Capítulo 21
«Si deseas algo, tienes que ir a por ello y coger el toro por los cuernos,
porque nadie va a servirte en bandeja lo que deseas».
Donde termina el arco iris, Cecelia Ahern
Alicia y Carlos habían salido juntos algunas veces desde aquel primer viernes.
Como había prometido, él se había abstenido de insistir en que llevasen su relación a un nivel superior, y aunque ella se sentía muy agradecida por ello, también pensaba que no se estaba portando bien.
Era como el perro del hortelano; manteniendo a Carlos a su lado, impedía que él pudiera conocer a alguien más, pero tampoco se decidía a dar el paso que los llevara a convertirse en pareja.
Ya estaban a finales de julio; ninguno de los dos tendría vacaciones en agosto.
Carlos, porque pensaba que quedarse en Madrid en verano, cuando todo aquel que podía huía a zonas más frescas, era una ventaja.
Alegaba que en julio y agosto prácticamente no había que hacer cola en ningún sitio, las calles estaban vacías del tráfico intenso de los meses de invierno, y el trabajo, si bien no disminuía, se podía tomar de forma mucho más tranquila; Alicia, porque… porque nunca tenía vacaciones.
Era sábado por la tarde. Carlos había salido del hospital a las tres y no tenía que volver a trabajar hasta el martes por la mañana, por lo que habían hecho planes. Pensaban ir al cine, pero no a una sala tradicional, sino a las que abrían en verano, un cine al aire libre.
Reponían una vieja película en blanco y negro de Abbott y Costello, Agárrame ese fantasma . La habían visto por televisión, pero la idea de verla en pantalla grande les atraía a los dos.
El cine de verano resultó mucho más divertido de lo que esperaban.
Se parecía más a un cine de los antiguos, de los que ellos solo habían oído hablar, con un bar donde se podía cenar mientras se disfrutaba de la película, y con posibilidad de ver una sesión doble.
Comieron pipas como dos críos y disfrutaron como hacía tiempo que no hacían.
Después de la sesión de película y pipas, Carlos sugirió que fueran al pub al que habían ido la primera noche.
—En serio que no dejaré que bebas demasiado —avisó a Alicia, riendo.
Cuando llegaron, ella supo que ya había estado allí antes; no la noche en que había acudido con Carlos, sino antes.
Era un sitio que le gustaba mucho: tenía una biblioteca, una sala de dardos y hasta música en vivo; en verano abrían unas puertas de cristal que daban a la calle y una parte del local se convertía en una gran terraza.
Si la última vez que habían estado allí, juntos, no había reconocido el establecimiento, no quiso ni pensar en el pedal que debía de llevar, ni en el aguante que había tenido el pobre Carlos. Algo en su corazón se ablandó por fin.
Se instalaron al lado de la barra, de pie.
Él, con una mano levantada, intentaba llamar la atención del camarero para pedir unas pintas; ella, justo detrás de él.
Por un momento, de manera consciente, Alicia evocó a Pablo en su mente.
Ni siquiera habían hablado en, ¿cuánto?, ¿tres meses?
Exacto, habían pasado tres meses y medio desde el maldito veintiuno de marzo.
Decidió que era hora de dejar de pensar en él, así como supo que era una decisión inútil: nunca dejaría de pensar en Pablo de una forma u otra, pero podía hacerlo de manera mucho menos obsesiva. Podía pensar primero en ella y en su propia salud mental.
Pensó también que nunca se arreglarían las cosas entre ellos. De hecho, no había nada que arreglar. No se habían peleado, tan solo habían pasado el mejor fin de semana de su vida, como llevaba repitiéndose a sí misma, de forma insistente, los últimos tres meses y medio, y después: nada.
Si ella se había hecho ilusiones de que, después de ese fin de semana, vendrían otros, había sido problema suyo. No de Pablo. Y si quería seguir con su vida, también era problema suyo: nadie le iba a arreglar la situación si no lo hacía ella misma.
Había oído millones de veces —de boca de su hermana, principalmente— que un clavo saca a otro clavo.
