenar en casa de los padres de ellas, y Pablo no podía pensar en otra cosa.
Desde el día en que había ido a Madrid, creyendo que podría hablar con ella y que las cosas se arreglarían, así, sin más, estaba más hundido que nunca.
Todo el camino de regreso a su casa había estado insultándose en voz alta por haber creído que ella estaría allí, sentada, esperándolo.
«Mira que Sara te advirtió. Dijo que había invitado a alguien a la boda. Y tú, gilipollas, te hiciste ilusiones con lo que te había dicho Nieves y creíste que se marcaba un farol».
En cuanto llegó a Salamanca, había comenzado a beber y, cuando ya amanecía, había llamado a Nieves para contarle sus penas.
No recordaba demasiado de la conversación; solo sabía que le había dicho que ella tenía la culpa, y que después, al despertar, había lamentado habérselo contado.
Si todavía no se había disculpado con ella no era porque no lo lamentase, sino porque no había encontrado el momento (y eso que habían cenado juntos al menos tres veces desde entonces).
Sonó el teléfono.
—Hola, Pablo, soy Nieves. —La notó ansiosa, pero lo atribuyó a que se casaba en dos días.
—Precisamente estaba pensando en ti ―le dijo.
—¿En mí?
—Sí, pensaba que te había llamado el otro día a horas intempestivas y que encima de echarte a ti la culpa de mis desgracias, no tuve la decencia de disculparme.
—Bueno, da igual, no tienes que disculparte por nada. Tenías razón, la culpa era mía y de nadie más.
—Nieves.
—¿No te he dicho que eso ya da igual? Calla y escucha.
Joder con Nieves. Ahora entendía que Sara siempre fuera por encima de la raya y sin salirse ni un milímetro con ella.
—Estoy harta de ti y de Alicia —repuso en tono amenazador.
—¿Cómo dices? —preguntó, sorprendido y con la guardia baja.
—Lo que oyes. Que estoy harta de que los dos me vengáis con los mismos rollos. Hasta ahora he procurado no pasar los partes de uno a otro, pero ya me he cansado.
—Nieves, ¿eres tú la que ha bebido hoy?
—No he bebido nada.
—Pues nadie lo diría —contestó Pablo, alucinando cada vez más.
—Te lo dejaré clarito: Alicia solo sale con el chico con el que la viste para no ir sola a la boda.
—¿Te ha dicho ella eso?
—Las palabras que ha usado no han sido exactamente esas. Pero yo lo sé.
—¡Claro! Como cuando sabías que tenía que hablar con ella.
—¿No te he dicho que calles y escuches?
Pablo abrió la boca, pero de inmediato la volvió a cerrar.
—El sábado, en la boda, te las apañas como quieras, pero no quiero que os marchéis de otra forma que no sea cogidos de la mano y directos a la cama.
―Pablo se quedó tan pasmado con las palabras de Nieves que no podía ni pensar con claridad―.
Porque si ambos estáis locos el uno por el otro, pero sois tan orgullosos de no poder admitirlo, yo no tengo la culpa, y no quiero estar en medio de esta tontería ni un día más. ¿Te ha quedado claro?
Él, todavía sin poder articular palabra, asintió despacio con la cabeza.
—¿Ha quedado claro, sí o no? —repitió Nieves, que no podía verlo.
—¡Cla-cla-clarísimo! —tartamudeó el pobre chico, que no había tenido ni tiempo de procesar la información de forma cabal.
—¡Pues venga!, ¡manos a la obra! Ya puedes ir pensando cómo lo harás. —Colgó sin despedirse y sin dar opción a Pablo a que dijera ni mu.