Y ahí estaba Carlos, que hasta ese momento no le había pedido nada, no le había exigido nada, no la amenazaba con sacarla de su cama después de una o, como máximo, dos noches. Sin embargo, iba con ella al cine, a ver una película antiquísima, solo por el placer de estar a su lado.
¿Iba a permitirse a sí misma dejar pasar la oportunidad de ser feliz?
«No estaría traicionando a nadie. Pablo y yo no tenemos nada, NADA», se recordó, enfureciéndose cada vez más con el hombre que no estaba allí con ella; el hombre que no había hecho nada por retenerla a su lado; el hombre que, antes de empezar, ya le había advertido que no se iba a enamorar.
Quizás, solo quizás, se estaba enfureciendo con quien no debía desde hacía más de tres meses.
Quizás el blanco de sus iras habría tenido que ser ella misma, por haber encendido una llama en su pecho hacía años que, si bien no había dejado de arder, al menos ya no la abrasaba.
Todo eso lo pensó Alicia en unos minutos que le parecieron larguísimos. En un impulso, antes de perder el ímpetu, y antes de que Carlos tuviera tiempo siquiera de adivinar qué pasaba, ella lo abrazó por la cintura y se apoyó contra él.
Carlos, pillado por sorpresa, primero se envaró; luego bajó el brazo, que el camarero no había visto todavía, y, muy despacio, se giró para quedar frente a la chica que llevaba dándole calabazas más de dos meses.
Con un gesto cargado de ternura, le puso un mechón de pelo tras la oreja; después le rozó el pómulo hasta la barbilla y, rodeándole la cara entre las manos, se acercó a sus labios y preguntó:
—¿Todavía quieres esa pinta o prefieres que salgamos de aquí?
Aquel mismo sábado, Pablo estaba sentado en su coche, frente al portal de Alicia, al otro lado de la calle.
Había estado dándole vueltas a la idea de llamarla desde que había oído a Sara hablar tan apasionadamente de lo que sentía por Nieves.
Al final, en lugar de llamarla, optó por ir a verla. Pero cuando llegó a casa de Alicia, nadie le abrió la puerta, por lo que supuso que había salido y decidió esperar a que regresara.
Aprovechó para pensar en la visita que Sara y él habían hecho a los padres de Nieves.
No es que Sara hablara por hablar. Aquel mismo día —después de haberle dicho que se arrastraría, si era necesario, delante de los padres de su novia—, al terminar de comer, en lugar de volver a trabajar, Sara lo había obligado a llevarla a casa de sus suegros; Pablo quedó impresionado.
Había tocado al timbre hasta que la dejaron entrar; fue uno de los hermanos pequeños de Nieves quien abrió la puerta, compadeciéndose de ella, y también quien convenció a sus propios padres de que al menos oyeran lo que Sara tenía que decir.
El padre, don Manuel, la había escuchado impasible, mirándola como a una cucaracha a la que había que pisotear. La madre, doña María Teresa, se había pasado todo el tiempo llorando en silencio, con un pañuelo sobre la boca y la cabeza gacha.
Sara les había explicado lo que significaba Nieves para ella, cómo había cambiado su vida desde que estaban juntas; por supuesto, sin entrar en detalles de la vida disoluta que llevaba antes de conocerla.
—Por eso he venido hoy, porque sé lo feliz que sería teniéndolos junto a ella el día de nuestra boda. Ya sé que yo no soy, ni por asomo, lo que ustedes deseaban para su hija, pero les juro que ningún hombre podría haberla amado más de lo que yo lo hago.
—Tú has sido la que la ha alejado de nosotros; si no fuera por ti, Nieves seguiría junto a su familia. No me digas que la quieres. Si lo hicieras, la dejarías para que llevara una vida decente y no la mantendrías sumida en esa depravación en la que la has obligado a revolcarse.
Pablo, que hasta ese momento había permanecido en un segundo plano, se levantó airado para contestar a don Manuel, pero Sara, sujetándolo por un codo, lo instó a que se fueran. No obstante, él no había podido dejar de decir lo que pensaba antes de salir.
—No sé qué clase de persona creen ustedes que es Sara.
Aceptaré que no la conocen y que por eso la han juzgado erróneamente, pero no pueden llegar a hacerse una idea de lo equivocados que están —había añadido, compungido—.
Aunque sí conocen a Nieves, saben de su buen criterio y su juicio, y les puedo jurar, como amigo de ambas que soy, que son muy felices de tenerse la una a la otra.
Pero si hay algo que empaña esa felicidad, son ustedes.
No creo que Nieves, de haberlo sabido, hubiese aprobado que Sara viniera hoy aquí a abrirles su corazón, porque al hacerlo, les ha hecho un regalo precioso que ustedes han pisoteado.
Dicho esto, había cogido a Sara y se la había llevado de allí. Ella había llorado en el coche de camino a casa. Pablo la había dejado serenarse; no recordaba haberla visto llorar antes. La había visto furiosa, alterada, feliz, pero llorando, nunca.
—¿Estás mejor? ―le había preguntado antes de que subiera al piso que compartía con Nieves.
—Algo; poco. No quiero que Nieves me vea con la cara roja.
—No lo notará, no te preocupes. Y si lo nota, siempre puedes echarles la culpa a las hormonas. He oído que eso funciona estupendamente.
Sara había sonreído.
—Lo que has hecho hoy es lo más estúpido y lo más valiente que te he visto hacer en mi vida —había proseguido Pablo—.
No creo que yo fuera capaz de hacer algo así.
Aunque prácticamente sabías de antemano lo que iba a pasar, no te has rendido.
Has ido allí y les has hablado lo más claro que podía hacerse.
Si ellos no te han escuchado es porque no hay peor ciego que el que no quiere ver. Ojalá yo tuviera tu valor.
—Lo tienes, estoy segura de que lo tienes por ahí escondido. Solo necesitas que la persona adecuada lo saque a relucir —había dicho ella con dulzura.
Pablo se había echado a reír y Sara le había dado un golpe en un brazo como reproche.
—¿Puede saberse de qué te ríes?
—Si me lo cuentan hace unos años, no me lo creo. Tú diciéndome a mí que debo encontrar a la persona adecuada.
—Es lo que pasa cuando uno se convierte en, ¿cómo me llamaste?, ¡ah, sí!, una iluminada del amor. Estoy segura de que encontrarás a alguien a quien querer tanto como yo amo a Nieves.
La cara de Pablo se había entristecido.
—¿Y si ya la hubiese encontrado pero ella no sintiera lo mismo por mí?
—¡Solo cabría decir que está loca, como una cabra! —había respondido Sara, socarrona.
Pablo la había estrechado entre sus brazos y la había besado en el pelo:
—Anda, baja del coche y vete con el amor de tu vida, que yo veré si reúno el valor para cometer una locura como la que tú has hecho hoy.
Parecía que sí lo había encontrado, pero cada minuto que pasaba estaba más arrepentido de haber seguido el impulso de plantarse ante la puerta de Alicia.
¿Y si ella no volvía en toda la noche? ¿Y si estaba con el tipo al que pretendía llevar a la boda?
«No, eso no. Volverá, y yo podré hablar con ella».
Pero la posibilidad seguía ahí. Aunque a él le hubiera vendido la moto de que no podía mantener una relación debido a su dedicación absoluta al trabajo, lo que había querido decir en realidad era: «Con quien no quiero una relación es contigo».
No podía parar la lavadora emocional en la que se había convertido su mente. Daba vueltas y más vueltas sobre el mismo asunto y no conseguía llegar a ninguna parte.
De repente, la vio; se acercaba apresurada al portal.
Pablo puso la mano en la manija de la portezuela para abrir y se quedó congelado.
Justo en ese momento, detrás de Alicia llegaba un chico.
La seguía de cerca y, en cuanto ella introdujo la llave en la cerradura, él la agarró por la cintura y derramó un río de besos en su cuello.
Alicia se reía e intentaba separarse del él, juguetona.
Se encendió la luz del portal y, mientras esperaban el ascensor, se comieron a besos en la entrada, sin ningún recato.
—Mierda, mierda, mierda —gritó Pablo al tiempo que golpeaba con furia el volante—. Mierda.